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El peón rural que sacó a la esposa de su casa, la asesinó y ocultó su cuerpo en las afueras de Ullum

Llevaban doce años de casados, con muchas separaciones de por medio. Un día de 1980 volvieron a discutir y él le pidió a la joven que lo acompañara a cobrar. Cuando estuvieron solos, la mató.

Por Tiempo de San Juan7 min de lectura
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El peón rural que sacó a la esposa de su casa, la asesinó y ocultó su cuerpo en las afueras de Ullum
El peón rural que sacó a la esposa de su casa, la asesinó y ocultó su cuerpo en las afueras de Ullum · Foto: Tiempo de San Juan

En los artículos periodísticos y hasta en la misma sentencia judicial, la muchacha aparece como la mala y el marido queda presentado como la víctima. Y sobre esa lógica machista se contó aquella macabra historia ocurrida en Ullum en 1980. Un caso de femicidio que tuvo de protagonista a un peón rural que, preso de su impotencia y del temor a ser abandonado, llevó a su esposa a las afueras de la villa cabecera del departamento, la tomó a golpes, la asesinó a balazos y escondió su cadáver para no ser descubierto.

Un dato que resalta es que, en esos escritos, la chica llamada María Emilia fue catalogada como "adúltera", cuando en realidad fue la única víctima. Los relatos del periódico de la época y la sentencia judicial giraban en torno a ese jornalero de nombre José Fabián Trigo y al supuesto padecimiento que atravesó al lado de la joven. Poco y nada se dice de que esa chica contrajo matrimonio, o fue obligada a casarse, a los 14 años y que su homicida le llevaba 12 años de diferencia.

Hay que partir de ahí para relatar el caso de María Emilia, que tenía tan solo 22 años cuando fue asesinada por su esposo. Los problemas de pareja venían de mucho antes, pero en la historia oficial eso no se destacaba. En el medio hubo separaciones y conflictos que llegaron hasta el Juzgado de Menores por los hijos del matrimonio, de 3 años y un bebé. Estas situaciones exponen a las claras que la relación entre el peón rural y la joven ya estaba desgastada.

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La versión oficial aseguraba que ella aparentemente mantenía un romance con otra persona. Según Trigo, ya lo había engañado otras veces. Pero esa fue su versión para justificar el asesinato. También es evidente que él no quería separarse y a toda costa retenía a la joven, quien seguramente estaba harta y buscaba irse del lado del jornalero.

La mañana del 14 de enero de 1980 empezó mal. Trigo y María Emilia discutieron. Supuestamente, la pelea se originó a raíz de que ella le comentó que necesitaba conversar con su "amante", según la versión que dio después el jornalero ante el juez.

Al parecer, el clima en la casa de la pareja en el barrio Dique de Ullum se hizo irrespirable en el resto del día. Él mismo confesó días más tarde que, desde aquel primer altercado en la mañana, se le puso en la cabeza que iba a matar a María Emilia. Admitió que buscó su revólver calibre 22 largo y se lo calzó en la cintura para buscar el momento propicio. Esa declaración también deja al descubierto que lo planeó, que no fue algo arrebatado, pero la Justicia dijo otra cosa y en parte lo justificó.

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El asesino contó su versión y culpó a su exesposa del conflicto, al punto que la acusó de infiel y justificó su acción criminal a partir de que ella le dijo que no quería estar con él.

A media tarde, Trigo le pidió a María Emilia que lo acompañara hasta una bodega situada en las afueras de la villa cabecera de Ullum porque debía cobrar un dinero que le debían. Puede que esa haya sido una treta o que la llevara obligada, pues la versión oficial se reconstruyó en función de la declaración del femicida.

Trigo y la joven partieron de la casa en una bicicleta. Más tarde, ambos terminaron en la calle Abraham Vidart, entre Valentín Ruiz y Hermógenes Ruiz. En ese entonces, esa zona era rural y no había casas cercanas, y fue el sitio elegido por el trabajador rural para ejecutar el crimen.

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De acuerdo con el relato de su confesión, mientras transitaba por ese lugar volvieron a discutir por algo que le dijo la muchacha. En ese instante, Trigo la empujó de la bicicleta y la tiró dentro de una acequia. Ahí se le fue encima y comenzó a golpearla en el rostro.

No bastó con verla ensangrentada. Segundo más tarde, el jornalero sacó el revólver que traía escondido en la cintura y directamente la ejecutó de tres balazos. Una vez que constató que la joven estaba muerta, arrastró el cuerpo hasta unos matorrales situados en el costado oeste de la calle y lo abandonó detrás de un montículo de tierra. También escondió el arma unos metros más allá y regresó solo a su casa en bicicleta.

Se hizo el desentendido, se encerró en su casa y no abrió la boca. Nadie echó de menos a María Emilia esa tarde ni en la noche. A la mañana siguiente, el 15 de enero de 1980, un changarín que hacía limpieza por ese campo de la calle Vidart observó un bulto extraño. Al acercarse, se paralizó. Aquello era el cadáver de una mujer que tenía el rostro manchado con sangre, al igual que su remera verde y su pollera floreada.

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Los policías de la Comisaría 15ta de Ullum y las autoridades judiciales que llegaron al lugar confirmaron que la chica había sido golpeada y asesinada de tres balazos. Uno de los uniformados la reconoció y confirmó que la víctima era una joven vecina del barrio Dique de Ullum. Tenía dos hijos y un esposo, dijeron.

No había denuncia por su desaparición. Eso ya resultaba extraño y lo primero que hicieron los investigadores fue ir a buscar al marido de la chica asesinada. Trigo no esperaba a los policías, pero, apenas los vio, se dio cuenta de que no tenía escapatoria y ante las primeras peguntas confesó el asesinato de su esposa. Obvio, se victimizó y afirmó que sufrió un arrebato de locura por las supuestas infidelidades.

La acción de llevar a la muchacha a un lugar alejado, la presencia de ese revólver y su propia confesión de que, a partir de aquella primera discusión en la mañana, pensó en matarla decían otra cosa. Todo estaba planeado con frialdad y hasta había actuado con alevosía.

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Así lo entendió el fiscal de la causa, que durante el juicio en 1981 pidió la pena de prisión perpetua contra Trigo por el delito de homicidio agravado por el vínculo. En aquella época no existía la figura del femicidio como agravante.

La defensa, en cambio, sostuvo que Trigo había actuado bajo un estado de emoción violenta y pidió que se le aplicara la pena menor. El juez José Luis García Castrillón, del Segundo Juzgado de Sentencia, descartó esta última figura, pero igualmente condenó al jornalero a 10 años de prisión por homicidio calificado por el vínculo, cometido bajo circunstancias excepcionales de atenuación.

La parte más llamativa de aquella sentencia aparece en los argumentos utilizados para explicar la conducta del asesino. El juez García Castrillón reconoció que Trigo conocía desde antes la supuesta infidelidad, que había esperado el momento para matar y que después había escondido el cadáver, las ropas ensangrentadas y el revólver para intentar ocultar su autoría. Por el contrario, en sus fundamentos también sostuvo que el supuesto "adulterio de la víctima" fue lo que llevó al jornalero a pensar en castigarla y, si era posible, quitarle la vida. Incluso calificó de "hasta comprensible" el despecho o la venganza. En otras palabras, lo puso en situación de víctima y en cierta manera lo justificó.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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