El Porvenir, uno de los últimos grandes mercados de Rosario que sigue en pie
La remodelación de la plaza de la Cooperación sacó a la luz la historia de estos comercios. En Refinería, el edificio de 1911 aún perdura

La remodelación de la plaza de la Cooperación sacó a la luz la historia de estos comercios. En Refinería, el edificio de 1911 aún perdura
Por Carina Bazzoni
Foto: Sebastián Suárez Meccia / La Capital
El edificio de El Provenir, uno de los pocos mercados que quedan en pie en Rosario.
Foto: Sebastián Suárez Meccia / La Capital
Sin pedir permiso, la remodelación de la plaza de la Cooperación trajo a la memoria de Rosario la historia de sus grandes mercados. El hallazgo de los sótanos del antiguo Mercado Norte, de la esquina de Mitre y Tucumán, trajo al presente otros edificios ya desaparecidos, como el Mercado Central, el Abasto y el Urquiza. De todos ellos, hay uno que sigue en pie y, aunque tiene otros usos, conserva gran parte de su estructura original: El Porvenir, de barrio Refinería, testigo fiel de una parte de esa ciudad que parecía definitivamente perdida.
El Porvenir se inauguró en octubre de 1911, en casi media manzana de Avellaneda, French, Grondona y Carcarañá. "Es el último de los grandes mercados que empezaron a abrirse en distintas zonas de la ciudad. El primero fue el Sud, que se abrió en 1854 en la plaza Montenegro, y después se llamó Mercado Central; pero hubo otros en los barrios como el Urquiza, en 1º de Mayo y Mendoza, o el Abasto, de Mitre y Pasco", señala Eduardo Guia Bria, profesor de historia y divulgador de la memoria local en su perfil de IG "Matices de Rosario".
El mercado fue pensado para abastecer de productos de consumo cotidiano a la población de la zona norte de Rosario. Y, a diferencia de los otros, tenía una arquitectura que lo hacía más adecuado para recorrerlo: los puestos se ubicaban sobre el perímetro del edificio y contaba con pocas columnas y pasillos más anchos para caminar. Además, en el techo de chapa, contaba con un lucernario que le aseguraba una buena iluminación durante gran parte del día.
Ese tragaluz, las columnas de hierro y los techos con distintas pendientes aún se pueden apreciar en el edificio de barrio Refinería que ahora aloja un estacionamiento y varios locales comerciales. En el frente, como desafiando al presente, también se lee la fecha de inauguración del comercio: 1911. Exactamente hace 115 años.
Para Guia Bria, los mercados bien pueden pensarse como los antepasados de los grandes supermercados. "Allí se podía comprar carnes de todo tipo. En algún momento hasta se podían encontrar pollos o cerdos vivos. También todo tipo de verduras y frutas o productos como azúcar, yerba, arroz o fideos que se exhibían en grandes bolsas o cajas y se vendían sueltos. Lo mismo que el aceite, el vinagre o el vino", cuenta.
Toda la producción se originaba en la zona de quintas que, por entonces, rodeaba a la ciudad. Los alimentos llegaban en carros tirados por caballos o bueyes, según el peso. La introducción de los vehículos a motor fue posterior. Con el correr del tiempo se sumaron otros servicios: zinguerías, cerrajerías y hasta puestos de compra y venta de oro.
Gran parte de los puestos de El Porvenir tenían un mismo dueño: Agustín Mazza, un empresario ganadero que había sido intendente de Rosario entre el 21 de diciembre de 1889 y el 6 de agosto de 1890. Mazza tenía su casa quinta en el predio que hoy ocupa la Usina Sorrento, un castillo estilo morisco que fue demolido. Sin embargo, se lo recuerda más por haber sido quien trajo de Italia, y donó a la ciudad, los leones que adornan el ingreso del Palacio Municipal, réplica de los mismos que se encuentran en la capilla de San Lorenzo, en Génova.
Las escasas condiciones de salubridad y el cambio de costumbres de las familias marcaron el final de los grandes mercados. "El tema de la falta de higiene marcó el cierre del Mercado Central en el 62. El Porvenir continuó hasta 1970, cuando en el barrio empezaron a aparecer los almacenes y la gente se acostumbró a hacer las compras más cerca de su casa. Además, tenían el beneficio de vender a crédito, a través de la libreta", recuerda el historiador.
Por 1910, en Rosario se realizaba el tercer censo municipal. La población llegaba a los 192.278 habitantes _unos 87.000 argentinos y 85.000 extranjeros_ lo que mostraba un crecimiento explosivo de una ciudad que había duplicado su población, considerando los 112.461 del censo de 1910: un aumento del 70% en diez años.
"Si observamos el plano de Werner y Pusso de 1890, vemos que el área ocupada corresponde aproximadamente al centro actual _el triángulo delimitado por Oroño, Pellegrini y el río_ pero por el racimo de vías que ingresan al puerto del Ferrocarril Argentino y el trazado de las llamadas 3 vías, la zona del mercado era un territorio muy marginal. No solo por ser el detrás de las vías, con la poca accesibilidad que eso implica, sino por la cercanía al arroyo Ludueña, lo que convertía a los suelos en inundables", apunta Darío Jiménez, doctor en arquitectura y profesor adjunto de Historia de la Arquitectura de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario.
Barrios como Refinería o Arroyito formaban parte del límite lejano de la ciudad. "Pero hay que considerar que, más allá de esa marginalidad, esa zona de Refinería se consolidó hacia 1910 como la de mayor concentración industrial de la ciudad, dada la presencia de la Refinería de Azúcar, los talleres del ferrocarril y el puerto", explica. Por eso, en esa época se hacen loteos muy baratos en tres largas lonjas de tierra, en sentido norte sur; lo que da origen a tres barrios obreros: Refinería, Arroyito y el barrio Industrial.
La apertura del mercado expresa entonces la conjunción de esos dos factores: "la posibilidad de un inversor de conseguir un terreno grande de tierra, para instalar allí un lugar de provisión de alimentos para esos obreros, muchos de ellos inmigrantes, que empezaban a poblar el lugar", apunta. Un lugar donde comprar la verdura y las frutas del día, la leche o la carne, ya que no había alternativas para conservarlas por mucho tiempo en el hogar.
Una época de la que el viejo edificio de El Porvenir fue un testigo privilegiado.
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Fuente: La Capital
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