El Premio Nobel Bernardo Houssay en la hora mas dramática para la ciencia argentina
Por Dr. Carlos I. Scaglione, Docente de la UNSE
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El Premio Nobel Bernardo Houssay en la hora mas dramática para la ciencia argentina El Premio Nobel Bernardo Houssay en la hora mas dramática para la ciencia argentina
El 21 de septiembre de 1971 murió Bernardo Houssay. Cincuenta y cinco años después, su muerte vuelve a interpelarnos por una razón incómoda: mientras Houssay dedicó su vida a construir una ciencia argentina capaz de sostener la soberanía nacional, el gobierno de Javier Milei está haciendo exactamente lo contrario: desfinancia, desarma y expulsa científicos.
Houssay no fue solamente nuestro primer Premio Nobel científico. Fue un constructor de país. Médico, farmacéutico, fisiólogo y maestro de generaciones, recibió en 1947 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus investigaciones sobre la hipófisis y el metabolismo de los azúcares. Antes y después obtuvo numerosas distinciones internacionales y 27 doctorados honoris causa de universidades como Harvard, Oxford, Cambridge y París.
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Pero sus premios fueron apenas la consecuencia visible de una obra mucho más trascendente: crear las condiciones para que Argentina pudiera producir conocimiento propio.
Construyó el Instituto de Fisiología de la UBA, impulsó sociedades científicas, creó el Instituto de Biología y Medicina Experimental y, en 1958, fue el primer presidente del CONICET. No estaba creando una burocracia. Estaba creando una política de Estado: formar investigadores, sostener laboratorios, financiar proyectos y garantizar que la Argentina pudiera investigar sus propios problemas.
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Su escuela produjo científicos de enorme dimensión. Entre ellos, Luis Federico Leloir, Premio Nobel de Química en 1970. Después vendrían miles de investigadores y desarrollos científicos que atravesaron la medicina, la biotecnología, la producción agropecuaria, la energía, los alimentos y la industria.
Houssay había entendido algo elemental que hoy parece necesario repetir: la dependencia científica es una forma de dependencia económica y política. Un país que no produce conocimiento queda condenado a comprarlo. Y quien compra tecnología, medicamentos, semillas, equipamiento o soluciones estratégicas también queda sometido a las decisiones de quienes las producen.
Ese era precisamente el sentido del CONICET.
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Por eso lo que está ocurriendo hoy no puede reducirse a una discusión sobre déficit fiscal. Expulsar investigadores, reducir becas, paralizar proyectos y deteriorar las instituciones científicas no es simplemente ahorrar dinero: es destruir capacidades nacionales construidas durante décadas.
Un investigador no se forma en un año. Una escuela científica tampoco. Detrás de cada científico que abandona la actividad hay años de universidad, doctorado, posdoctorado, experimentación y formación. Detrás de cada laboratorio que se deteriora hay conocimiento que puede perderse. Y detrás de cada joven que decide emigrar porque en su país no tiene futuro científico, hay una inversión argentina que termina fortaleciendo la ciencia de otro país.
Houssay construía futuro. La política de Milei consume presente y compromete futuro.
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No se trata de sostener una ciencia sin controles ni evaluación. La investigación debe ser rigurosa, competitiva y evaluada. Pero evaluar la ciencia no significa destruirla; administrar recursos no significa expulsar científicos; discutir prioridades no significa abandonar la investigación estratégica.
La diferencia es política.
Houssay pensaba que Argentina debía tener científicos capaces de mirar al mundo de igual a igual. La política actual corre el riesgo de convertirnos nuevamente en consumidores de conocimientos, tecnologías y decisiones tomadas afuera.
Y aquí aparece la verdadera dimensión del problema: la destrucción del sistema científico no es neutral. Favorece la dependencia.
Un país que renuncia a investigar pierde capacidad para decidir sobre su salud, sus alimentos, sus recursos naturales, su energía, su industria y sus tecnologías. Puede ahorrar hoy algunas partidas presupuestarias y pagar muchísimo más mañana comprando afuera lo que dejó de producir adentro.
Por eso, recordar a Houssay el 21 de septiembre no debería ser un ejercicio de nostalgia. Debería ser un acto de defensa de la soberanía nacional.
Porque el legado de Houssay no fue solamente el Nobel, ni sus medallas, ni sus doctorados. Su verdadero legado fue una convicción: Argentina podía hacer ciencia de excelencia y utilizarla para construir un país más independiente.
Hoy esa convicción está en disputa. De un lado, Houssay: instituciones, investigación, formación, conocimiento y soberanía Del otro, una política que presenta a la ciencia como gasto, al investigador como costo y al Estado como problema. La historia juzgará qué modelo termina imponiéndose.
Pero hay algo que no deberíamos olvidar: un país puede importar tecnología; puede comprar máquinas, medicamentos y conocimientos desarrollados afuera. Lo que no puede importar es una comunidad científica que dejó destruir. Y cuando una nación deja de producir conocimiento, empieza a perder algo mucho más profundo que científicos.
Empieza a perder la capacidad de decidir por sí misma, y eso no debe permitirse, piense como se piense .
Fuente: El Liberal
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