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El problema no está en los números

Nuestros alumnos no fracasan en matemáticas porque no saben calcular. Fracasan porque no pueden leer. La evidencia de Newman, los datos de PISA y el rol de la IA para salvar ese abismo. Por Alicia Bañuelos

Por El Diario de la República8 min de lectura
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El problema no está en los números
El problema no está en los números · Foto: El Diario de la República

Sebastián tiene catorce años y lee bien. No deletrea, no se traba, no pierde el hilo. Si le das una página de un diario, la recorre sin problema. Pero cuando su profesora de matemáticas le pone delante un problema de dos párrafos —un tren que sale a las 9:15, una distancia en kilómetros, una pregunta sobre el tiempo de llegada— Sebastián se queda en blanco. No es que no sepa calcular. Es que no sabe qué le están pidiendo que calcule. Lee las palabras y no encuentra la pregunta.

Hace dos semanas, en esta misma columna, mostramos cómo la crisis lectora regional explica por qué la inteligencia artificial amplifica en vez de resolver el rezago educativo. El caso de Sebastián es la otra cara de esa misma moneda: la brecha lectora no se queda encerrada en la clase de Lengua. Se cuela, disfrazada de "no entiende matemática", en todas las demás materias.

Cuando se publican los resultados de las pruebas estandarizadas y los números en matemáticas se desploman, la reacción del sistema es casi un reflejo condicionado: necesitamos más horas de cálculo. Repartimos guías de ecuaciones, reforzamos la memorización de fórmulas, volvemos a las tablas de multiplicar. Aplicamos un remedio aritmético a un problema que, en el fondo, no tiene nada que ver con los números.

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El diagnóstico está equivocado. Nuestros alumnos no fracasan en matemáticas porque no sepan sumar, dividir o despejar la "x". Fracasan porque no pueden leer. La verdadera barrera, la que los expulsa de las ciencias exactas y de la modelización del mundo, es estrictamente lingüística.

El embudo de Newman: dónde ocurre el choque

Para entender este "espejismo matemático", hay que mirar el trabajo de la investigadora australiana M.A. Newman. En 1977, Newman demostró que resolver un problema escrito no es un acto automático, sino un proceso secuencial de cinco pasos. Al medir dónde se equivocaban exactamente los alumnos, los porcentajes promedio arrojaron un mapa revelador:

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Lo verdaderamente devastador de esta investigación —conocida hoy a nivel global como el Análisis de Errores de Newman— es que casi la mitad de los errores (etapas 2 y 3) ocurren mucho antes de intentar hacer una sola suma. El estudiante se rinde frente a la sintaxis del texto. Lee las palabras, pero no sabe qué le están pidiendo que averigüe ni cómo traducir ese escenario a una ecuación.

El caso australiano: las cinco preguntas que cambiaron el sistema

Este diagnóstico no es solo teoría académica; tiene el poder de transformar sistemas enteros. A principios de los años 2000, el Departamento de Educación de Nueva Gales del Sur se enfrentó a un estancamiento en sus resultados de matemáticas. Al investigar, descubrieron que capacitar a los docentes para explicar mejor los algoritmos no movía la aguja.

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La decisión fue radical: adoptaron el método de Newman como política de Estado. Todo profesor de matemáticas fue entrenado para realizar "entrevistas de Newman", un protocolo donde el docente se sienta junto al estudiante frente al problema y, sin ayudar ni corregir, hace cinco preguntas en estricto orden:

Si un alumno responde mal a la segunda pregunta, la entrevista se termina ahí. El hallazgo fue incómodo: la mayoría de los errores no ocurrían en el cálculo, sino en la comprensión del texto. A partir de allí, todo profesor de matemáticas se convirtió, en la práctica, en un profesor de lectura comprensiva.

El espejo de la OCDE y el colapso local

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Si miramos los datos globales a través de la lupa de PISA, el síntoma se convierte en una ley estadística. Según la OCDE, en los resultados de PISA 2022, la correlación entre los puntajes de Lectura y Matemáticas es de 0,80 en promedio entre los países miembro —el dato figura en el Volumen III del informe oficial.

Para calibrar ese número: en educación, encontrar un 0,80 equivale a decir que ambas habilidades caminan tomadas de la mano. El mito del alumno que es pésimo en Lengua pero un genio en matemáticas no sobrevive a los datos. Estadísticamente, si la capacidad de comprensión lectora de un grupo se hunde, su capacidad matemática se hunde casi a la misma velocidad.

PISA evalúa la "alfabetización matemática" mediante escenarios de la vida real densos en texto; ese puente entre el mundo real y la matemática está construido íntegramente de palabras. Cuando se presenta un problema condicional, el cerebro de un alumno con pobreza de vocabulario agota su energía y su memoria de trabajo tratando de entender el texto, "apagándose" antes de poder calcular.

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La evidencia de este choque es brutal en nuestros propios datos. En las pruebas PISA 2022, el 72,7% de los estudiantes argentinos de 15 años no superó el nivel mínimo en matemáticas. Pero el dato que explica esa tragedia es el otro: el 54% tampoco alcanzó el nivel básico en lectura. Las pruebas nacionales Aprender muestran cómo muta este déficit. En la primaria, los puntajes de matemática no parecen tan catastróficos porque los problemas tienen poca carga lingüística. Sin embargo, al llegar a la secundaria, la demanda lectora explota y la fachada se derrumba. Los alumnos saben multiplicar, pero el texto ya no les dice qué multiplicar.

La heurística de Pólya: cuatro pasos antes de calcular

No es casualidad que Singapur —el país que lidera PISA en matemáticas desde hace dos décadas— haya convertido los cuatro pasos de Pólya en el eje formal de su currículo desde 1990. No como un recurso didáctico opcional, sino como el marco estructural que organiza toda la enseñanza de matemáticas, desde primaria hasta secundaria.

La apuesta tiene una lógica precisa. George Pólya era un matemático húngaro que en 1945 publicó Cómo plantear y resolver problemas, un libro donde argumentaba que resolver un problema matemático no es un acto de inspiración repentina sino un proceso que puede —y debe— enseñarse. Sus cuatro pasos no son una lista de verificación burocrática: son una descripción de lo que hace un pensador competente antes, durante y después de calcular.

A los 15 años, el alumno debe interiorizar esos cuatro pasos como un hábito previo a cualquier operación:

En América Latina, nuestros alumnos suelen saltar directamente al paso tres impulsados por la ansiedad matemática. Ejecutan planes ciegos sobre problemas que no han comprendido. El resultado es el que muestran las pruebas: calculan con cierta destreza mecánica, pero no saben qué estaban calculando.

La IA: de mentor socrático a ecosistema de diagnóstico

En este escenario, la Inteligencia Artificial cambia las reglas del juego. Darle a un adolescente una plataforma que se limite a decirle "Respuesta incorrecta, el resultado es 14" es pedagógicamente estéril. El verdadero salto es diseñar ecosistemas educativos con IA que mecanicen la heurística de Pólya, auditen el pensamiento y visibilicen lo que ocurre en la mente del estudiante.

Esta transformación opera en múltiples dimensiones:

El mentor socrático: si un alumno se equivoca, la tecnología no le da la fórmula mágica. Orquesta un andamiaje paso a paso. Oculta los números y audita la lectura: "Antes de calcular, cuéntame con tus palabras: ¿qué estamos intentando averiguar?". Luego audita la lógica: "Obtuviste un tiempo negativo para el viaje. ¿Tiene sentido ese resultado en la vida real?". La IA opera como un auditor cognitivo.

Calibración dinámica del nivel lector: si la IA detecta que un alumno falla reiteradamente en comprender el problema, puede reescribir el enunciado en tiempo real, generando textos calibrados a su nivel lector —acortando oraciones o cambiando vocabulario sin alterar la complejidad matemática.

Mapas de calor cognitivos: el docente ya no recibe una planilla de calificaciones binaria. La IA agrupa los datos y le muestra un mapa de su aula: "El Grupo A domina el cálculo, pero falla al traducir el texto. El Grupo B entiende el texto, pero se equivoca al dividir". Esto permite diseñar intervenciones hiper personalizadas.

Motores de variación sistemática: para evitar que el alumno resuelva en "piloto automático", un motor generativo de IA produce infinitas variaciones de un problema. Si el alumno resuelve bien una ecuación, la IA mueve la incógnita o cambia enteros por decimales, forzando al estudiante a pensar de nuevo.

Prevención del abandono: la IA mide la "telemetría" del aprendizaje —cuánto tiempo mira la pantalla sin escribir, o si introduce números al azar. Antes de que el alumno se frustre, el sistema detecta la fricción y cambia la estrategia. No reemplaza al docente: registra el progreso y personaliza la recuperación a una escala que antes era inviable.

El síntoma y la enfermedad

Lo que nuestras pruebas miden como fracaso matemático es, en realidad, el registro tardío de una deuda lingüística acumulada durante años. El sistema la ignoró porque los síntomas tardaban en aparecer: en la primaria, los problemas tienen poca carga de texto y el alumno pasa. Recién en la secundaria, cuando el enunciado crece y el vocabulario se vuelve técnico, la fachada se cae. Para entonces, ya es difícil saber dónde empezó el derrumbe.

Separar Lengua y Matemáticas en compartimentos estancos no es solo un error pedagógico: es una forma de no querer ver. El cálculo es la herramienta; la lectura profunda es la única llave que abre el cajón donde está guardada. Mientras sigamos confundiendo el síntoma con la enfermedad y recetando más horas de fórmulas, seguiremos curando la fiebre con ventilador.

La pregunta que dejamos abierta la semana pasada —qué necesitamos enseñar antes de que la tecnología pueda ayudar— tiene, entonces, una sola respuesta que atraviesa todas las materias: hay que enseñar a leer para comprender. Todo lo demás, incluida la matemática, se construye encima de esa base o no se construye en absoluto.

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Fuente: El Diario de la República

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