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El riojano que llegó hace más de 40 años y se convirtió en el vendedor de pastelitos más conocido de Neuquén

Llegó en marzo de 1982 con una Pastalinda y durmiendo en el piso. Fue amigo de Menem, sobrevivió al ser atropellado por un camión y se convirtió en una figura entrañable del Parque Central, la Plaza de las Banderas y el paseo costero.

Por Luis Castillo11 min de lectura
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El riojano que llegó hace más de 40 años y se convirtió en el vendedor de pastelitos más conocido de Neuquén
El riojano que llegó hace más de 40 años y se convirtió en el vendedor de pastelitos más conocido de Neuquén · Foto: LM Neuquén

Llegó en marzo de 1982 con una Pastalinda y durmiendo en el piso. Fue amigo de Menem, sobrevivió al ser atropellado por un camión y se convirtió en una figura entrañable del Parque Central, la Plaza de las Banderas y el paseo costero.

Desde hace más de cuatro décadas, su rostro es parte del paisaje urbano de Neuquén. Ya sea en la llovizna de los días de semana o bajo el sol de cada sábado y domingo, él siempre estuvo ahí, firme en alguna esquina clave, ganándose el mango. Llegó a estas tierras en marzo de 1982 junto a su familia, justo a tiempo para recibir una de las grandes nevadas de la época, dejando atrás su Rioja natal.

"Llegué con una mano atrás y otra adelante. Fue un 17 de marzo del 82 y a los tres días ya estábamos laburando. Con mi señora empezamos a hacer pastelitos con una Pastalinda y salimos a vender a los tres días de haber llegado", recuerda hoy Luis Ricardo Jassán, el hombre que tenía 29 años en ese primer episodio.

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Desde aquel día, Ricardo no paró. Gastó la suela de sus zapatos pateando cada cuadra del Bajo neuquino. Vio transformarse la costa del río Limay, fue testigo de cada remodelación de la Plaza de las Banderas y se convirtió en un clásico de los fines de semana en el viejo Aeropuerto. Aquel predio de los años 80 que todavía luce en su entrada el Gloster -el avión de caza británico- y que para los más chicos siempre es una invitación irresistible a sacarse una foto de recuerdo.

"No conocía Neuquén, solo de pasada en un viaje a Bariloche. Vinimos porque un tío (Carlos Bara) de mi señora (Mary), que trabajaba en el Correo, le dijo que se vinieran para acá. En La Rioja ya hacíamos pastelitos; teníamos la Pastalinda y unas latas de dulce de batata donde los freíamos", cuenta Ricardo, a quien el tiempo rebautizó simplemente como "El Riojano".

Antes de su desembarco patagónico, Ricardo manejaba un puesto de diarios y revistas en la vereda de la Casa de Gobierno riojana, sobre la calle San Nicolás de Bari. Allí vendía unos 200 ejemplares por día y mantenía un vínculo estrecho y cercano con un joven Carlos Saúl Menem.

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"Mi abuela le dio de amamantar a Carlos porque su madre estaba muy débil. Mi mamá siempre me contó eso, éramos medio parientes y él lo sabía perfectamente", revela Ricardo. "Cuando fue gobernador, yo le llevaba las revistas y los diarios directamente a su despacho, y a toda su cúpula. Después vino el golpe militar y se tuvo que ir; a mí me sacaron el puesto a los dos años".

El destino los volvió a cruzar del otro lado del mapa: "Ya como Presidente, en las visitas que hizo a Neuquén, me veía. Siempre me preguntaba qué necesitaba o si quería volver a La Rioja. Nunca le pedí nada", asegura con orgullo.

Los comienzos en Neuquén no fueron sencillos. Ricardo, su esposa y sus hijas (Marcela, Patricia y Carolina, que entonces tenían 9, 8 y 3 años) se instalaron primero en el barrio Mariano Moreno, detrás en donde hoy funciona un hipermercado mayorista, y luego en la calle Richieri, frente a la Jefatura de Policía. "No teníamos ni muebles. Dormíamos en el piso con las nenas", recuerda. Más tarde, tras separarse de la madre de sus hijas -a quien define como "una gran compañera, muy guapa y buena persona"-, el riojano tuvo dos hijos más en esta tierra.

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Apenas un año después de su llegada, el negocio empezó a prosperar y Jassán compró un almacén en la calle Libertad. Con el tiempo, se volcó de lleno a su propia fábrica de pastelitos.

"Hace 27 años que estoy en la calle Río Negro al 1400. Mi primer local propio lo alquilé en Lisandro de la Torre. Sufrí dos incendios en el negocio, pero siempre salimos adelante.

En los 80, la vida del vendedor ambulante se trasformaba en una lucha y resistencia: "Siempre me seguían los inspectores municipales. Muchas veces me quisieron secuestrar la mercadería y terminábamos discutiendo, pero la gente nunca dejó que me levantaran las bandejas y los caballetes. Mi primera parada fija fue en Sarmiento y San Luis; después me fui a Perito Moreno, frente a la vieja Terminal de ómnibus. Ahí se laburaba una guasada, el movimiento de gente era tremendo".

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Hoy, las vueltas de la vida hacen que se cruce a esos mismos inspectores, ya jubilados, caminando por el centro: "Me saludan con muchísimo respeto".

"He peleado mucho. Durante la intendencia de (Herminio) Balda, un muchacho llegó a coserse la boca en modo de protesta porque no lo dejaban trabajar. Fueron casi 30 años de liza, hasta que "Pechi" Quiroga decidió que podíamos trabajar legalmente".

En aquel Bajo de la juventud del Riojano, brillaban comercios históricos que marcaron el ritmo del desarrollo local. Marcas y nombres que despiertan la nostalgia: Tienda Buenos Aires, Soportman & Suixtil, Modart, Los 4 Ases, Librería las tres B, Tienda Eddi, sederías Dalí, Papá Noel, Jimmy Bar, la panadería Yo, Tú, Él, San Luis Oferta o Calzados Andresito.

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"Había muchos vendedores ambulantes, unos 5 o 6 por cuadra, la mayoría de acá. Y también estaban los "buscas" que te vendían ollas truchas haciendo el verso de "se me rompió el camioncito, te la dejo barata", se ríe.

En sus primeros años en la región, las tardes de domingo se pasaban en el Aeropuerto. "La familia iba a tomar mate ahí. Había dos playones enormes y los chicos andaban en bicicleta y patines. Era un mundo de gente y había una sola entrada. A esa altura, el tramo de la calle San Martín hacia Plottier era todo pedregullo", describe sobre una fisonomía urbana que mutó con la privatización y la posterior llegada del Casino Magic y el Espacio Duam.

"De los vendedores de la calle más viejos quedamos yo y Pedro, que tiene un puesto de medias cerca de Calzado Diez Puntos. Los demás ya han fallecido".

Hoy, probar uno de sus pastelitos artesanales cuesta 3.500 pesos. Ricardo admite que el volumen de venta no es el de las épocas doradas, pero le alcanza para vivir bien, con lo justo. "Llegué a vender 50 o 60 docenas por día. La docena de churros estaba 14 mil pesos y, dependiendo del día, hacía una recaudación de entre 400 mil y 840 mil pesos. En mi mejor momento llegué a tener siete vehículos", confiesa.

Alguna vez intentó proveer a comercios estables, pero la burocracia lo cansó: "Me daban muchas vueltas con la masa, que pase un día, que pase el otro... y para cobrar era un problema. Me cansé".

Y es que el pastelito de hojaldre es un templo de paciencia. "Tiene mucho más proceso y se fríe a fuego más bajo que el churro. El pastel va a 130 o 150 grados y es muy lento; el churro se cocina a 280 grados. En el tiempo que hacés 100 docenas de churros, sacás apenas 15 de pasteles. La masa hojaldrada es puramente artesanal: pasar la margarina, echar la fécula, estirar en la sobadora, volver a hojaldrar, armar, cortar, freír y pasar el almíbar uno por uno. La gente a veces no ve ese valor, solo mira el costo".

El verdadero capital de "El Riojano" es el cariño de la comunidad. "Me conoce todo el mundo. Cuarenta y cuatro años en esto significan que algo bueno hiciste en el medio", reflexiona. El oficio, asegura, no se hereda tan fácilmente: "Una de mis hijas empezó a atender en uno de los puestos con un cartel que dice 'El Riojano' y la gente no le cree, le preguntan dónde estoy yo. Es que una cosa es vender y otra es saber vender. Hay que salir con una charla, un chiste, el diálogo se va para cualquier lado. Y además, yo tengo el sello de gritar para ofertar permanentemente".

En sus épocas de gloria en los balnearios, llegó a coordinar a 25 vendedores a porcentaje y a despachar 400 docenas -junto a un asistente- en un fin de semana. Hoy, la venta entre la Plaza de las Banderas y el Balcón del Valle ronda las 100 docenas.

Toda esa energía estuvo a punto de apagarse hace 15 años. Un amanecer, mientras Ricardo bajaba en moto por la Avenida Olascoaga para buscar una garrafa y seguir sirviendo café calentito en la Feria del Parque Central, un camión repartidor lo embistió al cruzar la ruta.

El impacto fue devastador: un mes internado, seis meses en silla de ruedas, prótesis en el hombro y la pierna izquierda, los huesos del hombro molidos y la pérdida de la visión de un ojo por desprendimiento de retina. Pero su fe y su fuerza fueron más: "Apenas salí del Policlínico, al otro día me fui a trabajar a la Feria".

Su amor por Neuquén se traduce en acciones silenciosas. Cuando le sobra mercadería, la destina a comedores comunitarios o colabora con tortas fritas y churros en la capilla del barrio 1º de Mayo para el Día de las Infancias. Incluso, a veces arma bolsitas con pasteles en un carrito céntrico para que la gente que lo necesita se los lleve gratis. "Cerca de mi casa está la Escuela 56 y los chicos del turno mañana ya saben que pasan por casa a retirar sus churros", cuenta con una sonrisa.

Esa misma calle lo vio cruzar el río Limay con el agua a la cintura y 40 docenas al hombro para venderles a los jóvenes que se bañaban frente a los clubes CEPPRON, Santafecino o El Biguá cuando la Isla 132 era solo un descampado de yuyos. También recuerda la histórica polémica de las tranqueras en el balneario Río Grande (hoy Gustavo Fahler), cuando los privados pretendían cobrar el acceso hasta que el intendente Quiroga intervino para liberar la línea de ribera. "Salió una Ley que maraca que hay que dejar libre una franja de 15 metros de ancho desde la orilla (línea de ribera) para el uso público Esa propiedad es de la familia Menéndez. Conozco a dos de los hermanos, Alejandro y a José", contó.

A bordo de su vehículo utilitario, Ricardo sigue recorriendo sus paradas. Su puesto para muchos es un descanso de charla obligada. "Viene gente que va camino a su casa y para 15 minutos a charlar y se lleva algo. El miércoles vino un cliente en moto desde Cutral Co; tenía que sacar un turno médico para la madre, pasó, se comió unos churros con café y se volvió", asegura.

"Soy riojano, pero me considero neuquino", concluye Ricardo con la mirada brillante. "Son muchos años acá y estoy profundamente agradecido a esta provincia y a la gente que me dio una mano. Siempre hice la calle; así me llevó la vida. Ahora bajé un poco los decibeles, pero los feriados, sábados y domingos se trabaja fuerte, como el primer día".

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Fuente: LM Neuquén

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