El sabio que cambió el oro por el saber: cuando Miguel Lillo rechazó una fortuna y sus amigos la
En una época donde los honores y las recompensas materiales suelen desvelar a los hombres, la historia de nuestra provincia resguarda un gesto de

En una época donde los honores y las recompensas materiales suelen desvelar a los hombres, la historia de nuestra provincia resguarda un gesto de desprendimiento absoluto que pinta de cuerpo entero a su sabio más ilustre. El naturalista Miguel Lillo, fiel a su legendaria austeridad, protagonizó un hecho inédito al rechazar un millonario galardón nacional. Sin embargo, la astucia de sus grandes amigos, Juan B. Terán y Ernesto Padilla, logró torcer el destino de esos fondos en favor de la ciencia.
El reconocimiento en cuestión fue el prestigioso Premio «Francisco P. Moreno», otorgado por la Sociedad Científica Argentina en mérito a sus invaluables aportes a la botánica y las ciencias naturales. El galardón incluía una medalla de oro y una importante suma de dinero en efectivo, una verdadera fortuna para los parámetros de la época.
La respuesta de Lillo conmovió al ámbito académico de la Capital: devolvió el dinero de inmediato. Con la sobriedad que lo caracterizaba, el botánico tucumano argumentó que sus desvelos diarios en el laboratorio y el monte no perseguían un fin de lucro ni buscaban el aplauso público. Trabajaba, simplemente, por el puro amor al conocimiento.
También te puede interesar: Boom vertical: la ciudad de Neuquén sumó casi un 20% más de metros cuadrados y marca un récord histórico en construcción
La inflexible postura del naturalista puso en un aprieto a las autoridades, pero despertó la rápida inventiva de dos de sus más cercanos confidentes y pilares de la cultura norteña: el Dr. Juan B. Terán —rector fundador de la Universidad Nacional de Tucumán— y el político y mecenas Ernesto Padilla.
Ambos sabían que insistirle a Lillo para que guardase los billetes en su bolsillo era una batalla perdida. Conocían su desdén por los lujos materiales. Por ello, idearon una estrategia brillante que el sabio no tendría argumentos para rechazar: convertir el metal en papel impreso.
Terán y Padilla propusieron formalmente que el equivalente monetario del premio no se perdiera, sino que se destinara íntegramente a la compra de libros científicos raros, revistas académicas europeas y tratados de historia natural que eran imposibles de conseguir en el país.
También te puede interesar: "El juez ya no maneja el proceso": cambios de fondo que trae el nuevo Código Procesal Civil de Neuquén
Ante esta contraoferta, el muro de Lillo cedió. No era dinero para él; era combustible para la ciencia tucumana. El sabio aceptó gustoso el cargamento de textos que pasó a engrosar su ya mítica biblioteca personal, aquella que años más tarde donaría al revés de su muerte para dar vida al Instituto que hoy lleva su nombre.
La anécdota, rescatada del archivo histórico, no solo agiganta la figura ética de Miguel Lillo, sino que demuestra el valor de la amistad intelectual de aquellos hombres que sentaron las bases culturales de la provincia.
Esta historia fue narrada en el interesante perfil Bioteil, de un joven tucumano para difusión de la Biología:
También te puede interesar: Así despedían al piloto del helicóptero que cayó en Valle Fértil que dejó la pérdida de siete personas
Una publicación compartida por Fede pasquini (@bioteil)
Más Noticias
También puede interesarte
Fuente: El Federalista
- #cultura
- #sabio
- #que
- #cambio
- #oro
- #por
- #saber
- #cuando
- #miguel
- #lillo
- #rechazo
- #una
- #fortuna
- #sus
- #amigos
- #convirtieron
- #biblioteca
- #tucuman


