El secreto de la frutilla: productores correntinos apuestan al compost para cuidar el suelo
Con 25 hectáreas y 10 variedades, una familia de productores transformó el manejo del suelo para reducir pérdidas y sostener la producción.

En un suelo arenoso del paraje Desmochado en Bella Vista, una familia de productores correntinos encontró una forma particular de producir frutillas y poner el suelo en el centro de la estrategia. Después de años de pérdidas por plantas que caían antes de completar el ciclo y distintos problemas sanitarios, comenzaron a incorporar materia orgánica y desarrollaron su propio compost.
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El establecimiento La Elisa de la familia Alegre, trabaja con 10 variedades distribuidas en 25 hectáreas. La producción alcanza entre 35.000 y 40.000 kilos de frutilla, con rendimientos de entre 700 y 800 gramos por planta. Pero llegar a esos números implicó atravesar varios problemas y modificar, de a poco, la manera de trabajar la tierra.
El Litoral formó parte del III Encuentro de Periodistas Agropecuarios que reunió profesionales de Corrientes, Entre Ríos, Misiones y Formosa, donde el productor de frutillas, Melideo Alegre explicó que uno de los principales inconvenientes aparecía antes de terminar cada campaña. "Los problemas eran que empezaban a caer las plantas antes de terminar el ciclo productivo", contó. Ante esa situación, recurrieron al Inta para buscar una explicación.
En ese trabajo descubrieron un problema que hasta entonces desconocían. Las plantas eran compradas en distintos viveros del sur del país y, a partir del análisis, detectaron y registraron el ácaro del ciclamen, una plaga que tampoco era conocida por los viveristas.
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El establecimiento ya convivía con otra plaga frecuente en este cultivo, la conocida arañuela roja. Pero el problema llevó a los productores a revisar también qué estaba pasando con el suelo y con las plantas que llegaban desde otros lugares.
"Después nos dimos cuenta que debíamos rotar de suelo, empezamos a incorporar materia verde y empezamos a poner otra alternativa con abono", contó Melideo. Con el tiempo también descubrieron que algunas plantas llegaban infectadas con otros patógenos.
El camino incluyó distintas alternativas y, en cada campaña, dejaban una parte de lo convencional que ya utilizaban para poder comparar los resultados.
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Primero probaron con la solarización y luego con productos químicos. En ambos casos observaron que el cultivo tenía un mejor comportamiento. Pero el cambio más importante llegó cuando comenzaron a prestar atención a la materia orgánica que incorporaban al suelo.
"A medida que nosotros le aportamos más materia orgánica a nuestros suelos nos dimos cuenta que empezó a cambiar. El suelo tiene vida, hay que aportar nutrientes y ahí arrancamos con el compostado", explicó el productor correntino.
Al principio utilizaban el estiércol directamente desde el corral. Sin embargo, descubrieron que esa alternativa no era viable y comenzaron a producir su propio compost. La clave, según la experiencia que desarrollaron, fue darle tiempo al proceso de compostado.
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Con los cambios empezaron a notar que podían producir sin tener que trasladar el cultivo año tras año. Antes rotaban los suelos, pero la logística de trasladarse de un lugar a otro se volvió un problema. El compost les permitió mantener la producción en el mismo lugar.
Para el cultivo utilizan entre 25.000 y 30.000 kilos de compost en línea. Además, realizan análisis sectorizados y periódicos del suelo para conocer los nutrientes disponibles y determinar el aporte de materia orgánica. El objetivo es que el compost se mineralice y permita que los nutrientes permanezcan disponibles durante más tiempo.
El ingeniero que acompaña el trabajo explicó que hubo un cambio en el concepto de fertilización. "Lo que se hizo acá es transformar el concepto que teníamos en la facultad de que a los cultivos hay que darle fertilización química a lo matemático, en cantidades precisas y después una enmienda orgánica", señaló. Con el tiempo, esa lógica se modificó y comenzaron a trabajar principalmente con fertilización orgánica, recurriendo a la química cuando resulta necesaria.
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El esquema actual es de aproximadamente un 70% orgánico y un 30% de fertilización química. Para explicar el efecto del compost sobre el suelo utilizan una comparación sencilla: "El ejemplo del suelo es como una rejilla, se le van todos los nutrientes. Lo que logramos con el compost es que el suelo se comporte como una esponja", señalaron. De esa manera, el suelo retiene los nutrientes durante más tiempo y mejora su eficiencia.
La estrategia permite reducir el uso de productos químicos. El sistema cuenta con predadores naturales y se utiliza muy poco de este tipo de productos. Además, cada lote está subdividido y se realiza una rotación de variedades, porque algunas presentan mayor resistencia frente a determinadas enfermedades. "No repetimos la misma variedad en el mismo lote", explicaron a este medio.
Walter Alegre resumió la lógica detrás de esta forma de producción: "Hoy tener 25 hectáreas en Corrientes no es fácil, no es que seamos los mejores, nosotros encontramos una forma práctica de producir, cuidando nuestro suelo, si le sacamos 5 tratamos de agregar 8". En realidad, el establecimiento trabaja sobre 25 hectáreas de frutilla, y esa superficie se organiza mediante rotación, análisis y manejo del suelo.
El sistema se desarma al finalizar la campaña y al año siguiente vuelve a armarse en el mismo lugar. En los años de sequía, como ocurrió entre 2020 y 2021, también aprovecharon el agua de las lagunas para darle volumen al compostado y sacar provecho de los recursos disponibles en el establecimiento.
La producción comienza con los plantines que llegan todos los años desde El Maitén, en Chubut. El trasplante empieza en abril y se extiende durante aproximadamente un mes. Primero se incorporan variedades más precoces, como San Andrea y Marisma, y en mayo se plantan aquellas que tienen una producción más tardía.
La elección y distribución de las variedades también tiene un objetivo comercial que es la de evitar quedarse sin fruta. De esta manera, la producción se sostiene durante distintos momentos de la campaña y los mercados pueden mantenerse activos.
La fruta fresca se destina principalmente al mercado interno. Con logística y cámara de frío, incluso puede llegar hasta Mar del Plata. Al mismo tiempo, los productores destacan la importancia de respetar al pequeño productor de la zona norte de Corrientes, que también lleva su propia fruta para vender.
Además del mercado de frescos, existe una industria que recibe el producto que no ingresa a ese circuito. Es el último eslabón de la cadena y permite aprovechar la fruta, aunque con mayores exigencias. Para ingresar a ese circuito cuentan con certificaciones, registros fitosanitarios y trazabilidad, además del cumplimiento de los tiempos correspondientes.
El trabajo cotidiano fue cambiando. Cuando comenzaron con la fruta fina, utilizaban baldes. Después pasaron a un canasto, pero allí se mezclaban las frutillas buenas con las que estaban dañadas o pasadas. Finalmente incorporaron un carrito que les permite separar durante la cosecha las frutas en buenas condiciones de aquellas que ya están dañadas.
Así, entre análisis de suelo, rotación de variedades, compost, logística y observación permanente, los productores encontraron una manera propia de sostener el cultivo. La experiencia nació de problemas concretos y de la necesidad de reducir pérdidas, pero terminó modificando una parte central de la producción: la forma de cuidar la tierra sobre la que cada año vuelven a crecer las frutillas.
Fuente: Diario El Litoral
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