El señor del río Negro
El sauce criollo o colorado, como se lo conoce comúnmente, extendió su dominio a todos los grandes cursos de la norpatagonia extraanadina, pero fu...

El sauce criollo o colorado, como se lo conoce comúnmente, extendió su dominio a todos los grandes cursos de la norpatagonia extraanadina, pero fue sobre el río Negro donde alcanzó su mayor esplendor.
Omar N. Cricco *
La toponimia regional es quizás el más claro testimonio de la expansión del sauce criollo en el sur bonaerense y la norpatagonia: río Sauce Chico, río, laguna y balneario de Sauce Grande en Buenos Aires, las poblaciones de Rincón de los Sauces o Sauzal Bonito en Neuquén, la Colonia El Sauzal en La Pampa, el paraje Sauce Blanco en Río Negro, la estancia El Sauce en Chubut… son algunos de los ejemplos que no sólo testimonian su remota presencia sino que marcan, a su vez, su estrecha vinculación con los cursos de agua extraandinos, ámbito fitogeográfico donde esta especie arbórea reinó desde tiempo inmemoriales.
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El sauce criollo o colorado, como se lo conoce comúnmente, el salix humboldtiana como se lo identifica científicamente, extendió su dominio a todos los grandes cursos de la norpatagonia extraanadina, pero fue sobre el río Negro donde alcanzó su mayor esplendor.
Ya en el mundo indígena no pasó desapercibido y entre ellos fue conocido como waik en gününa iajëch, la antigua lengua pampa, o huayqui, en su adaptación al mapudungun, la lengua de la Araucanía.
Como tal, está presente en la onomástica original desde un extremo al otro del río Negro; desde Sauce Blanco (según Rodolfo Casamiquela traducción literal del vocablo tehuelche waik a qëlë) hasta Huiaque Nelo (tiene sauces), antiguo paradero indígena -hoy Allen- citado por Olascoaga en 1879.
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Incluso hacia 1875, en una de sus pasadas por Choele Choel, el Perito Moreno refiere Hueique-reni (sauce–coligue), topónimo hoy imposible de situar y que curiosamente refiere a dos plantas que los indígenas por extensión utilizaron, como sinónimos, para denominar a su lanza de combate.
Las primera crónicas.
Con la irrupción de las primeras expediciones hispanas tras los Césares, principios del siglo XVII, el sauce no deja de ser reflejado por los cronistas. Si bien sobre el Colorado -identificado como Turbio por entonces- no llaman mayormente la atención de estos, sobre el Negro -Claro como lo identificaron en ese momento-, tanto Hernandarias como Cabrera dejan referencias concretas de la presencia del sauce.
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En 1604 Hernandarias es sorprendido por el río Negro a la altura de la actual población de Choele Choel, paisaje al que encuentra "poblado de islas de arboledas", y en él, "indios grandes de cuerpo, pobres, cubiertos de pellejos y sus casas con ramas de sauce".
Casi dos décadas más tarde, en 1620, Gerónimo de Cabrera siguiendo la antiquísima rastrillada vuelve a dar con este paraje rionegrino al que ahora denomina "Buena Vista" y describe la ribera como de "vistosa sauceria, alta espesa y muy derecha".
Al promediar el siglo XVIII, el jesuita José Cardiel intenta acercarse a los dos ríos norpatagónicos, "que dicen ser grandes y con mucha abundancia de sauces altos y gruesos", pero no logra superar la zona de la actual Tres Arroyos.
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Sin embargo, en su labor cartográfica que complementa más tarde su compañero el padre Falkner, consiguen a partir de testimonios indígenas, una interesante primera aproximación al ignoto interior de la norpatagonia.
Se destacan así en Falkner múltiples detalles de aquel que "los españoles lo llaman el gran río de los Sauces", información que queda confirmada en el conocido mapa de Cano y Olmedilla (1775) donde se identifica al río Negro como "Como–Leufu gran desaguadero o R de los Sauzes llamado en el Nuevo Mapa Ynglés Cusu Leuvu o R Negro".
Aun no se había descubierto la boca del río Negro pero la información sobre él ya circulaba abundantemente.
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Curiosamente Falkner también hace referencia a otro río "que los españoles le llaman río de las Barrancas, pero que para los indios es el Hueyque Leuvu o río de los Sauces por los muchos de estos árboles que crecen en sus orillas". El sacerdote, fruto del gran desconocimiento que se tenía de la geografía regional, hace una confusa descripción de este curso aunque queda claro que se trata del actual Sauce Grande, quien quizás obtuvo de aquellas primigenias referencias su actual denominación.
Lo cierto es que la presencia de los sauces era muy conocida en los cursos fluviales de la región, y cuando a partir de 1779 se inicia la exploración y ocupación del Negro, no dejan de aparecer nuevamente en distintas crónicas.
El 22 de febrero de 1779 el piloto Villarino atraviesa trabajosamente y por primera vez la barra del río Negro -aquella "reventazón de baxos por todas partes" según sus palabras- y lo primero que lo sorprende son "troncos grandes de sauces secos que habían traído las corrientes".
En años posteriores, avanzando río arriba, el mismo Villarino vuelve a referir a los sauces como componente destacado del paisaje y en oportunidad de fortificarse en Choele Choel, donde resalta "toda su orilla cubierta de sauces", realiza con estos árboles una empalizada protectora, destacando que se "cortaron y condujeron dos sauces grandes para poner en ellos los tragantes para los esmeriles y pedreros", o sea la artillería de las chalupas.
Casi un siglo más tarde, en 1879, el comandante Olascoaga, que llegara con la expedición del general Roca, encuentra en aquel bosque virgen el motivo para justificar la denominación del lugar al que llegan; a su criterio "Cholov Chel", traducido, no sería más que "espantajos de cáscaras de árbol", según explica, restos arbóreos que las grandes crecientes dejaban al retirarse en los "altos sauces de la ribera".
En adelante con la ocupación y posterior colonización de la región el sauce siguió siendo un provechoso recurso para los colonos: ranchos, cercos o corrales, leña, entre otros. Incluso la Armada, según nos refiere Santiago Albarracín, llegó a usar su leña para las calderas de sus buques cuando escaseaba el carbón río arriba.
Ya en el siglo XX, durante la segunda década del mismo, se instaló en Choele Choel un aserradero para aprovechar los frondosos sauzales ribereños. Una compleja instalación con motores, generador y sierras que se complementaba con dos embarcaciones que transportaban los sauces desde las islas y casi medio kilómetro de vía férrea "Decauville" entre el puerto y el aserradero. El periodista Wenceslao J. Molins que visitó estas instalaciones no dejó de destacar las posibilidades inmediatas de este recurso, en sus palabras "El sauce patagónico, es la carne de perro puesta al margen de los pueblos valletanos, corriendo en interminable cenefa, junto al Negro y al Colorado". Si bien el aserradero funcionó por corto tiempo, fue toda una novedad para el lugar y la época.
Especies invasoras.
Pero al promediar el siglo pasado la descontrolada difusión de especies exóticas y la modificación del régimen natural del río con la construcción de las represas, alteraron significativamente el ámbito ripario característico.
Distintas especies ajenas comenzaron a desplegarse por los antiguos señoríos del sauce criollo con los resultados hoy a la vista, un bosque enmarañado y extraño al paisaje original del río.
Frente a Choele Choel, la popular Isla 92, se presenta como un caso típico donde el desorden natural de un sinnúmero de especies exóticas -tamariscos, olivillos, moras, fresnos, olmos, mimbres, eucaliptus, álamos, entre otros y un complemento de rosa mosqueta, madreselvas y demás arbustos extraños como sotobosque- generaron espacios cerrados que si bien fueron haciéndose familiar entre los vecinos son totalmente ajenos al paisaje natural que caracterizó las costas del río Negro.
Este bosque enmarañado ha favorecido a su vez la rápida propagación de incendios siendo curioso observar que cuando estos arrasan el terreno quien más se favorece es una de las especies invasoras, el tamarisco, quien con su rápida regeneración dificulta el desarrollo de los otros árboles.
Aun así, en esta misma Isla 92, sin el porte de los grandes ejemplares de otrora, es posible apreciar semilleros y ejemplares adultos de sauces que crecen compitiendo entre las nuevas especies, con cierta lozanía pero sin la exclusividad que caracterizaron otros tiempos en que fuera el señor del río.
El sauce criollo en La Pampa.
Aunque con menor esplendor que en el río Negro, tanto hacia el norte como hacia el sur, las siluetas del sauce criollo también fue familiar sobre los valles del Colorado y del Chubut, considerándose a este último como el límite austral de los dominios de este árbol.
Por su parte el río Colorado es prácticamente el único lugar donde encontramos al Salix Humboltiana en La Pampa, sus riberas han sido su hogar ancestral y los testimonios históricos tampoco faltan; en 1781 el referido piloto Villarino descubrió la boca del Colorado y durante aquella primera exploración ya menciona la existencia de estos árboles sobre el curso inferior, aunque, según nos dice, no en abundancia "ni tan derechos" como los del Negro.
Ya muy acá en el tiempo y casi al otro extremo del río, no muy lejos de la confluencia del Barrancas y el Grande donde nace, la gran riqueza del subsuelo ha dado notoriedad a Rincón de los Sauces, denominación originada seguramente en algún, hasta no hace muchas décadas, idílico y apartado rincón de río.
Sobre el curso medio del río del Colorado, valle que comparten La Pampa y Río Negro, tampoco el sauce ha sido ajeno a la toponimia local; mientras que al oeste, en el departamento Puelén, encontramos la conocida Colonia el Sauzal, al este, en Caleu Caleu, es registrada en la actual cartografía pampeana la estancia El Sauce.
Entre uno y otro, a la altura de la desembocadura del Curacó, pero ya sobre la ribera rionegrina, encontramos la estancia Sauce Hué a no mucha distancia de donde a principios del siglo pasado Moritz Alemann, periodista del Argentinisches Tageblatt, dejó constancia de la hoy perdida denominación de "Sauce Ladeado".
En un tiempo de grandes sueños y esperanzas para el oeste pampeano Ángel Floro Costa en su original proyecto de un canal navegable para el oeste pampeano propuso al "Sauce de las pampas (Salix Humboltiana)", a su criterio "admirablemente adoptados para el objeto en el clima pampeano", como elemento complementario de las mismas, por cuanto "embellecen y consolidan dichas obras".
Al presente, por su resistencia en terrenos salinos y calidad de las aguas el tamarisco es quizás uno de los más claros competidores exóticos del sauce, aunque aún así su gallarda presencia no pasa desapercibida y puede seguir apreciándoselo en muchos sectores del río Colorado entremezclado con otras especies introducidas y los últimos caldenes que tienen en estas costas el límite austral de sus dominios.
La imagen del sauce criollo debería dejar de ser parte del patrimonio natural del valle del Colorado, del paisaje nativo del río; en un tiempo en que la reducción de caudal y la calidad de sus aguas son objeto de amenazas permanentes, su presencia seguirá siendo uno más de los testimonios de la salud fluvial de esta cuenca.
Después de contemplar y describir casi líricamente un montecito de sauces, hacia 1920, el periodista Molins destaca en su libro Nuestra Pampa que "cada planta adoptaba una actitud diferente", remarcando así una de las características principales del sauce criollo, aquella de sus caprichosas y variadas formas que lo distingue de otros árboles. Sin dejar de maravillarse ante la silueta de este árbol, al que él llama "sauce patagónico", el cronista concluye: "¡Qué árbol más expresivo, más lleno de dolor y de amor, más hospitalario y más humilde, más generoso y más eterno!" y sin poder dejar de hacer la comparación decía: "El caldén pampeano es la fortaleza; el sauce patagónico, la bondad. [… ] El sauce patagónico, tiene otra expresión y otro lenguaje".
Arboles emblemas.
La avasalladora presencia del caldén en La Pampa, la magnificencia del pehuén en Neuquén, han hecho de ellos emblemas de estas provincias, tanto que figuran en sus escudos provinciales; imitando estos gestos todo hubiera hecho pensar que Río Negro, siendo el epicentro del desarrollo del Salix Humboltiana en la nordpatagonia, lo hubiese adoptado como en su emblema, pero no fue así. Por el contrario tampoco se tuvo el cuidado, el tratamiento o la protección que en otros ámbitos se le da a las especies autóctonas características. Aquellos sectores privilegiados del valle del río Negro que en 1899 el ingeniero Cipolletti describiera casi bucólicamente en su informe como de "pastos tiernos…. sauces, chilcas y cortaderas", un bosque de galería más limpio y abierto, un paisaje familiar del valle hasta no hacen muchas décadas, hoy se ha perdido o se ha transformado notablemente, en gran parte ante la ampliación de áreas de cultivo, pero fundamentalmente por la rápida proliferación de las múltiples y agresivas especies foráneas.
En los últimos años, primeros de esta segunda década del siglo, se ha intentado revertir esta situación y si bien aún no se han delimitado reservas o áreas protegidas, sí se aprecian algunas actitudes positivas de distintos organismos que intentan concientizar sobre la importancia de este árbol.
Además de ser declarado por ordenanza municipal el árbol de la ciudad de Viedma en 2020, anualmente se han realizado desde entonces resiembras a lo largo de todo el valle del río Negro, tratando de preservar la genética original con clones de las plantas más antiguas. Es de esperar que la experiencia acumulada vaya acompañando la continuidad de estas buenas intenciones y permitan asegurar el éxito que se merece este emblema ambiental del río Negro y de la región.
Para muchos jóvenes, para quienes en general no están familiarizados con él, es un árbol que puede pasar desapercibido entre los muchos que se han ido incorporando a los ambientes ribereños de la región, pero en ellos se esconde buena parte de nuestra historia, de nuestras tradiciones, que como se sabe se acunaron a la sombra de este generoso y emblemático árbol.
* Colaborador desde Choele Choel
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Fuente: La Arena
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