El veloz giro de América Latina hacia la derecha
Para el intelectual de la derecha argentina, las victorias de los candidatos vinculados a esta corriente ideológica en la región se explican principalmente por el fracaso del socialismo del siglo XXI.
Por Agustín Laje
Buenos Aires, 8 agosto (NA) - En los últimos dos años, el péndulo político de América Latina ha cambiado de dirección: después de un largo desplazamiento hacia la izquierda, la región empieza ahora a moverse hacia la derecha.
En términos cronológicos, ese cambio empezó en la Argentina, con la victoria de Javier Milei en noviembre de 2023. En ese momento, si mirábamos el mapa político sudamericano, encontrábamos diez países gobernados por fuerzas vinculadas al socialismo del siglo XXI y apenas tres bajo gobiernos que podían ubicarse, con mayor o menor precisión, en la centroderecha. Hoy, en cambio, el panorama es muy distinto: los países gobernados por el socialismo del siglo XXI se han reducido a seis, mientras que en siete han triunfado fuerzas políticas que, en muchos casos, ya no pueden ser comprendidas únicamente bajo la categoría tradicional de "centroderecha", sino que expresan una nueva derecha: libertaria, antiglobalista, patriótica y profundamente crítica del consenso estatista‑woke.
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Lo ocurrido en Chile, Perú y Colombia ilustra con especial claridad este giro a la derecha, que va más allá de lo que existía con anterioridad en la región. Durante la década de 2010, estos tres países integraron el Grupo de Lima, una instancia regional que buscó contener el avance del eje bolivariano articulado en torno al socialismo del siglo XXI. Pero sus respectivos presidentes eran, en general, centristas o, a lo sumo, dirigentes de centroderecha: Sebastián Piñera, Pedro Pablo Kuczynski, Juan Manuel Santos e Iván Duque.
Al comparar esos nombres con los de José Antonio Kast, Keiko Fujimori y Abelardo de la Espriella, resulta evidente que el actual giro a la derecha no consiste simplemente en volver al punto anterior a Boric, Castillo y Petro. Se trata, más bien, de un salto cualitativo hacia posiciones mucho más definidas, más combativas y más críticas del orden político, cultural y económico que dominó la región durante las últimas décadas.
Si elevamos un poco la mirada en el mapa continental, encontramos fenómenos similares. El más conocido es el de Nayib Bukele, probablemente el político más popular de toda América. Si bien años atrás decía simpatizar con ciertas ideas de izquierda, Bukele se ha convertido hoy en un referente ineludible de la nueva derecha: su lucha frontal contra el crimen organizado, su reivindicación del orden, su crítica a la cultura woke y su confrontación con los organismos internacionales que pretendieron disciplinarlo lo ubicaron rápidamente en este nuevo espacio político.
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Pero también podemos observar fenómenos semejantes en otros países de Centroamérica. Laura Fernández en Costa Rica y Tito Asfura en Honduras expresan, cada uno a su manera, el avance de una sensibilidad política que combina demanda de seguridad, hartazgo frente al progresismo cultural y rechazo al estatismo económico.
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A este panorama cabe agregar la actual retirada de los grandes cuarteles generales del socialismo del siglo XXI: Cuba y Venezuela. Donald Trump —otro presidente que, sin duda, también puede ser ubicado bajo el campo de la nueva derecha— ha decidido avanzar contra ambas dictaduras. En el caso venezolano, la presión de Washington se tradujo en un golpe decisivo contra el régimen de Nicolás Maduro, que terminó en la hollywoodense captura del dictador; y en el caso cubano, en una ofensiva de sanciones y presión diplomática destinada a debilitar al aparato comunista que aún gobierna la isla, pero que se está desarmando ante nuestros ojos.
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La pregunta que se impone, entonces, es cuáles son los factores que explican este desplazamiento de alcance continental, capaz de modificar en poco más de dos años el mapa político de nuestra región. Si bien cada país presenta sus propias particularidades, es posible hallar una serie de factores comunes que hay que considerar.
En primer lugar, en casi todos los países que han girado a la derecha encontramos economías estancadas, debilitadas o directamente destruidas por el estatismo.
El segundo factor que se debe tener en cuenta es el del deterioro de la seguridad bajo los gobiernos del Socialismo del siglo XXI. Hechos que han fortalecido las posiciones contra el narcotráfico, el crimen organizado y la inmigración sin control.
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En tercer lugar, hay un agotamiento de la agenda cultural progresista y lo que se ha dado en llamar "cultura woke" o "wokismo". No es que estas ideologías hayan desaparecido, sino que han perdido buena parte de la fuerza política que tenían años atrás, y empiezan a replegarse hacia el lugar del que salieron originalmente: las universidades.
Hay un cuarto factor decisivo para comprender este veloz ascenso de las nuevas derechas al poder: la transformación de las formas de comunicación política a partir de las nuevas tecnologías y de su impresionante masificación. Las redes sociales se han convertido en la principal plataforma de información, discusión y movilización política de millones de personas, desplazando progresivamente a los medios tradicionales como intermediarios privilegiados entre dirigentes y ciudadanos.
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La pregunta que sobrevuela en estos momentos es cuán sostenible y duradero puede resultar este fenómeno. ¿Continuaremos viendo victorias similares en países como Brasil, donde este año se celebran elecciones presidenciales? ¿Los flamantes gobiernos de nueva derecha podrán mantenerse en el poder y lograr continuidad en sus políticas? ¿O veremos, por el contrario, que el péndulo vuelve a moverse en dirección contraria allí donde las expectativas sociales no sean satisfechas con la rapidez que los votantes demandan?
Primero, que las ideas de la nueva derecha sean capaces de traducirse en políticas concretas para mejorar la calidad de vida de la ciudadanía. Si los ciudadanos no experimentan mejoras en su situación económica y en sus niveles de seguridad, aquello que fue presentado como un cambio radical no tardará en aparecer como un discurso vacío. Un ejemplo: el éxito de la experiencia de Bukele en El Salvador con el tema seguridad. Lo mismo podría decirse, en el terreno económico, sobre las políticas de Javier Milei en la Argentina. Si mantiene su línea, su camino hacia la reelección en 2027 estará allanado.
En segundo lugar, las nuevas derechas deberían ser capaces de profundizar sus batallas culturales con más fuerza que nunca, aprovechando que ahora tienen de su lado la caja de resonancia del poder. El desafío de los gobiernos de derecha es particularmente complejo, porque buena parte del aparato cultural que produce "sentido común" permanece en manos de sus adversarios. Universidades, colegios, intelectuales, periodistas, artistas e incluso estrellas del mundo pop siguen funcionando, en gran medida, como sujetos productores y reproductores de las ideas socialistas y woke. La hegemonía progresista en estos ámbitos es todavía abrumadora. Las nuevas derechas, en cambio, sostienen sus disputas culturales principalmente desde las redes sociales y, en muchos casos, en alianza con iglesias cristianas, que conservan una visión de la vida, la familia, la comunidad y la moral mucho más próxima a la sensibilidad conservadora y patriótica que hoy anima este nuevo ciclo político.
Por último, los líderes de la nueva derecha que han llegado al poder lo han hecho, por lo general, con arreglo a un discurso radicalmente antisistema. Trump, Milei y De la Espriella son, en este sentido, ejemplos especialmente ilustrativos. Las nuevas derechas se presentan como fuerzas de ruptura: no quieren simplemente gestionar el orden existente, sino disputar sus fundamentos. Lo complicado es continuar manteniendo este carisma antisistema una vez que se llega al poder. Allí aparece el dilema decisivo de la nueva derecha gobernante: si se adapta demasiado rápido al sistema, corre el riesgo de perder su razón de ser; pero si no aprende a gobernar con eficacia dentro de las restricciones reales del poder, puede paralizarse en una frustración permanente.
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Hannah Arendt entendía la política como el ámbito propio de la acción humana y, por lo tanto, como un campo abierto a la libertad, la contingencia y la aparición de lo nuevo. Nada está escrito de antemano, puesto que todo depende de lo que decidamos hacer. El ascenso de las nuevas derechas no constituye una fatalidad histórica ni una victoria asegurada, sino una oportunidad política abierta por el fracaso de sus adversarios, por el hartazgo de los pueblos, por victorias culturales parciales y por la capacidad de ciertos liderazgos para interpretar su tiempo. Que esa oportunidad se convierta en un cambio duradero dependerá de lo que estas fuerzas sean capaces de hacer con el poder que han conquistado.
(*) Politólogo, director de la Fundación Faro
Agencia NA
Fuente: Noticias Argentina
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