Elchá, la niña encantada (leyenda mendocina)
En la cordillera mendocina una historia de amor y sacrificio se entrelaza con lo sobrenatural mostrando el poder de los sentimientos y la magia ancestral.

Cuentan las antiguas leyendas mendocinas que en una laguna ubicada en lo más alto de nuestra Cordillera de los Andes, en lo que siglos después se llamaría la República Argentina, había una laguna muy hermosa que tenía por cuenca el cráter de un volcán. Contaban los ancianos nativos que sus antepasados creían que aquella cuenca, dorada después de haber desbordado de lava, había sido bendecida por sus dioses, quienes la convirtieron en un espejo de agua que reflejaba el sol de día y las estrellas de noche.
Y no sólo concedió aquel bellísimo espejo a las tribus que vivían en el valle, sino que con su dedo inmenso hizo una pequeña muesca en aquel cráter, por donde escapaba un generoso chorro de agua que bendecía el llano que se extendía hacia el naciente.
La montaña, rodeada de otras más altas o más pequeñas, se distinguía desde lejos por el brillo del agua que fertilizaba el valle que bajaba hacia el océano.
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Por aquella hermosa llanura que veía aparecer el sol todos los días, cruzaban las tribus nómades o espaciadas, y llegaban los viajeros provenientes desde las tierras chilenas.
Por aquel entonces, el mundo era nuevo y faltaban siglos para que los europeos llegaran al Nuevo Continente que llamaron América.
En una de aquellas pequeñas aldeas, vivía una jovencita a quien sus padres nombraban Elchá Chiamal Cané; era muy linda. Tenía buen carácter y quiso su destino que fuera entregada como ofrenda de paz al viejo cacique Calilué –quien la tomó por esposa– después de que este venció a su pueblo.
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La joven aceptó este sacrificio por el bien de los suyos y debido a esto reinó la paz entre las dos tribus.
Pero el destino tenía otros planes: al morir un cacique amigo de Calilué dejó, al cuidado de este, uno de sus hijos, llamado Cantipán, que debía ser aceptado en la tribu como uno de ellos, y en la familia, como un pariente.
Quiso la mala suerte que Elchá se enamorara del joven Cantipán y, que a su vez, él joven sintiera lo mismo por ella, lo que trajo a este un gran conflicto, pues sabía que, como hijo adoptivo, debía lealtad a su nueva familia.
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Y debido a esta circunstancia resolvió mantenerse alejado de la jovencita, pero, después de un encuentro fortuito, habló a escondidas con ella y juntos decidieron escapar una noche sin luna, tomados de la mano.
Poco después, Calilué, desesperado, recurrió a una mujer llamada Ghulcán –que a su vez era una cacica de cierto poder–, quien también ya había pretendido, sin suerte, el amor de Cantipán.
Esta, llena de celos, acudió a una bruja llamada Quetrupillán, pidiéndole un talismán, y partió en persecución de los amantes. Guiada por la bruja, llegan cerca de la laguna, en una de cuyas grutas se habían refugiado Elchá y Cantipán.
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Para sorprenderlos, la malvada pide ser transformada en lechuza, y llega ante los jóvenes amantes llevando en el pico un ramo de florecitas engualichado –o sea, embrujado.
En la orilla estaba la pareja de enamorados y la lechuza se acercó y dejó las flores en la falda de Elchá, quien, encantada, las colocó sobre el escote de su túnica y corrió a mirarse en el espejo de las límpidas aguas del lago, siendo inmediatamente convertida en roca.
Cantipán, lleno de horror, trató de volverla a la vida besándola apasionadamente y, ante sus vanos esfuerzos y enloquecido de amor, se arrojó a la laguna.
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Ghulcán, desesperada, recobra la forma humana y suplica a la bruja que salve a Cantipán, y como esta demora en pronunciar el hechizo correcto, se arroja a la laguna tratando de salvar al amado.
Una vez que la bruja hizo el ungüento mágico, sacó los cuerpos de los ahogados y los volvió a la vida. Lo que hizo Cantipán fue correr a abrazar a su amada, y Ghulcán, muerta de celos, le pidió perdón y le echó la culpa de todo a la bruja Quetrupillán.
Esta intentó huir, pero, al mirarse en el espejo de agua, se convirtió también en piedra negra.
Cantipán consiguió descubrir el hechizo y, para recuperarlos, se arrojó de nuevo al agua. Ghulcán, desesperada, decidió seguir a aquel a quien amaba inútilmente hasta el fondo del lago y nunca más regresó.
Dicen que, en luna llena, se oye llorar a los amantes, y nunca falta una lechuza de ojos color oro que, presa del encantamiento, los sigue a saltitos.
Fuente: La Voz
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