"Entregó un auto nuevo por las apuestas online": cómo es el dramático panorama de la ludopatía en San Juan
Ricardo Romero, médico psiquiatra y director de la Fundación Eluanen, advirtió sobre el avance de las apuestas digitales y las consecuencias que observa en sus pacientes. Endeudamiento con prestamistas informales, pérdidas materiales, conflictos familiares y problemas de salud me…

El crecimiento de las apuestas online abrió un escenario cada vez más complejo para quienes desarrollan una relación problemática con el juego. En San Juan, aunque no existen cifras oficiales precisas sobre la cantidad de personas afectadas, los profesionales que trabajan con adicciones advierten sobre un aumento de las consultas y las consecuencias que esta práctica puede provocar en la economía personal, los vínculos familiares y la salud mental.
Ricardo Romero, médico psiquiatra y director de la Fundación Eluanen, explicó a Tiempo de San Juan que el juego patológico adquirió otra dimensión con la posibilidad de apostar desde un celular, sin necesidad de trasladarse a un casino o a una sala de juegos. Según su estimación, entre el 2% y el 4% de la población puede presentar problemas vinculados con el juego, aunque aclaró que se trata de una referencia nacional que también considera representativa para la provincia.
Las consecuencias, sostuvo, pueden aparecer mucho antes de que una persona reconozca que tiene una adicción. En su experiencia clínica, el endeudamiento suele ser una de las señales más evidentes, pero detrás de las pérdidas económicas también pueden surgir cuadros de ansiedad, depresión, aislamiento y conflictos con el entorno.
Uno de los casos que relató refleja hasta dónde puede llegar esa situación. Un paciente adulto, según contó, tuvo que entregar su automóvil a un prestamista informal por las deudas que había acumulado a partir de las apuestas durante un Mundial de fútbol. El vehículo, que había conseguido con mucho esfuerzo, terminó convertido en una forma de afrontar una deuda que ya no podía sostener.
"Tuvo que entregar un auto nuevo por las apuestas online durante el Mundial", ejemplificó Romero.
Romero explicó que el juego problemático no es un fenómeno nuevo, pero consideró que el acceso permanente a las plataformas digitales modificó la dimensión del problema. Antes de la expansión de las apuestas online, estimó que la proporción de personas afectadas se encontraba aproximadamente entre el 0,5% y el 1,5% de la población general. Con la llegada de las plataformas al celular, ese porcentaje habría aumentado hasta ubicarse cerca del 4%, de acuerdo con las referencias nacionales que mencionó.
El psiquiatra ubicó el principal punto de inflexión después de la pandemia de coronavirus. A su entender, durante ese período se consolidó el uso de herramientas virtuales para numerosas actividades y las apuestas encontraron un terreno favorable para expandirse. De todos modos, aclaró que su interpretación sobre el papel de la pandemia responde a su percepción profesional y no a una medición estadística específica.
La diferencia con las modalidades tradicionales está en la disponibilidad. Mientras que para apostar en un casino físico una persona debía trasladarse hasta el establecimiento, las plataformas permiten hacerlo desde la casa, el trabajo o cualquier otro lugar con conexión a internet.
Esa facilidad de acceso también reduce las barreras para comenzar a jugar. Las apuestas pueden realizarse de manera reiterada y en lapsos breves, sin que exista una separación clara entre una jugada y la siguiente. Para Romero, esa dinámica favorece la repetición de la conducta y dificulta que el usuario advierta cuánto dinero está destinando a esa actividad.
El profesional señaló que el problema no se limita a las personas que buscan una ganancia económica. Si bien alguien puede comenzar a apostar con la intención de conseguir dinero para pagar una deuda, con el tiempo el juego puede convertirse en una conducta sostenida por la propia gratificación que genera.
Entre los grupos que generan mayor preocupación, Romero destacó a las personas de entre 14 y 24 años. Según explicó, en esa franja etaria los problemas vinculados con el juego pueden presentarse con una frecuencia que duplica o incluso casi triplica la observada en adultos, de acuerdo con las referencias que maneja.
El especialista vinculó esa vulnerabilidad con el desarrollo del cerebro durante la adolescencia y la juventud. En particular, señaló que la corteza prefrontal, relacionada con funciones como el control de los impulsos, la planificación y la evaluación de las consecuencias, continúa madurando hasta aproximadamente los 24 años.
Esa etapa puede dificultar que una persona dimensione los riesgos de una apuesta y logre detenerse frente a la posibilidad de obtener una recompensa inmediata. La expectativa de ganar, sumada a la facilidad para volver a jugar, puede imponerse sobre la necesidad de reservar dinero para otras obligaciones.
A ese escenario se agrega la exposición a contenidos en redes sociales que muestran estilos de vida asociados con el dinero, los bienes materiales y el éxito económico. Romero señaló que la exhibición de autos, casas y otros signos de riqueza puede alimentar la idea de que las apuestas representan una vía rápida para alcanzar esos objetivos.
El problema, según planteó, es que esa expectativa no refleja las consecuencias que puede tener el juego cuando deja de ser una actividad ocasional y se convierte en una conducta compulsiva. La posibilidad de obtener una ganancia en una jugada no garantiza que el resultado se mantenga y puede impulsar a la persona a seguir apostando para repetirlo o recuperar lo perdido.
Una de las principales alertas que mencionó Romero es el deterioro de la situación financiera. Sin embargo, remarcó que el endeudamiento no debe interpretarse simplemente como una mala decisión económica o una falta de organización del dinero.
"El endeudamiento termina siendo un síntoma cardinal de la patología", explicó.
Desde su perspectiva clínica, las deudas pueden funcionar como una señal de que el juego dejó de estar bajo control. En muchos casos, la persona continúa apostando con la expectativa de recuperar lo que perdió y termina destinando cada vez más recursos a una actividad que profundiza el problema.
Romero describió una dinámica en la que las primeras pérdidas pueden llevar a nuevas apuestas, bajo la creencia de que una próxima jugada permitirá compensar el dinero que ya no está. Cuando esa recuperación no ocurre, la persona puede recurrir a préstamos para cubrir obligaciones o conseguir fondos con los que continuar jugando.
En ese punto, la situación puede extenderse más allá de las entidades financieras o los créditos formales. El profesional advirtió que algunos pacientes acuden a prestamistas informales y personas que cobran intereses elevados, lo que agrega presión y riesgos a un escenario que ya es complicado.
Las consecuencias pueden incluir la entrega de bienes como relojes, consolas de videojuegos y vehículos. En otros casos, las deudas generan engaños dentro de la familia, pérdida de confianza y discusiones que deterioran los vínculos, declaró.
El caso del paciente que entregó su auto por una deuda vinculada con las apuestas durante un Mundial es uno de los ejemplos que Romero utilizó para describir la gravedad de estas situaciones. Según relató, el hombre había trabajado para conseguir el vehículo y terminó perdiéndolo después de acumular obligaciones con prestamistas informales.
El especialista señaló que en la Fundación Eluanen también conocieron casos de personas que perdieron propiedades de gran valor económico. De esa manera, remarcó que el deterioro puede alcanzar dimensiones muy diferentes según los recursos de cada paciente, aunque el mecanismo problemático no distingue necesariamente entre quienes tienen más o menos dinero.
Romero explicó que el juego patológico es una enfermedad en la que intervienen mecanismos cerebrales relacionados con la recompensa y la gratificación. Cuando una persona apuesta, la expectativa de ganar puede generar una sensación placentera que favorece la repetición de la conducta.
En ese proceso, las pérdidas no siempre funcionan como un freno. Por el contrario, pueden alimentar el deseo de volver a jugar para recuperar el dinero o intentar conseguir el resultado esperado. Así, la persona puede quedar atrapada en una secuencia de apuestas que continúa incluso cuando reconoce que está perjudicando su economía.
El psiquiatra comparó los mecanismos involucrados con los que intervienen en otras adicciones, debido a la participación de los circuitos cerebrales asociados con el placer y la recompensa. Esa semejanza, explicó, también permite comprender por qué el tratamiento del juego patológico requiere abordar la conducta compulsiva y sus consecuencias, en lugar de limitarse a recomendar que la persona deje de apostar.
Romero advirtió además sobre las características de las plataformas digitales. La posibilidad de obtener una ganancia en determinadas ocasiones puede reforzar la conducta y sostener la expectativa de que la próxima apuesta será favorable, aun cuando el balance general sea negativo.
En ese contexto, la necesidad de conseguir dinero no siempre es el motivo principal por el que una persona continúa jugando. Según explicó, alguien puede comenzar a apostar para afrontar una deuda o resolver una dificultad económica, pero después mantener la conducta por la gratificación que experimenta al hacerlo.
Históricamente, el juego patológico mostró una mayor presencia entre los hombres. Romero señaló que la proporción que se utilizaba como referencia era de aproximadamente tres varones por cada mujer afectada. Sin embargo, a partir de la experiencia acumulada en casi dos décadas de trabajo con consumos problemáticos y adicciones, afirmó que esa diferencia se está reduciendo.
Según las estadísticas nacionales que mencionó, la relación se acerca actualmente a dos hombres por cada mujer. El profesional aclaró que se trata de una tendencia que observa a partir de las referencias disponibles y de las consultas que recibe, no de un registro específico de San Juan.
A su entender, la expansión de las apuestas desde el celular contribuyó a modificar el escenario. La posibilidad de jugar desde un espacio privado, sin tener que concurrir a un casino o a otro establecimiento, amplió las condiciones de acceso para distintos grupos de la población.
El psiquiatra consideró que las consultas de mujeres comenzaron a ser más frecuentes en comparación con años anteriores. No obstante, no aportó una cifra provincial que permita establecer con precisión cuánto creció la cantidad de casos femeninos.
La situación tampoco distingue entre niveles socioeconómicos. Romero explicó que antes de la expansión de las plataformas online observaba más casos vinculados con sectores de mayores recursos, pero que actualmente el problema aparece en personas de distintas clases sociales.
La diferencia puede encontrarse en la magnitud de las pérdidas materiales. Una persona con mayor capacidad económica puede llegar a perder sumas de dinero o bienes de gran valor, mientras que otra con ingresos más limitados puede comprometer recursos indispensables para afrontar los gastos cotidianos. En ambos casos, la conducta puede derivar en endeudamiento y conflictos familiares.
El impacto del juego patológico no se limita al dinero. Romero advirtió que una parte importante de las personas afectadas presenta también otros problemas de salud mental, como trastornos de ansiedad, depresión e intentos de suicidio.
El profesional estimó que alrededor del 70% de las personas con problemas de juego presenta alguna comorbilidad psiquiátrica. Se trata de una referencia general aportada por el profesional, que no corresponde a una estadística específica de San Juan ni a un relevamiento provincial publicado.
El endeudamiento puede profundizar ese cuadro cuando la persona comienza a perder bienes, oculta información a sus familiares o enfrenta reclamos de quienes le prestaron dinero, indicó Romero. A medida que la situación se agrava, también pueden deteriorarse los vínculos con padres, hermanos, parejas y otras personas cercanas.
Romero sostuvo que la relación entre las apuestas problemáticas y el deterioro de la salud mental debe ser considerada con atención, especialmente en adolescentes y jóvenes. Sin embargo, la presencia de otros trastornos y el riesgo de conductas suicidas requieren una evaluación profesional de cada caso, sin atribuir automáticamente todas las consecuencias a una única causa.
El especialista planteó que uno de los desafíos consiste en evitar que el problema sea minimizado por tratarse de una actividad presentada como entretenimiento. La frecuencia de las apuestas, el dinero comprometido, la pérdida de control y las consecuencias sobre la vida cotidiana son algunos de los aspectos que permiten advertir cuándo la situación requiere atención.
Uno de los principales obstáculos para el tratamiento es que la persona no siempre reconoce que tiene un problema. Romero explicó que muchos pacientes mantienen la creencia de que pueden recuperar el dinero perdido si continúan apostando y que, por ese motivo, les cuesta aceptar la necesidad de interrumpir la conducta.
La expectativa de controlar el resultado o revertir una mala racha puede sostener las apuestas incluso cuando las consecuencias económicas son evidentes. En esos casos, la persona puede interpretar cada pérdida como un motivo para volver a jugar, en lugar de reconocerla como una señal de alarma.
Por eso, según el psiquiatra, es habitual que la familia advierta primero la gravedad de la situación. Las deudas que dejan de poder ocultarse, la desaparición de dinero, la venta o entrega de bienes y los conflictos que aparecen en el hogar pueden llevar a que los allegados intervengan y busquen ayuda profesional.
"Es muy raro que el paciente por sí mismo pida ayuda", aseguró Romero al describir su experiencia con personas que presentan juego patológico.
El profesional explicó que una parte central del tratamiento consiste en que el paciente tome conciencia de la enfermedad y pueda reconocer las consecuencias que tuvo sobre su vida. Esto implica considerar no solamente el dinero perdido, sino también el deterioro de las relaciones personales, las responsabilidades incumplidas y el impacto emocional que produjo la conducta.
En ese proceso, la participación de la familia puede resultar importante para acompañar la búsqueda de atención. No obstante, el abordaje requiere comprender que no se trata simplemente de una decisión individual de dejar de jugar, sino de una problemática que puede necesitar tratamiento especializado.
Romero consideró que la prevención debe ocupar un lugar central en el abordaje de las adicciones. Desde su trabajo en la Fundación Eluanen, explicó que buscan ampliar las acciones destinadas a hablar sobre los consumos problemáticos y promover una mayor comprensión de sus consecuencias.
En el caso de las apuestas online, uno de los desafíos es que la facilidad de acceso puede hacer que la actividad se incorpore a la rutina sin que la persona advierta el riesgo. La posibilidad de jugar desde el celular y hacerlo en cualquier momento contribuye a que las señales de alarma pasen inadvertidas hasta que aparecen consecuencias económicas o familiares.
El psiquiatra también remarcó la importancia de prestar atención a los adolescentes y jóvenes, por tratarse de una franja que considera especialmente vulnerable. La información sobre los riesgos, la detección de cambios de conducta y la intervención temprana pueden ayudar a evitar que el problema avance hasta situaciones de endeudamiento grave.
En ese sentido, Romero insistió en que la ludopatía debe ser reconocida como un problema de salud y no solamente como una conducta irresponsable con el dinero. La pérdida de control, la repetición de las apuestas y la dificultad para detenerse pese a las consecuencias son elementos que requieren atención.
Para el especialista, el desafío es lograr que tanto las personas afectadas como sus familias identifiquen el problema antes de que las pérdidas se vuelvan difíciles de afrontar. La prevención y el acceso oportuno a tratamientos, sostuvo, son herramientas fundamentales para reducir el impacto de una conducta que puede comprometer la economía, los vínculos y la salud mental.
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Fuente: Tiempo de San Juan
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