Entrevista a Sergio Jarupkin: "Jugaré al básquet aunque tenga que usar una silla con ruedas"
Entrevista con Sergio Jarupkin, basquetbolista. El tapial de Bernal. Roberto Salazar, los negros de Quique y una generación dorada.

Entrevista con Sergio Jarupkin, basquetbolista. El tapial de Bernal. Roberto Salazar, los negros de Quique y una generación dorada.
Entrevista a Sergio Jarupkin: "Jugaré al básquet aunque tenga que usar una silla con ruedas".
Hay pasiones que nacen con uno y duran toda la vida, como la de Sergio Jarupkin, quien desde que agarró la pelota por primera vez a los cuatro o cinco años jamás la dejó, pues seguramente se pueden contar fácilmente los días en que aconteció dicha excepción. El Goyi, ahora impulsor y entusiasta de la categoría maxi + 55, admite su disgusto con la prevalencia del deporte físico sobre la inteligencia y la habilidad, pero, no obstante, la vigencia, constancia y amor por la naranja, no se mancha.
—¿Dónde naciste?
—En Paraná, a la vuelta del club (calle Villaguay), donde viví hasta los 22 años, cuando nos fuimos a Córdoba y estuve un año.
—¿Cómo era la zona?
—No cambió mucho, salvo por los edificios y casas modernizadas; muy tranquilo, se dejaba la puerta y los autos abiertos, y la bicicleta en la calle, lo cual cambió mucho.
—¿Lugares de referencia?
—El club (Quique), la Escuela Santa Fe, donde hicimos la primaria con mi hermano, y la plaza Sáenz Peña.
—¿Qué ancestros llegaron a Argentina?
—Mi abuelo, de Polonia, solo; cuando se estableció trajo a mi abuela y a sus dos primeros hijos, y luego nacieron tres más. Mi vieja es descendiente de criollos y mi abuelo materno era cruzado con indígena, de Tucumán.
—¿A qué jugabas?
—Con chapitas, figuritas y bolitas, y a la tarde íbamos al club. En vacaciones, a la mañana, nos cruzábamos a lo de Carlitos Bernal, el tapial daba al club, pasábamos, jugábamos al básquet o al fútbol, y cuando sentíamos que abrían el portón, rajábamos y volvíamos por la puerta principal.
—¿Cuándo entraste por primera vez?
—No recuerdo, debo haber tenido cuatro o cinco años; tal vez me trajo mi hermano, dos años mayor. Mi tío, Orlando Puentes, jugaba acá, fue muy buen jugador y presidente. Después, mi vieja fue fanática nuestra y nos llevaba a todos lados. Era el más chico de esa camada.
—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?
—Mi papá era gastronómico, dueño del bar Japón, junto con (Juan) Echeverría, y después tuvo La posta del olivo. Mi vieja era profesora de Geografía pero no ejercía, para cuidarnos.
—¿Sentías una vocación?
—No lo tenía en claro; el mandato era estudiar y ser profesional. Me gusta mucho Matemáticas; teníamos Merceología, y con otro chico acordamos estudiar Ingeniería Química, en Santa Fe, fui cinco años, aprobé tres años y medio, y a la par entrenaba a los mini básquet. Luego me contrataron en Córdoba y dejé.
—¿Te sirvió la mente analítica como un plus en el juego?
—Sí; siempre destacaron mi inteligencia para hacerlo, aunque hoy escasean jugadores como (Alberto) Beto Cabrera, (Miguel) Cortijo, (Marcelo) Milanesio, Mario Ríos, (Miguel) y El Negro Lerman.
—¿Con quién aprendiste los primeros fundamentos?
—Con Chuli Benítez, un apasionado y cuyos hijos jugaban, y con Norberto Díaz, quien nos enseñaba bandejas, pases y juego en equipo. No tenían la capacitación de hoy.
—¿Te sentiste con condiciones desde el principio?
—Sobresalía un poco en lo técnico y por la altura, aunque por esto me castigaban, tenía que ir debajo del aro, pelearme con los grandotes, agarrar rebotes y tirar poco. Tenía cierta habilidad, me gustaba innovar y aprender de lo que veía en (Mario) Cipriani, (Luis) Zoff, (Jorge) Mencía, y del club, los Veiga y los Agüero. Al destacarme, me llamaban a las selecciones y ahí aprendí más.
—¿"Caricias" de los grandes?
—¡Obviamente! A (Sergio) El Flaco Padula le decía que abriera las piernas, yo giraba y metía un caño, o yo giraba y la pasaba de faja. Fuimos a Almagro de Esperanza, base de la selección de Santa Fe, tuve la mala idea de hacerlo con (Héctor) El Pato Roldán, quien ya tenía casi 30 años y yo 17. El aro colgaba de la pared, tiro el caño, se dio cuenta y me estampa contra la pared, mal. En un Entrerriano que fuimos campeones de clubes en Santa Elena, donde había lugar para 200 personas y había mil, hago un doble debajo del aro, se lo grito en la cara a quien estaba defendiendo y me pegó un puñete. En esa época no había full descalificador hasta que sangrabas. Contra Rocamora, con El Memo Muller, nos trenzábamos a codazos, porque no era como ahora.
—¿Qué técnico te permitió conciliar altura con habilidad?
—Hubo dos: uno, a nivel selección de cadetes, el profesor Aníbal Cantero, quien sabía muchísimo, y en Quique, Roberto Salazar, quien llegó cuando yo tenía quince años, e innovó el básquet de Paraná, porque al equipo lo volvió explosivo y jugábamos de contraataque, con muchos pases y tiros. Con aquella selección fuimos subcampeones, fuimos al Argentino con la base de Gualeguaychú y resultamos campeones. Ahí fue la primera preselección juvenil argentina, te veían otros técnicos y pasás a otro nivel. El primer año quedamos afuera. Cuando comencé a estudiar Ingeniería, en 1981, no pude representar a Entre Ríos en mayores, pero a partir del próximo año, sí, por varios años.
—¿Cuándo entendiste la esencia del juego?
—A los 20 años, porque con mi altura ya no podía jugar de pivot, entonces tuve que aprender a hacerlo de frente. Si me hubieran enseñado desde chico a driblar, pasar la pelota y jugar de frente, hubiera sido un muy buen base o ayuda base.
—¿Fue un desaprendizaje?
—Al contrario, porque al jugar de espalda al aro tenés buena visión de pase y pasás más la pelota, aunque tuve que mejorar el tiro externo. Cuando fui a Córdoba jugaba de tres o cuatro, aunque más de alero, y en la Unión de Colón, donde me llevó Cantero, si bien teníamos base, podía jugar de 2, 3 o 4.
—¿Le dedicabas tiempo a lo físico?
—Mi contra es el físico, porque soy lento para el básquet. Me gusta entrenar e ir al gimnasio, y si no me hubiera preparado no hubiera llegado a nada. A los 15 años iba al gimnasio, para poder chocar, porque era muy flaco y débil. Cuando comenzamos en las preselecciones, el profesor Scocco nos mataba; nunca había hecho un abdominal ni había salido a correr. De ahí en más, los entrenamientos fueron muy duros, y cuando vino Roberto Salazar, nos mataba, sin ser profesor de Educación Física.
—¿Qué confluyó, además de la llegada de Salazar, para que se formara semejante equipo en los 80?
—Puso disciplina, porque era una banda, los negros de Quique, con muy buenos jugadores en todos los puestos: los Veiga, los Agüero, Mario Ríos y mi hermano, de base, y después lo incorporamos a Benaventano, pero indisciplinados y a quienes no les gustaba entrenar o entrenábamos poco. Comenzó con lo físico, hacer silencio en los entrenamientos y hacer jugadas. No era un técnico superdotado: teníamos un cruce sobre poste, subía Padula o yo, corríamos, contraataque, mucho lanzamiento y defensa. Nos cambió la cabeza. Los de Echagüe y Olimpia estaban medio viejos, rondaban los 30 años, y nosotros entre 18 y 25, así que físicamente los matábamos. Fueron cinco años de la época dorada del club.
—¿Qué transformaciones sustanciales marcás desde entonces a ahora?
—Con las selecciones comencé a ver el juego de los otros y de innovadores como (León) Najnudel, que traía ideas de afuera. Salazar no sé dónde consiguió unos videos y libros de una escuela rusa y cubana, y nuestro entrenamiento era con eso. Fue cambiando, hasta lo actual, que no es lo que uno hizo, porque todo es físico. Cuando volví en 1998 para jugar en El equipo de la ciudad, base de Talleres, ya había otro ritmo y estilo de juego, más rápido y no tan pensante. Ni hablar de hacer zona sino que todo era presión personal. Aníbal Sánchez creció físicamente en un año en Olimpo lo que nosotros no pudimos en diez.
—¿Cómo te adaptaste a esa prevalencia?
—Siempre fue lo peor para mí. Llegando a los 30 o 32 años me daba cuenta de que tenía que competir con chicos mucho más jóvenes y fuertes, pero la experiencia y las mañas me permitieron seguir jugando. A mi hermano, quien estaba en Noar Sioni (Córdoba), se le dio la idea loca de hacer un buen equipo, participar en lo que hoy es el Federal, me reclutó, hicimos buena campaña y salimos campeones del Regional, aunque no llegamos más arriba. Ya no era un entrenamiento a full ni de doble turno, aunque sí todos los días, por la noche, y tenía trabajo de medio día, porque se me achicó el sueldo como jugador, así que estuve en una zapatería y luego con un mayorista juguetero.
—¿Cómo resumís la experiencia de Córdoba?
—Primeramente se hizo una alianza entre Macabi y Noar Sioni, los dos clubes judíos que querían ascender y jugar en la liga, compraron mi pase y yo tuve un sueldo, con la promesa de una vivienda. Cuando andaba de novio y con la idea de casarme había firmado un contrato con Quique, en 1985, y pedí una heladera, una cocina, un lavarropa y cobraba un sueldo chiquito, aunque anteriormente tuve otras ofertas que descarté porque nunca pensé en ser profesional. Mi hermano ya estaba en Córdoba. Nos fuimos en 1986, cuando Claudia estaba embarazada del más grande; hicimos un buen papel pero los dirigentes de los dos clubes se pelearon, se desarmó la alianza y me volví a Paraná.
—¿Te costaba asumirlo como un trabajo por la pertenencia a Quique?
—Lamentablemente no tenía esa idea. Aníbal (Sánchez), en cambio, dijo que no estudiaría, que tenía que vivir de esto y tuvo un representante.
—¿Al volver de Córdoba fuiste a Santa Fe?
—Aníbal (Cantero) nos llevó a La Unión de Colón a mí, al Chino (Mariano) Monti y a Luis Miró. El primer año tuvimos buena actuación a nivel federativo y liga federal; renové el segundo año y lo llevaron a Sergio Benedetich, fue la mejor actuación y casi clasificamos para la Liga B, que luego fue el TNA (Torneo Nacional de Ascenso). El tercer año no nos pusimos de acuerdo con Carlitos Delasoie, por quien tengo los mejores recuerdos, me volví, lo encontré a Enrique Tolcachier, luego asistente de Rubén Magnano, estaba armando equipo para Macabi, me llamaron, me fui solo y luego de unos meses fue Claudia, embarazada y con dos chicos.
—¿El mejor contrato?
—El de Quique, por ser joven y uno de los pocos, aunque en Sionista le pagaban a dos o tres; al resto, le daban un trabajo, como a Aníbal Carrasco y a Mario Ríos. Después, la primera gran impresión fue ir a La Unión de Colón, porque con la prima me compré un Fiat 600, tenía un sueldo y me daban la casa, aunque era todo de palabra. Si no hubiese tenido familia, hubiera ahorrado.
—¿Tres momentos gloriosos?
—Muchos: cuando salimos campeones en Quique, Roberto hizo un aro enorme con el escudo del club, entró el Cucho (Ricardo Veiga) y lo rompió "a lo NBA", con la cancha abarrotada de gente, incluso sentada al borde. Otro hito, siendo campeones argentinos en Cadete, con una final en Catamarca, contra Capital Federal, dirigida por Najnudel, en la cual había 3.000 personas. Faltando tres minutos hago la quinta falta y el estadio se viene abajo con los aplausos para mí. El subcampeonato en Misiones también lo fue porque ganamos la semifinal a provincia de Buenos Aires, cuya mitad de jugadores eran de la selección argentina, como (Marcelo) Duffy, (Daniel) Aréjula, (Héctor) Haile, (Aldo) Jódice y (Marcelo) Richoti. Al otro día jugamos la final con Capital Federal, un equipazo, con (Fabián) Perazzo, (Carlos) Rafaelli, (Luis) Oroño, (Norberto) Meire, (Guillermo) "Camisaza" y (Sergio) Aizpurúa. A la vuelta, nos recibieron como si fuéramos campeones, con una caravana desde Cerrito, y recorrimos toda la ciudad.
—¿Tres rivales de quienes te precies de haber enfrentado?
—Es difícil: en la primera etapa, los pivots de Echagüe y Olimpia (Luis) Moco Zoff y los Lui, respectivamente, porque chocar con ellos era muy duro. Después, me marcó jugar contra Perazzo, Rafaelli, Aréjula, (Carlos) El Negro Romano, (Fernando) Prato y (Héctor) Pichi Campana.
—¿Con quién te identificaste cuando comenzaste a ver NBA?
—Se cae de maduro: Michael Jordan, de quien copié, un poco, lo de girar y tirar en el aire, al igual que a Kobe Bryant. Los (Chicago) Bulls nos marcaron a quienes somos de esa época, más allá de la infinidad de excelentes jugadores y pivots con un juego muy bueno de piernas.
—¿Entendés y te atrae la NBA actual?
—Miro, me gusta, porque es muy explosivo y un show, pero no soy partidario del uno contra uno, sino que prefiero el básquet europeo, balcánico y la ACB (Asociación de Clubes de Baloncesto), porque son jugadores que juegan en equipo. Acá critico que en la U13 se enseñe que todo es uno contra uno, no hay ayuda ni defensa de zona. Si bien en un primer momento es bueno para nutrir a los chicos individualmente, luego llegan a la U15 y no saben ayudar y dar un pase.
La creación de la categoría maxibásquet + 55 está generando el regreso activo a las canchas de un universo que hasta ahora lo tenía vedado. Jarupkin es uno de los principales motores de la iniciativa, de la cual reseña el origen y los próximos pasos.
—¿Cómo se gestó y qué sigue para la nueva categoría?
—Con Ale Dilenque y El Flaco Benedetich dijimos que teníamos que hacer algo para quienes estamos fuera del circuito, ya que a nivel asociativo hay + 35 y + 45. Hasta hace dos o tres años estaba bien físicamente y me animé a jugar con mi hijo en 35, para sacarme la foto. Pero el resto no tenía cabida en los clubes y en la competencia. Comenzamos a llamar gente, al principio fuimos 30, se formó el grupo Los Inoxidables, lo hicimos jamboree y separando por calidad de jugadores. El segundo año aportamos un poquito de dinero, compramos cuatro juegos de camisetas y dos pelotas, y ahora nos juntamos los jueves en una determinada cancha, y somos aproximadamente 20. Mi idea era hacerlo a nivel asociativo, con mesa de control y árbitro, así que hablé con la gente de la asociación y me propusieron organizarlo. Ahora, Echagüe, San Martín, Estudiantes, Universitario y Quique tienen sus respectivos equipos, con nombres de fantasía. Jugamos sábado por medio y alquilamos cancha. La próxima fecha es el 3 de octubre, hay mucho entusiasmo y tal vez el año próximo se sume Rowing.
—¿Cómo incorporaste factores de lo que hoy se considera el entrenamiento invisible?
—Es fundamental. Por ejemplo, quedarte una hora después de entrenar, o venir una hora antes, tirar, elongar, trabajar lo físico, repasar movimientos… Con la nutrición siempre fui un poco delicado, aunque no tenía una dieta estricta; tomaba gaseosa y comía menos, mientras los demás, cerveza y vino, porque nadie se cuidaba. Tenía pautas de buena alimentación y buen descanso.
—¿Cómo te ayuda esa disciplina que construiste para jugar ahora?
—La mantengo, aunque no soy un fanático de la dieta en cuanto a medir calorías, pero es una alimentación mucho más sana que antes, descartando frituras y guisos, buena hidratación y nunca tomé alcohol, más allá de alguna latita de cerveza.
—¿Nunca te cansaste?
—¿Cansarme? No, para nada. En diciembre me puse una prótesis de cadera porque ya no daba más y ya estoy jugando. Aunque sea en silla de ruedas, vendré a jugar (risas).
—¿Publican contenidos?
—En Instagram, apb_senior.
Fuente: UNO Entre Ríos
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