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Entrevista con Daniel Morali: "En las escuelas hay profesores que no pueden leer en un acto"

Entrevista con Daniel Morali i, rector de la E.E.T. Nº 1. Vigencia de la radioafición. CGE, burocracia, normativas y realidad. Robótica, IA y reemplazo humano.

Por Julio Vallana13 min de lectura
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Entrevista con Daniel Morali: "En las escuelas hay profesores que no pueden leer en un acto"
Entrevista con Daniel Morali: "En las escuelas hay profesores que no pueden leer en un acto" · Foto: UNO Entre Ríos

Entrevista con Daniel Morali i, rector de la E.E.T. Nº 1. Vigencia de la radioafición. CGE, burocracia, normativas y realidad. Robótica, IA y reemplazo humano.

Por Julio Vallana

Entrevista con Daniel Morali: "En las escuelas hay profesores que no pueden leer en un acto".

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El rector de la Escuela de Educación Técnica Nº 1, de la capital provincial, Daniel Morali, brindó su óptica sobre la realidad pedagógica en el ámbito de dicha especialidad. El directivo señaló el desconocimiento sobre lo que acontece en las aulas por parte de los nuevos docentes y admitió severos problemas de lectura y comprensión de los alumnos.

—¿Dónde naciste?

—En la ciudad de Gualeguaychú, me crié en el centro y también en la zona de mi abuela, en el suburbio sur y cerca del Club Unión del Suburbio, porque mis padres estaban separados y mi padre vivía con ella. Eran calles de tierra, había agua corriente pero no cloacas, y a dos cuadras está lo que hoy es el corsódromo, así que conocí la antigua estación de trenes.

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—¿Hasta cuándo viviste en el centro?

—Hasta los 13 años. En el barrio de mi abuela había más chicos y jugábamos a la mancha, a la liebre y a la escondida, y había una laguna en la cual pescábamos. En bicicleta iba hasta la costanera y al parque.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

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—Mi papá es constructor, jubilado, y mi mamá docente, de alma, fundó dos escuelas secundarias, una de ellas en el penal, y fue rectora durante 21 años, con un fuerte compromiso porque creía en el poder transformador de la educación, lo cual nos transmitió, así que mi hermana también es rectora.

—¿Cómo se evidenciaba esa impronta en tu cotidianidad?

—Soy el más chico de tres hermanos y por el lado de mi papá tengo otro. La escuela era nuestro cuarto hermano, porque como la de mi mamá era de adultos, estaba hasta las 23, así que nos cocinábamos nosotros, y a la mañana hacía los trámites de la departamental.

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—¿Desarrollaste alguna afición?

—Probé muchos deportes pero ninguno me gustó, y soy radioaficionado. Hice instalaciones de aire acondicionado y refrigeración, lo cual hago, mínimamente, hasta hoy, y fui inspector de seguros.

—¿Por qué te vinculaste con la radioafición?

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—La pareja de mi mamá, quien era director de la escuela técnica de la cual egresé y donde mi mamá era docente, era fanático de la radio, tenía un equipo en el auto y yo escuchaba.

—¿Qué te atrajo?

—Que con un equipito más chico que un estéreo y un pedazo de alambre, era fascinante hablar durante todo el día con Latinoamérica. Me hacía las antenas y mi abuelo me regaló un equipo General Electric que conservo.

—¿Qué aprendiste primeramente?

—Cómo hacer antenas y cómo se habla. Luego encontré a un uruguayo, Gustavo Graña, a quien le compré unos conectores, iba mucho a su taller, me daba planos de antenas y me enseñó cómo calcularlas. Hasta hice una subterránea.

—¿Comprabas la revista Lupin?

—La veía bastante porque mi hermano tiene un maxi kiosco donde vendían revistas. Están los libros Ham Radio, pero nunca los pude comprar, porque mi mamá era docente y pagaba alquiler.

—¿Libros influyentes?

—Siempre leí bibliografía técnica y manuales de programación, y para la carrera directiva me gustan los de gestión educativa.

—¿Cuál fue la primera comunicación importante?

—Con República Dominicana, aunque es muy común en la banda ciudadana.

—¿Recordás algo del diálogo?

—Esa banda es comercial, no exclusiva para radioaficionados, así que fue una charla bastante emocionante.

—¿Continuaste la afición?

—Intermitentemente.

—¿Qué te motiva?

—Soy muy inventivo, me gusta descubrir y aprender, y me aburro rápido, así que con esto siempre tengo un contacto distinto. Soy muy charlatán y en estos diálogos se conversa sobre cuestiones técnicas, aunque no se puede hablar sobre política y religión.

—¿Cómo le impactó el desarrollo tecnológico a la actividad?

—Con el auge del celular, hasta 2018, casi no había radioaficionados pero hace unos días en el radioclub de acá vi muchos chicos y gente grande en el curso. La escuela de la cual egresé en Gualeguaychú tiene licencia y a los alumnos se les muestran los equipos, lo cual estoy intentando hacer acá.

—¿Y en cuanto a lo técnico?

—Desde hace varios años hay comunicación digital que, si bien va por radiofrecuencia, es una trama codificada, al igual que los equipos tienen una pantalla más grande que la de los celulares y tecnología de procesamiento de audio. Incluso hay comunicaciones con antenas que apuntan a la Luna, pega, vuelve y eso se escucha.

—¿Tiene alguna ventaja específica?

—Es el espíritu del hobby de la comunicación, lo cual hace bien. También tenemos responsabilidad de retransmitir durante catástrofes, así que muchos aficionados tienen grupos electrógenos y celdas fotoeléctricas.

—¿Está poco promocionado?

—Habría que socializarlo un poco más; así como los chicos juegan en una computadora o andan en bicicleta, con esta actividad pueden desarrollar la dicción, algo que les cuesta a muchos porque no tienen oralidad, y además brinda conocimientos técnicos.

—¿Sentías una vocación?

—Siempre me gustó la computación; mi hermana estudió Análisis de Sistemas, le compraron una computadora, yo la miraba y preguntaba qué se puede hacer con esto además de jugar. Comencé a experimentar, primero con los juegos, en 1995 elegí la especialidad de técnico en Computación y comencé con la programación, que me gustaba mucho. En la adolescencia mi debate era si salía o me quedaba con la computadora, así que a veces nos quedábamos con compañeros.

—¿Materias predilectas?

—Las específicas.

—¿Tuviste buenos formadores?

—De todo, quienes sabían motivarte y enseñaban, y quienes sabían y no les gustaba enseñar.

—¿Continuaste con la computación?

—Estudié para analista programador y luego de sistemas, comencé mi carrera en la Escuela Normal y después en las técnicas, aunque primeramente no había mucho trabajo. Me recibí de profesor en 2013. Mientras estudiaba encontré el programa IBM Via Voice, compré un micrófono, me daban trabajos escritos, los leía, se pasaba a un procesador de textos, los imprimía y vendía.

—¿Cuál fue el mandato de tu mamá?

—Era profesora de Historia, luego hizo el profesorado superior en Ciencias Sociales, la tuve en el secundario y era brava. Llenaba el pizarrón de cinco metros con cuadros sinópticos y tenía una capacidad para enseñar, al igual que de conducción, extraordinaria. Tal vez inconscientemente seguí ese camino porque fue recién cuando yo tenía nueve años de antigüedad que tomé mi primer cargo directivo y nunca lo pensé. Por entonces trabajaba para un ingeniero industrial y de alimentos, Horacio Abad, fui operador de grúa, inspector de seguros y aprendí mucho sobre el mundo laboral y de la vida cotidiana. Por eso, como directivo, me gusta trabajar en la brecha entre la realidad y lo instituido, la normativa y el deber ser.

—Hay una inconmensurable e inútil burocracia llamada Consejo de Educación que sólo se ocupa, dominantemente, de normativas…

—El Estado, con todos sus organismos, incluido el CGE, es un monstruo tapado de burocracia y es difícil salir de eso, porque lo que vale es lo que está escrito.

—Como el expediente en tribunales…

—Con la diferencia de que hay un juez que puede decir "sí, es verdad, pero…". En cambio en el CGE si un plazo no se cumplió tenés toda la razón del mundo pero… Lidero el equipo directivo de la escuela secundaria técnica más grande de la provincia, con un predio de dos hectáreas y media, 8.000 metros cuadrados cubiertos, que se están ampliando, cuatro especialidades para adolescentes y tres para adultos, y en esa inmensidad llegar es difícil. Las escuelas grandes tienen la contraposición de la impersonalidad, entonces cómo atendés la particularidad de un chico con cursos de 30 alumnos, ocho divisiones de primer año y 49 en total. Se relega la personalización de la educación, que no es un profesor por alumno, sino atender su particularidad, porque más allá de que haya alternativas, materialmente es imposible. Por eso hay que trabajar en el aprendizaje autónomo del alumno para brindarle las herramientas que lo potencien. El modelo antiguo en que nos formamos tiene sesgos y atraviesa nuestra práctica.

—¿Con qué paradigma te formaste?

—En el constructivismo y el modelo coloquio-contextual de (David) Ausubel, los cuales ponen al alumno como centro. La pedagogía anterior era la de la escuela normal, en la cual el docente tiene que estar un poco más alto porque es el dueño del saber y quien ilumina al que no tiene luz, el alumno, y es meramente transmitir. Me gusta que el alumno construya su conocimiento, porque está atravesado por lo vivenciado, lo que le pasa y lo que le deja de pasar. Podés ser el mejor, pero si tuviste un día malo no rendís como el anterior, lo cual no es para regalar la nota, sino para tenerlo en cuenta. La educación implica a dos personas, pero también tiene que estar la intencionalidad, de enseñar y de aprender. Hay chicos que van a la escuela por obligación de sus padres, con lo cual hay que lidiar, adaptarse y buscar alternativas, aunque el tiempo que se dispone es finito.

—¿Cuál fue el primer contraste, según ese enfoque, al comenzar a ejercer?

—Que te piden cosas imposibles, como que el pibe tiene que aprobar porque "los padres son complicados, tienen abogados y presentarán una nota". Durante mis primeros años de docencia no tuve el título de profesor ni estaba formado en pedagogía. El docente es un agente del Estado que lleva adelante un hecho político como la educación, enmarcado en un modelo de país que a la mayoría le parece correcto y la ciudadanía tiene que estar formada en consonancia, para bien o para mal. Más allá de los distintos cambios y matices, hace muchos años que se sostiene la pedagogía del cuidado del alumno y se considera su bagaje.

—¿Coincidías con tu mamá?

—Teníamos mucha consonancia en cómo el alumno debía aprender y darse la dinámica en el aula, porque son cuestiones sencillas.

—¿Cuándo notaste los primeros indicios del colapso educativo?

—Tengo compañeros de mi época que se recibieron y no sabían leer.

—¿En la escala actual?

—No, hoy es más complejo, porque los chicos no leen y es difícil hacerlos leer. En primer año recibimos chicos que no saben leer.

—Hay quienes no saben hacerlo en el primer año de la facultad.

—Sí, y lo dice alguien que firma títulos. Han cambiado las estrategias de enseñanza y de aprendizaje; de todos modos aprender a leer y a escribir corresponde fuertemente, si bien es un contenido transversal a toda la trayectoria educativa, a la primaria. Falta lectura y se aprende leyendo, lo que te guste, y en muchos países se ha vuelto a leer y escribir, por lo cual hay que copiarlo y no sentirse mal. Nos encontramos con muchas dificultades que no son diagnosticadas, porque nunca nadie le preguntó al chico, por ejemplo, si veía lo escrito en el pizarrón. Hoy hay muchos recursos que permiten diagnosticar y atender particular y profesionalmente, aunque la diversidad de problemáticas es tal que nos supera. Al igual que hay familias que no saben lo que es un psicólogo o un fonoaudiólogo y por eso no tienen internalizado la importancia de abordar ciertos problemas.

—¿Qué particularidad se da en las escuelas técnicas en cuanto a la pérdida de habilidades cognitivas, además de lo anterior?

—Todavía no nos llegó eso, salvo los problemas básicos de comprensión lectora y lectoescritura, lo cual, indicador más o menos, siempre estuvo en el tapete; cuando recibimos a los chicos no saben usar una escuadra o trazar una línea. Hasta 2023 la tasa de egreso en las escuelas técnicas provinciales era de 40% y en formación profesional 50%, o sea que los chicos egresan, pero el tema es cómo.

—¿Cuáles son las deficiencias de los docentes "cristal"?

—Hay que replantear la formación del profesorado, porque algunos no pueden leer en un acto y no debe ser la única escuela en la cual pasa. Los recién egresados vienen con la energía renovada y se chocan con la cruel realidad. Di clases en el profesorado y traté de ser realista en cuanto a que la docencia es frustrante, porque no se puede medir la tasa de éxito por número y según cuántos alumnos aprueban, ya que no da cuenta de un aprendizaje significativo. Los docentes nuevos llegan en la etapa de noviazgo con la profesión: no ven nada en cuanto a saber leer la realidad de las escuelas y al manejo del grupo.

—¿Por qué lo del parque calisténico?

—Creo en la formación integral, así que hacer acciones para que los chicos puedan cultivar su cuerpo, forjan el espíritu, en una etapa crucial del desarrollo. Fue hecho por los alumnos de Construcciones, es algo distinto y se usa bastante. En las escuelas técnicas el arte y el deporte son necesarios.

—¿Publican contenidos?

—Sí, en Instagram, eet1parana, en Facebook, EET1 y la página eet1parana.edu.ar

El técnico en computación planteó interrogantes generados a partir del desarrollo exponencial de la inteligencia artificial aplicada a la robótica, y la preocupación por el reemplazo de mano de obra humana.

—¿Qué tecnología te sorprendió desde tu contacto prematuro con lo técnico hasta hoy?

—La inteligencia artificial aplicada a la educación, más allá de que veía películas de robots como Terminator y Matrix, lo cual pensaba que no vería. Es una herramienta extraordinaria y el desafío es encontrar estrategias para tomarla a nuestro favor, además de tener el papel, el lápiz y la birome. Si les doy a los chicos el Autocad desde primer año, pierden. En el taller de Electricidad tienen que pelar un cable, algo sencillo…

—Pero hay que desarrollar la motricidad fina.

—Y hay quienes no la tienen desarrollada, porque una cosa es mover el mouse y otra ese movimiento.

—¿Cómo sobrellevan los docentes nativos digitales esta cuestión?

—Están mucho mejor preparados que nosotros. Para todo existe la resistencia al cambio y ni hablar si no sabés y tenés que estudiar, así que hay que luchar con los docentes antiguos. Además, antes el cajón de herramientas tenía diez piezas y hoy llenás un galpón.

—¿Tomaste una decisión general en cuanto al uso del teléfono móvil en el aula?

—En nuestro acuerdo escolar de convivencia y proyecto político pedagógico-institucional está prohibido, salvo que el profesor considere su uso pedagógico, como un padlet. Normalmente no lo uso porque doy taller de Robótica y usan la notebook.

—¿Hasta dónde llegará la robótica humanoide?

—Vi una película, Alice, en la cual se compra un ama de llaves que hace todo.

—En China ya hay jueces y maestras jardineras robots, por mencionar sólo dos ejemplos.

—Es exponencial.

—¿Tu actitud frente a eso?

—Me preocupa el reemplazo del humano en cuanto a lo que somos, con lo bueno y lo no tan bueno. El trabajo dignifica y eso se pierde. Si se utiliza para un trabajo de alto riesgo está bueno, pero en esta película, en una obra, todos los obreros fueron reemplazados, menos el capataz. Necesariamente sucederá, porque es una reducción de costos. ¿Qué haremos tantos para subsitir?

—¿Qué estás leyendo sobre este contexto?

—Me volqué bastante al uso de la IA, lo cual me sorprende por el ahorro de tiempo con el uso de promts, aunque no hay que hacer lo de copiar, pegar y mandar.

Fuente: UNO Entre Ríos

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