Enzo Vendemmia "En La Cima": "El robo de la corona de la Vendimia fue muy triste"
El joyero más reconocido de Mendoza, en una charla íntima con Laura Rez Masud, relató cómo vivió el trágico robo que paralizó a la provincia.

El joyero más reconocido de Mendoza, en una charla íntima con Laura Rez Masud, relató cómo vivió el trágico robo que paralizó a la provincia.
Enzo Vendemmia y Laura Rez Masud "En La Cima" de Los Andes.
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Enzo Vendemmia, el último invitado de "En La Cima" de Los Andes y, en una conversación con Laura Rez Masud, reflexiona sobre el oficio, la pasión y el legado. El joyero más reconocido de Mendoza, habló sobre el verdadero significado del lujo, la evolución de la joyería como un fenómeno de moda y las historias humanas detrás de cada pieza.
Además, revive la inolvidable experiencia de diseñar la Corona Nacional de la Vendimia, la trágica anécdota del robo que paralizó a la provincia y la profunda emoción de homenajear a su padre.
— Hay oficios que se aprenden con el corazón y otros que se aprenden con las manos. Pertenecés a una de las familias de joyeros más conocidas de la provincia de Mendoza. ¿Cómo arranca tu relación con la joyería que todos conocemos?
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— Bueno, arranca por mi papá. Empieza mi papá viene de una familia italiana, inmigrante y, bueno, en esa época lo mandan a trabajar en vez de estudiar. Chiquito, 11 años, empieza a trabajar en un taller de joyería y, bueno, con el tiempo él se desarrolla en ese en ese en ese métier, en esa en ese oficio y empieza a hacer lo que se llama engarzador, que es el que pone las piedras en los anillos y las fija con metal. Es todo un oficio, tiene que ser muy prolijo y muy detallista. Y así se desarrolló mi padre como engarzador en talleres de orfebrería acá en Mendoza.
— O sea que creciste entre joyas mirando el trabajo de tu padre. ¿En qué momento te diste cuenta de que querías tomar el mismo camino?
— Es todo una mezcla, porque sí es verdad que yo nací entre la joyería. Es decir, yo tenía 12 años y abría la puerta del negocio de acá del centro, de la calle San Martín. Entonces es como que yo nací con ese entorno. Yo lo acompañaba, después de más grande lo acompañaba yo y mi hermana más grande, lo acompañábamos a Buenos Aires a ver los joyeros, a ver los orfebres. Después entró la universidad, yo estudié una carrera más que ver con la economía, Licenciado en Administración de Empresas, pero siempre pensando con la idea de hacerme cargo de la empresa o de la joyería.
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— ¿Te apasionaba también el arte y el diseño?
— A mí me apasiona todo lo que es arte. Me gusta mucho todo lo que es artístico y, por supuesto, la joyería ahí tiene una parte de diseño artístico que tiene que ver justamente con desarrollar piezas que a la gente le encante, por así decirlo. Después hice un curso de gemología. Gemología es la materia que estudia las gemas, porque hay que definir si de repente una piedra azul es un zafiro o es una imitación. Entonces hay que tener aparatos, hay que medirlo. Lo estudié en Buenos Aires teniendo 18 años.
— Estando en el día a día con los clientes, ¿qué significa para vos una joya? Va más allá de un anillo o un collar...
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— Para mí tiene que ver con el lujo. A mí me gusta reflexionar mucho sobre el tema. ¿Qué es el lujo? Por supuesto que el lujo para vos o para mí son cosas diferentes y muy personales. El darse un lujo tiene que ver mucho con el apreciarse, el quererse, el estar bien con uno mismo o con la persona que se lo querés regalar. Expresa un sentimiento, expresa algo. Es decir: te quiero tanto o te valoro tanto como lo que te estoy regalando, que puede ser joyería o un reloj. Y ahí entramos nosotros, en donde yo te tengo que dar ese valor o esa pieza que vos valorás y se la querés regalar a una persona para demostrarle el valor que ella tiene para vos.
— ¿Por eso se empieza preguntando la historia del cliente antes de vender?
— Siempre empezamos con la idea de decir: contame qué querés hacer, si querés comprarte algo para vos o para regalar. Casi el 80% es para regalar generalmente y para regalarse también, pero tiene que ver con ese acto de apreciarse. Esto lo entendimos en la pandemia. En la pandemia nosotros, por supuesto, estábamos cerrados pero trabajábamos adentro. La gente no podía ir a comer, no podía viajar, no podía ir al cine y tenían que regalar porque era el cumpleaños o el aniversario de tal. Me pedían por favor que se lo vendiera, no importaba el precio. Ahí te das cuenta de que es muy importante regalar algo que exprese emociones, que exprese un sentimiento.
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— ¿Qué tiene que tener esa pieza para que la gente confíe?
— Es muy importante la confianza porque vos no sabés lo que estás comprando: yo te puedo decir que es oro o que es un diamante y tal vez no lo es. Hay de todo y de mucha variedad, e industrializado inclusive. La confianza es muy importante y lo que hace que algo sea una joya tiene que ver con el grado de perfección con que está terminada. Un vaso puede ser un vaso o un vaso puede ser una joya; de hecho, los vasos del Palacio de Versalles son joyas porque tienen una terminación y un material que lo hacen ser joya.
— ¿Por qué el oro es un producto de tanto valor y a veces inaccesible?
— Hoy vos podés tener una joya con metales como la plata y ver cosas preciosas. Por supuesto que el oro es lo más significativo porque tiene mucho valor. El oro se fue a las nubes, es increíble porque casi en un año se ha duplicado su valor. Hace 30 años atrás su valor era el 10% de lo que vale hoy. Antes se consumía mucho más oro porque no era tan caro; hoy está en valores que son una locura. Pero la gente lo piensa y lo sigue comprando. Nosotros tenemos una buena clientela, se vende muy bien porque la gente quiere consumir oro; entiende por qué vale, vale porque lo que tiene es valioso.
— ¿Vés a la joyería como un elemento de moda actualmente?
— Ahora es todo moda, absolutamente. Por ejemplo, ahora se está usando mucho todo lo que salió en la película El diablo se viste a la moda. Toda la joyería que sale ahí ahora todo el mundo la pide, o piden el colgante que usó tal actriz o tal conductora. Es mucha moda, absolutamente, tanto en oro como en plata.
— Contame la experiencia de haber diseñado la Corona Nacional de la Vendimia. ¿Cómo surgió?
— Fue algo que tuvo muchos momentos hermosos y tristes. Lo propuse yo. Se dieron varias cosas que me fueron llevando para este lugar: en ese año se habían robado la corona de la reina, que era de metal normal, bronce o alpaca. En ese año un joyero de Buenos Aires le regala el bastón al presidente o se lo cobra un dólar. Me quedó en la cabeza el robo y por otro lado el regalar el bastón. Estábamos en Europa con mi hermana María Eugenia en un fabricante de joyería y ella ve un colgante que era un racimo de uvas de oro grandote y me dice en chiste: "Se lo podríamos regalar a la reina de la Vendimia". Fue en el instante que dije: qué buena idea, hagamos la corona. Todos me dijeron que estaba loco, pero fui al director de Cultura y Turismo de ese momento, Luis Rosales, y le mostré la idea.
— ¿Qué requerimientos tenía que cumplir la pieza?
— Tenía que tener un tamaño y una forma; no tenía que ser una corona europea, de dinastía europea o una tiara, sino una corona regional, folclórica. Convoqué a varios joyeros de Buenos Aires y gente conocida con la que trabajo y empezamos a tirar ideas. Terminó en que íbamos a contar en la corona todas las características de Mendoza: las montañas, el sol, el vino, la epopeya sanmartiniana.
— ¿Cuánto tiempo llevó la confección?
— Seis meses. En seis meses la terminamos, la mostré y la aprobaron. Fue una donación en el año 94. La primera coronada fue la reina de apellido Paricenti. Mi padre había fallecido en el año 93, un año antes, y la corona hoy se llama Vicente Vendemmia como mi papá porque era un homenaje a él. Fue mucha emoción.
— ¿Y cuál fue la parte triste de esa historia?
— Cuando se la robaron de la joyería en el año 2013. Nosotros en ese momento, por el convenio que había, si bien yo la donaba y es de la provincia, yo la custodiaba y le hacía el service porque tiene tres quilates de brillantes, tres quilates de zafiro, esmeralda. Muchas veces en el ajetreo de ponerse y sacarse se caen piedras. Nos robaron toda la joyería con la corona adentro, hicieron un boquete. Fue muy triste. A los tres días apareció solo la corona, devuelta por el abogado de los ladrones. Parecía un chiste pero fue así; no se supo quién fue por el secreto profesional. La devolvieron al Ministerio de Seguridad, me llamaron a ver si era la original y a partir de ahí quedó custodiada por el grupo GEO.
— ¿Hacer la corona fue el desafío más grande de tu carrera?
— Sí, es el tamaño de una corona. Generalmente hacemos cosas que tienen que ver con un anillo, una gargantilla, un par de aros. Pero no fue solo la corona: fueron la corona, el bastón y el broche de capa; las tres cosas.
— En un mundo donde todo parece descartable, ustedes crean objetos para toda la vida que pasan de generación en generación...
— Porque tiene que ver con esto de expresar sentimientos, y los sentimientos son para toda la vida, o por lo menos creemos que es para toda la vida. Son parte de la historia. Ahora vienen hijos de personas que se casaron y compraron el cintillo y me pasa con la relojería: le vendí el reloj al padre y ahora viene el hijo a comprarse su primer reloj con toda la emoción. Es todo un acontecimiento.
— Si no hubieras sido joyero, ¿qué hubieras sido?
— Artista, probablemente. Estudié cine en la escuela de cine y video. Me fui a vivir a Barcelona unos años, allá nació mi hija y cuando llegué acá armé una escuela y una productora de dibujos animados que todavía existe. No quería quedarme con cosas en el tintero o con sueños que me hubiera gustado hacer. Tuve como 10 años la productora donde hicimos series y documentales.
— Si tuvieras que diseñar una joya que represente tu vida, ¿qué tendría?
— Tendría amuletos que expresan cosas muy personales y muy internas, o que me hagan recordar ese tipo de cosas. Podría ser un colgante.
Fuente: Los Andes
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