"Expresar lo que uno siente no es una señal de debilidad"
Ansiedad, angustia, y baja tolerancia a la frustración, entre las principales dificultades en niños y adolescentes.

De cara al Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora el 10 de octubre, la psicóloga infantojuvenil Laura Lezaeta puso el foco en las dificultades que aparecen con mayor frecuencia en las consultas y en la responsabilidad compartida que tienen las familias, las escuelas, los profesionales y la sociedad para prevenirlas y detectarlas a tiempo.
Sobre la salud mental en niños y adolescentes, desde su experiencia profesional, señaló que actualmente observa con frecuencia dificultades vinculadas a la ansiedad, la baja tolerancia a la frustración, problemas de conducta, dificultades en los vínculos sociales, preocupaciones persistentes y síntomas de angustia. También aparece, especialmente, un malestar emocional que muchas veces los chicos no saben cómo expresar.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) citados por la especialista, uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, y la ansiedad y la depresión se encuentran entre las principales problemáticas de salud mental durante esta etapa.
En este escenario, Lezaeta consideró necesario mencionar también el suicidio, frente a las elevadas tasas registradas en Argentina, aunque aclaró que se trata de un fenómeno complejo y multicausal que requiere un abordaje específico. "No puede explicarse por una única problemática y tampoco se puede asociar exclusivamente a la depresión", señaló.
Por eso, planteó la necesidad de fortalecer las estrategias de prevención, la detección temprana y el acceso oportuno a la atención en salud mental. Pero advirtió que esa tarea no puede quedar exclusivamente en manos del sistema sanitario.
"Cada uno en su rol tiene que ocuparse de esto", sostuvo. Detalló que la familia, la escuela, los profesionales de la salud, los espacios comunitarios y también los medios de comunicación forman parte de una red que puede ayudar a poner en palabras aquello que muchas veces permanece oculto.
Mencionó que en las escuelas, por ejemplo, los chicos llegan cada día con un abanico de emociones y situaciones personales y para la especialista, es importante que esos espacios puedan hablar de salud mental, de emociones y de la posibilidad de pedir ayuda. Es que, "expresar lo que uno siente no es una señal de debilidad", remarcó.
En esta línea, Lezaeta propone que los adultos empiecen por hablar de sus propias emociones, contar cómo fue su día, reconocer si estuvieron tristes o angustiados y mostrar qué hicieron frente a esas situaciones. "Predicar con el ejemplo" permite que los chicos entiendan que sentirse mal no es algo que deba esconderse.
Esto cobra especial importancia durante la adolescencia, cuando muchas veces aparece la idea de que hablar de lo que pasa vuelve a una persona vulnerable. La especialista señaló que todavía existen diferencias culturales en la forma en que varones y mujeres expresan sus emociones y que es necesario derribar la idea de que pedir ayuda es una muestra de debilidad.
Una de las aclaraciones que Lezaeta considera centrales es que no toda conducta es sinónimo de una dificultad en el marco de un trastorno de salud mental.
Aclaró que los miedos, las frustraciones, los cambios emocionales y determinadas preocupaciones pueden formar parte del desarrollo. Lo importante es observar cómo los vive cada chico, qué recursos tiene para afrontarlos y, sobre todo, cuánto interfieren en su vida cotidiana.
La intensidad, la frecuencia y el impacto son algunos de los indicadores que permiten diferenciar un malestar propio de una etapa de una dificultad que requiere mayor atención. Si una preocupación empieza a afectar el rendimiento escolar, los vínculos, la vida familiar, genera aislamiento o hace que el chico deje de realizar actividades que antes disfrutaba, la situación merece ser mirada con mayor detenimiento.
Y allí aparece otra advertencia de la profesional que es no esperar a estar completamente desbordados para pedir ayuda.
"Buscar apoyo no es una señal de debilidad, sino una manera de cuidarse", sostuvo Lezaeta. Así como una persona consulta a un médico cuando algo le duele físicamente, también puede recurrir a un profesional cuando una situación emocional genera un malestar que no logra manejar.
Para la especialista, la prevención no consiste solamente en evitar que aparezcan problemas. También significa crear desde la infancia las condiciones para que los chicos puedan reconocer lo que sienten, identificar sus necesidades, resolver conflictos, pedir ayuda y atravesar las dificultades sin sentirse solos.
"Es importante que los chicos sepan que no tienen que poder con todo. Y también importa que sepan que no tienen que atravesarlo solos", concluyó.
Redes sociales, límites y sobreprotección, cómo acompañar sin aumentar la ansiedad
Las redes sociales ya forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes por eso, para la psicóloga infantojuvenil Laura Lezaeta, el desafío no pasa por demonizarlas ni por pretender eliminarlas, sino por evitar que los chicos queden solos frente a aquello que consumen. Explica que la supervisión adulta debe partir del interés y no del castigo. Preguntar qué están mirando, dónde buscan información, si algo les genera incomodidad o qué contenido les hace ruido, preguntas que pueden permitir abrir una conversación y, al mismo tiempo, cumplir con la responsabilidad de cuidar su salud física y emocional.
El problema aparece cuando la conexión permanente empieza a desplazar otros espacios necesarios para el bienestar. El celular puede convertirse en una extensión de la vida social de los adolescentes y dificultar los momentos de descanso y desconexión. Por eso, los límites ocupan un lugar central. Para Lezaeta, no se trata de elegir entre prohibir completamente los dispositivos o permitir su uso sin restricciones. Se trata de establecer límites acordes a la edad, acompañados de orientación y, especialmente durante la adolescencia, de acuerdos progresivos. "Poner un límite es un acto de cuidado", sostiene.
Ese límite también debería abrir la puerta a otras actividades: dormir adecuadamente, alimentarse, realizar actividad física, salir al aire libre y encontrarse cara a cara con otras personas. Pero las buenas intenciones de los adultos no siempre ayudan. Una de las conductas que pueden aumentar el malestar son las comparaciones. "Pero mirá, tu amiga pudo, vos también", puede parecer una frase destinada a motivar. Sin embargo, puede producir exactamente el efecto contrario: que el chico sienta que su experiencia no está siendo comprendida.
La pregunta, plantea Lezaeta, debería ser otra: ¿qué te pasó a vos?, ¿cómo te sentiste? Algo similar ocurre cuando los adultos intentan evitarles a los chicos cualquier situación que pueda generar miedo, frustración o incomodidad. Si un niño no quiere ir a un cumpleaños porque le genera ansiedad, resolver directamente que no vaya puede aliviar el malestar en ese momento, pero también impedir que pueda aprender a afrontarlo. Acompañar no significa evitar que los chicos sientan miedo o frustración. Significa ayudarlos a transitar esas emociones sin dejarlos solos y sin transmitirles que son incapaces de hacerlo.
"Yo lo hago, no te preocupes" puede surgir del amor y del deseo de proteger, pero la sobreprotección también puede quitarles oportunidades para desarrollar recursos propios. La clave está en validar lo que sienten y actuar en consecuencia. "Entiendo que esto te genera mucho malestar. Estoy acá para ayudarte y vamos a buscar herramientas para que puedas afrontarlo", propone la especialista como una forma diferente de acompañar. Eso también implica aceptar que los adultos no tienen todas las respuestas. En algunas situaciones puede ser necesario recurrir a un profesional o incluso a un espacio de orientación para padres.
En ese equilibrio entre escuchar y poner límites, acompañar y dejar crecer, proteger y permitir afrontar, se construye buena parte del cuidado de la salud mental. Y quizá allí esté una de las tareas más importantes de los adultos: no intentar que los chicos nunca sufran, sino ayudarlos a descubrir que cuando el sufrimiento aparece, no tienen por qué enfrentarlo solos.
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Fuente: El Tribuno de Jujuy
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