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Furia y renacer: la pelea más íntima de Agustín Aubone, el pibe que desde el cuadrilátero del Mocoroa sueña con ser campeón del mundo

La calle, la adicción y la depresión marcaron una etapa que hoy se anima a contar. Con el sostén de su familia y sus amigos, encontró en el boxeo una forma de reconstruir su vida. Mientras se prepara para debutar como profesional en semipesado, La Furia comparte su historia para…

Por Carla Acosta5 min de lectura
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Furia y renacer: la pelea más íntima de Agustín Aubone, el pibe que desde el cuadrilátero del Mocoroa sueña con ser campeón del mundo
Furia y renacer: la pelea más íntima de Agustín Aubone, el pibe que desde el cuadrilátero del Mocoroa sueña con ser campeón del mundo · Foto: Tiempo de San Juan

En su cara lleva dos fechas que prefiere explicar antes que esconder. Una dice 2012; la otra, 2025. Entre ambas hay años de consumo, pérdidas y decisiones que todavía lamenta. En el último, hay un corazón latiendo, un tatuaje que para él representa la vida y una especie de renacer. Esa es la historia que acompaña a Agustín Aubone, más conocido como "La Furia", cada vez que sube al cuadrilátero del Mocoroa, aunque ninguna presentación mencione todo lo que debió atravesar para llegar hasta ahí.

Tiene 28 años y una manera directa de contar su pasado. En la charla con Tiempo de San Juan, reconoce que le gustaban la esquina, las malas juntas y las peleas callejeras. No esquiva las preguntas ni busca repartir responsabilidades, mucho menos atribuirles a otros el rumbo que tomó. Durante mucho tiempo no midió las consecuencias y cuando quiso hacerlo, el consumo ya ocupaba un lugar importante en su vida. "Siempre me gustaron las malas juntas, me gustó la esquina. Nunca medí las consecuencias y, cuando quise acordar, ya era tarde. He tocado fondo muchísimas veces", dice, sin convertir esa confesión en una hazaña.

Soy muy consciente de que todo lo que me ha pasado me ha enseñado algo, pero me he tropezado muchas veces. Innecesarias, diría yo.

Hubo pérdidas que agravaron aquella vida desordenada que tenía en su juventud. Murió un amigo y después su padre, mientras él seguía inmerso en una vida que hoy describe como "mal llevada". También tuvo plata, mucha plata, y personas alrededor que desaparecieron cuando dejo de tenerlao. En su relato, la adicción y la depresión siempre estuvieron presentes, entrelazadas, como problemas que se alimentaban mutuamente. Agustín sabe que algunas situaciones podrían haber terminado de una manera irreversible y habla de la suerte que tuvo de seguir vivo.

Si bien el deporte ya estaba presente, no alcanzaba para ordenar lo demás. Primero conoció las artes marciales mixtas y el kickboxing. En ese entonces entrenaba, salía a correr y competía, pero mantenía hábitos que iban en contramano con ese esfuerzo. La llegada de un gimnasio cerca de su casa despertó su curiosidad y lo acercó al boxeo. Entró para ver qué había y, con el tiempo, encontró una rutina a la que quiso darle cada vez más tiempo.

Cuando habla de qué le aportó esa elección, menciona el respeto, de disciplina y un cable a tierra, pero también cosas tan simples como el descanso, el saber administrar los horarios y lo más importantes, la fortaleza de poder escaparle a la noche y las malas amistades. "El boxeo, hoy, para mí, es una forma de vida", sñeala. Su compromiso llega al punto de evaluar las oportunidades laborales según el tiempo que le dejarían para entrenar: tuvo la oportunidad de trabajar en la minería, pero rechazó la propuesta, ya que se camino le exigiría resignar el proyecto deportivo.

En esa transformación hubo personas que permanecieron incluso cuando él volvió a equivocarse. Aubone les reconoce a su familia y a sus amigos un lugar decisivo, y habla con agradecimiento de quienes lo alejaron de aquellos vínculos que dependían del dinero o de la diversión. Son pocos, dice, pero estuvieron cuando más los necesitó. En ese contexto, el gimnasio fue el gran puente; atravesarlo también requirió esa ayuda y la decisión de aceptar que había cosas que debía cambiar.

Por eso, al contar cómo está ahora, expresa que su vida es una lucha diaria. Tuvo recaídas y aprendió que volver a ciertos encuentros podía poner en riesgo lo que estaba construyendo. "Uno tiene que cuidarse hoy en día para siempre. Uno sabe que el tema de las adicciones es para siempre. No hay que minimizar eso", advierte sobre las adicciones. Hay días en los que aparece el "bajón", aunque asegura que hoy dispone de recursos para manejar esos momentos. 

Dice que cuando otros jóvenes le escriben, no pide que repitan exactamente su recorrido. "Hagan tratamiento. Nunca les voy a decir que no sirve el tratamiento. Hagan terapia", insiste, y los alienta a buscar apoyo y a seguir intentando. Le produce alegría que su experiencia les llegue a chicos que están atravesando situaciones parecidas. Sabe lo difícil que puede ser reconocer un problema y concede mucha importancia a las compañías: elegir con quién pasar el tiempo fue, en su caso, parte del cambio.

Su presente se organiza entre un trabajo por la mañana en la Municipalidad de Rivadavia y la preparación física y técnica en el Club Julio Mocoroa, donde encuentra sus pilares en lo deportivo, Fito Fernández y Juan de Dios Acosta. La jornada laboral va de las siete a las trece; cuando puede, se levanta a las cinco para correr y después continúa con las obligaciones y el entrenamiento. Se lleva el almuerzo y procura cuidar el descanso. Esa rutina exige sostener decisiones pequeñas todos los días, también cuando no hay una pelea cerca ni un resultado inmediato que premie el esfuerzo.

Ahora proyecta debutar como profesional en marzo del próximo año, en la categoría semipesado. Se presenta como campeón sanjuanino y cuyano, y siente que llegó el momento de dar el siguiente paso. "Las piñas no son caramelos", dice, consciente del desgaste de un deporte al que le entrega buena parte de sus días. Aun así, el objetivo que se permite nombrar es el más alto: quiere ser campeón del mundo.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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