Gloria Bratschi: "Como me salvé de morir dos veces, me prometí trabajar con la prevención"
Construyó una extensa trayectoria entre el periodismo, la docencia, la escritura y la gestión del riesgo de desastres. El terremoto de 1985 marcó su vida y la llevó a convertir una experiencia personal en una vocación de servicio que desarrolló durante décadas en Mendoza, el país…

Construyó una extensa trayectoria entre el periodismo, la docencia, la escritura y la gestión del riesgo de desastres. El terremoto de 1985 marcó su vida y la llevó a convertir una experiencia personal en una vocación de servicio que desarrolló durante décadas en Mendoza, el país y escenarios internacionales.
La historia profesional de Bratschi tiene un hilo conductor: la palabra. | Foto: Daniel Caballero / Los Andes
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Gloria Bratschi habla con la serenidad de quien ha recorrido muchos caminos y todavía conserva curiosidad por los que quedan por andar. Nació en Mendoza, en una familia atravesada por la docencia, el arte, la conversación y la lectura. Desde niña supo que las palabras eran un territorio propio. Su madre decía que había hablado antes de caminar.
En la escuela descubrió el placer de escribir y esperaba con ansiedad la hora de redacción. También estudió danza y arte escénico, aprendió textos, teatro y poesía. La comunicación apareció así mucho antes de que pudiera imaginarla como una profesión.
Primero fue maestra, después estudiante de literatura y filosofía y, finalmente, periodista. Los años 70 la encontraron entre las aulas, el teatro, la poesía y las primeras experiencias en los medios.
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Una visita a diario Los Andes y una oportunidad en la radio terminaron de definir un camino que ya no abandonaría. Trabajó en radio, televisión y prensa, y más tarde sumó otra de sus grandes vocaciones: la docencia.
En democracia se incorporó también a la enseñanza universitaria y comenzó una extensa trayectoria académica. Pero hubo un acontecimiento que modificaría para siempre su mirada sobre la comunicación. El 24 de diciembre de 1984 sufrió un violento asalto en su casa.
Un mes después, el terremoto del 26 de enero de 1985 volvió a colocarla frente a una situación extrema. Bratschi comenzó entonces a trabajar desde la comunicación en la atención de las personas afectadas y en la prevención. Lo que inicialmente había sido una experiencia personal terminó convirtiéndose en una especialidad profesional.
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Investigó, escribió, enseñó y participó en organismos y redes internacionales vinculadas con la reducción del riesgo de desastres. Fue también guionista y directora de Vendimias, escribió poesía y publicó libros.
A sus años, dice sentirse en un momento de plenitud, agradecida incluso por aquello que alguna vez le produjo dolor.
Gloria Bratschi. (Daniel Caballero - Los Andes)
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—Si volvemos al principio, ¿dónde nació y cómo era aquella familia en la que creció?
—Nací en Mendoza, en una ciudad hermosa, en una familia muy linda. Mis padres eran estupendos. Era una familia a la que le gustaba mucho el arte, conversar, leer, la poesía. Mi madre había sido maestra rural y mi padre era viajante de comercio. Era un hombre excelente, digno, honorable, honrado y siempre de buen humor. Era descendiente de suizos y tenía una manera muy particular de mirar la vida, de vivirla con honestidad, pero también con una enorme sensibilidad.
Mi madre era igual, y además vivía con nosotros una tía que me amaba muchísimo y que también era docente. Había muchas tías postizas que eran docentes. Ese era mi ambiente. Yo era hija única, pero no esa hija única a la que le conceden todo y le hacen todo. Al contrario: tenía que estar permanentemente haciendo cosas porque, si no, era muy revoltosa.
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—¿Cuándo apareció la comunicación como vocación?
—Creo que estuvo siempre. Mi madre decía que yo hablé antes de caminar. Entonces supongo que por ahí empezó todo. Tenía un gran gusto por escribir. Llegaba la hora de redacción en la escuela y yo me ponía ansiosa porque me encantaba. También era muy lectora. Leía todas las colecciones que había en ese momento y una revista que llegaba los domingos, Billiken. Me fascinaba.
Después me mandaron a estudiar danza cuando era muy chica y más tarde hice arte escénico con una gran maestra, a quien recuerdo porque dejó una impronta muy fuerte en mí. Allí aprendía textos, teatro, poesía y, al mismo tiempo, seguía escribiendo. Todo eso era comunicación.
Y además era muy conversadora. Tengo grabado lo que decían mis maestras: que era estudiosa, pero muy conversadora. Siempre me gustó hablar con la gente.
—Usted terminó el secundario como maestra. ¿La docencia también estaba desde el comienzo?
—Sí. Terminé en la Escuela Normal y me gustaba enseñar. Había una cierta vocación. Después fui a la Facultad de Filosofía y Letras a estudiar literatura y filosofía. Estuve dos años, pero el latín y el griego pudieron más que yo. Como no había hecho una formación previa que me diera esos conocimientos, me costó muchísimo. Entonces pensé: "No, acá no debe ser".
Mientras tanto hacía teatro, estudiaba italiano y seguía escribiendo. Era bastante inquieta. Hasta que descubrí la Escuela Superior de Periodismo y pensé que quizás ese era mi camino.
Fui a pedir el programa de estudios, que en aquel entonces estaba en la calle Garibaldi, y tuve una especie de orientación vocacional propia. Miré las materias y dije: "Voy a marcar las que más me gustan". Si eran mayoría, entraba. Y me gustaban todas. Así que entré.
—¿Cómo fue ese primer contacto con el periodismo profesional?
—Tuvimos profesores fantásticos, extraordinarios. Yo seguía dividida entre muchas cosas: el teatro, la poesía, escribir. En esos años nos juntábamos con grupos de escritores, publicábamos algunas cosas y asistíamos a recitales.
Mientras tanto me mantenía como maestra reemplazante. Hasta que tuve la oportunidad de acercarme a Antonio Di Benedetto, que vivía cerca de mi casa. Yo había participado en un concurso de poemas en Buenos Aires, organizado por una fundación, y había ganado. Eso permitió que publicaran mis poemas, porque nosotros no teníamos dinero para hacerlo.
Un día apareció en mi casa. Había leído lo que había escrito y me dijo que escribía bien, que no debía abandonar. Entonces aproveché y le pregunté si podía ir al diario para aprender. Me dijo que sí. Yo sabía cómo era él, así que para mí fue casi un triunfo.
Iba todos los días y aprendí muchísimo. Ahora entiendo que aquello fue una pasantía, pero en ese momento yo lo consideraba un trabajo. Fue una escuela extraordinaria.
—Y después llegó la radio.
—Sí. Tuve la oportunidad de hacer algo en radio. Anduve por distintas emisoras hasta que, haciendo un programa para niños que no escuchaba nadie y en el que prácticamente no me daban importancia, me escucharon en LV6. Me llamaron y ese fue mi primer gran trabajo en los medios.
Empecé como locutora de turno. Nadie sabía quién era yo. En ese momento no era como ahora, que uno se presenta permanentemente. Uno simplemente estaba ahí, hacía su turno y poco a poco aparecían algunos programas.
Yo insistí porque me gustaba. Soñaba con conducir, con hacer periodismo y ser conductora.
—Y en ese camino apareció Jorge Sosa.
—Sí. Eso fue mucho después. Jorge Sosa fue a buscarme a la radio. Nunca me voy a olvidar. Juntó un equipo y comenzamos a hacer programas. Al mismo tiempo trabajaba en Canal 9, aunque también allí era fundamentalmente locutora, porque en ese momento no había una estructura de programas como después hubo.
La radio era el lugar donde estaba el amor por lo que hacía. Yo ya estaba casada y había tenido a mi hija, y trataba de compatibilizar todo. Nunca fue sencillo, pero se podía.
Después terminé mis estudios y me recibí de licenciada en Comunicación. Aunque nunca me gustó demasiado que me llamaran así. Yo soy Gloria. Eso es lo que soy: Gloria.
Gloria, junto a Jorge Sosa. Una dupla especial.
—La docencia volvió a aparecer con fuerza.
—Sí. Me llamaron de la Universidad Juan Agustín Maza para dar clases. Como me encantaba la docencia, fui. Después, con el regreso de la democracia, se inauguró la carrera en Ciencias Políticas y Sociales y también me convocaron. Y seguía con la radio.
Fueron años de mucho trabajo. La docencia, los medios, la familia. Había que organizarse. Pero también había mucho entusiasmo. Recuerdo especialmente algunas experiencias de radio porque fueron hermosas. Las recuerdo con muchísimo afecto y agradecimiento.
—Si tuviera que definir quién es Gloria Bratschi, ¿qué diría?
—Una persona inquieta, a la que le gustan muchas cosas y que pudo lograr mucho de aquello que le gustaba cuando era joven. Soy intensa. En todo lo que hago pongo el alma, incluso a esta edad.
Sigo el camino. Creo que también soy bastante resiliente porque he tenido sucesos tremendos en mi vida, pero he salido fortalecida. Y no soy quejona. Soy trabajadora, muy trabajadora. Me gusta ocupar el tiempo, aprender cosas nuevas.
Alguna vez alguien dijo que soy multifacética, pero no me gusta demasiado esa palabra. Prefiero pensar que soy una persona inquieta.
—¿Cuándo se sintió más plena?
—Ahora. En este momento estoy en mi máxima sensación de felicidad, tranquilidad y placer. Por supuesto que el momento más hermoso de mi vida fue cuando nació mi hija. Pero, como ser humano que ha hecho tantas cosas y que ha podido llegar incluso a esta nueva especialidad que tengo, siento que estoy haciendo un balance.
No sé si es exactamente un balance. Es mirar un poco todo y decir: muchas gracias. Hay un estado de plenitud, o quizás de tranquilidad. Siento que la vida no me pasó por la rueda, sino que yo fui con ella.
Tengo por ahí un poema que dice que cada segundo es un diamante. Es así. Como los amaneceres y los atardeceres. Siempre digo que cuando termina un día empieza uno nuevo. Esa es la oferta que me brinda esta existencia hermosa que he tenido.
Estoy muy agradecida por todo lo que pasó, incluso por aquello que me hizo sufrir. Porque de ahí aprendí.
—Hay un antes y un después marcado por 1984 y 1985. ¿Qué ocurrió?
—El comienzo fue un asalto en mi casa, el 24 de diciembre de 1984. Fue muy violento. La persona que era mi esposo en ese momento resultó herida con un cuchillo. Yo veía a mi niña, que era muy pequeña, y era un sufrimiento espantoso. Ella corría por las calles pidiendo auxilio.
Fue un impacto impresionante. Además, veníamos de octubre, del regreso a la democracia, y no habíamos vivido una situación de esa índole. Para mí fue tremendo.
Yo estaba vinculada a los medios y llamé a todos para pedirles que no difundieran detalles. Me imaginaba lo que podía venir después: las preguntas, las versiones, el imaginar, el suponer, el preguntar una y otra vez qué había pasado, cómo y por qué. Todo eso podía ser muy dañino.
Y después, casi exactamente un mes más tarde, llegó el terremoto.
Gloria, con el equipo de NIhiil de las tardes, entre ellos Javier Dellamaggiore.
—El terremoto de 1985 la encontró todavía atravesada por aquella experiencia.
—Sí. Fue el 26 de enero. Yo creía que ya estaba bien, que todos estaban cuidados y que todo estaba más o menos en orden. Esa noche fue tremenda. Hubo desorientación, se cortó la luz y unos vecinos me pidieron entrar porque su casa se estaba cayendo.
Terminamos conviviendo durante meses. Creo que fueron alrededor de cinco. Fue una experiencia que nunca había imaginado: adaptarse, establecer parámetros nuevos para vivir.
Yo seguí en la radio y empecé a ir a los refugios temporales y a los albergues, muchos de ellos improvisados en escuelas. Tratábamos de ayudar con información porque aparecían muchos datos que no eran serios. Había rumores.
En ese momento no teníamos las redes sociales que tenemos hoy. Y pienso que fue mejor, porque de haber existido, quizás la circulación de rumores habría sido mucho mayor.
—¿Qué papel cumplía la radio en ese contexto?
—Un papel fundamental. La gente escuchaba la radio y se guiaba por ella. No estaba yo sola: nos comunicábamos entre quienes trabajábamos, nos pasábamos información y después la transmitíamos. Yo también iba personalmente a los lugares.
Se formó una comisión asesora en salud mental y me incorporé. Trabajábamos para ver cómo podíamos mejorar la comunicación y, sobre todo, cómo evitar generar mayor angustia en la población.
Eso me hizo pensar algo que sigo pensando hoy: cuando ocurre una emergencia, si no hay radio, si no hay un medio confiable que informe, la gente queda a merced de cualquier versión.
—¿Ahí nació su compromiso con la prevención?
—Sí. Como nos salvamos de morir en los dos episodios, me prometí trabajar con la prevención. No estaba pensando en grandes discursos. Pensaba en algo muy sencillo: tratar de que a otras personas no les sucediera lo que nos había pasado a nosotros.
También sentía que tenía que devolverle a la vida lo que la vida me había dado: la posibilidad de seguir viviendo.
Pero hubo otra cuestión importante. Yo no sabía lo que era el estrés postraumático. No se hablaba de eso en los espacios cotidianos. Estaba en los libros y en algunos ámbitos médicos, pero para mí no existía como una palabra que pudiera explicar lo que estaba viviendo.
Tenía síntomas que no comprendía. Los disimulaba. No acudía a ningún lugar porque pensaba que estaba exagerando. Después comprendí que eran ataques de pánico y otras manifestaciones relacionadas con lo que había vivido.
Con el tiempo encontré una psicóloga extraordinaria que me ayudó muchísimo. Pude gobernar esos síntomas. Y después de varios años decidí ayudar también a otras personas que atravesaban situaciones parecidas.
—¿Cómo esa experiencia terminó convirtiéndose en una especialidad profesional?
—Fue un camino muy curioso. Todo aquello que habíamos hecho con la comisión, en la radio y en los medios, empezó a ser observado desde otros lugares. Escribí mensajes, busqué música y trabajamos en piezas que luego se emitieron por radio y televisión.
Un día me llamaron y me dijeron que yo había hecho atención primaria en salud mental desde la radio. Yo no entendía cómo podía ser eso. Me invitaron a participar en un encuentro en Santa Fe y, a partir de esa experiencia, terminé vinculada a Educación para la Salud.
Después apareció en la facultad la posibilidad de hacer una investigación. Decidí trabajar sobre este tema. Éramos alrededor de cinco al principio y terminamos siendo uno: yo.
Entrevistamos a sobrevivientes del terremoto de Caucete y también del terremoto de San Juan de 1944. El IMPES colaboró y esa investigación fue muy enriquecedora.
A partir de allí comencé a relacionarme con bibliografía extranjera, con organismos de otros países, con Naciones Unidas y con la Organización Panamericana de la Salud. La investigación terminó convirtiéndose en un informe.
Yo pensaba que había escrito un informe. Un profesor que estaba a cargo de la editorial de la facultad lo leyó y me preguntó: "¿Qué tenés ahí?". Le expliqué que era un informe que nadie leía. Y me dijo: "Esto es un libro".
Se publicó como Comunicando el desastre.
—Ese trabajo también la llevó a cuestionar una idea instalada: la de los "desastres naturales".
—Exactamente. En aquel momento se hablaba mucho de desastres naturales. Después comprendimos que el desastre no es simplemente algo que "hace" la naturaleza. Hay una construcción social del riesgo.
Ese cambio de mirada fue fundamental. Y a partir de allí apareció un posgrado que me permitió aprender muchísimo más. Después comenzaron a llamarme de distintos lugares, de distintos países.
Me vinculé con la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres y fui conociendo experiencias en distintos lugares de América Latina. Aprendí de cada situación.
En otros países existe una recurrencia de impactos de origen natural y también antrópico que nosotros no tenemos con la misma frecuencia. Eso permite observar otras formas de organización, otras respuestas y también otros problemas.
Gloria Bratschi. (Daniel Caballero - Los Andes)
—Su trayectoria internacional terminó siendo muy extensa.
—Sí. Participé en distintas plataformas, conferencias y encuentros. Fui invitada a la Conferencia Mundial sobre Reducción de Desastres de Naciones Unidas en Kobe, Japón. También trabajé en distintos países de América Latina y participé en redes internacionales.
Fui voluntaria durante mucho tiempo. En algunas ocasiones me pagaron por un trabajo determinado, pero muchas otras veces no. Nunca descuidé a mi familia, que siempre estuvo presente, pero también tuve una necesidad muy fuerte de hacer esto.
Hoy soy Punto Focal Nacional de Argentina de la Red Global de Organizaciones de la Sociedad Civil para la Reducción de Desastres y participo en distintos espacios internacionales. También sigo vinculada a la docencia y a la capacitación.
—¿Qué siente cuando mira todo ese recorrido?
—Que falta hacer, pero no necesariamente me corresponde hacerlo a mí. Lo que falta, en todo caso, es que las personas que pueden utilizar lo que yo tengo y soy lo utilicen. Y digo "utilizar" en el buen sentido: aprovecharlo, conectarse.
En México, por ejemplo, tengo una relación muy linda con un colegio y con profesionales que me valoran mucho. También he tenido reconocimiento afuera.
Acá ha sido algo más irregular, pero yo vuelvo a decirlo: estoy disponible. Con la mejor de las intenciones. Incluso haría trabajos sin cobrar. Ahora es época de devolver.
—Hay otra faceta suya que no siempre aparece cuando se habla de prevención y comunicación: las Vendimias.
—Sí, hice muchísimo. Empecé en 1984 con Luján. Fue una casualidad. Me encantaba la Vendimia. Me parecía algo hermoso, profundamente ligado a nuestra cultura y a nuestra provincia. Al principio quizás lo que escribía era demasiado exagerado. Después fui cambiando, aprendiendo.
Lo importante es que siempre trabajamos en equipo. Hicimos Vendimias en muchos departamentos y también participé en dos Vendimias Nacionales. Y durante años trabajé en la Bendición de los Frutos.
No fue solamente escribir guiones. También dirigí. Todo ese trabajo me convocó durante muchísimo tiempo porque amo la cultura y todo lo que representa la Vendimia para Mendoza.
—También publicó poesía.
—Sí. He publicado libros de poemas. Uno de ellos tiene un significado especial para mí porque fue editado por Bettina Ballarini, que falleció hace poco. Me da mucha tristeza porque teníamos en mente seguir publicando.
El último libro se llama El pan, las nueces y la canela. Es un libro íntimo, pero creo que al mismo tiempo puede ser universal.
—Después de una vida tan intensa, ¿le queda algo por hacer?
—Creo que siempre queda algo. Pero quizás ahora no se trata de acumular cosas. Se trata de compartir lo aprendido.
He vivido muchas experiencias, he conocido personas de distintos países, he enseñado, investigado, escrito, trabajado en los medios. Y sigo aprendiendo.
A esta altura de la vida siento que lo importante es estar disponible para los demás. Si algo de todo lo que aprendí puede servirle a alguien, entonces tiene sentido.
La vida me dio mucho. También me quitó cosas, me hizo sufrir y me puso frente a situaciones que jamás hubiera elegido. Pero de todas ellas aprendí.
Por eso vuelvo a aquella idea: cada segundo es un diamante. No hay que esperar a que termine un día para pensar que todo terminó. Cuando termina un día empieza otro.
Y mientras exista ese nuevo día, hay algo para hacer, algo para aprender, alguien con quien conversar, algo para escribir.
Eso, finalmente, es lo que soy.
La historia profesional de Gloria Bratschi tiene un hilo conductor que atraviesa actividades que, a primera vista, parecen muy diferentes: la palabra. La utilizó primero desde la radio, la televisión y el periodismo; después desde la docencia, la investigación y la escritura; y finalmente como herramienta para trabajar en la prevención y la reducción del riesgo de desastres.
Su formación comenzó en la docencia y continuó en el periodismo y la comunicación. La experiencia del terremoto de Mendoza de 1985 cambió el eje de su trabajo. La radio se convirtió entonces en un espacio para orientar, informar y contener a una población atravesada por la incertidumbre.
De esa experiencia surgieron investigaciones, publicaciones y una extensa trayectoria internacional. Bratschi participó en plataformas y conferencias de Naciones Unidas, trabajó con organismos especializados y desarrolló tareas de capacitación en distintos países.
También hubo espacio para otras pasiones. Escribió y dirigió guiones de Vendimia, participó en Vendimias departamentales y nacionales y publicó poesía.
Entre sus antecedentes figura el posgrado en Prevención, Planificación y Manejo Integrado de Áreas Propensas a Desastres, además de formación en gestión de organizaciones sin fines de lucro. Fue docente e investigadora en distintas universidades y continúa vinculada con la capacitación.
Su mirada actual está marcada por una idea: el riesgo no es solamente un fenómeno natural, sino también una construcción social. Por eso insiste en la prevención, en la información responsable y en la necesidad de fortalecer comunidades capaces de prepararse antes de que ocurra una emergencia.
A los años de experiencia suma una definición personal: está en una etapa de devolución. "Estoy disponible", dice. Y asegura que incluso realizaría trabajos sin remuneración si pueden servir para transmitir lo aprendido.
Su recorrido comenzó con las palabras y, después de décadas, sigue dependiendo de ellas.
Un libro: Cien años de soledad.
Una canción: "La oración del remanso".
Un lugar para descansar: El mar, con olas serenas, rocas que hagan ruido y música, y un bosque detrás.
Una película: La sociedad de los poetas muertos.
Una pasión: Escribir.
Un oficio: Comunicar.
Una palabra: Resiliencia.
Un momento inolvidable: El nacimiento de mi hija.
Un paisaje: Un atardecer frente al mar.
Una enseñanza: Cada segundo es un diamante.
¿Qué queda por hacer? "Estoy disponible. Ahora es época de devolver".
Fuente: Los Andes
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