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Hablar de lo que sentimos con las personas adecuadas

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Por Ligia Dione Miralles5 min de lectura
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Hablar de lo que sentimos con las personas adecuadas
Hablar de lo que sentimos con las personas adecuadas · Foto: El Tribuno de Jujuy

No todo lo que sentimos necesita ser contado a todo el mundo. Y no porque haya algo malo en nuestras emociones, ni porque tengamos que escondernos, sino porque hay dolores, dudas, miedos, enojos, fragilidades y anhelos que merecen un espacio cuidado. Merecen oídos disponibles, corazones sensibles y personas capaces de recibir lo que nos pasa sin minimizarlo, juzgarlo o usarlo en nuestra contra.

Hablar de lo que sentimos con las personas adecuadas no es un detalle menor: puede ser una forma de alivio, de comprensión y hasta de sanación. A veces, cuando algo nos duele, tenemos una necesidad urgente de hablar. Sentimos si no lo sacamos, que nos ahoga. Entonces buscamos a alguien, a quien esté cerca, a quien conteste el mensaje, a quien parezca tener un rato. Y en ese impulso tan humano de querer ser escuchados, no siempre elegimos bien. Después de hablar, en lugar de sentirnos mejor, nos sentimos más expuestos, más confundidos o más solos. Porque no alcanza con hablar; también importa con quién hablamos.

Hay personas que escuchan para comprender, y hay personas que escuchan para opinar, para corregir, para contar su propia historia, para decirnos qué tendríamos que hacer o para quitarle importancia a lo que sentimos. Y aunque no siempre lo hacen con mala intención, el efecto puede ser doloroso. Una frase como "no es para tanto", "tenés que ponerle onda", "yo en tu lugar haría esto" o "ya se te va a pasar" puede cerrar una puerta en lugar de abrirla. Puede hacernos sentir que nuestro mundo interno no tiene lugar, que exageramos, que molestamos o que deberíamos resolver todo solos. Por eso es tan importante aprender a distinguir entre las personas con las que podemos compartir lo que nos pasa y aquellas con las que, al menos por ahora, tal vez conviene cuidar ciertos aspectos de nuestra intimidad emocional.

No se trata de desconfiar de todos ni de volvernos herméticos. Se trata de desarrollar criterio afectivo. De reconocer quién sabe escuchar sin invadir, quién puede acompañar sin juzgar, quién respeta nuestros tiempos, quién no usa nuestra vulnerabilidad como tema de conversación ni como herramienta de poder.

Las personas adecuadas no son perfectas. No siempre tienen las palabras justas, ni las respuestas correctas, ni la solución para nuestro problema. A veces ni siquiera saben qué decir. Pero están. Escuchan de verdad. No compiten con nuestro dolor ni lo relativizan. No cambian de tema por incomodidad. No nos hacen sentir débiles por estar atravesados por una emoción. Tienen la capacidad de sostener, de preguntar con delicadeza, de guardar silencio cuando hace falta y de ofrecer una presencia honesta. Y eso, muchas veces, vale más que cualquier consejo.

Hablar con la persona adecuada también implica animarnos a reconocer qué necesitamos en ese momento. Porque no siempre buscamos lo mismo. A veces necesitamos desahogarnos. A veces queremos una mirada clara. A veces sólo queremos que alguien nos diga "te entiendo", "estoy con vos", "lo que sentís tiene sentido". Otras veces necesitamos que nos ayuden a ordenar lo que pensamos, a poner en palabras lo que nos pasa, a ver algo que solos no estamos pudiendo mirar. Cuanto más claro tengamos lo que necesitamos, más fácil será elegir con quién hablar. No siempre es sencillo. Muchas personas crecimos en entornos donde expresar lo que sentíamos no era bien recibido. Tal vez nos dijeron que llorar era exagerar, que enojarse era ser conflictivos, que mostrar tristeza era debilidad o que hablar de ciertas cosas era "ventilar la vida privada". Entonces aprendimos a callar, a tragarnos lo que nos pasaba, a sonreír cuando por dentro estábamos rotos, a decir "no pasa nada" cuando sí pasaba. Y si además alguna vez nos animamos a hablar y no fuimos bien recibidos, es lógico que después nos cueste volver a intentarlo.

Sin embargo, callar siempre tiene un costo. Lo que no se nombra no desaparece. A veces se transforma en insomnio, en irritabilidad, en distancia, en cansancio, en malestar físico, en una tristeza que no entendemos. Hablar de lo que sentimos con las personas adecuadas es, en el fondo, un acto de respeto hacia nosotros mismos. Es reconocer que nuestra vida emocional merece buen trato. Que no todo da lo mismo. Que no tenemos por qué exponer nuestras heridas en cualquier mesa, en cualquier chat o ante cualquier oído curioso. Hay conversaciones que necesitan intimidad, confianza, tiempo, reciprocidad. Hay palabras que sólo pueden decirse cuando sentimos que del otro lado hay una presencia amorosa, discreta y disponible. Y también está la otra parte: aprender a ser nosotros esas personas adecuadas para alguien más. Escuchar sin interrumpir, sin diagnosticar, sin dar lecciones. Acompañar de verdad requiere sensibilidad, paciencia y humildad. A veces la ayuda más grande no está en decir algo brillante, sino en crear un espacio donde el otro pueda ser sincero sin miedo.

Hablar de lo que sentimos no nos hace débiles; nos hace humanos. Y elegir bien con quién hacerlo es una forma de cuidado emocional que conviene aprender y practicar. No para volvernos selectivos desde la frialdad, sino desde la conciencia. No para aislarnos, sino para proteger lo valioso. No para desconfiar de todos, sino para dejar de entregarnos en lugares donde no hay escucha, respeto ni sostén. Quizás parte del crecimiento personal consista en eso: en darnos permiso para sentir, en aprender a nombrar lo que nos pasa y en encontrar vínculos donde esa verdad pueda descansar. Vínculos donde no tengamos que traducirnos tanto, ni defendernos, ni pedir disculpas por estar sensibles, confundidos o cansados. Personas con las que podamos decir "esto me duele", "esto me enoja", "esto me asusta", "esto me desborda", y sentir que del otro lado hay alguien que no viene a corregirnos, sino a acompañarnos. Porque cuando encontramos a esas personas, algo se acomoda. El peso se reparte. La emoción deja de ser una carga solitaria. El dolor no desaparece por arte de magia, pero se vuelve más habitable. La confusión empieza a ordenarse. La angustia baja un poco. Y aparece una certeza silenciosa pero poderosa: no estamos solos con lo que sentimos.

Ojalá podamos regalarnos eso más seguido. El discernimiento para elegir con quién hablar, la valentía para expresar lo que nos pasa y la sensibilidad para reconocer quién cuida de verdad nuestra intimidad emocional. Hablar sana cuando encuentra un buen lugar donde caer. Y todos, en algún momento de la vida, necesitamos ese lugar. Namaste. Mariposa Luna Mágica. (gotasygotitasjujuy@gmail.com).

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Fuente: El Tribuno de Jujuy

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