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Hígado graso: una enfermedad que no llega sola

Por: Dra Yanina Cangelosi Alba

Por F autor5 min de lectura
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Hígado graso: una enfermedad que no llega sola 
Hígado graso: una enfermedad que no llega sola  · Foto: El Liberal

Por: Dra Yanina Cangelosi Alba

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Hígado graso: una enfermedad que no llega sola  Hígado graso: una enfermedad que no llega sola

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El hígado graso de origen metabólico es hoy una de las principales causas de enfermedad hepática crónica. Está estrechamente relacionado con la diabetes tipo 2, la obesidad abdominal, la hipertensión arterial, los triglicéridos elevados y el sedentarismo. Aunque muchas veces se descubre por casualidad en una ecografía, no siempre es un hallazgo menor.

Durante años se habló de "hígado graso no alcohólico". Actualmente, el término recomendado es enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica, conocida de manera más sencilla como enfermedad de hígado graso de origen metabólico. El nuevo nombre no es solamente una cuestión académica: refleja mejor lo que ocurre. La grasa se acumula en el hígado en relación con la diabetes tipo 2, el sobrepeso, la obesidad abdominal, la hipertensión, los triglicéridos elevados y otras alteraciones cardiometabólicas.

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La palabra esteatosis significa, precisamente, acumulación de grasa en las células del hígado. Pero no todos los pacientes evolucionan de la misma manera. Algunas personas presentan grasa hepática sin inflamación importante; otras desarrollan una forma más agresiva, llamada esteatohepatitis metabólica, en la que aparecen inflamación y lesión celular. Con el paso del tiempo, ese daño puede producir fibrosis, cirrosis y, en determinados casos, cáncer de hígado.

El verdadero problema es que suele avanzar en silencio.

Una persona puede sentirse bien, tener pocas molestias e incluso presentar análisis de laboratorio apenas alterados mientras el hígado acumula daño. Por eso, no conviene interpretar el diagnóstico de "hígado graso" como un hallazgo sin importancia en una ecografía. Tampoco alcanza con saber si existe grasa: lo más relevante es identificar si ya hay fibrosis, es decir, cicatrización del tejido hepático, porque es uno de los principales determinantes del pronóstico.

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Una enfermedad más frecuente de lo que imaginamos

La prevalencia mundial de esta enfermedad supera actualmente el 30 % de la población adulta y continúa aumentando en paralelo con la obesidad y la diabetes. En personas con diabetes tipo 2 puede afectar a más de la mitad, y entre quienes tienen obesidad su frecuencia puede ser todavía mayor. En la Argentina, la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo mostró una elevada prevalencia de sobrepeso, obesidad y diabetes. Lo que ayuda a comprender por qué las consultas por hígado graso aumentan y por qué las causas metabólicas ocupan un lugar cada vez más importante dentro de la enfermedad hepática crónica.

Pero no es una enfermedad exclusiva de personas con obesidad visible. También puede presentarse en individuos con un peso considerado normal, especialmente cuando existe acumulación de grasa abdominal, resistencia a la insulina, hipertensión, triglicéridos elevados o antecedentes familiares. El peso corporal, por sí solo, no cuenta toda la historia.

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El hígado y el corazón comparten el mismo terreno

La enfermedad hepática metabólica no debe mirarse como un problema aislado. Comparte gran parte de sus factores de riesgo con la enfermedad cardiovascular.

La hipertensión, la diabetes, la obesidad visceral, los triglicéridos elevados, el colesterol HDL bajo y el sedentarismo pueden dañar simultáneamente el hígado, las arterias y el corazón. De hecho, a mayor número de alteraciones metabólicas, mayor es el riesgo de progresión de la fibrosis hepática y también la probabilidad de sufrir eventos cardiovasculares.

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Por eso, encontrar hígado graso debería llevarnos a formular una pregunta más amplia:

¿Qué está ocurriendo con la salud metabólica de esta persona?

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No alcanza con observar el hígado en una ecografía. También conviene controlar la presión arterial, la glucemia, la hemoglobina glicosilada, el colesterol, los triglicéridos, el perímetro abdominal y los demás factores de riesgo.En pacientes seleccionados puede ser necesario calcular índices de fibrosis y derivar a hepatología.

Las personas con diabetes tipo 2 —especialmente después de los 50 años—, quienes tienen obesidad acompañada de otros factores cardiometabólicos y quienes poseen familiares de primer grado con cirrosis merecen una evaluación particularmente cuidadosa.

El alcohol también forma parte de la conversación

La nueva clasificación reconoce que la enfermedad metabólica y el consumo de alcohol pueden coexistir.

No siempre es correcto separar a los pacientes en dos grupos rígidos: "hígado graso metabólico" por un lado y "enfermedad por alcohol" por otro. En muchas personas ambos mecanismos actúan al mismo tiempo y pueden potenciar el daño. Por eso es importante hablar del consumo real de alcohol sin minimizarlo, pero también sin convertir la consulta en un interrogatorio moral.

Además, algunos medicamentos, sustancias y suplementos pueden afectar el hígado. Que un producto se venda como "natural" no garantiza que sea inocuo. Informar al profesional sobre todo lo que se consume también forma parte de la prevención.

¿Se puede revertir?

En sus etapas iniciales, la enfermedad puede mejorar. La alimentación, la actividad física, la reducción de peso cuando está indicada y el control de la diabetes, la presión y los lípidos pueden disminuir la acumulación de grasa y reducir el riesgo de progresión.

No se trata de realizar una "desintoxicación" ni de seguir una dieta extrema durante algunas semanas. El hígado no necesita jugos milagrosos: necesita menos agresiones y mejores condiciones metabólicas sostenidas en el tiempo.

Una alimentación basada principalmente en vegetales, con verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, frutos secos y semillas, puede contribuir a mejorar el control metabólico. También conviene reducir el consumo habitual de ultraprocesados, bebidas azucaradas, exceso de sal, alcohol y grasas saturadas (abundantes en productos de origen animal).

El ejercicio aeróbico y el entrenamiento de fuerza ayudan a mejorar la sensibilidad a la insulina, reducir la grasa visceral y proteger tanto al hígado como al sistema cardiovascular. Incluso sin una gran pérdida de peso, moverse más puede producir beneficios clínicos.

No esperar a que aparezcan síntomas

La enfermedad de hígado graso de origen metabólico es una de las principales causas de elevación persistente de las transaminasas, visibles en el hepatograma, pero los valores normales no siempre descartan enfermedad significativa. Tampoco todos los pacientes presentan dolor o molestias en la zona del hígado.

Cuando aparecen signos como acumulación de líquido en el abdomen, confusión, sangrado digestivo o color amarillento en la piel y los ojos, la enfermedad suele encontrarse en una etapa avanzada. La oportunidad más valiosa está antes: cuando todavía es posible intervenir sobre el metabolismo y detectar fibrosis temprana.

Cuidar el hígado hoy también exige mirar la diabetes, la obesidad abdominal, el sedentarismo, el alcohol y la alimentación. El hígado graso es una advertencia temprana sobre la salud metabólica, hepática y cardiovascular.

Fuente: El Liberal

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