Historias de familia: "El juguete compartió mi vida y la de mis hijos"
Muñecos, Playmobil y hasta un sonajero. Coleccionistas tucumanos recuerdan qué sintieron al ver a sus hijos jugar con las mismas piezas que ellos habían recibido décadas atrás.

Hay juguetes que no terminan cuando un chico crece. Quedan en una habitación y esperan. A veces pasan décadas. Un muñeco que fue regalo de un padre aparece después entre las manos de un hijo. Un sonajero acompaña a un bebé y, mucho tiempo más tarde, vuelve a sonar en las manos de otro. Unos Playmobil sobreviven desde los años 70 y encuentran nuevos jugadores dentro de la misma familia.
En distintas familias tucumanas, esos objetos atravesaron generaciones. Algunos fueron guardados por nostalgia. Otros, porque sus dueños nunca pudieron desprenderse de ellos. Detrás de cada pieza hay recuerdos y una relación distinta con el paso del tiempo. Los juguetes cambian de dueño y suman historias.
Frido Núñez, artista plástico y coleccionista, tiene una habitación dedicada a sus juguetes. Su historia con esos objetos comenzó mucho antes de que pudiera llamarse coleccionista. Ubica el inicio alrededor de 1985, cuando tuvo su primera figura de acción de los famosos personajes de la serie animada, Thundercats.
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Cuenta que no decidió conservarla con la intención de iniciar una colección. "Empecé a guardarlos por una cuestión de cuidado. Los juguetes eran carísimos en ese momento. Teníamos que cuidarlos porque no se podía comprar siempre todo tipo de juguetes", recordó.
Con el tiempo empezó a guardar cajas y a prestar más atención al estado de cada pieza. "Disfruto mucho de verlos porque para mí son como pequeñas esculturas", explicó.
Para Frido, sin embargo, una colección no tiene por qué convertirse en algo intocable. "Lo primero que pensé al conservarlos: bueno, son juguetes", contó. Después profundizó esa idea: "Nunca fui de esos coleccionistas que tienen sus cosas súper cerradas, inmutables y sin abrir. Había que disfrutarlos, habría que sacarlos, tocarlos. Me parece que es una de las cuestiones más lindas".
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Sus hijos jugaron prácticamente con todo lo que forma parte de la colección, incluso con muñecos de Star Wars de 1976. Su legado, además, reúne objetos de distintas líneas y épocas, mientras que sus hijos tuvieron acceso a gran parte de esas piezas cuando eran chicos, una decisión que él siempre defendió. "Mis hijos pudieron jugar con todo y yo lo tomé como parte del recorrido de esos juguetes", señaló.
Un León O de los Thundercats que conserva desde su infancia ocupa un lugar especial. "El león es el personaje que nunca vendería porque fue el primero que guardé. Entonces tiene toda una carga sentimental y emotiva", expresó.
Su padre fue quien se lo regaló y, años después, sus propios hijos también jugaron con él. "No es especial sólo porque me lo haya regalado mi papá haciendo un sacrificio, sino porque también compartió mi vida y la de mis hijos. Es un símbolo familiar. La gracia de poder ver que ellos disfrutaban tanto como yo había disfrutado porque siempre fue la idea que los juguetes sigan acompañando y que sigan cumpliendo esa función después de tantos años", se sinceró.
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"A mi hijo, Rafael apenas nació, le pasé mi sonajero. Fue muy emotivo verlo y pensar que ese juguetito lo tenía yo en una mano cuando era bebé y ahora lo tenía mi hijo", relató Maximiliano Talquenca, un sanjuanino de nacimiento que vive en San Miguel de Tucumán desde hace 20 años y todavía conserva su tonada y sus juguetes de la infancia.
El padre de 44 años cuenta que el primer juguete que guardó fue ese sonajero. Cuando se mudó de provincia, lo llevó entre sus pertenencias y viajó miles de kilómetros con ese objeto y otros. Años después, cuando nació su hijo mayor, ese sonajero volvió a cumplir la función para la que había sido creado. "Se ve que los hacían de buen material porque, a pesar de los años y el uso, no tiene ninguna fisura", contó.
Maximiliano explicó que el origen de su colección tuvo que ver con la necesidad de guardar recuerdos. "Los guardo por nostalgia, para tener algo de mi infancia conservado. Después, ya de adulto, me hice un poco coleccionista. Recuerdo que mi viejo venía a veces con varios paquetitos de figuritas a la casa para que pudiéramos llenar los álbumes que se vendían en esa época y, entre eso, pude conservar algunas muy especiales, holográficas", contó.
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Ahora piensa en una generación futura. "Estaría bueno que por lo menos algunos de mis juguetes queden en la familia para las siguientes generaciones y que digan: 'Esto era el juguete del abuelo'", expresó.
"Cualquier objeto, para los niños e incluso para los adolescentes, genera interés. Por un lado aparece algo lúdico y siempre se cuela algo de la historia, porque preguntan de quién era, para qué servía, y hay algún adulto que cuenta algo en relación con ese objeto", explicó Javier Kirschbaum.
Esa curiosidad la descubrió primero con su propia hija. Cuando ella era chica, lo acompañaba mientras ordenaba las cosas que había reunido con los años y encontraba, entre objetos cotidianos, nuevas posibilidades para jugar. "Ahí descubrí que disfrutaba y tenía mucha curiosidad por mirar, elegir algún objeto y jugar. Podía ser un juguete, ropa, lo que fuese", recordó.
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Kirschbaum tiene 54 años, es psicólogo y vive Capital. Su colección no se limita a los juguetes. Conserva también tecnología, ropa, discos, casetes. Sin embargo, entre todo lo que guarda hay unas piezas que tienen un recorrido especial dentro de su familia: unos Playmobil que llegaron desde Alemania en 1977. "Yo jugaba mucho con ellos. Después quedaron guardados y, por suerte, no se tiraron", contó. El tiempo no los dejó solamente como un recuerdo de su infancia. Años después jugaron sus hijas, luego sus sobrinas. Ese paso de unas manos a otras modificó también la forma en la que Javier entendía los objetos que había conservado. Los chicos no siempre buscaban reproducir el uso que alguna vez tuvieron. Los miraban desde otra época y los incorporaban a sus propios juegos. "Los resignificaban. En ese espacio, todo se convertía en juguete y los chicos podían pasar horas entre aquellas cosas", recordó.
La experiencia también empezó a cambiar la mirada de los propios niños sobre los objetos antiguos que encontraban en sus casas. "Los niños empezaban a darles otro valor a cosas en sus casas. Mi hija me traía cosas y me decía: 'Mirá, papá, encontré esta moneda, tomá'", relató.
Ese interés incluso llegó a aparecer a la hora de pensar en regalos. Kirschbaum recordó que algunas madres les contaban que sus hijos habían empezado a pedir cosas poco habituales para el Día del Niño. "Me están pidiendo piedras, monedas", le decían.
En esos objetos, Javier encontró algo más que una manera de conservar el pasado. Cada vez que un chico pregunta quién usó una pieza, de dónde salió o para qué servía, el juego abre también una conversación con quienes estuvieron antes.
Hay ocasiones en las que la historia de un juguete se interrumpe porque el material cede. Una articulación se quiebra, una goma se reseca o falta una pieza. Ahí aparece Omar Escudero.
Algunos de sus muñecos de He Man comenzaron a romperse con los años. Buscó tutoriales en internet, empezó a reparar sus propias figuras y después recibió pedidos de otras personas. Hoy le envían juguetes desde Buenos Aires, Rosario, Mendoza y otras provincias. Ha restaurado juguetes para gente en Europa y también realiza figuras personalizadas. "Los demás coleccionistas me dicen 'Doctor Juguetes'. Lo que busco es darle vida al objeto y que vuelva a estar como estaba. Siempre le digo a mi esposa que no gasto dinero en juguetes, invierto en felicidad".
Omar contó con nostalgia que conserva un He Man desde 1991, el mismo año en el que falleció su padre, quien solía regalarle esos muñecos: "Tengo cientos de juguetes pero el más preciado es un He Man de 1991, justo ese año falleció mi papá. Está medio gastado, medio despintado, pero es mío. No lo cambio por nada. Es especial porque cuando uno es chico quizás no lo entiende, pero al tener hijos empieza a ver el sacrificio que hay detrás de un regalo: juntar la plata o dejar de hacer ciertas cosas para poder comprarlo".
Ya les dijo a sus hijas que hay muñecos que no quiere que vendan cuando él muera. "Son una herencia para ellas, es mi legado", definió.
En su trabajo, muchas veces recibe juguetes que alguien pensaba tirar. Cuando logra recuperarlos, sabe que no devuelve solamente plástico, tela o una articulación. "Darle a alguien algo que creía que ya estaba perdido, que iba para la basura, que no servía, y volverlo a tener en condiciones... te trae todo eso que sentía en la niñez", afirmó.
Quizás por eso algunos objetos consiguen atravesar tantas décadas. No sobreviven solamente porque alguien los guardó. Sobreviven porque, cada vez que pasan a otras manos, suman una nueva historia sin perder las anteriores.
Fuente: La Gaceta
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