Indignación selectiva

Maira Romina Cabrera, de 27 años, fue vista por su familia por última vez el 10 de agosto. Salió de su casa, en Casa de Piedra, rumbo a Telarito para visitar a Eduardo "Punguna" Cejas, con quien tuvo una hija. Un joven de la zona declaró haberlos visto juntos, camino a la casa del hombre. Lo que ocurrió después es un enigma.
Aunque el cuerpo de Cabrera no fue encontrado, la Fiscalía sostiene que fue asesinada. En esa hipótesis, acusó a Cejas por el crimen y por las amenazas de muerte que habría proferido días antes. El lunes pasado, la Justicia dictó la prisión preventiva por seis meses, mientras se esperan los resultados de las pericias solicitadas. La defensa niega que Cejas haya matado a Maira y cuestiona que pudiera cometer el crimen y ocultar el cuerpo.
La causa pasó por tres fiscales. Primero intervino Jorgelina Sobh, de Recreo, porque Casa de Piedra está bajo su jurisdicción. Luego, al situarse los hechos investigados en la casa de Cejas, en Telarito —departamento Capayán—, el expediente pasó a Luis Córdoba Andreatta, de la Primera Circunscripción Judicial. Finalmente, por tratarse de un caso de violencia de género, quedó a cargo de Alejandra Antonino.
La indignación fue, es y será selectiva. Esa indiferencia interpela: ¿hay muertes de primera y de segunda? La indignación fue, es y será selectiva. Esa indiferencia interpela: ¿hay muertes de primera y de segunda?
Las caras visibles del reclamo por Maira son su madre, Nancy y su hermana, Lourdes. Desde Casa de Piedra siguen pidiendo justicia. El acompañamiento vecinal fue limitado. A la vera de la ruta nacional 60, se manifestaron sin cortar el tránsito, con carteles hechos a mano y un parlante que reproducía "Canción sin miedo", de Vivir Quintana. Casi en silencio, apenas interrumpidas por el zumbido de los vehículos.
La desaparición, pronto convertida en desesperación, captó la atención al comienzo. En las redes sociales se multiplicó un reclamo unánime, pero el eco se apagó con las semanas, hasta volverse silencio. La indignación fue, es y será selectiva. Esa indiferencia interpela: ¿hay muertes de primera y de segunda?
Trece años atrás, Celeste "Chasqui" Moreno y María Condorí fueron asesinadas con 72 horas de diferencia. Chasqui tenía 20 años, dos hijos y estaba embarazada cuando fue estrangulada. Ejercía la prostitución. La causa quedó cajoneada durante años y, cuando estaba cerca de prescribir, la investigación se reactivó. Claudio "El Loco" Argañaraz e Ítalo Agüero fueron imputados y permanecen en libertad, a la espera de definiciones judiciales. Argañaraz había sido señalado por la abuela de la joven. Condorí, comerciante jujeña, fue asesinada y su crimen quedó en el olvido: nunca hubo detenidos.
Entonces hubo pocas marchas, opacadas por el reclamo generalizado contra la inseguridad. La conmoción provocó la salida de la cúpula policial. Las marchas continuaron, pero sin carteles grandilocuentes ni actores de la política afligidos. Solo quedó el pequeño grupo que acompañaba a "Chasqui", que recorría las calles céntricas ante la indiferencia. Después, el reclamo también se apagó. Durante años, sin recursos para pagar un abogado, la familia vio cómo la causa permanecía cajoneada.
Maira, Celeste, María y otros nombres del pasado. Cuando la geografía y la clase social condicionan quién merece atención, las víctimas sufren una segunda muerte: la del olvido.
Fuente: El Ancasti
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