José de San Martín: El libertador de medio continente (Cuarta Parte)
Por Eduardo Lazzari
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La vida de José de San Martín fue extensa, sobre todo teniendo en cuenta los males físicos que lo acompañaron desde su juventud. La medicación de entonces, que para el Libertador tuvo dos vertientes: la homeopática y el láudano, era pródiga en la generación de daños colaterales como fue la adicción a los opiáceos que se manifestó en su necesidad de suministro permanente pero que no produjo cambios de conducta ni de personalidad en San Martín.
Los últimos años
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Sin duda, la restauración de la vida familiar y el cariño prodigado por su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas Josefa Dominga y María de las Mercedes, fueron el bálsamo reparador que le permitió a don José vivir una ancianidad muy amable. La vida familiar de los San Martín en la casona de Grand Bourg, a treinta kilómetros al sur de París, sobre el río Sena, fue cordial y duró cerca de quince años, que se vieron interrumpidos cuando se produce la revolución de 1848 que derrocó al rey Luis Felipe I, y don José decide abandonar la capital gala rumbo a Londres. Arribado en tren a Boulogne Sur Mer, el puerto natural de viaje hacia Inglaterra, una caminata por la ciudad medieval lo enamoró y la familia alquiló un piso en el edificio construido por el médico Adolph Gerard, con quien compartirían la vida cotidiana.
Antes de su definitiva partida de París, ciudad que no volverá a visitar, una carta a su amigo Tomás Guido muestra un aspecto galante y pícaro de don José: "Estando en los bosques de Boulogne, una dama joven comenzó a mirarme, y yo también. Y así permanecimos bastante tiempo, entre sonrisas y gestos. Finalmente, decidí saludarla y retirarme, causando sin duda cierto desconcierto en la bella dama. Lo hice porque a esta altura de mi vida, lo único que puedo sostener son las miradas". Ya era un septuagenario cuando se tomaron los dos daguerrotipos, sus únicas fotografías, de las que se conserva sólo una.
Su muerte y sus tumbas
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Enfermo de cataratas, lo que impedía el disfrute de la lectura, hábito que siempre lo acompañó, y arrastrando los males de salud de toda su vida, muere a las 3 de la tarde del 17 de agosto de 1850, acompañado por su hija Mercedes, su yerno Mariano y las dos nietas: María Mercedes y Josefa Dominga. Sus últimas palabras fueron: "Esta es la calma que precede a la tormenta…", frase que pronunció frente al mar en el lugar donde se encuentra su estatua ecuestre, gemela de la que se encuentra en la plaza San Martín de la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires.
A pesar de su pedido, se celebró un funeral religioso en la iglesia de San Nicolás, a metros de su casa, para ser luego conducido a la cripta de la catedral de Nuestra Señora de Boulogne, cripta que fue comenzada a construir por los romanos quince siglos antes. Vale destacar que ese provisional sepulcro ha sido restaurado hace pocos años por gestión del embajador argentino en Francia Jorge Faurie. Once años después fue trasladado a la bóveda familiar en el cementerio de Brunoy, en las afueras de París, donde había sido sepultada pocos días antes su nieta Mercedes, que murió por una mala praxis durante una operación de apendicitis. Diecinueve años después, iniciaría su viaje final hacia su tierra natal. En 1951 desde esa cripta francesa partieron también hacia Argentina, más precisamente Mendoza, los restos de Mercedes, Mariano Balcarce y María de las Mercedes.
Está claro que la figura de San Martín es tan gigantesca, que no pudo ser olvidada, pero si se demoró su consagración como Libertador hasta la aparición, en 1887, de la monumental obra historiográfica de Bartolomé Mitre, "Historia de San Martín y la emancipación americana". Y unos años antes, el espíritu romántico del presidente Nicolás Avellaneda propuso una reconciliación póstuma entre dos encarnizados adversarios de la historia: Bernardino Rivadavia y José de San Martín. El 20 de mayo de 1880 se recordaron los cien años del nacimiento del primer presidente argentino, que se encontraba sepultado, contra su voluntad, en el Cementerio de la Recoleta. Y cuatro días después, el buque "Villarino", en su primer viaje a Argentina para servir en la Armada, recalaba en el puerto de Buenos Aires, conduciendo el féretro de San Martín.
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El "corazón de Buenos Aires"
El 28 de mayo de ese año fueron desembarcados los restos del prócer y depositados en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde permanecen hasta hoy. Primeramente, fueron depositados en la cripta de los obispos y luego dentro del monumento en el que permanecen hasta hoy. Hablaron ese día Avellaneda, que dijo frente al Libertador: "¡Que vuestro brazo invisible trace murallas de fierro en las fronteras, para que la bandera que hicisteis flamear en las cumbres más excelsas de la Tierra, no sea jamás uncida al carro de un vencedor!"; y luego Sarmiento que proclamó: "A nombre de la presente generación recibimos estas cenizas del hombre ilustre, como expiación que la historia nos impone de los errores de la que nos precedió. Honor y Gloria al Gran Capitán".
La comisión encargada del monumento funerario que fuera encargado a los mismos autores que el mausoleo de Napoleón Bonaparte, el atelier de Albert Carrier Beleuse, se topó con dos graves problemas: el catafalco de mármoles no entraba adecuadamente en la capilla de Nuestra Señora de la Paz, por lo que se procedió a ampliar ese recinto, obra que estuvo a cargo de Carlos Aberg, uno de los arquitectos suecos de la Casa Rosada. Y el otro inconveniente, mucho más serio e imprevisto, fue descubrir que los restos de don José estaban embalsamados, y por lo tanto, que no había forma de ubicarlos dentro del monumento. Frente al problema, se resolvió ubicar el ataúd dentro de la estructura del mausoleo, en una posición bastante insólita: con una inclinación de 45°, con sus pies hacia la puerta del templo, a la altura del piso, y su cabeza hacia el altar mayor, aproximadamente a un metro cincuenta.
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Los homenajes permanentes de los argentinos y del mundo
La designación del año 1950 como Año del Libertador ubicó a San Martín definitivamente como el Padre de la Patria, más allá de la picardía del presidente Perón, entonces gobernante de asimilar su figura de general a la del gran general de la historia. Es hoy el prócer más reconocido por los argentinos. Sus estatuas se cuentan por millares, desde las ecuestres en diversos lugares del país y del mundo, hasta los sencillos bustos en cada plaza, institución u organismo oficial o privado. La más afectuosa es la que se emplaza enfrente de la réplica de su casa de Grand Bourg, en Palermo, en Buenos Aires: un anciano San Martín que disfruta de la compañía de sus nietas. Miles de aulas tienen su retrato. Miles de calles llevan su nombre.
Su casa natal en Yapeyú ha sido motivo de investigaciones arqueológicas a lo largo de dos siglos y medio. En la década de 1930 se construyó un templete que protege ruinas pertenecientes a la antigua instalación jesuita, que se atribuyó a la casa del gobernador en tiempos de don Juan de San Martín. Pero hace poco tiempo pudieron exhumarse rastros de la que es en realidad la verdadera casa del Libertador. Sin duda, este hecho científico obligará a replantear el sitio de homenaje y es un motivo más para seguir averiguando, investigando y reconociendo el pasado, que siempre vuelve y algunas veces no como se presume debe volver.
Hay imponentes estatuas al Libertador en el mundo, siendo la más impresionante la que lo homenajea en Lima, en Perú, donde el cariño por San Martín es inmenso. En el Central Park de Nueva York se encuentra una estatua que ha protagonizado escenas de algunas películas como "Mi pobre angelito" donde podemos observar al general mirando lo que ocurre a sus pies. Su casa en Grand Bourg es hoy un convento que alguna vez debería pertenecer al estado argentino para conmemorar en forma perpetua a San Martín, tal como lo hace su casa en Boulogne Sur Mer, hoy museo argentino y custodiado por un granadero.
Pero sin duda, el mayor homenaje es la emoción que todos los argentinos tienen por su nombre. Vale terminar este texto con las palabras finales del libro de Mitre: "Fiel a la máxima que regló su vida: FUE LO QUE DEBÍA SER, y antes que ser lo que no debía prefirió NO SER NADA. Por eso vivirá en la inmortalidad".
Fuente: El Liberal
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