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La Argentina de los recursos y la paradoja del desarrollo

Vaca Muerta y la minería prometen miles de millones en exportaciones, pero Argentina enfrenta el desafío de convertir esa riqueza en empleo

Por Gabriela Loreiro18 min de lectura
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La Argentina de los recursos y la paradoja del desarrollo
La Argentina de los recursos y la paradoja del desarrollo · Foto: Primera Edición

Durante décadas, la economía argentina vivió pendiente de una contradicción que parece no encontrar salida: el país dispone de tierra fértil, energía, minerales, agua, conocimiento científico y capacidad industrial, pero tropieza una y otra vez con la escasez de divisas necesarias para sostener el crecimiento. Cuando la actividad se expande, aumentan las importaciones, se reduce la disponibilidad de dólares y reaparece la restricción externa. El crecimiento, entonces, termina chocando contra su propio límite.

Vaca Muerta comenzó a alterar esa ecuación. La formación neuquina dejó de ser una reserva prometedora para convertirse en una plataforma productiva capaz de generar exportaciones, sustituir importaciones energéticas y modificar la balanza comercial. Ahora la minería, en particular el cobre y el litio, se presenta como una segunda gran frontera capaz de aportar las divisas que la Argentina necesita.

El economista Ricardo Arriazu sintetizó esa expectativa al afirmar que la minería se encuentra hoy donde estaba Vaca Muerta en 2013. La comparación no es menor. Hace trece años, el potencial de los hidrocarburos no convencionales era conocido, pero todavía faltaban inversiones, tecnología, infraestructura y estabilidad normativa para convertir los recursos geológicos en producción exportable. Según Arriazu, los proyectos mineros atraviesan actualmente una fase similar: los recursos existen, la demanda mundial crece y las grandes empresas empiezan a posicionarse, pero la transformación económica todavía debe construirse.

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La frase condensa el nuevo horizonte oficial. Argentina podría pasar de una matriz exportadora dominada por la producción agropecuaria a otra más diversificada, en la que energía y minería aporten ingresos permanentes de divisas. Sin embargo, también encierra una advertencia. Tener petróleo, gas, cobre o litio no equivale automáticamente a desarrollarse. Los recursos naturales pueden convertirse en una plataforma de industrialización, innovación y bienestar, pero también pueden consolidar una economía fragmentada: enclaves altamente productivos y conectados con el mundo, rodeados por territorios con empleos precarios, infraestructura deteriorada y escasa capacidad para capturar la riqueza generada.

Esa es la paradoja que hoy representa Vaca Muerta. Mientras la producción de hidrocarburos crece, las exportaciones baten récords y los trabajadores petroleros reciben algunas de las remuneraciones más elevadas del país, miles de empresas cierran y numerosos sectores pierden puestos de trabajo. No se trata de negar el valor estratégico de la formación neuquina. Se trata de comprender que una actividad intensiva en capital, tecnología e infraestructura no puede, por sí sola, compensar el retroceso simultáneo de la industria, la construcción, el comercio y las pequeñas empresas.

En Añelo, el corazón operativo de Vaca Muerta, un trabajador puede multiplicar varias veces el salario que recibía en su provincia de origen. Reuters retrató el caso de un mecánico de 25 años que consiguió empleo en la actividad hidrocarburífera y pasó a ganar diez veces más que cuando trabajaba como cocinero. La historia encarna la movilidad social que el sector puede ofrecer a quienes logran ingresar, capacitarse y adaptarse a jornadas exigentes, traslados extensos y regímenes laborales de alta intensidad.

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Los números salariales confirman esa excepcionalidad. El ingreso mensual promedio del sector petrolero y gasífero neuquino ronda los 5.600 dólares, frente a unos 1.800 dólares del empleo privado registrado en la ciudad de Buenos Aires. La demanda de técnicos, operarios e ingenieros es tan intensa que el Instituto Argentino del Petróleo y del Gas calculó que la actividad necesitará incorporar entre 30.000 y 43.000 trabajadores durante los próximos años. Más de 17.000 personas se postularon para capacitarse en el Instituto Vaca Muerta, abierto para atender esa necesidad.

La expansión genera oportunidades reales. Pero son oportunidades concentradas territorialmente, limitadas por la capacitación requerida y pequeñas en relación con el tamaño de la fuerza laboral argentina. El petróleo no convencional puede pagar salarios altos porque combina productividad, inversión tecnológica y escala exportadora. Precisamente por esas características, no es una actividad capaz de absorber por sí sola a quienes pierden su empleo en una fábrica textil, una empresa metalúrgica, una obra pública o un comercio de barrio.

El contraste es elocuente. Mientras Vaca Muerta acelera, un relevamiento de Fundar citado por Reuters estima que unas 28.000 empresas cerraron desde el inicio del Gobierno de Javier Milei, cifra equivalente al 5,5% del total nacional. La retracción se vincula con la caída del consumo, la paralización de la obra pública, la apertura importadora y el debilitamiento de sectores industriales y de la construcción. El resultado es una economía que muestra indicadores macroeconómicos favorables y focos de crecimiento, pero no consigue traducirlos todavía en una mejora generalizada del empleo y los ingresos.

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En esa convivencia desigual se dibujan, como señaló el economista Guido Zack, "dos Argentinas": una que crece y otra que cae. La primera está integrada por energía, minería, agroindustria y algunos servicios intensivos en conocimiento. Son sectores competitivos, exportadores y capaces de atraer grandes inversiones. La segunda reúne a empresas y trabajadores que dependen principalmente del mercado interno y enfrentan costos elevados, consumo deprimido y competencia importada.

El problema no reside en que unas actividades sean más dinámicas que otras. Toda transformación productiva produce desplazamientos. La cuestión es si el Estado y el sistema económico disponen de mecanismos para convertir ese crecimiento sectorial en nuevas capacidades productivas, infraestructura, proveedores, formación laboral y oportunidades distribuidas territorialmente. Sin esos puentes, la modernización puede convertirse en una forma de dualismo económico: una fracción integrada a las cadenas globales y otra sometida a un largo ajuste sin horizonte visible.

El propio Fondo Monetario Internacional parece advertir esa tensión. Durante su visita a la Argentina, la directora gerente Kristalina Georgieva elogió la reducción de la inflación y el orden fiscal, pero también señaló la necesidad de mejorar las condiciones de acceso al crédito, facilitar hipotecas y ampliar las oportunidades para empresas y familias. El respaldo político al programa económico convive, por lo tanto, con una recomendación implícita: la estabilización solo será sostenible si comienza a mejorar la economía cotidiana.

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Vaca Muerta es el escenario elegido para mostrar al mundo la Argentina que puede venir. La visita de Georgieva a Neuquén tuvo una fuerte dimensión simbólica. El país no fue presentado únicamente como un deudor que busca cumplir con el Fondo, sino como un potencial proveedor global de energía. Sin embargo, la imagen de los pozos en expansión no puede ocultar la otra fotografía: establecimientos cerrados, empleos industriales destruidos y familias cuyo principal problema no es la falta de recursos estratégicos nacionales, sino la insuficiencia de ingresos propios.

La importancia macroeconómica de Vaca Muerta es difícil de exagerar. En 2025, Argentina exportó energía por unos 11.100 millones de dólares y alcanzó el mayor superávit energético de su historia reciente. Para 2026, distintas proyecciones ubican el saldo positivo del sector entre 8.500 y 10.000 millones de dólares. YPF estima que, hacia 2031, la formación podría generar exportaciones por 50.000 millones de dólares anuales, una magnitud comparable con la del complejo agroindustrial.

Esa corriente de divisas introduce un cambio estructural. Durante buena parte de la historia económica argentina, el ingreso de dólares estuvo condicionado por el calendario agrícola. Las exportaciones se concentraban en determinados meses, mientras que durante la segunda mitad del año la oferta de divisas tendía a disminuir, aumentando la presión sobre el tipo de cambio.

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El petróleo y el gas pueden exportarse durante todo el año. Esa continuidad reduce la estacionalidad del mercado cambiario y podría ofrecer una base más estable para acumular reservas. Según un análisis difundido por Citibank, el superávit energético aumentó en 2.207 millones de dólares durante el primer semestre de 2026 respecto del mismo período de 2025. Solo en junio, la balanza del sector fue positiva en 611 millones, con exportaciones por 1.406 millones e importaciones por 794 millones. La energía ya explicaba el 28% del superávit comercial argentino.

De allí surge una afirmación impactante: Vaca Muerta ya genera aproximadamente el doble de los dólares que Argentina paga anualmente al Fondo Monetario Internacional. La comparación es políticamente atractiva, aunque debe interpretarse con cuidado. Los dólares exportados no ingresan íntegramente al Tesoro ni quedan automáticamente disponibles para cancelar deuda. Una parte corresponde a costos, utilidades privadas, importaciones de equipos y obligaciones financieras. Aun así, el dato refleja el cambio de escala alcanzado por el sector.

El potencial se ampliará con nuevas obras. El Oleoducto Vaca Muerta Sur está diseñado para transportar hasta 550.000 barriles diarios hacia la costa rionegrina, mientras avanzan proyectos vinculados con la exportación de gas natural licuado. Si esas inversiones se concretan y los precios internacionales resultan favorables, Argentina podría convertirse en un proveedor energético relevante para países que buscan diversificar sus fuentes de abastecimiento.

El contexto geopolítico fortalece esa oportunidad. La guerra entre Rusia y Ucrania, las tensiones en Medio Oriente y la competencia entre Estados Unidos y China volvieron prioritaria la seguridad energética. América del Sur aparece ante los centros financieros como una región relativamente estable y alejada de los grandes conflictos militares. Para Ricardo Dessy, economista del Citibank, esa condición convierte al país en un proveedor potencialmente confiable de energía y alimentos.

Pero los dólares no constituyen un programa de desarrollo. Son una condición necesaria, no suficiente. Un superávit energético puede aliviar la restricción externa, estabilizar el tipo de cambio y facilitar el pago de deuda. No garantiza, por sí mismo, mayor complejidad productiva ni mejores condiciones de vida. Para eso es necesario definir cómo se distribuyen las rentas, qué proveedores participan, qué tecnología se desarrolla localmente y qué parte de las divisas permanece dentro del circuito económico nacional.

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) fue concebido para ofrecer estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria durante varias décadas. La previsibilidad puede resultar decisiva para proyectos que requieren miles de millones de dólares y extensos plazos de recuperación. Reuters estima que ya permitió aprobar inversiones energéticas por unos 25.000 millones de dólares.

Sin embargo, el régimen también plantea interrogantes. A partir del tercer o cuarto año, las empresas beneficiadas pueden quedar eximidas de liquidar en el mercado local una parte creciente de las divisas obtenidas. Además, el requisito de contratación de proveedores nacionales es limitado. Esto significa que una actividad puede exportar mucho y, al mismo tiempo, producir un impacto menor al esperado sobre las reservas, el empleo y la industria local.

La discusión, entonces, no debería reducirse a elegir entre inversión extranjera o aislamiento. El desafío es construir reglas que hagan compatibles la rentabilidad privada, la estabilidad necesaria para atraer capital y el interés público. Un proyecto extractivo será económicamente exitoso para el país no solo cuando aumente la producción, sino cuando fortalezca proveedores, forme trabajadores, desarrolle infraestructura y genere capacidades que permanezcan una vez agotado el recurso.

La expansión de Vaca Muerta también reveló la precariedad de la infraestructura argentina. El cuello de botella ya no está solamente en la capacidad de perforar o transportar el petróleo. Está en las rutas, los puertos, las viviendas, los servicios urbanos y hasta en la disponibilidad de camas para alojar a los operarios.

Añelo tiene poco más de 10.000 habitantes permanentes, pero recibe mensualmente a decenas de miles de trabajadores que ingresan y salen con los cambios de turno. La demanda habitacional creció más rápido que la capacidad urbana. El mercado inmobiliario comenzó a medir la rentabilidad no por departamento, sino por "cama útil": el espacio mínimo necesario para que un operario pueda descansar y volver al yacimiento.

La imagen es reveladora. Una formación geológica capaz de proyectar exportaciones por decenas de miles de millones de dólares enfrenta dificultades para ofrecer vivienda, agua, calles, escuelas y atención sanitaria en su núcleo operativo. La infraestructura social quedó detrás de la infraestructura extractiva.

La saturación alcanza también al sistema vial. Cada pozo de shale necesita entre 11.000 y 15.000 toneladas de arena para realizar la fractura hidráulica. Ese material viaja principalmente desde Entre Ríos hasta Neuquén, en un corredor por el que circulan alrededor de 1.500 camiones diarios. El Gobierno analiza modificar el régimen de cabotaje para trasladar parte de la carga por la Hidrovía, utilizando los puertos de Ibicuy y San Antonio Oeste.

La propuesta expone otra paradoja. Argentina posee una extensa red fluvial y marítima, pero mueve por carretera volúmenes que podrían transportarse con menores costos mediante barcos o trenes. Más del 80% de los buques de bandera nacional utilizados en el cabotaje se dedica al transporte de combustibles, mientras que menos de cinco embarcaciones trasladan contenedores entre puertos argentinos. La consecuencia es una dependencia extrema del camión, con mayores costos logísticos, deterioro vial y riesgos de accidentes.

La respuesta oficial a la saturación logística también expone los límites de la estrategia. El viernes último, el Gobierno nacional amplió mediante el Decreto 689/2026 la capacidad de circulación de los bitrenes y habilitó configuraciones de hasta 75 toneladas y más de 31 metros de longitud. La reforma busca transportar más carga por viaje, reducir costos y favorecer unidades impulsadas con gas natural proveniente de Vaca Muerta. Sin embargo, la normativa avanza más rápido que la infraestructura: especialistas viales advierten que numerosos puentes, curvas, rotondas y tramos de la red nacional no están preparados para soportar de manera frecuente vehículos de semejante porte.

La contradicción es evidente. Ante la insuficiencia de ferrocarriles, barcos y rutas modernas, la política pública procura aumentar la carga transportada por cada camión. El alivio económico para las empresas puede traducirse en una mayor presión sobre caminos deteriorados, nuevas exigencias de mantenimiento y riesgos adicionales para la seguridad vial.

La expansión de Vaca Muerta comienza, de este modo, a modificar las regulaciones y los sistemas de transporte del país. Pero también obliga a preguntarse quién financiará la infraestructura que necesita el nuevo modelo exportador y quién asumirá los costos cuando esa infraestructura resulte insuficiente.

La Pampa ilustra quién paga esa expansión. El Gobierno provincial impulsa un peaje para camiones pesados que atraviesen su territorio rumbo a Vaca Muerta. La administración sostiene que unos 1.200 vehículos de carga circulan diariamente por corredores provinciales, triplicando el tránsito y acelerando el deterioro de las rutas. La iniciativa destinaría el 90% de lo recaudado a conservación vial.

El conflicto no es simplemente fiscal. Revela la falta de coordinación entre la Nación, las provincias productoras y los territorios atravesados por las cadenas logísticas. Los beneficios de la producción se concentran en determinados actores y jurisdicciones, mientras los costos -rutas destruidas, congestión, contaminación, demanda de servicios- se distribuyen sobre una geografía mucho más extensa.

La misma discusión aparecerá con la minería. Los grandes proyectos de cobre requerirán energía, caminos, puertos, pasos fronterizos, ferrocarriles, agua e infraestructura urbana. Si esas necesidades se resuelven exclusivamente para conectar la mina con el puerto, se consolidará un modelo de corredores extractivos. Si, en cambio, las obras se integran a una estrategia territorial, podrán reducir costos para otras actividades y mejorar la conectividad de comunidades enteras.

La comparación de Arriazu entre la minería actual y Vaca Muerta en 2013 se apoya en un cambio global profundo. La electrificación del transporte, la expansión de las energías renovables, la inteligencia artificial y los centros de datos aumentan la demanda de cobre, litio, plata y energía. La economía digital parece inmaterial, pero descansa sobre una infraestructura física intensiva en minerales y electricidad.

Argentina posee una porción extensa de la Cordillera de los Andes y depósitos de escala internacional. Los proyectos de cobre de San Juan, Mendoza, Catamarca y Salta podrían colocar al país entre los productores relevantes durante la próxima década. El Gobierno proyecta que las exportaciones conjuntas de cobre y litio podrían alcanzar los 32.700 millones de dólares en diez años: 20.600 millones provenientes del cobre y 12.100 millones del litio. En 2025, todas las exportaciones mineras habían sumado alrededor de 6.000 millones.

Los números explican el entusiasmo. La Secretaría de Minería proyecta que las ventas externas del sector podrían superar los 36.000 millones de dólares hacia 2035, casi seis veces el récord registrado en 2025. Alcanzar esa escala exigiría inversiones mínimas cercanas a los 57.000 millones, concentradas principalmente en proyectos de cobre y litio.

No obstante, la analogía con Vaca Muerta debe utilizarse con cautela. La minería metalífera presenta condiciones económicas, sociales y ambientales particulares. Los proyectos requieren largos períodos de exploración y construcción, enormes inversiones iniciales y acuerdos estables con las comunidades. También demandan agua en provincias áridas y pueden afectar glaciares, ambientes periglaciales y cuencas hídricas.

La modificación de las protecciones legales sobre glaciares y ambientes periglaciales, impulsada para facilitar proyectos mineros, abrió una controversia que no puede ser tratada como un obstáculo secundario. Organizaciones ambientales y especialistas advirtieron que la flexibilización puede comprometer reservas estratégicas de agua en regiones afectadas por el cambio climático. El desarrollo minero que ignore esa dimensión corre el riesgo de perder legitimidad social y judicial, incluso cuando resulte atractivo desde el punto de vista exportador.

La aceptación social no se compra únicamente con regalías ni campañas publicitarias. Se construye con información pública, controles independientes, participación comunitaria y garantías verificables sobre el uso del agua, el tratamiento de residuos y el cierre de los yacimientos. Una minería sin licencia social puede atraer inversiones durante algunos años, pero dejar conflictos persistentes y pasivos ambientales de larga duración.

La experiencia regional ofrece lecciones. Chile construyó buena parte de su fortaleza exportadora sobre el cobre, pero no eliminó las desigualdades ni la dependencia de los ciclos internacionales. Perú recibió grandes ingresos mineros y, aun así, muchas comunidades próximas a los yacimientos continúan padeciendo déficits de servicios. Investigaciones sobre ese país muestran que las rentas extractivas producen mejores resultados cuando existen gobiernos locales con capacidad para administrar recursos, recaudar, planificar y ejecutar infraestructura. Cuando esa capacidad es débil, los ingresos extraordinarios pueden coexistir con frustración y conflictividad social.

El verdadero aprendizaje no consiste en abandonar la minería, sino en comprender que la geología no reemplaza a las instituciones. Un depósito de cobre puede valer miles de millones de dólares bajo tierra y aportar muy poco al desarrollo si no existe una política capaz de vincularlo con el resto de la economía.

Argentina parece encaminada hacia una economía en la que energía, minería y agroindustria aportarán una proporción creciente de las exportaciones. Esa transformación puede aliviar la histórica falta de dólares y ofrecer una etapa de estabilidad que el país no consigue sostener desde hace décadas. Pero existe el riesgo de confundir solvencia externa con desarrollo.

Una economía puede acumular divisas y, al mismo tiempo, destruir empleo industrial. Puede exportar petróleo mientras importa maquinaria, tecnología y servicios especializados. Puede multiplicar la producción minera sin que las comunidades cercanas tengan agua potable. Puede mostrar salarios excepcionales en un yacimiento y salarios insuficientes en el resto del territorio.

El desarrollo exige conexiones. La primera es productiva: las grandes inversiones deben generar proveedores nacionales competitivos, no solo compras ocasionales. Esto no implica obligar a utilizar insumos caros o de baja calidad, sino crear programas de financiamiento, certificación y transferencia tecnológica que permitan a las empresas locales cumplir estándares internacionales.

La segunda conexión es laboral. La demanda de entre 30.000 y 43.000 trabajadores que enfrenta la industria energética muestra la necesidad de una política educativa coordinada. Las escuelas técnicas, universidades e institutos de formación deben anticipar las capacidades requeridas. No alcanza con esperar que los trabajadores desplazados se muden a Neuquén y encuentren por sí solos un lugar en la actividad.

La tercera conexión es territorial. Las rutas, ferrocarriles, puertos, redes eléctricas y viviendas necesarias para los proyectos deben diseñarse como infraestructura de uso múltiple. Una línea ferroviaria que transporta minerales también puede reducir costos para economías regionales. Un puerto energético puede abrir oportunidades a otras exportaciones. Una red eléctrica construida para una mina puede mejorar la calidad del servicio en localidades cercanas.

La cuarta es fiscal. Las rentas extraordinarias deben convertirse en activos duraderos: educación, ciencia, infraestructura, fondos anticíclicos y diversificación productiva. Gastar todos los ingresos durante los años de precios altos deja al país expuesto cuando el ciclo se revierte. La experiencia internacional demuestra que los recursos naturales pueden financiar el desarrollo solo cuando existen reglas estables para administrar la renta.

Finalmente, existe una conexión macroeconómica. Si el ingreso de dólares aprecia excesivamente el tipo de cambio, otras exportaciones y sectores industriales pueden perder competitividad. Es la llamada "enfermedad holandesa": el éxito de los recursos naturales termina debilitando actividades más intensivas en trabajo. Evitarla requiere políticas cambiarias, financieras y productivas que impidan que el boom exportador destruya la diversidad económica.

El debate no debería enfrentar al petróleo con la industria, ni a la minería con el ambiente, ni a la inversión privada con el Estado. Esas oposiciones simplifican un problema mucho más complejo. La pregunta relevante es qué combinación institucional permite aprovechar los recursos sin hipotecar el territorio ni relegar a la mayoría de la población.

Vaca Muerta demuestra que Argentina puede transformar una promesa geológica en producción real. También demuestra que el mercado, por sí solo, no construye viviendas suficientes, no repara rutas y no distribuye territorialmente los beneficios. La minería comienza su recorrido con esa experiencia a la vista. Puede repetir sus limitaciones o aprender de ellas.

El país se encuentra ante una oportunidad que difícilmente pueda despreciar. El mundo demanda energía, cobre, litio y alimentos, y Argentina posee esos bienes en abundancia. Pero la abundancia puede ser engañosa. Los recursos resuelven la falta de dólares únicamente cuando son extraídos, transportados y vendidos; el desarrollo comienza después, cuando esos ingresos se transforman en capacidades productivas, conocimiento, infraestructura y bienestar.

Ese es el núcleo de la paradoja argentina. Bajo la superficie existe una riqueza extraordinaria. Sobre ella, miles de empresas luchan por sobrevivir, los salarios pierden poder adquisitivo y las rutas se deterioran bajo el peso de los camiones que llevan los insumos del nuevo auge.

Argentina no necesita elegir entre Vaca Muerta, minería o industria. Necesita que la energía y los minerales ayuden a reconstruir aquello que hoy se debilita. De lo contrario, habrá encontrado una nueva fábrica de dólares, pero no todavía un modelo de país.

Fuente: Primera Edición

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