La campaña del algoritmo
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Las campañas electorales ya no son lo que eran. Los candidatos competían con propuestas para ganarse la voluntad del electorado. Hoy día los estrategas accionan deliberadamente sobre las emociones donde después cosecharán votos.
Hungría 2018. Las principales ciudades amanecieron un día con carteles que alertaban contra la inmigración ilegal. "Si vienes a Hungría, ¡no puedes quitarles el trabajo a los húngaros!", se leía en uno. "Si vienes a Hungría, tienes que respetar nuestra cultura", decía otro. Pero el más potente era uno que ocupaba todo el lateral de un edificio y tenía una sola palabra: STOP, sobre una fotografía de una masa de migrantes caminando por el campo. Los anuncios eran pagados por el gobierno de Hungría. Pero ¿qué pasaba? ¿Acaso el país estaba atravesando una crisis migratoria? No, nada de eso. De hecho, la inmigración ilegal llegaba apenas al 1%. Los carteles eran parte de la cruzada electoral para lo que iba a ser el enésimo triunfo del partido del presidente Viktor Orbán. La campaña diseñada por el consultor estadounidense Arthur Finkelstein se centró en proteger al país frente a lo que se denominó la "invasión musulmana". Cosa que no existía, por cierto. Pero funcionó. Generó miedo entre la población. Y había una sola persona que podría protegerlos: Orbán, claro. Esta elección fue un caso de estudio y está en el libro La hora de los depredadores, del sociólogo Giuliano Da Empoli. Y la enseñanza fue esta: En la era del algoritmo, las elecciones se ganan manipulando las emociones del electorado. Las propuestas pasaron a un segundo plano. Hoy día se busca construir el entorno emocional desde el cual esa realidad será interpretada.
Los antecedentes recientes en América Latina confirman esa tendencia. En Colombia, en Perú y en otros países las elecciones estuvieron dominadas por la polarización extrema y por el voto contra alguien, más que por el voto a favor de un proyecto. Las emociones definieron los resultados.
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En Argentina también empiezan a observarse rasgos de esa lógica, aunque adaptados a la dinámica política local. Pero el fin es el mismo: ocupar el centro de la conversación pública apelando a emociones intensas antes que al debate de propuestas. El presidente Javier Milei ya adelantó que irá por la reelección. Y pareciera ser que esta semana inició su campaña en el campo del algoritmo; retomó su modo influencer, que tanto éxito le dio en su fulgurante carrera política. La provocada pelea con Brasil, la supuesta ola antiargentina fogoneada por el ejército de trolls oficialista y el consecuente decreto para expulsar a extranjeros que ofenden al país, la paranoia de ver "terroristas" en las facultades son parte de eso: copar la conversación en las redes sociales, donde los votantes escrolean su vida distraídamente, entre tiernas imágenes de perritos y gatitos, mientras caen vulnerables a las manipulaciones. El fin último es construir el entorno emocional. El miedo o cualquier otra emoción, enojo, indignación… eso sí, que sea preferentemente negativa. Una vez logrado eso, será fácil manipular el voto.
Habrá que ver qué cucos aparecen en los próximos meses y estar atentos. El papel de periodistas y medios de comunicación es y será importante. Será clave trabajar sobre información precisa, de calidad y desarmar las fakenews que vendrán de a montones.
La tragedia de los migrantes en Ceuta, territorio español en África, la semana pasada fue iniciada por una noticia falsa que creció en redes sociales. Terminó con 80 personas ahogadas en el mar. Así de grave puede ser. ¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse y no ser parte involuntaria de esa manipulación? Especialistas definieron que la mejor defensa contra la manipulación algorítmica lleva solo 1 minuto. Un minuto para pensar antes de compartir una publicación. Para preguntarse qué emoción intenta provocar ese mensaje. Para identificar quién se beneficia si se reacciona impulsivamente. Para separar los hechos de las opiniones y verificar otra fuente. Pensar antes de actuar.
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Para el periodista y escritor Moisés Naím, los nuevos autoritarismos se sostienen en tres pilares: populismo, polarización y posverdad. La polarización necesita un lenguaje cada vez más agresivo para sostenerse. Importa más destruir al rival que confrontar ideas. Qué lejos quedó aquello de debatir ideas, discrepar sin agravios, construir sobre lo ya hecho priorizando el desarrollo equitativo de una nación. ¿Es la vieja política? Se la extraña, entonces.
Fuente: El Territorio
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