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La coartada perfecta

Durante una década culpamos a la pantalla del colapso en la salud mental y la autonomía de los chicos. Pero cuando se revisan las fechas, la principal sospechosa tiene coartada. Por Alicia Bañuelos

Por El Diario de la República8 min de lectura
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La coartada perfecta
La coartada perfecta · Foto: El Diario de la República

En 2017, Jonathan Haidt y Peter Gray fundaron juntos una organización. Se llama Let Grow (Dejar crecer), y su misión es simple: devolverles a los chicos el juego libre y la autonomía que la sobreprotección adulta les fue quitando durante décadas. Haidt citó a Gray extensamente en sus libros. Lo llamó "el académico estrella" de todo lo que sabemos sobre el juego infantil. Compartían diagnóstico, compartían objetivo, compartían nombre en el mismo directorio.

En 2023 dejaron de compartir algo más importante: la causa.

Cuando Haidt le envió a Gray el manuscrito de The Anxious Generation (La generación ansiosa), el libro que dos años después iba a vender millones de copias y a instalar en el sentido común mundial la idea de que el smartphone rompió a una generación, Gray lo leyó en su estudio junto al río y se enojó. "El libro me hace mal", diría después. "Tengo que decirlo: creo que es poco ético." No cuestionaba que los chicos estuvieran peor. Cuestionaba por qué.

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Ese desacuerdo entre dos fundadores de la misma ONG, con el mismo objetivo declarado, es el mejor punto de entrada a un patrón que esta columna viene documentando desde hace tres semanas. Primero fue la lectura: mostramos que la crisis de comprensión lectora en la región es anterior a la masificación de la inteligencia artificial, y que culpar a la IA es cómodo, pero cronológicamente insostenible.

Después fue la matemática: el llamado fracaso matemático de nuestros alumnos es, en el 45% de los casos según Newman, un fracaso de lectura disfrazado—otra vez, un problema de lenguaje mucho más viejo que cualquier chatbot. La semana pasada cerramos con el Efecto Flynn Inverso: la caída sostenida del coeficiente intelectual arranca en la cohorte noruega nacida en 1975, casi veinte años antes de que existiera el primer smartphone.

Tres instrumentos distintos—lectura, matemática, inteligencia general—midieron el mismo fenómeno y llegaron a la misma fecha equivocada de origen. Hoy sumamos un cuarto instrumento, y con él, la variable que faltaba: la salud mental y el juego. Y lo curioso es que, esta vez, no hace falta un solo estudio. Hacen falta dos personas que jamás se pusieron de acuerdo entre sí.

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El testigo que ya había declarado antes del crimen

Peter Gray no descubrió nada nuevo cuando leyó el libro de Haidt. Lo que hizo fue revisar sus propios archivos. En 2011—seis años antes de fundar Let Grow (Dejar crecer), nueve antes de que el término "salud mental adolescente" apareciera en cualquier portada—había publicado en el American Journal of Play un estudio con un título que hoy parece profético: "El declive del juego y el ascenso de la psicopatología en niños y adolescentes".

Con datos de mediados del siglo XX en adelante, mostraba que el aumento sostenido de ansiedad y depresión infantil no arrancaba con el iPhone. Arrancaba antes, y la pendiente más pronunciada del ascenso ya estaba instalada en la década de 1980, coincidiendo con el auge de las pruebas estandarizadas y con el recorte sistemático del recreo y las actividades autodirigidas en las escuelas.

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Gray no niega que el smartphone empeoró las cosas. Niega que las haya originado. Y esa distinción—agravante versus causa—es exactamente la misma que esta columna viene señalando en lectura, en matemática y en inteligencia general. La tecnología no inventó ninguna de estas cuatro crisis. Llegó después, a un sistema que ya venía fallando, y amplificó lo que encontró.

1991, treinta y cinco años antes

Si Gray aporta el archivo estadístico, Francesco Tonucci aporta algo todavía más contundente: la fecha exacta en que alguien pidió, en público, la solución que hoy se presenta como una novedad.

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El 26 de mayo de 1991, el mismo día en que el Parlamento italiano ratificaba la Convención de los Derechos del Niño, este pedagogo presentó en su ciudad natal, Fano, un proyecto llamado La Ciudad de los Niños. Su primer pedido a las autoridades no fue sobre pantallas —no existían— sino sobre la calle: que los chicos pudieran volver a salir solos, sin un adulto de la mano.

"Si los adultos les imponen todo, ellos no pueden construir sus propios valores y reglas", sostiene Tonucci. Y agrega algo que hoy funciona casi como réplica directa de Haidt, aunque fue dicho mucho antes que él y sin que mediara ninguna polémica personal entre ambos: "la prohibición no es la solución".

El proyecto de Tonucci no se quedó en Italia. Rosario lo adoptó en 1996, con apoyo de UNICEF Argentina, y hoy la red latinoamericana —con más de cien ciudades argentinas adheridas, según la propia Asociación Francesco Tonucci Argentina— es el nodo más activo del mundo, más fuerte incluso que la red italiana original.

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En noviembre pasado, Tonucci volvió a Rosario: dio una charla, presentó la reedición de su libro y recibió un doctorado honoris causa. La Universidad Nacional de Rosario tiene, desde 2021, una cátedra que lleva su nombre y que investiga treinta años de aplicación del proyecto en la ciudad. No es una utopía europea de museo. Es algo que funciona, se mide y sigue vivo a menos de quinientos kilómetros de San Luis.

Hay un dato adicional que vale la pena mirar de cerca, porque contradice la intuición más extendida sobre las pantallas. Durante la pandemia, con los chicos en el encierro más severo de su historia reciente—máxima exposición a dispositivos, cero calle posible—, Tonucci relevó a través de su propio proyecto lo que esos chicos pensaban de la experiencia. No estaban enganchados. Estaban hartos. Cansados de seguir clases por pantalla, cansados de los deberes, extrañando lo único que la escuela virtual no pudo replicar: el momento social presencial.

El experimento involuntario más grande de la historia—todo el planeta encerrado con sus dispositivos, durante meses—no produjo una generación fascinada con la pantalla. Produjo una generación que la rechazaba en cuanto tuvo con qué compararla.

El espejo también engaña del otro lado

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Conviene decir algo más, para no caer en el error inverso. En los mismos años en que se instalaba la idea de que las pantallas destruyen a los chicos, circulaba con la misma fuerza viral la idea contraria: que la tecnología sin supervisión libera un genio natural dormido.

El caso más citado es el del investigador indio Sugata Mitra, que en 1999 instaló una computadora en un agujero en la pared de un barrio popular de Nueva Delhi y documentó a chicos que nunca habían visto una computadora aprendiendo solos a navegar internet. Ganó un millón de dólares del TED Prize y su historia inspiró una película.

Pero investigadores que visitaron esos mismos sitios años después encontraron kioscos abandonados, contenido irrelevante y poca evidencia más allá de la anécdota inicial.

La lección no es que Mitra mintiera. Es que una historia atractiva sobre tecnología y autonomía puede viralizarse tan rápido de un lado como del otro, sin que la evidencia alcance a acompañarla en ninguno de los dos sentidos.

Lo que dicen los números cuando se los mira con cuidado

Antes de sacar conclusiones, vale la pena revisar qué pasa cuando efectivamente se prohíben los teléfonos en la escuela, porque ahí la evidencia es más pareja de lo que ambos bandos suponen.

En Inglaterra, un estudio sobre 91 escuelas encontró una mejora del 6,4% en los resultados de exámenes tras la prohibición, con el mayor beneficio en los alumnos de menor rendimiento. En Suecia, la réplica del mismo diseño sobre 1.086 escuelas no encontró ninguna mejora. En Dinamarca, una prohibición de cuatro semanas en el recreo aumentó la actividad física moderada, pero el estudio no tuvo grupo de control y solo el 68% de los chicos cumplió la restricción.

Y el estudio más ambicioso hasta ahora —treinta escuelas inglesas comparadas, publicado en 2025 en The Lancet Regional Health— no encontró diferencias significativas en bienestar mental, ansiedad, depresión, sueño ni actividad física entre las escuelas restrictivas y las permisivas.

El patrón que emerge de esa evidencia mixta es revelador: las prohibiciones mejoran, de manera modesta, el rendimiento académico y la atención. Casi nunca mejoran la salud mental. Que es, precisamente, el argumento de Gray: si sacar el teléfono no alcanza para bajar la ansiedad, es porque la ansiedad nunca dependió centralmente del teléfono.

Nada de esto absuelve a la pantalla. El diseño de las redes sociales para capturar atención es real, está documentado y merece la regulación que está empezando a recibir en distintos países. Pero confundir a un agravante con la causa original tiene un costo, y no es solo intelectual: cada vez que la conversación pública se agota discutiendo si hay que sacarle o no el teléfono a un adolescente, hay una pregunta más difícil que queda sin hacerse. ¿Por dónde puede caminar solo ese chico hasta la escuela? ¿Cuánto recreo sin estructurar tiene en su día? ¿Alguna vez se aburrió lo suficiente como para inventar un juego propio?

Devolver la calle, como pide Tonucci desde 1991, o devolver el juego libre, como pide Gray desde 2011, es un trabajo lento, político y sin un botón de apagado. Prohibir un objeto es mucho más simple, y por eso ganó la discusión durante una década. Pero un diagnóstico equivocado, por más consuelo inmediato que ofrezca, no cura nada. Solo pospone la pregunta correcta hasta que alguien—un psicólogo enojado con su propio amigo, un pedagogo octogenario que sigue viajando a Rosario, o el próximo estudio que mida con cuidado la fecha exacta en que empezó todo—la vuelva a hacer.

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Fuente: El Diario de la República

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