Saltar al contenido principal

La conducción y la jauría de la nueva casta de la cloaca | Diario del Fin del Mundo

Mientras el cuerpo técnico de la Selección argentina volvió a demostrar que el liderazgo se construye con trabajo, respeto y administración inteligente de las individualidades, sectores del oficialismo libertario exhibieron en redes una forma degradada de militancia: insulto, racismo, provocación y culto a la mala educación.

Por Redacción6 min de lectura
Compartir
La conducción y la jauría de la nueva casta de la cloaca | Diario del Fin del Mundo
La conducción y la jauría de la nueva casta de la cloaca | Diario del Fin del Mundo · Foto: El Diario del Fin del Mundo

Comparta esta nota por correo electrónico completando el siguiente formulario

or: Comité Editorial EDFM

Hay una diferencia elemental entre conducir y azuzar. Conducir exige ordenar talentos, procesar egos, sostener reglas, cuidar la palabra y hacer que cada individualidad encuentre su lugar dentro de una idea colectiva. Azuzar, en cambio, apenas requiere un teléfono, una cuenta en redes sociales y la impunidad suficiente para confundir brutalidad con coraje. La Selección argentina, bajo la conducción de Lionel Scaloni y su cuerpo técnico, viene ofreciendo una lección política involuntaria. Del otro lado, una porción del ecosistema libertario insiste en demostrar que su idea de autoridad no nace del respeto sino del grito, no se apoya en la ejemplaridad sino en la agresión, no busca formar equipo sino fabricar hinchada rabiosa.

También te puede interesar: Atención sanitaria en Río Grande | Diario del Fin del Mundo

El contraste es tan evidente que casi resulta pedagógico. Scaloni, Aimar, Samuel y Ayala no construyeron un ciclo exitoso a partir del destrato ni del culto al yo. Lo hicieron desde una lógica más vieja, más sobria y bastante más revolucionaria que cualquier alarido de ocasión: trabajar, escuchar, ordenar, corregir, confiar. La Selección tiene figuras de dimensión mundial, campeones consagrados, trayectorias difíciles de administrar y egos que, en cualquier otro contexto, podrían convertir un vestuario en una confederación de vanidades. Sin embargo, el cuerpo técnico logró algo que la política argentina suele declamar y pocas veces practicar: que el talento individual no se coma al conjunto.

No se trata de romanticismo futbolero. Se trata de conducción. En el ciclo Scaloni, el liderazgo no necesitó humillar para disciplinar ni insultar para parecer firme. Messi pudo seguir siendo Messi sin que el resto quedara reducido a utilería. Los jóvenes encontraron lugar sin que los históricos fueran tratados como estorbo. Los suplentes fueron parte de una identidad, no convidados de piedra. Los colaboradores no compitieron por el micrófono. Nadie pareció necesitar demostrar autoridad a los gritos. En tiempos de exhibicionismo permanente, esa administración silenciosa del poder tiene una potencia política extraordinaria.

El problema se agrava porque no se trata de episodios aislados ni de exabruptos anónimos perdidos en la intemperie de las redes. En función de las actitudes asumidas por referentes libertarios como Santiago Caputo, Daniel Parisini —conocido como Gordo Dan—, Agustín Romo y Juan Pablo Carreira —Juan Doe—, lo que aparece es una práctica política deliberada: convertir la agresión, la xenofobia, el racismo, la transfobia y la provocación religiosa en insumos de pertenencia militante. El blanco principal fue Kylian Mbappé, aunque los agravios también se extendieron hacia jugadores brasileños, musulmanes, franceses y egipcios. No fue una mala reacción ante un resultado deportivo. Fue una secuencia, una estética y una forma degradada de intervención pública: degradar al otro para celebrar la propia tribu.

También te puede interesar: La Fiesta Nacional del Invierno se celebra este viernes | Diario del Fin del Mundo

La escena revela algo más grave que una mala tarde de Twitter. Muestra una cultura de poder. Porque cuando funcionarios, legisladores, asesores o propagandistas cercanos al poder convierten el insulto racial, la burla sexual o la injuria religiosa en material de consumo militante, no están "haciendo humor". Están fijando un estándar. Están diciendo que la crueldad es una credencial, que la falta de educación es autenticidad, que la agresión es valentía y que el respeto es una debilidad progresista. La incorrección política, en esa versión infantilizada, deja de ser una discusión sobre libertad de expresión y pasa a ser apenas mala crianza con conexión a internet.

El problema se agrava porque esa gramática no nace en los márgenes. Tiene arriba un espejo. Javier Milei no ha hecho del respeto un eje de trato político; por el contrario, construyó buena parte de su identidad pública sobre la descalificación, la exageración, el agravio y la celebración del choque. Su liderazgo no contiene esas derivas: las habilita. Y cuando el Presidente replica en redes cualquier barbaridad propia o ajena con la ligereza de quien arroja fósforos en un depósito de nafta, el mensaje hacia abajo es transparente. No se premia al más lúcido, sino al más brutal. No asciende el que argumenta mejor, sino el que insulta con mayor eficacia tribal.

La Selección muestra el camino inverso. En un plantel de alta competencia, el cuerpo técnico sabe que el ego no se elimina: se conduce. Que la pasión no se reprime: se ordena. Que la identidad no se defiende insultando al rival, sino respetando el oficio propio. Allí donde la política libertaria tiende a convertir cada diferencia en una guerra santa de memes, la conducción deportiva entiende que ningún equipo gana si cada jugador entra a la cancha para confirmar su superioridad moral sobre el compañero, el rival o el árbitro. El fútbol, que tantas veces fue usado como metáfora barata, esta vez devuelve una comparación incómoda y precisa: un vestuario funciona cuando hay autoridad; una horda funciona cuando hay permiso.

También te puede interesar: Hallan formas de vida bajo el hielo que cubre el lago Vostok | Diario del Fin del Mundo

Y esa es la cuestión de fondo. El oficialismo libertario habla de libertad, pero muchas veces practica licencia. Habla de mérito, pero celebra la patota digital. Habla de terminar con la casta, pero reproduce una casta de impunes que se creen autorizados a insultar desde la cercanía con el poder. Habla de eficiencia, pero derrocha energía pública en guerras de baja estofa. Habla de batalla cultural, pero a menudo reduce la cultura a una competencia de groserías.

La Scaloneta, sin proponérselo, desnuda esa impostura. Porque allí hay disciplina sin autoritarismo, liderazgo sin histeria, jerarquía sin maltrato, identidad sin xenofobia y pasión sin necesidad de convertir al adversario en enemigo moral. En el banco argentino no parece haber una mesa de trolls, sino un cuerpo técnico. En el plantel no se advierte una colección de individualidades intoxicadas por su propio brillo, sino un equipo que entendió que nadie gana solo. La diferencia no es menor: una cosa es conducir campeones; otra, administrar resentidos.

El país puede celebrar un gol, emocionarse con una remontada o discutir una formación. Pero también debería aprender de lo que ocurre fuera del área. La grandeza de un equipo no se mide solo por levantar copas, sino por el modo en que procesa la presión, la fama y la adversidad. La pequeñez de una dirigencia tampoco se mide solo por sus errores de gestión, sino por aquello que festeja cuando cree que nadie le va a pedir cuentas.

También te puede interesar: Desregular la Naturaleza | Diario del Fin del Mundo

En esa comparación, el resultado es contundente. La Selección trabaja para que sus estrellas jueguen juntas. Una parte del mileísmo trabaja para que sus militantes insulten juntos. Scaloni ordena egos; Milei los inflama. El cuerpo técnico baja decibeles; la tropa digital sube la mugre. La Argentina campeona entendió que el respeto no debilita: fortalece. La Argentina libertaria de redes todavía cree que la mala educación es una forma de carácter.

Quizás por eso una emociona y la otra cansa. Una construye pertenencia. La otra fabrica ruido. Una convierte nombres propios en equipo. La otra convierte agravios en doctrina. Y aunque la política no se juega con pelota, cada tanto el fútbol recuerda una verdad simple: para ganar en serio no alcanza con gritar fuerte. Hay que saber conducir.

Fuente: El Diario del Fin del Mundo

  • #deportes
  • #116779
  • #conduccion
  • #jauria
  • #nueva
  • #casta
  • #cloaca
  • #tierra del fuego

Te puede interesar

Newsletter Pulso Federal · Diaria

La radiografía política y económica del país, todos los días en tu casilla.

Análisis federal, indicadores y la mirada del interior sobre la agenda nacional. Para tomadores de decisión, periodistas y ciudadanos exigentes. Sin spam.

Te suscribís y podés cancelar cuando quieras.