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La esclava Martina

Moglia Ediciones. Del libro "Aparecidos, tesoros y leyendas".

Por Enrique Eduardo Galiana7 min de lectura
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La esclava Martina
La esclava Martina · Foto: Diario El Litoral

La vieja ciudad nuestra, nos guste o no, era escondite de judíos expulsos, moros y esclavos de todo tipo disfrazados de católicos. Si las sombras hablaran, cuántas cosas nos contarían. Embozadas, mujeres y hombres deambulaban por el escaso ejido urbano; otros se dirigían a las costas del río, lugar peligroso por las incursiones de los indios, que miraban a la urbe como el sitio donde sus dioses eran perseguidos con la cruz maldita. Representaba, a su vez, una hipocresía mayor: bajo el canto repetido de la protección de los indios, los explotaban a más no poder. Mita, encomienda, yanaconazgo: puro verso, chamigo; esclavitud, es la palabra exacta.A las indias jóvenes que capturaban —tal como lo hacían los indios con las mestizas correntinas— las prostituían sin medida. Con eso de que el sexo estaba permitido apenas unos cuarenta días al año, los señores y señoritos gozaban de lo lindo con las guainitas arregladitas con vestidos pobres, residuos o desechos de los mandones.Había de todo y para todos; no se salvaba nadie. Los sacerdotes, pobres de solemnidad, instalados en la ciudad de Vera, tenían sus rancherías ligadas a sus conventos, capillas e iglesias. Los hijos de esas relaciones formaban el plantel de crecimiento de mano de obra barata y esclava. Esos sí, no violaban ningún juramento porque, según su propia lógica, no tenían sexo con seres humanos sino con cosas. El dios en que creían —y creen— sabe distinguir bien cuando juzga: un ente humano y una cosa son distintos.Continuando la ilación, otros encapuchados marchaban a los montes cercanos, refugio de los sibilinos: encuentros de iguales, socialmente hablando, con una característica común. Venían de casas distintas: casados, casadas, viudas, solteras; de todo para disfrutar un poco y escapar del aburrimiento profundo, del olor a las velas de sebo y al carbón de leña. Cada uno tenía alguna señal especial para evitar sorpresas; además, ninguno hablaba porque se comprometía totalmente. Hubo confusiones, como ocurre tantas veces, como el asunto del marido que se ayuntó con su mujer, comprobando ambos que eran engañados cruzados. Menos mal que no chocaron los cuernos.En ese escenario tragicómico apareció, desde el Brasil, Martina, hija de un negro y de una colorada irlandesa, ambos esclavos marcados por la miseria humana. Ella aprendió de sus padres el conocimiento de las hierbas, los animales, la lectura del cielo y de las lunas, lo bueno y lo malo de todo.Apenas llegó a la casa de don Omar Oscar, hombre turbio de la cabeza a los pies, comprada en pública subasta en la plaza mayor (25 de Mayo) por unas monedas de oro, las otras desdichadas la bañaron y rasuraron en las partes pudendas por orden del terrorífico patrón de pacotilla. La peinaron como una reina, la cubrieron con un vestido de zaraza celeste y la perfumaron con azahares, jazmines y otros aromas. Luego la condujeron al dormitorio del fondo. Encerrada, con un balde con agua y otro para sus necesidades, esperó su destino preguntándose qué le deparaba. Su propietario anterior había sido un buen hombre: abusaba de ella, pero sin dañarla, y tuvo que venderla por haber quebrado en sus negocios.A la caída del sol, que caprichosamente se escondía entre los arreboles del anochecer, la puerta se abrió de pronto. Ingresó el dueño. Lámpara en mano, la desvistió y se sentó a observarla con una lujuria que exhalaba en su transpiración. Lentamente se desvistió don Oscar Omar y la empujó a una cama hecha a mano, de palos y cueros. Con la fuerza dominadora del propietario y su contextura física, la puso cabeza abajo y la lastimó brutalmente. Ella gritó; como respuesta recibió un sopapo que la adormeció. Él continuó hasta quedarse dormido. Martina, acurrucada y casi muerta de dolor, corrió hacia el balde de agua, se lavó como pudo y descubrió que sangraba. Apenas le quedaban fuerzas; tenía hambre y sed, hacía días que no comía. Ese fue el comienzo del martirio de la híbrida Martina.La esposa legítima del depredador tenía cara de angustia, mujer muerta en vida; las hijas, igual semblante. El sujeto repartía golpes a diestra y siniestra. Aquello no era una familia: era el infierno en la tierra.Luego de varios días, doña Josefa habló con Martina con un trato entre amable y receloso.—Te hizo daño, como a todos nosotros. Tienes que curarte; estás enferma. A él no le importa si te mueres, es su forma de obrar. Maldigo la hora en que mis padres me dieron por esposo a este monstruo.Martina guardaba silencio, mirándola con los ojos bajos.—¿Qué necesitas para curarte, Martina?—Ir hasta el monte y el río, señora.—Sabes que tienen que acompañarte los esclavos de confianza de Oscar Omar.—No se preocupe, señora. Soy muy cuidadosa. Juntaré unos yuyos y algo de la costa del río, como caracoles, si los encuentro, o de la laguna cercana. Con eso me curaré.Salió acompañada por dos negros con aires de suficiencia, sin comprender que eran igual que ella: cosas que se venden y se compran. Lentamente juntaba yerbas, yuyos y alguna cosilla que encontraba en su andar; lo mismo hacía en la costa del río. La mitad iba a la bolsa; la otra mitad, con manos de maga, la introducía en el bolsillo oculto de un vestido que le había regalado su patrona, doña Josefa. Conocía perfectamente la vegetación, especialmente las plantas psicotrópicas.Regresó con ellas. Como era de esperar, el patrón revisó el canasto; al no advertir nada extraño, la dejó pasar. Josefa y sus hijas prepararon en un mortero una crema cicatrizante con la que ayudaron a Martina a curar la persistente herida. Luego elaboraron otra, de tipo lubricante, para mitigar las barbaridades del sujeto malvado. "No hablamos de moral", dijo Josefa, "sino de la forma".En secreto, Josefa y Martina fabricaron, con un mortero de mármol oculto de la dueña, una droga poderosa: no mataba, pero azonzaba. En complicidad, el esclavista comía un poco todos los días, no sin antes hacer que su esposa lo probara; luego él ingería la ración. Terminada la comida, la mujer tomaba el contrarremedio, entre digestivo y vomitivo.Con el paso del tiempo, el veneno cobró su crédito. Oscar Omar perdió su plenitud; su rudeza quedó escondida en algún lugar de la casa. La gente lo veía acompañado de su familia, con cara de tonto —que lo era, pero ahora más—. Por indicación de doña Josefa, los esclavos más viles fueron vendidos a buen precio a un mercader paraguayo. Martina obtuvo su libertad mediante escritura ante el Cabildo, y las indias comenzaron a ser tratadas con respeto, incluyendo su educación y su participación en el negocio y las tareas de la granja y la casa.Una amante secreta del zonzo denunció a la familia y a la esclava por hechicería en perjuicio de Omar Oscar. El representante del Santo Oficio (nada de santo) llegó desde San Roque; el Comisariato estaba en Córdoba, Virreinato del Río de la Plata. Ante el peligro de ese atroz tribunal, convocaron a un médico —brujo contra hechizos— para estudiar la situación. Los alcaldes preguntaban y preguntaban. El "médico" cometió un error: se enamoró perdidamente de una de las hijas de Josefa, que no brillaba por su belleza y ya estaba en edad de vestir santos. Por eso concluyó que no había existido azonzamiento, sino que correspondía archivar la causa y permitir el casamiento sin problema alguno. El conocimiento borraba las barreras sociales estrictas.Omar Oscar murió atragantado una noche con una espina de pescado. Vinieron los cabildantes y los médicos del Protomedicato —ninguno lo era realmente— y constataron la muerte. Lo enterraron con los ritos funerarios y una placa muy emotiva: "Tu amante esposa e hijas…".En las noches, el zonzo tuvo conocimiento en el otro mundo de su destino terrenal. Aparecía por el patio y en el dormitorio del fondo buscando a los culpables. Su sombra era negra como el mismo destino que había tenido. Sahumerios y conjuros alejaban al fantasma maligno que intentaba dañar.La hija del muerto, casada con el "médico chamán", aprendió artes nigromantes. Hablaba con su padre no para consolarlo, sino para putearlo como corresponde.—¡Quedáte donde estás, carajo! Eras más malo que la yarará en verano. No vuelvas a aparecer, porque te vamos a encerrar en una botella y la tiraremos a la Laguna Grande, al este de la ciudad. ¿Entendiste?Así desapareció Oscar Omar, el maldito.

Fantasmas del Teatro Vera

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Fuente: Diario El Litoral

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