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La finca de alemanes vigilada por el Mercedario y Aconcagua que invita a degustar un vino de oro

En Sorocayense, una pareja alemana halló hace 19 años el paisaje donde quiso echar raíces. Hoy, la finca calingastina ofrece una experiencia entre viñedos, cordillera y gastronomía local. Imágenes: Gabriel Iturrieta.

Por Daiana Kaziura4 min de lectura
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La finca de alemanes vigilada por el Mercedario y Aconcagua que invita a degustar un vino de oro
La finca de alemanes vigilada por el Mercedario y Aconcagua que invita a degustar un vino de oro · Foto: Tiempo de San Juan

El paisaje conjuga en un mismo cuadro viñedos, montañas interminables y los picos más imponentes de Sudamérica. En la localidad calingastina Sorocayense esa postal de cuento está accesible a todo el mundo. Desde la finca Alta Bonanza de los Andes, sobre la Ruta Nacional 149, el Mercedario y el Aconcagua pueden verse a simple vista. Junto a ellos, más de 200 kilómetros de la Cordillera de los Andes completan el horizonte. Abajo, entre el aire limpio y el silencio del valle, crecen las uvas que dan origen a vinos de altura. Y ahora hay una nueva manera de conocer ese paisaje: sentarse a la mesa, probar sus vinos y acompañarlos con una propuesta gastronómica elaborada con productos de la zona.

La historia comenzó hace casi dos décadas, cuando un matrimonio alemán llegó a Calingasta por cuestiones laborales. El valle, sin embargo, terminó cambiando sus planes. Se enamoraron del lugar y decidieron comprar la finca.

"Una de las características es que desde esta finca se puede ver el Aconcagua y el Mercedario, los dos picos más altos de Sudamérica a simple vista, y tenemos más de 200 kilómetros de cordillera de los Andes a la vista", cuenta el enólogo Patricio Vilanova, encargado de la finca.

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Pero no fueron solamente las montañas las que los convencieron. La pureza del aire y del agua, sumadas a la calidez de los habitantes del valle, terminaron de inclinar la balanza. Y también hubo un descubrimiento más sencillo, de esos que pueden cambiar el rumbo de una historia: el vino que ya se hacía en la finca.

Cuando llegaron, allí ya se producía uva y el antiguo propietario elaboraba vino patero. Los nuevos dueños lo probaron y encontraron en ese producto artesanal algo que coincidía con una filosofía que valoraban especialmente: la posibilidad de consumir algo natural y elaborado en el mismo lugar donde nacía su materia prima.

A partir de entonces comenzaron a plantar nuevas variedades. Malbec, Syrah, Cabernet Sauvignon y Bonarda fueron ocupando las hileras de la finca y, en 2007, las primeras uvas llegaron a San Juan para que Vilanova elaborara los vinos.

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Lo que comenzó como un vínculo laboral terminó transformándose en una relación de amistad y, finalmente, en un proyecto compartido. "Este lugar necesitaba alguien que pudiera llevar adelante el proyecto, y la verdad que a mí me encantó. Este lugar es maravilloso", recuerda el enólogo.

Primero elaboraron pequeñas producciones de varietales. Después llegó el interés por elaborar vinos con uvas trabajadas bajo criterios naturales y el proyecto avanzó hacia la producción orgánica y el comercio justo, llegando incluso a obtener la certificación Fairtrade. La experiencia también los llevó a integrar la Comunidad Argentina de Vinos de Terruño, un espacio destinado a productores que comparten una mirada particular sobre el vino y su relación con el territorio.

Pero el camino, sin embargo, no fue sencillo. Producir bajo criterios orgánicos implica más trabajo manual, menor productividad y mayores costos. Además, aunque las condiciones climáticas de Calingasta permiten desarrollar gran parte del ciclo sin necesidad de tratamientos, en determinadas primaveras húmedas es necesario recurrir a productos preventivos.

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Por eso, Vilanova aclara que actualmente los vinos de la finca no cuentan con certificación orgánica, aunque el clima del valle ofrece condiciones particularmente favorables para una producción con mínima intervención. "Si no, nada. El clima es tan benigno que la uva crece y se produce sin necesidad de agregado de químicos ni de curaciones", explica.

Esa particularidad del terroir también permitió que los vinos traspasaran las fronteras del valle. La finca realizó pequeñas exportaciones a Alemania, Emiratos Árabes y Nueva Zelanda, aunque el principal destino internacional fue Alemania.

Hoy, la producción abastece al Valle de Calingasta y también llega a distintos puntos del país mediante ventas online. Pero hay una forma mucho más tentadora de conocerla: viajar hasta donde nacen las uvas.

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Entre los ejemplares que se pueden degustar aparece un Cabernet Sauvignon cosecha 2022 que tiene un motivo especial para llamar la atención: fue distinguido con Gran Oro en la Cata de Vinos de San Juan.

La uva de ese vino crece en la propia finca, a unos 1.550 metros sobre el nivel del mar, mientras que la elaboración se realiza en una bodega ubicada en Caucete. El resultado es una botella que lleva consigo algo más que una etiqueta premiada. También cuenta la historia de un viñedo de altura, de un valle cordillerano y de una familia que llegó desde Alemania y encontró en este rincón de San Juan un lugar donde quedarse.

Y desde hace algunos meses, la experiencia sumó un nuevo ingrediente. La llegada del restaurante Almuerzo de Campo permitió combinar los vinos de la finca con una propuesta de comidas gourmet elaboradas a partir de productos locales. La idea es sencilla, pero difícil de mejorar cuando el escenario acompaña: llegar al mediodía, sentarse a comer, probar un vino producido con uvas de altura y dejar que la cordillera haga el resto.

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La propuesta está disponible todos los días desde el mediodía. También existe la posibilidad de comprar los varietales y llevarse un pedacito de aquella postal calingastina.

Fuente: Tiempo de San Juan

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