La generación que no se fue
La Generación Z no huye de lo digital; huye de sus intermediarios. Lejos de la nostalgia, el fenómeno global es la desintermediación por desconfianza: jóvenes que se alejan de las plataformas, la academia y los partidos políticos. Un análisis sobre el bloque electoral que no se c…

Jonathan Minnema está convencido de que la lectura va a renacer. Lo escribió hace unas semanas en Daily Wire, contra el enésimo obituario del libro que publicó The Atlantic: los pánicos lectores son cíclicos, dice, el Kindle iba a matar a las librerías y las librerías están abriendo locales nuevos. Como evidencia del renacimiento que viene, enumera: el vinilo lleva 19 años creciendo y superó los mil millones de dólares de facturación, los "teléfonos tontos" aumentaron 148% entre los jóvenes que nacieron con un smartphone en la mano, la fotografía analógica vive su mejor año en décadas, y el 52% de la Generación Z intentó dejar las redes sociales el año pasado.
Ese 52% merece una pausa. Viene de una encuesta sobre propósitos de Año Nuevo hecha por Check My Insurance, un sitio para cotizar seguros —no exactamente el Financial Times—. Y la misma encuesta registra que el 46% de esos jóvenes "empezó fuerte pero aflojó", y que para este año el detox digital (la desintoxicación de pantallas: pausar voluntariamente redes y dispositivos) cayó al quinto puesto entre sus metas, atrás de hacer ejercicio. O sea: la mitad de una generación quiso irse de las redes y no pudo. Eso no es un renacimiento. Es otra cosa, más interesante y bastante más incómoda, y para verla hay que dejar de mirar a los que se van y empezar a mirar a los que se quedan.
Porque los datos serios confirman el reflujo. El análisis del Financial Times con la consultora GWI sobre los hábitos de 250.000 usuarios en más de 50 países muestra que el tiempo en redes cae sostenidamente desde su pico de 2022, con la Generación Z al frente de la caída. Deloitte encontró que casi un tercio de los jóvenes británicos borró alguna aplicación de redes en el último año — y que más de la mitad apoya prohibir las redes a los menores de 16. Léase de nuevo: la generación nativa digital pidiendo la prohibición para los que vienen detrás. Como el fumador que no puede dejar el cigarrillo pero le arranca el atado de las manos a su hermano menor.
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Pero el patrón dominante no es el éxodo heroico del que se compra un teléfono con tapa y se va a criar gallinas. Es algo que en la jerga de internet se llama lurkear: quedarse mirando sin publicar, sin comentar, sin dar likes. Presencia sin voz. Un tercio de la Generación Z ya navega así —el porcentaje más alto de cualquier generación—, como fantasma en una fiesta ajena. El 31% admite que scrollea (desliza la pantalla sin rumbo, contenido tras contenido) por hábito y no por deseo. El 29% dice sentirse mejor consigo mismo cuando está afuera; el 24% siente culpa por el tiempo que pasa adentro. Se quedan, pero ya no creen. Las plataformas todavía tienen sus cuerpos; perdieron sus almas hace rato.
¿En qué dejaron de creer, exactamente? Ahí está el hallazgo más revelador del análisis. Entre los adolescentes circula una teoría conspirativa llamada Dead Internet: la idea de que la internet hecha de personas reales murió en algún momento entre 2016 y 2019, y que lo que queda es una cáscara operada por bots, contenido generado por inteligencia artificial y algoritmos al servicio de alguien. Como toda buena teoría conspirativa, exagera un diagnóstico correcto. Porque lo verificable es contundente: casi la mitad del tráfico global de internet ya no es humano, según las mediciones de la industria; las secciones de comentarios son colonias de spam cripto; existen cientos de "medios" generados por IA sin un solo periodista adentro; y el posteo orgánico de personas reales cae mientras el consumo pasivo sube. La fiesta sigue, pero casi todos los invitados son falsos. No hay un director de orquesta escondido —esa es la parte conspirativa—: hay miles de actores produciendo el mismo efecto de degradación sin coordinarse. Es el mercado, no la conspiración. Pero la teoría cumple una función: es el intento de una generación de ponerle nombre a algo que siente todos los días y no puede medir.
Y acá viene lo que ninguna nota sobre "los jóvenes y las pantallas" suele ver: el mismo movimiento está ocurriendo, simultáneamente, en otros dos lugares.
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En la universidad. En Estados Unidos, la aspiración a un título universitario entre estudiantes secundarios cayó del 72% al 44% en veinte años; entre los estudiantes de primera generación —los que serían los primeros universitarios de su familia— se desplomó del 60% al 33%. La matrícula de grado cayó casi diez puntos desde 2019, mientras las escuelas de oficios baten récords de inscripción. El Wall Street Journal los bautizó como la "generación del oficio". La lectura facilista dice que los jóvenes ya no quieren estudiar. Los datos dicen lo contrario: el 83% sigue considerando importante la educación superior. Lo que rechazan es la ecuación —endeudarse de por vida a cambio de una credencial cuyo retorno nadie garantiza—. Prefieren soldar, que al menos se verifica: la soldadura aguanta o no aguanta, sin comité evaluador.
En los partidos. El 43% de la Generación Z estadounidense no tiene afiliación partidaria; los temas, no los partidos, ordenan su conversación política. En Argentina, el 36% de los jóvenes de 16 a 25 años no tiene identificación política definida, según Opinaia. Pero atención: votan. El 47% de los jóvenes norteamericanos votó en 2024, muy por encima del 39% de 2016. Y acá, la encuesta del Observatorio Pulsar de la UBA a casi 2.500 estudiantes secundarios en edad de votar encontró que el 54% sostiene que la democracia es el mejor sistema —una generación crítica del funcionamiento, no del régimen—. El PNUD lo formuló mejor que nadie en su encuesta regional: los jóvenes latinoamericanos no están alejados de la democracia por desinterés, sino por falta de confianza. Con un dato que lo explica casi todo: apenas el 4,7% de los diputados de la región tiene menos de 30 años.
Ese es el patrón, y conviene escribirlo completo. La Generación Z no abandona las prácticas —leer, aprender, votar, informarse—, abandona las instituciones que las intermedian: las plataformas, la universidad, los partidos. Y las tres instituciones comparten el mismo diagnóstico juvenil: prometieron comunidad, conocimiento y representación; entregaron algoritmos, deuda y privilegios. El "abandono de las redes" que entusiasma a Minnema no es una moda analógica ni un capricho vintage. Es un caso particular de un fenómeno general que atraviesa tres continentes: desintermediación por desconfianza.
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Hay hasta una brecha de género que corta el fenómeno siempre en la misma dirección, y que merece columna propia: las mujeres jóvenes votan más (50% contra 41% en Estados Unidos), terminan más el secundario (77,4% contra 70,9% en Argentina) y leen más; los varones jóvenes migran en mayor proporción hacia los oficios y hacia la derecha radical. El mismo clivaje en Ohio, en Marsella y en Rosario.
¿Y la lectura, entonces? Ahí Argentina ofrece la paradoja más productiva de todo el recorrido. En el país donde el primer celular llega, en promedio, a los 9 años y medio —y donde la mitad de los chicos admite tener un uso problemático de internet, según el Kids Online de UNICEF—, el grupo etario que más lee libros es el de 13 a 17 años: 72% de penetración según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales, con el papel explicando la mayor parte del consumo. Los adolescentes argentinos leen más que sus padres, y leen en papel. La evaluación Aprender 2025 acaba de sumar otro dato al costado luminoso: el mejor resultado de Lengua desde 2018, con mejoras en las 24 jurisdicciones y los mayores saltos en las provincias que peor estaban —San Luis entre las de mejora fuerte, dicho sea de paso—. Un rebote real cuya explicación causal, seamos honestos, ni el propio informe puede establecer: esa cohorte empezó primer grado en 2020, en plena pandemia, y terminó la primaria bajo el Plan Nacional de Alfabetización; separar cuánto aportó cada cosa es, por ahora, imposible.


Minnema profetiza que los jóvenes volverán a los libros cuando se cansen del scroll. Acá el futuro que anuncia ya está pasando, solo que sin el abandono de por medio: inmersión digital récord y la generación más lectora del país conviven sin resolverse, en los mismos chicos, muchas veces en la misma tarde. Eso complica al catastrofismo de The Atlantic tanto como al optimismo del Daily Wire. Quizás la pregunta nunca fue pantallas o libros. Quizás la pregunta es en quién confía una generación que aprendió, antes de cumplir veinte años, que casi todos los intermediarios le mienten un poco.
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Esos datos globales tienen su espejo doméstico: basta mirar el padrón de San Luis 2025. Millennials y Generación Z ya suman 237.521 electores: el 55,6% del padrón. Más de la mitad de los votantes puntanos nació después de 1980. La clase más numerosa sigue siendo la de 1996 —el último año millennial— y la meseta que la rodea, de 1995 a 2004, es casi toda Gen Z: exactamente la franja que las encuestas muestran como la más indecisa y la menos identificada con partido alguno. La Gen Z puntana ya no solo pesa más que los Baby Boomers: acaba de superar a la Generación X (105.252 contra 103.358 electores). Y en 2027 entran al cuarto oscuro los primeros Generación Alfa: los nacidos en 2010, los del celular casi en la cuna, los de la mitad con uso problemático autopercibido, votarán presidente a los 16 o 17 años.
La cohorte más numerosa del padrón es también la que menos cree en los intermediarios. Aviso para los que ya están armando el 2027: esa generación no se conquista con un buen community manager. Se conquista con la única moneda que esa generación todavía acepta: credibilidad.
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Fuente: El Diario de la República
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