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La historia de Mary Bell: la pequeña de solo 11 años que estranguló a dos niños

Hoy tiene 69 años y vive en el anonimato. Mary Bell fue declarada culpable por las muerte de Martin Brown y Brian Howe luego de meses de buscar al responsable de otro lugar.

Por Redacción Diario Panorama9 min de lectura
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La historia de Mary Bell: la pequeña de solo 11 años que estranguló a dos niños
La historia de Mary Bell: la pequeña de solo 11 años que estranguló a dos niños · Foto: Diario Panorama

Hoy tiene 69 años y vive en el anonimato. Mary Bell fue declarada culpable por las muerte de Martin Brown y Brian Howe luego de meses de buscar al responsable de otro lugar.

Martin Brown tenía cuatro años. Había salido a jugar, como de costumbre, por las calles de Scotswood, un barrio obrero de Newcastle. Poco después del mediodía nadie volvió a verlo. Unos minutos después de las tres de la tarde, tres niños que jugaban en una casa abandonada encontraron su cuerpo en una de las habitaciones de la planta superior: estaba boca arriba, con los brazos extendidos y sangre y espuma alrededor de la boca. Salieron corriendo, alertaron a un vecino que llegó en segundos al lugar e intentó reanimarlo, pero ya no había nada que hacer.

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Lo que parecía una muerte inexplicable estaba a punto de convertirse en el primer episodio de una investigación que, meses después, cambiaría por completo de rumbo. En las primeras pericias, la policía no encontró elementos suficientes para tratar el caso como un homicidio y la muerte de Martin quedó rodeada de incertidumbre. Pero dos meses después, otro niño del mismo barrio apareció muerto: Brian Howe, de tres años. Las coincidencias en ambos casos llevaron a los investigadores a buscar una posible conexión.

Las investigaciones condujeron hasta dos niñas que vivían muy cerca de las víctimas: Mary Bell, de 11 años, y su amiga Norma Bell, de 13. Lo que siguió puso a la justicia británica ante una encrucijada: cómo establecer la responsabilidad penal de una acusada de apenas 11 años y, al mismo tiempo, decidir qué debía hacer el Estado con ella. El veredicto del 17 de diciembre de 1968 respondería parte de esas preguntas y dejaría planteado otro interrogante que seguiría a Mary Bell durante décadas.

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El primer caso que la policía no pudo explicar

La muerte de Martin Brown no parecía, al principio, el resultado de un crimen. El cuerpo del niño no presentaba heridas visibles ni señales evidentes de violencia y, junto a él, había un frasco de pastillas que llevó a los investigadores a considerar la posibilidad de una intoxicación. La autopsia realizada al día siguiente tampoco consiguió establecer qué había ocurrido: el médico forense no encontró lesiones que explicaran la muerte ni pudo determinar su causa.

Esa incertidumbre sobre lo que había ocurrido con el niño —que había desaparecido por más de dos horas— quedó asentada en el expediente de la investigación judicial. El 7 de junio, el forense emitió un veredicto abierto, lo que sucede cuando las pruebas disponibles no permiten determinar cómo murió una persona. Sin una causa de muerte sospechosa ni evidencias suficientes para hablar de homicidio, el caso quedó lejos de parecerse a una investigación criminal. Para la policía, todavía no había un asesino al cual buscar.

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Pero mientras los adultos seguían buscando una explicación para la muerte del pequeño de cuatro años, en el mismo barrio aparecieron señales que pasarían inadvertidas.

Al día siguiente del fallecimiento de Martin, una guardería de Woodland Crescent fue vandalizada. Al realizar la inspección del lugar, se descubrieron —esparcidas entre el suelo y algunos pupitres— cuatro hojas manuscritas con referencias al asesinato del niño. Aunque el lenguaje era infantil, las frases resultaban grotescas; sin embargo, en ese momento, las autoridades descartaron los escritos al considerarlos una broma de mal gusto.

Por esos días, hubo otros detalles importantes a los que no se les prestó atención. Días después de la muerte de Martin, Mary Bell mostró un interés inusual por lo ocurrido. Según declararía posteriormente la fiscalía, la niña había hablado del pequeño con vecinos del barrio y llegó a revelar datos sobre la muerte que no eran de conocimiento público. Incluso hizo un dibujo en el que reproducía la posición exacta en la que el cuerpo había sido encontrado. Esos elementos todavía no generaban sospechas, pero comenzaron a ganar peso cuando la investigación volvió sobre ellos.

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La segunda muerte de otro niño y el giro de la investigación

El 31 de julio, Brian Howe, de tres años, desapareció mientras jugaba cerca de su casa en Scotswood. La familia y varios vecinos salieron a buscarlo por las calles del barrio, mientras otros niños se sumaban a la búsqueda. Pasaron las horas sin noticias hasta que, cerca de las once de la noche, un grupo encontró al pequeño entre unos grandes bloques de hormigón, en una zona conocida por los vecinos como Tin Lizzie. Su cuerpo había sido tapado parcialmente con pasto.

A diferencia del caso de Martin, esta nueva escena no dejaba margen para la duda. El cuerpo de Brian presentaba marcas de estrangulamiento y otras lesiones que demostraban que había sido agredido antes de morir. La autopsia determinó que la muerte se produjo varias horas antes ser encontrado y que no se trataba de un accidente ni de un deceso de causas dudosas. Brian había sido asesinado.

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Lo que siguió fue una búsqueda policial inusual para un crimen ocurrido en un barrio donde prácticamente todos se conocían. Más de un centenar de detectives participaron en las investigaciones y cientos de niños fueron interrogados para reconstruir los movimientos de Brian durante aquella tarde. Entre los primeros testimonios apareció un dato que llevó a los investigadores hacia Mary y Norma: las dos habían sido vistas jugando con Brian poco antes de que desapareciera.

Las niñas fueron interrogadas el 1 de agosto y admitieron haber estado con Brian, pero aseguraron que no lo habían visto después del mediodía. Luego comenzaron las contradicciones. Al día siguiente, Mary intentó desviar las sospechas asegurando que había visto a un niño de ocho años golpeando a Brian. También dijo que tenía unas tijeras pequeñas y restos de pastos y malezas en distintas partes del cuerpo. Pero reveló, en realidad, un detalle hasta entonces oculto: al lado del cuerpo de Brian habían encontrado unas pequeñas tijeras rotas.

Ese detalle alertó a los investigadores y los situó en un lugar que ya no podían ignorar. Luego confirmaron que el niño señalado por Mary se encontraba en otro lugar aquel día, y la atención volvió sobre las dos niñas. A partir de ese momento, la investigación comenzó a mirar hacia atrás: si ella sabía detalles que solo podían conocer quienes habían estado en la escena, ¿qué sabía realmente sobre la muerte de Brian?

Las pruebas, el juicio y el dilema de la responsabilidad penal

Durante los interrogatorios, cada una de las niñas terminó señalando a la otra como responsable. Sus relatos cambiaron varias veces y para los investigadores, aquellas contradicciones empezaron a tener un peso diferente cuando se compararon con detalles que parecían conocer sobre la escena del crimen.

A eso se sumaron otros elementos. Después de la muerte de Martin habían aparecido en una guardería varias hojas sueltas con referencias al asesinato y un peritaje caligráfico confirmó que eran letra de ellas. La fiscalía argumentó que Mary demostró conocer detalles de la muerte del niño que no eran públicos. Cada indicio, por separado, podía ser discutido; juntos construían una acusación que llevó a las dos niñas ante el tribunal.

El juicio comenzó en diciembre de 1968 ante el Tribunal de Newcastle. Mary y Norma fueron imputadas por el asesinato de Martin Brown y Brian Howe. La acusación sostuvo que habían matado a los niños por el placer y la excitación que les producía hacerlo. A la defensa le tocó enfrentar un caso difícil: no solo se discutía qué habían hecho las niñas, sino también hasta qué punto una menor de esa edad podía responder penalmente por sus actos.

En ese punto, la diferencia entre las niñas empezó a tener otro sentido: Mary tenía personalidad dominante y era capaz de manipular los interrogatorios; Norma parecía obedecerla, pero no necesariamente tener el mismo grado de responsabilidad. Ello hizo que el tribunal comenzara a separar las pruebas contra ellas. Fue la declaración del psiquiatra del Ministerio del Interior, David Westbury, la que consideró que Mary tenía un trastorno psicopático (en los términos de la legislación de salud mental de la época). Su testimonio fue decisivo: la conducta de Mary debía ser evaluada desde la gravedad de los hechos y desde su estado mental al momento de cometerlos.

Tras nueve días de juicio, el caso quedó en manos del jurado. La pregunta ya no era únicamente quién había participado sino qué grado de responsabilidad podía atribuirse a cada una y qué significado tenía esa responsabilidad en una niña de 11 años.

El veredicto y una justicia que también debía proteger

El 17 de diciembre de 1968, tras casi cuatro horas de deliberación, el jurado dictó su veredicto. Mary Bell fue absuelta de los cargos de asesinato, pero declarada culpable de homicidio involuntario por sufrir un trastorno psíquico que disminuía su responsabilidad en las muertes de los pequeños Martin y Brian. Norma Bell resultó absuelta de todas las acusaciones. Al escuchar el fallo, Mary rompió a llorar junto a su madre y su abuela.

Esa decisión no significaba que la justicia negara la gravedad de lo ocurrido sino que el juez Justice Cusack consideró que Mary representaba un riesgo muy grave para otros niños y que debía mantenerse bajo vigilancia. Pero tampoco podía ser tratada como una adulta: tenía 11 años y el propio juez argumentó que, en su caso, no correspondía una pena de prisión convencional.

Otra dificultad apareció al decidir dónde debía ser internada: el psiquiatra había recomendado tratamiento, pero no podía determinar un hospital adecuado para recibirla. Por eso, el juez ordenó que Mary quedara detenida a disposición de Su Majestad —el gobierno británico— para mantenerla bajo custodia. No era una condena convencional ni implicaba un encierro de por vida.

Doce años después de su condena, en 1980, la justicia británica determinó que Mary estaba rehabilitada y le concedieron la libertad a los 23 años. Para garantizar su seguridad y reinserción social, el Estado le otorgó una identidad completamente nueva. Tras décadas de acoso por parte de la prensa sensacionalista, la justicia británica le concedió en 2003 el anonimato legal perpetuo, una medida inédita que prohíbe de por vida revelar cualquier dato sobre su paradero actual.

Fuente: Diario Panorama

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