La historia del almacén que vio crecer a todo un barrio
De arreglar zapatos a vender de todo un poco: hace casi cincuenta años que Diosnel no deja de abrir la persiana. Vio cómo el barrio, a fuerza de tiempo, se volvió otro

Diosnel Lovera Benítez tiene 82 años y ya no recuerda con exactitud cuándo abrió su almacén. Calcula que fue por 1974, aunque la fecha se le escapa entre tantas décadas de mostrador. Lo que sí recuerda es el barrio de aquel entonces: una Tacuarí sin asfalto más allá de la Lavalle y con mucho verde donde hoy hay edificios.
Antes de ser almacenero, Diosnel fue zapatero. Y lo sigue siendo, aclara él mismo, con una convicción que no admite matices: "Nadie me lo quita". El local que hoy es almacén iba a ser, en un principio, algo para alquilar. Él y su esposa, Teresita, pensaban vivir de eso mientras cada uno seguía con lo suyo. Pero Diosnel decidió instalar ahí su zapatería, y con los años el rubro fue mutando: de zapatería a kiosco, de kiosco -por orden de una inspección municipal que consideró que tenía "demasiadas cosas"- a almacén de ramos generales. Vendía de todo un poco: ferretería, electricidad, primeros auxilios. "Ahora no da para invertir", dice hoy, con la calculadora de la economía actual todavía encendida en la cabeza.
La historia de cómo Diosnel llegó a la Argentina empieza mucho antes del almacén, mucho antes incluso de la zapatería. Nació en Villarrica, Paraguay, y llegó a este país con apenas cuatro años, escapando junto a su madre en tiempos de Alfredo Stroessner. Su padre, dice, "era político"; por eso la familia cruzó primero hacia zonas menos pobladas del lado paraguayo, hasta que finalmente pasaron a la Argentina. Sus dos hermanas se quedaron del otro lado: "el que corría el riesgo era el varón, no la niña", explicó, todavía procesando una lógica de otra época. Incluso el apellido con el que hoy lo conocen -Benítez- es el de su madre, incorporado para protegerlo de las represalias que podía sufrir por el de su padre. Cuando su padre le decía "argentino", con apenas cuatro años, algo en esa palabra ya había quedado fijado para siempre: "el país que me acogió fue Argentina", dice. Su padre nunca pudo volver, ni siquiera cuando llegó la democracia paraguaya: soñaba con el regreso, pero el miedo -o la costumbre del exilio-se lo impidió hasta el final.
De esa historia de desarraigo, Diosnel construyó una vida "luchando", como él la resume, "porque nosotros venimos de una familia humilde". Con Teresita -fallecida, aunque él lo menciona apenas, de pasada, como quien no necesita subrayar el dolor para que se note-sostuvo el almacén durante décadas. Ella trabajó en otro rubro hasta jubilarse; él nunca dejó el mostrador. Hoy, ya sin ella, Diosnel reconoce que el negocio ya no es un gran negocio ("¿qué es lo que me queda? Trabajando para ellos", dice sobre el monotributo, la renta y la municipalidad), pero tampoco es sólo un trabajo.
Es, en sus propias palabras, lo que lo mantiene lejos de la depresión: "Ahora lo tomo como entretenimiento, como algo que me sirve".
Esa función que cumple el almacén, la de sostenerlo a él tanto como él sostiene el almacén, tiene mucho que ver con la gente que entra a comprar. Diosnel se define, entre risas, como "charlatán nomás", pero atrás de esa palabra hay otra cosa: escucha a sus clientes, les aconseja no dejarse ganar por los problemas, los alienta. "Yo siempre le digo, no entres ahí, eso te lleva a la depresión. Tratá de salir, las cosas se solucionan". Es, tal vez, el oficio no escrito de todo almacenero de barrio: vender fideos y consejos en el mismo mostrador.
El fiado también forma parte de esa historia, aunque con un final agridulce. En la pared del local todavía cuelgan los papeles de créditos que nunca se cobraron: "me han clavado un montón", dice Diosnel sobre las deudas que quedaron sin pagar. Antes, recuerda, la libreta de fiado era sagrada: "las cuentas eran sagradas, llegaba fin de mes y venían pagadas".
Hoy esa confianza cambió: "se ha perdido la vergüenza", resume, sin amargura pero sin ingenuidad tampoco.
De su único hijo, Diosnel habla con una mezcla de orgullo y nostalgia. Se fue a Brasil a probar suerte. "Le dije, está bien, uno tiene que buscar su futuro. Nos lastima un poco, le dije, pero vos no hagas caso, es tu futuro".
Hoy, con 82 años, Diosnel sigue abriendo el local de lunes a sábado. El domingo lo reserva para él: visitas, alguna caminata larga hasta lo de una prima, "un recreativo". El resto de la semana, entre latas, botellas, paquetes, una estantería que vino de España que ya perdió compañeras en el estante y que "algún día voy a pulir", sigue en su lugar de siempre, detrás del mostrador, convencido de que el trabajo -más que cualquier otra cosa- es lo que lo mantiene de pie. z
Fuente: El Territorio
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