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La historia detrás de los murales de Galerías Pacífico que la mayoría mira sin conocer

La visita guiada revela que el edificio fue tienda, museo y oficinas antes de ser centro comercial. La cúpula fue el primer y único gran trabajo colectivo del Taller de Arte Mural.

Por Sol Garcia Hamilton9 min de lectura
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La historia detrás de los murales de Galerías Pacífico que la mayoría mira sin conocer
La historia detrás de los murales de Galerías Pacífico que la mayoría mira sin conocer · Foto: La Gaceta

Resumen para apurados

Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.

Es difícil atravesar el patio central de Galerías Pacífico sin reparar en la cúpula. Las figuras ocupan prácticamente todo el campo visual, los colores continúan de una escena a otra y, varios metros por encima de las escaleras mecánicas y las vidrieras, cinco artistas dejaron una obra que lleva allí ochenta años.

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Esa fue precisamente la propuesta de una visita organizada por Galerías Pacífico para un grupo de periodistas donde La Gaceta Lifestyle estuvo invitada. "Si bien la mayoría ya conoce este sitio, muchas veces está de paso, corriendo, trabajando", explicó Romina, guía turística de Buenos Aires, durante el recorrido. Por unas horas, la consigna fue detenerse.

Para entender lo que ocurre en ese techo, sin embargo, hay que retroceder bastante más que hasta 1946, el año en que se terminaron los murales. La relación entre esa manzana y el arte había comenzado varias décadas antes.

A fines del siglo XIX, Buenos Aires atravesaba una transformación acelerada. La ciudad crecía hacia el norte y la calle Florida comenzaba a consolidarse como uno de sus principales paseos comerciales y de sociabilidad. Entre negocios, galerías de arte, residencias y petit hôtels, circulaba una clientela vinculada con los sectores más acomodados de la sociedad porteña, que encontraba allí un lugar para comprar, encontrarse y mirar vidrieras.

Fue en ese escenario donde, en 1889, los arquitectos Emilio Agrelo y Rolando Le Vacher proyectaron el Bon Marché Argentino. El nombre remitía a Le Bon Marché de París, uno de los establecimientos que habían impulsado en Europa una nueva forma de consumo: grandes tiendas capaces de reunir numerosos rubros bajo un mismo techo, con precios exhibidos y espacios pensados para recorrer incluso sin la obligación de comprar. El proyecto porteño tomaba, además, referencias arquitectónicas de las grandes galerías europeas, entre ellas la Vittorio Emanuele II de Milán.

La propuesta se adelantaba a una transformación que terminaría definiendo a Florida durante las décadas siguientes. En 1908, Gath & Chaves inauguraría allí su gran casa central y, en 1914, Harrods abriría unas cuadras más al norte su única sucursal sudamericana. Para entonces, la calle ya se había convertido en una de las grandes vidrieras del comercio, la moda y la vida social de Buenos Aires.

El Bon Marché Argentino, sin embargo, no llegó a funcionar como había sido imaginado. Las grandes tiendas previstas originalmente nunca se instalaron y los distintos sectores del edificio comenzaron a recibir otros usos, entre ellos comercios, asociaciones culturales y espacios vinculados con las artes.

En diciembre de 1896 ocurrió el cambio más significativo cuando allí abrió sus puertas la primera sede del Museo Nacional de Bellas Artes. Bajo la dirección de Eduardo Schiaffino, pintor, crítico y gestor cultural, comenzó con 163 obras distribuidas en cinco salas del Bon Marché. El museo permaneció allí hasta 1910 y, después de pasar por otra sede, se instaló definitivamente en Recoleta en 1933.

Mientras tanto, el edificio había cambiado nuevamente de destino. En 1908, el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico adquirió parte del complejo para instalar allí sus oficinas. De esa etapa surgió el nombre Edificio Pacífico.

A mediados de la década de 1940, los arquitectos José Aslan y Héctor Ezcurra emprendieron una profunda remodelación. Los antiguos pasajes fueron cubiertos y sobre su cruce central apareció la cúpula que hoy domina el edificio. Ese nuevo espacio abrió la posibilidad de incorporar una obra monumental.

El encargo llegó al Taller de Arte Mural, creado en 1944 por Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Demetrio Urruchúa y Manuel Colmeiro. Galerías Pacífico terminó siendo su primer y único gran trabajo colectivo. Los murales se inauguraron en 1946.

El proyecto respondía a una idea que compartían sus integrantes: llevar el arte fuera de los circuitos restringidos y trabajar para un público amplio. Berni, Spilimbergo y Castagnino, además, habían participado en 1933 junto a David Alfaro Siqueiros de Ejercicio Plástico, una experiencia decisiva en su acercamiento al muralismo.

Ahora tenían frente a ellos alrededor de 450 metros cuadrados y el desafío de lograr que cinco lenguajes diferentes funcionaran como una sola obra.

"Ellos se ponen de acuerdo para poder hacer esta cúpula, ponen parámetros en común, ya que no pintan todos juntos", explicó Romina. Uno de esos acuerdos fue trabajar sobre un horizonte compartido que permitiera dar continuidad a las escenas. También definieron una paleta vinculada con los ocres y los tonos pasteles y un universo temático relacionado con la vida cotidiana, los vínculos y la naturaleza.

La documentación de Galerías Pacífico señala que el programa se organizó alrededor de temas vinculados con la familia, la naturaleza y distintas experiencias humanas, aunque cada artista conservó libertad en sus bocetos. "Algunos respetaron un poquito más, otros un poco menos", contó Romina sobre aquella línea de horizonte acordada.

De los cinco nombres, Antonio Berni probablemente sea el más conocido para el público argentino. Nació en Rosario en 1905 y construyó una obra estrechamente vinculada con la realidad social. Años después de Galerías Pacífico crearía a Juanito Laguna y Ramona Montiel, dos personajes que se convertirían en emblemas de su producción.

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En la cúpula, Berni estuvo a cargo de El amor o La germinación de la tierra, una composición en la que la vida humana aparece ligada al paisaje. La escena reúne figuras en distintas acciones, vegetación y elementos asociados al trabajo y a la fertilidad de la tierra, mientras una pareja introduce el otro gran eje de la obra, el amor. El resultado conecta dos ideas que atraviesan buena parte de la producción del conjunto, la relación del ser humano con la naturaleza y los ciclos que permiten que esa vida continúe.

Lino Enea Spilimbergo, nacido en Buenos Aires en 1896, fue pintor, grabador, dibujante y uno de los grandes docentes del arte argentino. Entre otros espacios, dirigió la Escuela Superior de Pintura de la Universidad Nacional de Tucumán.

Su sector de la cúpula se titula El dominio de las fuerzas naturales o La lucha del hombre con los elementos de la naturaleza. A diferencia de la escena de Berni, acá la relación con el entorno aparece atravesada por el esfuerzo. Spilimbergo representa el trabajo de hombres que se enfrentan a distintas fuerzas naturales. Hay mineros que avanzan sobre la tierra y figuras vinculadas al trabajo en el agua, además de herramientas y cuerpos sometidos a una fuerte tensión física. La naturaleza ya no funciona solamente como fuente de vida, sino también como un territorio que el ser humano intenta dominar para obtener de ella los recursos que necesita.

Nació en 1908 en Camet, cerca de Mar del Plata, y desarrolló una producción ligada a la figura humana, el paisaje y las problemáticas sociales. Para quienes no reconozcan inmediatamente su nombre, hay una imagen mucho más familiar. En 1962, Castagnino realizó las ilustraciones de la edición de Eudeba del Martín Fierro. Aquellos dibujos tuvieron una difusión enorme y ayudaron a fijar visualmente el rostro del gaucho de José Hernández para generaciones de lectores argentinos.

En La vida doméstica o La ofrenda generosa de la naturaleza, Castagnino cambia nuevamente el tono. El mural reúne figuras humanas en medio de un paisaje y las muestra vinculadas con distintas actividades cotidianas. Entre ellas aparece también uno de los motivos frecuentes de su obra, el caballo, mientras los frutos y el entorno natural remiten a la idea de abundancia. Más que presentar al hombre luchando contra aquello que lo rodea, Castagnino construye una escena en la que personas y naturaleza forman parte de un mismo mundo y el trabajo permite aprovechar lo que la tierra ofrece.

Demetrio Urruchúa, nacido en Pehuajó en 1902, fue pintor, grabador, muralista y docente. Buena parte de su producción estuvo atravesada por conflictos políticos y sociales y por una preocupación constante por la condición humana.

Para La fraternidad o La hermandad de las razas, Demetrio Urruchúa eligió poner el foco directamente sobre las relaciones humanas. El panel está poblado por figuras que se agrupan, se estrechan las manos y se abrazan, sin que una sola domine el conjunto. La diversidad de los personajes responde al tema que da nombre a la obra, una humanidad capaz de convivir más allá de las diferencias. Hay, además, una particularidad en la composición: varios de esos hombres y mujeres comparten el espacio pero no se miran entre sí, un recurso que introduce también la contracara de esa fraternidad, la posibilidad de la incomunicación y la indiferencia.

El único de los cinco que no había nacido en Argentina era Manuel Colmeiro. Nacido en Galicia en 1901, vivió entre España y Buenos Aires y regresó a la Argentina durante la Guerra Civil Española.

Su pintura mantuvo un fuerte vínculo con Galicia y con escenas de la vida cotidiana, el campo y el mar. Durante su etapa porteña se vinculó con Urruchúa y participó de la creación del Taller de Arte Mural.

En Galerías Pacífico realizó, entre otras escenas, La pareja humana. Su intervención tiene una particularidad: mientras Berni, Spilimbergo, Castagnino y Urruchúa ocupan los cuatro grandes paños, Colmeiro trabaja también sobre zonas de transición que ayudan a enlazar visualmente unas composiciones con otras.

En las pechinas, el artista gallego trabaja alrededor del vínculo entre hombres y mujeres, la familia y la continuidad de la vida. En una de las escenas aparece una pareja junto a niños y vegetación; en otra, las figuras humanas se relacionan con formas vinculadas al mar y con personajes femeninos en movimiento. El paisaje tiene un lugar importante y conecta esas imágenes con motivos que Colmeiro había trabajado durante años, especialmente el mundo rural y marítimo de su Galicia natal.

Una de las claves está en el horizonte. Fue una de las decisiones que permitió ordenar los trabajos realizados por distintas manos y dar continuidad a las escenas. También está el color. Los ocres y pasteles se repiten a lo largo del conjunto, aunque cada artista los utiliza de manera diferente.

Finalmente aparecen los temas compartidos. No existe una narración única que empiece en un sector y termine en otro, sino distintas escenas alrededor del trabajo, los vínculos, la naturaleza y la vida en comunidad.

El resultado ocupa unos 450 metros cuadrados y es considerado por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural porteño como uno de los conjuntos murales de mayor significación y envergadura de Buenos Aires.

Los murales atravesaron diferentes restauraciones, entre ellas una dirigida por Antonio Berni en 1978. En 1989, Galerías Pacífico fue declarado Monumento Histórico Nacional y, luego de una restauración general, en mayo de 1992 abrió el actual centro comercial.

El programa artístico volvió a crecer. En la década de 1990 se incorporaron trabajos de Carlos Alonso, Rómulo Macció, Josefina Robirosa y Guillermo Roux. Roux, por ejemplo, realizó en 1994 Mujer y máscara, como parte de ese nuevo ciclo que continuó la presencia de pintura contemporánea dentro del edificio.

La visita terminó debajo de esas pinturas, en el mismo patio central por el que cada día pasan quienes recorren Galerías Pacífico. "La propuesta es que puedan disfrutar de estos murales, que sepan quién los hizo y cuál es la temática", resumió Romina.

Fuente: La Gaceta

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