"La joven Emilia Bertolé", un libro para descubrir una faceta inédita de la pintora
Publicado por el sello rosarino independiente Danke a raíz de una investigación de Victoria Noya Neirot, se presenta este miércoles 30 en el Museo de la Ciudad

Publicado por el sello rosarino independiente Danke a raíz de una investigación de Victoria Noya Neirot, se presenta este miércoles 30 en el Museo de la Ciudad
Foto: Colección Emilia Bertolé. Archivo Documental Museo de la Ciudad
El libro epistolar, publicado por el sello independiente rosarino Danke, revela una faceta íntima de la Emilia Bertolé iniática
En abril de 1916, Emilia Bertolé viajó en tren a de Rosario a Buenos Aires junto a su papá. Con apenas 19 años, llegó por primera vez a la capital del país para concretar un trabajo por encargo: el retrato de Celina Maturana de Aráoz Alfaro, una señora de la aristocracia porteña. A fuerza de un talento indiscutible, esa labor llevó a otra y la artista terminó instalada por un largo período en la gran ciudad.
El libro "La joven Emilia Bertolé. Correspondencia familiar - 1916", publicado recientemente por el sello independiente rosarino Danke, recoge una selección de las cartas que Emilia se envió con su familia (sobre todo con su hermana Corina) en aquel primer año en tierras porteñas. Se presenta este miércoles 30 de septiembre, a las 18, en el Museo de la Ciudad Wladimir Mikielievich (Oroño 2361), con entrada libre y gratuita.
Este volumen es el resultado de una investigación realizada por Victoria Noya Neirot a lo largo de más de una década, y de un riguroso trabajo de selección y edición del que también fueron parte Julia Enriquez (gestora de Danke), Lila Siegrist, y Lucía Tognarelli (autora del arte de tapa), a partir de material del Archivo Documental del Museo de la Ciudad.
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A mediados de los ochenta, Juan Carlos Hanel, pariente lejano de Bertolé, donó al Museo unos baúles con documentos que durante años habían estado en el fondo de su casa en barrio Agote. Los contenedores alojaban un tesoro vinculado a la vida de la pintora: más de "800 cartas, tarjetas postales, fotografías, dibujos, boletos comerciales, recibos bancarios, estudios médicos y registros de comunicaciones espiritistas y recortes de prensa".
Ese volumen imponente de material fue minuciosamente inspeccionado y catalogado por María Cristina Calvi, una trabajadora del Museo fallecida en pandemia a quien el libro está dedicado. Tal como subraya Noya Neirot, Cristina fue un eslabón clave en una cadena de esfuerzos llevados adelante sobre todo por mujeres a lo largo de más de un siglo, que permitieron que hoy estas cartas puedan circular y revelar una faceta novedosa de la biografía Bertolé: la dimensión íntima de su etapa iniciática.
El libro de Danke descubre, a través de una prosa epistolar hipnótica, una Emilia de una madurez, una astucia y una elocuencia fascinantes. También expone con claridad la dimensión de clase que atravesó a la pintora sobre todo en aquellos años en los que se forjó, encargo a encargo, trazo a trazo, un lugar en la escena artística porteña. Impactada por las comodidades de la aristocracia que la contrataba, Bertolé pintaba cada obra con la responsabilidad no sólo de propiciar sus propios medios de vida sino también de mandar dinero a su familia en Rosario. Todo mientras intentaba encontrar lugar y tiempo para desarrollar su trabajo más "sentido", en un contexto histórico donde las mujeres todavía no podían establecer contratos de trabajo o administrar sus bienes sin autorización de un hombre.
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"En la lectura una puede apreciar que a ella le preocupa muchísimo su obra personal, su obra más sentida, no mercantilizada, y le preocupa muchísimo que su obra que vende le salga bien. Pero siempre de fondo le preocupa la vida cotidiana de su familia, el estado de salud de su mamá, que tengan la ropa que necesitan en invierno. Más adelante, cuando empieza a ser parte de los circuitos del arte, se hace preguntas de qué necesita el arte para ser bueno, que no basta con pintar bien, y entiende que hay que estar en lugares, socializar, algo que evidentemente le costaba por cómo se describía a sí misma. Creo que son todos tópicos con los que nos podemos identificar desde otras circunstancias y otras vidas", cuenta Noya Neirot en diálogo con La Capital.
Tanto para quienes alguna vez se hayan perdido dentro de los atrapantes retratos célebres de Bertolé, como para quienes sólo la conozcan de nombre, el epistolario genera una atracción irresistible. A pesar de tener más de cien años, la escritura de las hermanas Bertolé es entretenida, reconocible, cercana. Las cartas de Emilia y Corina abren una ventana al habla cotidiana de una familia rosarina trabajadora de principios del Siglo XX, donde abunda el lunfardo pero también expresiones en francés y piamontés.
"Me parece que el libro, a través del largo proceso de edición, logra facilitar una lectura que se vuelve muy atrapante. También tiene una cosa medio atemporal. Son dos jóvenes conversando acerca de sus inquietudes íntimas y más sociales. El estilo de escritura de las dos hermanas es muy cautivante. En el caso de Emilia, me impresionó mucho la madurez de esa muchacha con 19 años recién cumplidos en 1916. Es muy difícil dimensionar las características de la época. Me parecen las dos muy inteligentes y muy graciosas. Tienen unas cualidades expresivas que a mí me resultan extraordinarias", agrega Victoria.
Fotografía de Emilia Bertolé veinteañera realizada en una sesión en la Galería Witcomb, Buenos Aires.
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A partir de las 89 cartas elegidas y el prólogo de Noya Neirot, "La joven Emilia Bertolé" se puede leer como una gran carta de amor a la pintora. Un gesto que se presenta como una invitación amable pero efusiva a conocer o redescubrir la obra de la artista pero también a dejarse cautivar por su figura.
El primer contacto entre Victoria y el archivo de Bertolé fue en 2012, cuando se acercó al Museo de la Ciudad para una investigación por encargo sobre la pintora para un proyecto audiovisual.
"Cuando conocí ese material, me modificó. Quedé muy fascinada con la figura de Emilia. Y particularmente, con las condiciones sociales en las que se desarrolló su trabajo, con y las condiciones afectivas y familiares en las que ella vivió su vida. Mucho más que con su obra tanto pictórica como poética, fue el carácter de esa escritura íntima", relata Noya Neirot.
Sin formación en Bellas Artes, su vínculo con la vida y obra de Emilia hasta entonces había sido a través de "Emilia Bertolé, obra poética y pictórica", el libro publicado por la Editorial Municipal en 2006. "Nora Avaro hizo un trabajo espectacular, un estudio biográfico aún antes de que estuviera ordenado el archivo en el Museo de la Ciudad y logró tejer un mapa cuando no había ninguna claridad sobre la vida de Emilia", apunta Victoria sobre ese precedente que, a veinte años de su primera edición, hace un tándem muy potente con la reciente publicación de Danke, sobre todo para los nuevos devotos de Bertolé.
Carta de Emilia Bertolé a su familia, primera carilla, en hoja membretada del Hotel Internacional, Buenos Aires, 24 de abril de 1916.
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Así como le había pasado a María Cristina Calvi, que trabajó el archivo con mucha dedicación, Noya Neirot se encontró fascinada por las cartas de Bertolé. "El material tiene evidentemente una cualidad muy afectiva, porque todas las personas que hemos tenido contacto quedamos muy enganchadas, medio tomadas", analiza Victoria.
Después de varios años de intimidad con los documentos, empezó a aparecer con claridad el deseo de publicación. "En 2015 empecé a hablar con Cristina acerca de esta posibilidad de publicar una selección de cartas. En 2016, empezamos a conversar con Julia las tres y ahí decidimos el recorte. Por distintas circunstancias elegimos ese año. Especialmente, es un año muy particular y de transformación total para Emilia. Eso es algo que ya señalaba Nora en el libro de la EMR. Con Julia pensábamos en relación a lo iniciático, que es un concepto que ella trabaja mucho en Danke, al menos en aquellos años", comparte Noya Neirot. Además, en 1917 Bertolé vuelve a Rosario y en 1918 se instala definitivamente en Buenos Aires pero esa vez acompañada de su mamá y Corina, inaugurando lo que sería la etapa próxima de su carrera.
Victoria pasó "muchísimas mañanas" en el Museo haciendo registros fotográficos en alta calidad de cada una de las cartas del período elegido. "A partir de ese registro, con Julia transcribimos durante más de un año. Yo leía en voz alta desde las imágenes, de la grafía de las personas que escribían, y Julia iba tipeando. Ese proceso fue alucinante, de mucho entusiasmo y descubrimiento, pero también muy complejo porque el material en su escritura es muy complejo. Hemos pasado horas tratando de descifrar una palabra que no se leía o el sentido de una oración, porque hay muchas expresiones en otras lenguas y con distintos modismos. Fue muy hermoso pero muy trabajoso como editoras", relata Noya. Posiblemente haya algo de esa dimensión eminentemente artesanal, atravesada por el encanto de la materia, que permea en el libro y lo hace tan disfrutable.
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"Es increíble pero cada vez que lo lees encontrás algo nuevo. Ahora lo estoy leyendo por primera vez publicado y me sigue pasando que me emociono, encuentro nuevos hilos desde los que tirar, porque hay tantas dimensiones en su conversación que se vuelve una cosa medio hermenéutica: de todo podés hacerte preguntas", suma Victoria.
"Me parece que el libro de alguna manera viene a poner otro color alrededor de su figura. Siempre la hemos conocido a través de su obra, de lo que se ha escrito sobre ella y la historia que sobre todo Nora Avaro pudo reconstruir. Pero escucharla hablar, porque las cartas tienen esa cualidad sonora, aporta en lo contemporáneo una frescura encantadora a su figura", cierra.
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Fuente: La Capital
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