La maestra de 28 años que viaja, camina kilómetros y vive toda la semana en una escuela rural de San Juan
Melisa Díaz tiene 28 años y hace cuatro que enseña en una pequeña escuela de Caucete donde los grados se agrupan y los docentes se quedan de lunes a viernes. Llegó en 2022 para cubrir una suplencia y terminó enamorándose de la comunidad.

Hay lugares a los que uno llega por una circunstancia y termina quedándose por algo mucho más profundo. A Melisa Díaz le pasó eso en una pequeña escuela rural de San Juan. Tenía 24 años cuando llegó por primera vez a la Escuela República de Bolivia, ubicada en La Planta, Marayes, en el departamento de Caucete, y todavía estaba dando sus primeros pasos frente a un aula. Hoy tiene 28, está por cumplir cinco años en la docencia y asegura que aquel lugar no solo se convirtió en una parte importante de su vida, sino también en una escuela para ella.
Para llegar hasta allí hay que dejar atrás la ruta y caminar. Melisa es de Caucete y cada lunes toma junto a sus compañeros el colectivo Vallecito en la terminal. Sale alrededor de las 8 y llega a La Planta cerca de las 10. Después comienza otro tramo: dos o tres kilómetros a pie por una huella hasta alcanzar la escuela. Y una vez que llega, se queda.
Los docentes viven allí durante la semana y trabajan en jornada completa. De lunes a viernes, la escuela se convierte en casa, aula, lugar de trabajo y espacio de convivencia. El fin de semana, entonces, queda reservado para volver a su casa, descansar y estar con su familia.
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La Escuela República de Bolivia tiene una matrícula pequeña. Hay tres maestros de grado, una tutora de secundaria, la directora y docentes del nivel inicial. Melisa está a cargo de tercero y cuarto grado, dos grupos que comparten aula aunque pertenecen a ciclos distintos. En total tiene diez alumnos: cuatro de tercero y seis de cuarto.
En una escuela así, enseñar no se parece demasiado a hacerlo en una institución urbana. Los contenidos son diferentes, las edades también y la planificación tiene que contemplar dos grupos al mismo tiempo. Es un desafío que, reconoce Melisa, el profesorado no siempre se prepara para afrontarlo.
"Al trabajar en un plurigrado es complicado porque tenés dos grados a carga, dos contenidos diferentes, dos contextos diferentes de enseñanza", explica. Pero fue justamente esa dificultad la que terminó convirtiéndose en uno de sus mayores aprendizajes.
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Cuando llegué a la escuela todavía tenía poca experiencia. Antes había tenido algunas experiencias breves frente al aula, pero fue allí donde comenzó a construir realmente su manera de enseñar. En esos años también tuvo como compañeros a docentes de mucha trayectoria, entre ellos Jorge Lozano, Adolfo Riveros y actualmente Marcela Paz, de quienes fueron aprendiendo distintas maneras de organizarse, planificar y desenvolverse frente a los alumnos.
"De mis compañeros he aprendido muchísimo. Cómo organizarme, cómo dar la clase, cómo no frustrarme cuando preparo algo y no venta como lo había planificado", cuenta.
Porque en el aula, especialmente en una escuela rural, casi nunca todo ocurre exactamente como estaba escrito en la planificación. Hay que mirar a los chicos, conocerlos, entender su realidad y modificar sobre la marcha aquello que sea necesario. Para Melissa, esa es una de las claves de enseñar: saber quiénes son los alumnos y cuál es el contexto en el que viven para poderles ofrecer aprendizajes que realmente tengan sentido.
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Y ahí aparece una de las cosas que más disfruta de trabajar con diez chicos. La enseñanza es mucho más personalizada. Puede detenerse en cada uno, saber qué le cuesta, acompañarlo de cerca y descubrir rápidamente cuándo algo no se entendió o cuándo un contenido despertó interés.
También puedes conocerlos de otra manera. "Ellos me enseñan y yo les enseño", dice, en una frase que resume buena parte de lo que significaron estos años para ella.
Porque Melisa llegó a la escuela pensando que iba a enseñar y terminó descubriendo que también iba a aprender. Aprendió de sus alumnos, de sus compañeros, de la comunidad y de una forma de enseñar que obliga a estar atento permanentemente. Aprendí, incluso, que una clase puede cambiar en el camino y que eso no significa que haya salido mal.
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Pero hay algo más que aprendió allí y que tiene que ver con la mirada que quiere construir sobre sus alumnos. En La Planta, los chicos conocen perfectamente el ambiente que los rodea. Si Melisa habla de animales, ellos tienen experiencias concretas. Si menciona plantas, seguramente alguno sabe más que ella sobre especies de la zona. El campo forma parte de su vida cotidiana y ellos tienen un conocimiento que muchas veces no aparece en los libros.
Por eso, cuando preparas sus clases, intenta llevarles también aquello que queda más allá de ese paisaje conocido. Les habla de otros países, de otros lugares, de otras realidades y de otros contextos. No porque crea que lo que conocen sea poco, sino precisamente porque quiere que sepan que pueden conocer mucho más.
"No hay que ponerles un techo y decir que estos chicos aprenden hasta aquí", sostiene.
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Esa frase probablemente explique buena parte de su manera de enseñar. Melissa sabe que muchos de sus alumnos crecen en familias vinculadas a la vida rural, con padres que trabajan como leñadores y madres que acompañan de cerca la crianza y la escolaridad. Pero también sabe que la escuela puede abrir una ventana hacia otros mundos.
Quiere que sus alumnos sepan que algún día pueden salir del pueblo, continuar estudiando, completar una carrera y elegir un trabajo diferente si así lo desean. Y para eso, entiende, primero hay que mostrarles que esas posibilidades existen.
La comunidad también ocupa un lugar fundamental en esta historia. Es un pueblo pequeño, tranquilo, donde las familias están cerca de la escuela y participan de las actividades. Cuando hay un acto, aparecen. Cuando los docentes necesitan colaboración, responden. Para Melissa, ese acompañamiento hace una diferencia enorme. "Los chicos no están solos", destaca.
En estos cuatro años también hubo momentos que le confirmaron que había elegido bien. Uno de los más simples es, justamente, llegar a la escuela y ver la reacción de los chicos. A veces la reciben con alegría. Otras, con alguna ocurrencia propia de la infancia. Y están también esos momentos que para una maestra terminan teniendo un valor enorme: cuando un alumno se acerca para decirle que aprendió algo, cuando logra leer frente a otros o cuando ella vuelve a verlo al año siguiente y puede reconocer cuánto avanzó.
"Es muy lindo ver cómo los chicos aprenden y después verlos en otro grado", cuenta. Esos pequeños logros son los que le recuerdan por qué eligió ser docente.
Melissa llegó a la Escuela República de Bolivia siendo muy joven. En aquel momento, además, atravesaba cuestiones personales que hicieron que la posibilidad de quedarse durante la semana en aquel lugar tranquilo tuviera para ella un significado especial. "Me quedé porque encontré mucha tranquilidad, mucha paz", recuerda.
Era soltera, no tenía hijos y la suplencia le permitía quedarse en la escuela de lunes a viernes. Sus compañeros incluso le preguntaron por qué elegía permanecer allí toda la semana, pero para ella fue una oportunidad de encontrar calma, trabajar y compartir con personas con las que rápidamente se sintió cómoda.
Con el tiempo, su vida personal también cambió. Hoy está en pareja y dice que es feliz. Pero aquella decisión de quedarse en la escuela terminó marcando un antes y un después en su vida profesional.
La suplencia todavía continúa y Melissa no sabe exactamente cuánto tiempo más seguirá allí. Lo que sí sabe es que la escuela ya dejó una huella.
Tiene cuatro años y varios meses frente al aula y todavía se considera una docente con mucho por aprender. Pero justamente por eso valora tanto haber encontrado un lugar donde pudo hacerlo acompañado.
Su jornada termina alrededor de las 16.30. Después viene otra parte del trabajo: preparar materiales, planificar, pensar las clases del día siguiente y aprovechar las horas que quedan para organizar todo lo necesario. La semana es intensa. Vive en la escuela, trabaja jornada completa y comparte buena parte de su vida cotidiana con sus compañeros.
Por eso espera con ganas el fin de semana. "Así el finde es mío y para mi familia", dice. Y quizás ahí también haya una enseñanza.
La de una docente joven que un día llegó a una escuela rural de San Juan buscando un lugar tranquilo y terminó encontrando mucho más: diez alumnos a los que enseñar, compañeros de los que aprender, una comunidad que la recibió y una profesión que, mientras ella intenta enseñarles a sus chicos que no deben ponerse límites, también le enseñó a ella que cada aula puede ser una escuela para quien está adelante.
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Fuente: Tiempo de San Juan
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