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La maestra sanjuanina que cumple 83 años y todavía se reúne con sus alumnos: Me dicen seño

La de Olinda Irrazabal es una historia de vocación y resiliencia. Quedó viuda joven y la docencia la ayudó toda la vida a salir adelante.

Por Cecilia Corradetti5 min de lectura
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La maestra sanjuanina que cumple 83 años y todavía se reúne con sus alumnos: Me dicen seño
La maestra sanjuanina que cumple 83 años y todavía se reúne con sus alumnos: Me dicen seño · Foto: Tiempo de San Juan

Olinda Mercedes Irrazabal tiene 83 años, pero todavía hay algo que no cambió desde aquella jovencita que se recibió de maestra a los 18: cuando sale a la calle y alguien la reconoce, la saluda y le dice "seño", siente que acaba de recibir uno de los mejores premios de su vida. El próximo 2 de octubre cumplirá 83 años y, lejos de haberse alejado de aquellos años frente al pizarrón, sigue rodeada de sus alumnos. Solo que ahora muchos tienen 60, algunos ya son abuelos y otros conservan intactas las anécdotas de aquella maestra que los acompañó en la escuela.

"Es una satisfacción enorme ir por la calle y que me reconozcan, que me digan seño. Es un premio. Me siento afortunada. Es magnífico", cuenta esta sanjuanina que hizo buena parte de su carrera en escuelas rurales y que hoy todavía mantiene encuentros con distintos grupos de exalumnos.

De hecho, sus antiguos estudiantes suelen celebrar sus cumpleaños. Hace pocos días compartió una celebración con una de sus exalumnas y ya tiene otro compromiso marcado en la agenda: el cumpleaños número 60 de otra de aquellas chicas a las que enseñó en Media Agua. "Es la menor de mis exalumnas", dice entre risas.

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La escena explica bastante bien quién es Olinda. A los 83 años tiene una vida activa: realiza rehabilitación cognitiva en el Instituto de Neurociencias El Castaño, donde permanece buena parte de la tarde, y después va a clases de tango. "Es bastante agotador", reconoce, aunque enseguida vuelve a sonreír. "Después voy a clases de tango. Y así, tengo una vida muy activa".

Y todavía hay más. Tiene un grupo de exalumnos de Rawson, donde vive actualmente, y otros con quienes mantiene contacto desde aquellos años de escuela. A algunos los recibe en su propia casa, que para ella tiene un nombre especial. "Tengo una casa grande que es mi palacio. Nos juntamos y nos divertimos mucho, contamos viejas anécdotas. Me hace muy feliz".

La docencia empezó para Olinda mucho antes de que pudiera imaginar que iba a dedicarle su vida. Su papá era mecánico y su mamá, ama de casa. Fue su madre quien insistió en que los hijos tenían que estudiar. Pero hubo también un gesto aparentemente insignificante de su padre que terminó marcando su futuro.

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En una de las paredes de la casa que había construido puso un pizarrón. Olinda empezó a jugar a la maestra con sus hermanos. Allí, frente a ese pizarrón doméstico, comenzó una vocación que después se convertiría en profesión y, finalmente, en una manera de entender la vida.

Estudió en el colegio privado de las monjas franciscanas El Tránsito de Nuestra Señora, en Trinidad, y se recibió a los 18 años. En aquellos tiempos, ser docente tenía un peso social diferente al de hoy. La maestra era una autoridad dentro de la comunidad, una figura respetada y reconocida.

Y consiguió trabajo enseguida.

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"No sobresalía, pero lo hice y nunca me faltó el trabajo", recuerda. Aquella generación de docentes tenía una formación que Olinda reivindica con orgullo. "Enseñábamos mucho y preparábamos a los alumnos para el tercer ciclo. Sabíamos bastante".

Comenzó su carrera en Media Agua y buena parte de sus años frente a un aula transcurrieron en escuelas rurales. Allí construyó una relación particularmente fuerte con sus alumnos. Ella se entregaba a ellos y ellos, con el tiempo, le devolvieron ese cariño de una manera que todavía la sorprende.

Porque los años pasaron, pero el vínculo no desapareció.

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Sus últimos años de docencia fueron en Rawson, como maestra suplente. También fue directora de una escuela de Pocito, la escuela Marco Antonio Zalazar, donde finalmente se jubiló. Recuerda aquella etapa como una carrera "magnífica", atravesada por una enorme felicidad.

"Ha sido una carrera magnífica para mí. Muy feliz, muy feliz", repite.

Pero detrás de esa alegría hay una historia de vida que no fue sencilla. Olinda se había casado con Juan Seguí y tuvo tres hijos. Cuando tenía apenas 38 años, su marido murió a los 44. Ella quedó sola, con sus hijos de 13, 12 y apenas 2 años.

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Fue uno de esos golpes que pueden cambiarlo todo.

Sin embargo, Olinda siguió adelante. La docencia, que hasta entonces había sido su profesión y su gran vocación, se convirtió también en uno de sus motores para atravesar aquel momento. A eso sumó la fe y la familia.

"Dios me ha sacado de todo, me dio fortaleza y resiliencia. He salido de cada tempestad", dice hoy, mirando hacia atrás.

Sus tres hijos crecieron, estudiaron y se convirtieron en profesionales. Olinda también se convirtió en abuela de siete nietos, una familia que completa esa historia que empezó en aquella casa donde su padre había colocado un pizarrón en una pared.

Por eso cuando habla de su vida no lo hace desde la queja ni desde la nostalgia. Lo hace desde el agradecimiento.

Es una mujer que tuvo que volver a levantarse cuando todavía era joven, que crió a tres hijos y siguió trabajando, que pasó por escuelas rurales y que terminó dirigiendo una escuela. Una mujer que después de jubilarse no se encerró en su casa, sino que continuó haciendo planes, estudiando tango, realizando actividades y, sobre todo, conservando los vínculos que había construido durante décadas.

"Estoy llena de compromisos sociales", dice, divertida.

El Día del Maestro de este año lo pasó como quería: rodeada de colegas, compartiendo una cena y celebrando una profesión que para ella nunca fue simplemente un trabajo.

Y en octubre llegará otro festejo. El 2 cumplirá 83 años. Probablemente estarán sus hijos, sus nietos, amigos y, quién sabe, alguno de aquellos alumnos que todavía llaman a su puerta para recordar una vieja anécdota.

Porque para Olinda la jubilación terminó con las obligaciones de la escuela, pero no con la docencia entendida como vínculo. Sus alumnos siguieron creciendo y ella siguió siendo su "seño".

Quizás ahí esté la explicación de su felicidad actual. En haber pasado por muchas aulas, pero también en haber dejado una huella que el tiempo no borró.

"Realmente sí, ¿podés creer que mis exalumnos se acuerdan de su seño?", pregunta.

Y enseguida cuenta que tiene otro cumpleaños al que asistir, otro grupo con el que encontrarse, otra historia para recordar.

A los 83, Olinda todavía tiene mucho por hacer. Y, sobre todo, mucha gente con quien compartirlo.

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Fuente: Tiempo de San Juan

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