La mendocina que emigró y transformó ausencias en palabras: un perro, el mar y un libro la sanaron
Susana Vieyra dejó su casa construida a pulmón en Guaymallén y a una hija y enfrentó el desarraigo, hasta que el cruce con un perro y las olas del Sur de España le devolvieron la voz.

Susana Vieyra dejó su casa construida a pulmón en Guaymallén y a una hija y enfrentó el desarraigo, hasta que el cruce con un perro y las olas del Sur de España le devolvieron la voz.
De Mendoza al mundo. Susana Vieyra emigró a España.
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A los 56 años, la mendocina Susana Vieyra tomó una decisión que cambiaría drásticamente su vida: en sus valijas guardó no solo sus cosas, sino también su historia y sus emociones, y emigró desde Guaymallén a España.
Fue allá por 2024 cuando el golpe que le había dado la pandemia a la economía familiar tuvo el colapso definitivo.
No fue fácil, dejó atrás no solo una tierra que ama las costumbres que formaron parte de su día a día, sino además a su hija, que se quedó en Mendoza. Por eso asegura que tiene el corazón dividido en dos, con un océano de por medio.
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Conoce en carne propia las angustias del migrante y ese fue el disparador para encontrarse con una de sus pasiones: la escritura.
Fue cuando llegó Milo a su vida, su perro español. Fue la conjunción de esas emociones, su nueva amistad y el encuentro con el mar los que le dieron forma a las palabras que reunió en un libro de relatos cortos que acaba de publicar.
Si las palabras sanan, abrazan, acercan, este es quizás uno de los ejemplos más claros.
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De Mendoza al mundo. Susana Vieyra emigró a España.
Susana se siente mendocina y asegura que lo es. Sin embargo, lo es por adopción: "No nací en Mendoza, nací en Córdoba. A los tres años mis padres me llevaron a Mendoza. Me siento mendocina porque toda mi vida pertenecí a Mendoza", confiesa. Allí creció junto a sus cinco hermanos, estudió y formó su familia. De grande, pasados los 40 años, se recibió de docente de Primaria en la Facultad de Educación Elemental de la UNCuyo.
Junto a su pareja, Oscar, levantaron su hogar desde los cimientos. "Con mucho sacrificio logramos comprar un lote en La Primavera, Maipú, y a pulmón logramos construir. Trabajábamos medio día y el otro medio día nos dedicábamos a construir. Él lo hizo con sus propias manos y yo le pasaba ladrillos", rememora sobre aquella vida en el barrio Santa Ana de Guaymallén y el sueño de la casa propia.
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Pero la crisis tras la pandemia obligó a cerrar la peluquería que Oscar sostuvo por más de 20 años. Además, ella es docente de primaria y el traslado desde La Primavera hasta la escuela del centro se volvió inviable para Susana. A esto se sumó una tendinitis en el hombro provocada por el esfuerzo en la construcción. La situación no dio para más. La hija de Oscar ya había emigrado en 2022 y luego lo hizo el resto de su familia. El viaje se volvió inevitable.
La vida a veces pide aire, cambio, apuestas y no siempre es sin renuncias. En las valijas de quien emigra no solo viajan la ropa o los recuerdos tangibles; también se guardan las ausencias, las dudas y una historia entera que pesa en el pecho.
"Es complicado, pero es lo que toca vivir: no es lo mismo que decidas emigrar por decisión, porque querés experimentar, que tener que hacerlo por necesidad. Eso ya te marca una diferencia", reflexiona Susana. A eso se le sumó el desafío del recambio generacional y la distancia afectiva: "No es lo mismo emigrar a un lugar nuevo con 20 o 30 años que con 55 o 60. Y además me fui dejando una parte mía, porque mi hija se quedó allá. Ella tiene 31 años, es profesora, hace teatro y tiene su vida armada".
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Hoy vive en Garrucha, un municipio de Almería, en Andalucía. Mientras busca abrirse camino -trabaja limpiando departamentos vacacionales en verano y Oscar hace reformas- aprende a convivir con la añoranza: "Estar fuera de tu tierra es como ese refrán que dice que uno valora las cosas recién cuando las pierde. Tenés añoranza de todo. Te das cuenta de tu idiosincrasia, tu cultura, tus costumbres al mirarlas desde lejos y encontrarte con un compatriota en el nuevo lugar es rescatar un poco de eso que es tan tuyo, tus raíces". Es que uno se lleva su cultura y eso explica por qué es tan habitual que los argentinos se reúnan y busquen espacios compartidos, como los restaurantes de argentinos que dijo que hay en la zona y donde se come comida "verdaderamente argentina".
El primer año en el exterior estuvo signado por un "letargo emocional", tal cual describe. La adaptación a un entorno donde las calles resuenan en múltiples idiomas no fue sencilla, pese a que tiene algunos familiares también viviendo allí.
Pero un día, la rutina cambió de forma inesperada. "Lo que vino a cerrar mi primer letargo, porque mi primer año acá fue muy difícil, fue cuando llegó Milo a mi vida. Me había cambiado a Garrucha, vivo en un departamento sin patio ni balcón, entonces tuve que obligarme a salir a pasear y empecé a ir a la playa", relata. Es que pese a vivir cerca y a que es costumbre, no solía hacer esos paseos.
Esa caminata matutina obligada se transformó en un ritual transformador. "El libro nace de esa convivencia de Milo y el mar todas las mañanas. El mar va a ser testigo y cómplice de estos relatos cortos. El mensaje es que siempre podés volver a empezar".
De Mendoza al mundo. Susana Vieyra emigró a España.
Autodidacta y resiliente, allá descubrió el coaching y da cursos de liderazgo y cambio. "Me voy aggiornando porque me gusta aprender", sostiene.
Susana logró transformar la nostalgia por el suelo mendocino y la distancia con su sangre en palabras amoldadas por el oleaje mediterráneo, demostrando que nunca es tarde para redescubrirse.
"Memorias del Mar" de Susana Vieyra, una mendocina que emigó a España
Lo que surgió llevó por título "Memorias del mar" y reúne diez relatos cortos. "El mar es el cuento que abre el libro, es el principal protagonista", aclara la autora. Dos de los textos abordan directamente la experiencia de arribar a un lugar desconocido, mientras que el resto explora la superación personal en un sentido amplio.
Escribir no era algo nuevo para ella —lo hacía desde los 15 años—, pero publicar sí representó un salto al vacío. "Fue muy a pulmón porque no fui a una editorial, sino que lo hice yo solita. Fue un gran desafío. Mandé el manuscrito, me enviaron el primer borrador y ya está aprobado para publicar en la plataforma Lulu, lo que permite una distribución global en sitios como Amazon".
Ella llegó de lejos. Venía de un paisaje que no tenía orillas, sino paredes gigantes de piedra y silencio.
La cordillera era su casa. Un mundo seco, frío en invierno, inmenso, donde el viento bajaba duro desde las cumbres y la tierra crujía bajo los pies como si guardara secretos antiguos.
Vivía al pie de los Andes, donde el horizonte no era una línea, sino una muralla. Allí aprendió a ser fuerte. A caminar con paso firme. A resistir. A guardar emociones como quien guarda leña para el invierno.
Pero un día la vida la llevó lejos. Muy lejos. A un lugar donde el aire era distinto, donde la luz tenía otra suavidad, donde el paisaje no se elevaba hacia el cielo sino que se abría hacia lo infinito. Llegó a Garrucha.
Y el mar la recibió sin pedirle nada. Al principio no lo entendió. Venía de un mundo de montañas, de tierra seca, de inviernos que dolían en la piel. El mar era demasiado grande, demasiado abierto, demasiado libre. Ella no sabía cómo mirarlo.
Caminaba por la orilla con cautela, como quien se acerca a un animal desconocido. Pero el mar no la apuró. La dejó llegar despacio. Día tras día, ola tras ola, fue enseñándole un lenguaje nuevo: el lenguaje de la suavidad, de la calma, de la entrega.
Mientras tanto, dentro de ella también algo empezaba a moverse. España no solo le cambió el paisaje. Le cambió el corazón. El coaching, la inteligencia emocional, la búsqueda interna, la escritura, todo empezó a abrir puertas que la cordillera había mantenido cerradas. Y un día, sin darse cuenta, la mujer que venía de la montaña se descubrió amando el mar. No como quien ama un lugar, sino como quien ama una parte nueva de sí misma.
El mar le enseñó a soltar. A fluir. A sentir sin miedo. A dejar que la vida se mueva sin necesidad de controlarlo todo. La cordillera le había dado fuerza. El mar le dio libertad. Y ella, por primera vez, se sintió completa. Ahora, camina por la playa de Garrucha como quien camina por su propia historia. Sabe que viene de la montaña. Sabe que pertenece al mar. Y sabe que su transformación no fue casual: fue el paisaje, fue el proceso, fue la vida, fue ella. La mujer que llegó de lejos aprendió a amar el mar. Y en ese amor encontró su lugar en el mundo (de "Memorias del Mar" de Susana Vieyra).
Fuente: Los Andes
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