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La pelota, esa pasión irrefrenable

El fútbol de los veteranos es toda una celebración de la amistad, la nostalgia y el amor por la pelota. Más allá de los años ...

Por Redacción13 min de lectura
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La pelota, esa pasión irrefrenable
La pelota, esa pasión irrefrenable · Foto: La Arena

El fútbol de los veteranos es toda una celebración de la amistad, la nostalgia y el amor por la pelota. Más allá de los años y dolores físicos. Hay quienes hacen cientos de kilómetros para poder jugar.

MARIO VEGA

Hay pasiones que se rebelan contra el paso inexorable del tiempo; amores que no entienden de almanaques, de dolores articulares y que se perpetúan en el tiempo. En el corazón de La Pampa, donde el viento nos suele castigar en estos días de invierno y el frío se combate con la calidez de un mate recién cebado, ocurre cada fin de semana un milagro silencioso, pero ensordecedor: la Liga de Veteranos de Santa Rosa se transforma en epicentro de un culto pagano y hermoso donde la única divinidad es… una pelota.

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El ritual de cada sábado.Para entender la grandeza de esta devoción no alcanza con mirar una tabla de posiciones. Hay que pararse en la ruta cuando el sol todavía no asoma. Un sábado cualquiera --día sagrado de descanso para el trabajador común--, tres hombres amanecen temprano en Pellegrini, provincia de Buenos Aires. Desayunan en familia, y luego preparan los bolsos con el mismo ritual sagrado de su adolescencia: las zapatillas de tapones gastados, los pantalones cortos, el buzo para disimular el fresco de la mañana, no olvidan las vendas para las articulaciones y alguna pomada de árnica por si los músculos protestan.

Con alegría.

Cuando se suben al auto ya saben: los esperan casi 130 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Cerca de 250 kilómetros por carretera con un único y supremo propósito: jugar un partido de fútbol de 60 minutos. Quizás dos.Cualquiera desde afuera diría que es una locura o un sacrificio desmedido para hombres que transitan el otoño de sus vidas. Pero ellos sonríen. No hay un solo átomo de sacrificio en sus viajes; hay una sobreabundancia de alegría.

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Los tres mosqueteros.

No son los que ilustra Alejandro Dumas en su histórica novela de aventuras, pero a su manera podría decirse que son tres mosqueteros del fútbol de veteranos. ¿Que es un poco rebuscado, y quizás exagerado, caracterizarlos de esa manera? Puede ser –es en todo caso una licencia del cronista--, pero estos mosqueteros futboleros de alguna manera tienen aquellos valores de lealtad, compañerismo y trabajo en equipo.

Rodolfo Gardino, Alberto Gómez y Jorge Aguilar son habituales protagonistas de esta travesía. Integran el equipo de "Los Curtidos" en la modalidad de Fútbol 7, dentro de la recientísima y entrañable categoría "+70". Lucen sus cabellos canos, y muestran en sus rostros las marcas que las vida les fue dejando… y también tienen familias, y obviamente el cariño de sus hijos y sus nietos.

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Y juegan bien.

Sin embargo, cuando cruzan la línea de cal que los mete en un partido de fútbol, los almanaques se traspapelan. Salen a la cancha y vuelven a ser aquellos pibes que hacían rodar el sueño en cualquier callejón de barrio.Y no vienen de relleno. Juegan bien. Tienen ese perfume del fútbol de antes, el que se cultiva con la paciencia y la sabiduría que dan los años. Se nota en la forma en que duermen la pelota con la suela, en la búsqueda constante del compañero mejor ubicado, en la cabeza levantada para mirar el panorama antes de recibir y en esa gambeta nostálgica que, aunque las piernas ya no tengan la explosión de antaño, conserva la picardía pura del potrero.

El odontólogo.Rodolfo Gardino es odontólogo. Nacido en la cantera futbolera de Pehuajó, jugó allí hasta tocar la primera división antes de marchar a La Plata a estudiar la carrera de la profesión que ejerce en Pellegrini. Fue en el hospital público donde dejó su huella, y hoy sigue atendiendo su consultorio privado. Con la templanza de quien ha atendió distintas generaciones, explica el sentido de su viaje: "Esto del fútbol no es ninguna locura, es una pasión. El fútbol me ha servido como deporte para mantener calidad de vida, pero también tiene su costado social y emocional. Junta a la gente y por eso cada vez tengo más conocidos y amigos. Venimos a Santa Rosa porque en nuestra zona no tenemos esta posibilidad. Pero de verdad, no es ningún sacrificio, es un esfuerzo que hacemos con alegría; y de paso me permite visitar a un hijo que tengo aquí, al que espero haberle transmitido esa misma pasión. Estamos muy agradecidos del grupo que nos tocó; que nos hayan aceptado nos hace sentir bárbaros".

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Disfrutar el juego.

Alberto Gómez es la elegancia hecha futbolista. De esos que juegan siempre con la cabeza levantada, como si el tiempo se detuviera cuando acaricia la pelota. Nacido en suelo mendocino se radicó en Pellegrini allá por 1977, donde junto a su esposa Marta construyó un hogar del que nacieron sus hijos Mariano y Lucas, y más tarde la luz de su vida: los nietos, Lucio y Abril. Defendió la camiseta del Club Atlético Pellegrini hasta 1994, dejando para el recuerdo imborrable aquel título de campeón de 1980.

En 1987 cruzó los límites provinciales para ponerse la casaca del Club San Martín de Santa Rosa. Cuando el cuerpo pidió tregua para el alto rendimiento, pasó a los Seniors y hoy disfruta de la Liga de Veteranos: "En nuestra zona no hay torneos para mayores de 60 años. Cuando nos invitaron de Santa Rosa, ni lo pensamos. Lo disfrutamos, y mucho", resume Alberto.

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Nada más lindo.

Cuenta que "con Rodo (Gardino) nos conocemos hace mucho, y hace un tiempo empezamos a participar en fútbol-tenis en los torneos bonaerenses… y sí, nos ha ido bien porque hemos salido campeones, y este año vamos a ver si podemos repetir".

Hay que decir que los "muchachos" no se quedan sólo con venir a jugar los sábados, sino que al fútbol tenis le agregan caminatas y un poco de trote que les permite sustentar sus condiciones futboleras.

"Estamos felices de poder hacer esto… no hay nada más lindo que jugar a la pelota", sostienen.

"El tercer hombre".

En el fútbol de hoy los entrenadores hablan del "tercer hombre" cuando se refieren al armado de una jugada para avanzar en el campo. Bueno, en este caso el tercer hombre es Jorge Aguilar, un volante de buena técnica rediseñada a la medida del fútbol reducido.

Dicen que Jorge es una institución viviente en Huracán de Pellegrini, el club de sus amores, allí donde su figura trasciende lo deportivo. La muestra más clara ocurrió el año pasado cuando, en un hermoso gesto institucional para abolir la estigmatización de las elecciones de reinas, el club decidió elegir un "embajador". La votación fue elocuente: la mayoría eligió a Jorge. Porque más allá del jugador que despliega su buen pie sobre el pasto, quienes lo conocen destacan, por sobre todas las cosas, a la excelente persona que habita debajo de la camiseta. No son los únicos.

Pero la historia de estos tres mosqueteros no es una isla en la Liga de Veteranos. El fenómeno, parece, es contagioso y se extiende como reguero de pólvora por toda la geografía regional. Los sábados por la mañana, las rutas hacia Santa Rosa se convierten en arterias por las que fluye la misma pasión irrefrenable: jugar a la pelota.

Y así llegan jugadores desde General Pico, Intendente Alvear, Luan Toro, Tres Lomas, Salliqueló, General Acha y Victorica.Y ahí está el caso de Jorge Ferrero que puede decirse roza la épica folclórica. El ex arquero profesional de River Plate —fue, nada menos, el histórico suplente del legendario Ubaldo Matildo "Pato" Fillol—, hoy ha cambiado los guantes para desempeñarse como un firme defensor central. Su travesía de cada sábado roza la odisea: arranca bien temprano desde Jacinto Arauz, donde reside, a 200 kilómetros de Santa Rosa. En el camino va haciendo postas como un transporte sagrado del fútbol: pasa a buscar compañeros por Guatraché, suma a otros en General Campos y finalmente encara hacia el predio. Más de cuatro horas de viaje entre ida y vuelta solo para sentir el olor al pasto cortado y el roce de la pelota. Un testimonio vivo e increíble de que cuando el fútbol te agarra el alma, jamás te la suelta. La magia del potrero. El escenario de estos encuentros no es un estadio multitudinario con luces de neón ni cámaras de televisión. Es el verde césped de un complejo deportivo –ex Santa Rosa Rugby, propiedad de la Agrícola Ganadera--. Allí convergen dos mundos que el tiempo terminó uniendo: por un lado, aquellos veteranos que alguna vez vistieron uniformes de encaje perfecto, pisaron canchas oficiales con pelotas de cuero flamante y acataron la autoridad de un juez vestido de negro. Por el otro, una enorme multitud de "muchachos" que jamás habían jugado al fútbol de manera organizada y que hoy, a sus cincuenta, sesenta o setenta años, descubren por primera vez la adrenalina inigualable de llevar la tira de capitanes o escuchar el pitazo inicial.

El otoño de la vida.Es, en definitiva, el refugio definitivo para los que están en el otoño de la existencia. Esa etapa madura en que las rodillas ya no responden para aguantar los 90 minutos de la juventud, pero donde el corazón late con la misma intensidad que en las épocas del picado de barrio. Aquellos míticos potreros de tierra y arcos hechos con dos piedras que hoy han ido desapareciendo, reemplazados por las modernas escuelas de fútbol, reviven intactos… La gambeta imprevista, el caño sutil, el taco milimétrico o el sombrero magistral no se aprenden con pizarras tácticas ni profesores de gimnasia: son brotes espontáneos del alma que estos hombres grandes rescatan del baúl de la memoria cada sábado a la tarde. La adicción más hermosa.

En la etapa de la juventud plena, cuando la biología regala su pico de rendimiento físico, el fútbol suele vivirse con la tiranía del resultado y la exigencia del torneo oficial. Cuando el tiempo pasa y el cuerpo impone un freno, muchos abandonan para siempre. Pero los que amaron el juego desde que dieron sus primeros pasos llevan dentro un virus incurable.

Sentir el pique caprichoso de la pelota en el césped es una adicción benigna. La razón intenta encasillarla en vano con explicaciones sociológicas o médicas, pero la pasión se burla de las etiquetas. Y aunque durante décadas se repitió el falso mito de que el fútbol era un santuario exclusivo de hombres, la historia reciente ha venido a enmendar el libreto para confirmar lo que siempre fue: la pelota no entiende de géneros, de clases sociales ni de documentos de identidad. Sólo reconoce y responde a los corazones que están dispuestos a latir a su ritmo. Un territorio sin lógica.

Intentar explicar por qué una pelota tiene la capacidad de congelar el tiempo, de hacer que tres jubilados viajen cientos de kilómetros hacia el frío pampa, o de hacer que desconocidos se abracen en un grito sagrado, es un ejercicio inútil.

Porque el fútbol no habita en las ecuaciones matemáticas ni en los manuales de la lógica. Pertenece al sagrado territorio de lo inexplicable, ahí donde la piel se pone de gallina y el pulso se acelera sin pedir permiso.

El milagro de cada sábado.El fútbol es la memoria emotiva en estado puro. Es el recuerdo del padre llevando de la mano a su hijo a la cancha por primera vez; es el grito apretado de una madre en la orilla del baby fútbol; es la rodilla raspada en la calle de barro y el abrazo eterno tras un gol en el minuto noventa. En esta tierra la pelota es el hilo invisible que une generaciones, cicatriza las penas de la semana y nos demuestra que, en un mundo volátil e impredecible, todavía existe un lugar donde los milagros ocurren todos los sábados. Y no es cuestión de buscar razones. A la pelota, simplemente, se la ama.

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Un paraíso para la tercera edad

"Se me ocurre invitar a la reflexión sobre el valor de del deporte como una actividad con sentido, con propósito. De tal manera que trasciende todo lo que tiene que ver con el resultado o la búsqueda de un objetivo más de de rendimiento, si se quiere. No se trata sólo de mejorar un sistema táctico, de lograr un campeonato o llegar a una final". De esa manera opinó la psicóloga deportiva María de los Ángeles Corro Molas.

La reconocida profesional razonó sobre las bondades de la práctica deportiva en una etapa de la vida a la que no todos acceden de la mejor manera.

Con referencia a esos jugadores que vienen de otros localidades, e incluso de provincia de Buenos Aires, sostuvo que "implica una preparación ya desde que salen de sus casas: el viaje, reunirse entre 2 ó 3 para compartirlo, ya implica pensar al deporte no solamente como práctica, sino como un medio que permite transitar una etapa especial de la vida".

Una comunión.

Corro Molas amplió sus conceptos, y dijo que "hay una cuestión de comunión, al hacerlo con otros que comparten la misma pasión, el mismo disfrute. De manera que no es sólo saludable en cuanto a la actividad física y al bienestar que genera la liberación de endorfinas producidas al estar en movimiento".

Agregó que la parecía "súper interesante rescatar esta especie de paraísos para la tercera edad, en los cuales se puede pensar esa etapa de la vida desde otro lugar. No sólo quedarse conque se produce un decaimiento físico y mental. Cuando uno ve a personas mayores de 70, generalmente las ve más bien solas; quizás no están ya rodeados de familiares. Y entonces este tipo de torneos lo que hacen es promover una vida activa, no solamente desde lo físico sino también desde lo social. Porque es sentirse parte de algo que nos trasciende".

La psicóloga deportiva indicó que "un equipo es algo que trasciende la individualidad, y por eso lo valioso de contar con este tipo de eventos que reúnan y que promuevan una vida activa y saludable. No solamente desde lo físico, sino también desde lo mental y lo emocional".

El futbol, una pasión.

El verde césped, la pelota, y los entusiastas protagonistas haciendo lo que más les gusta. No importa la edad, sólo importa la pasión.

Compañeros.

Dos que se reencontraron. Esos pibes de la foto son Alberto Gómez (viene de Pellegrini) y Alfredo Sauro. Jugaron juntos en San Martín en 1987.

Premiados.

Una entrega de premios después de un torneo. Pero la gran satisfacción más allá de eso está dada en la posibilidad de poder jugar.

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Fuente: La Arena

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