La pobreza se estancó, el empleo se precarizó y el consumo volvió a caer
La pobreza volvió al 30% en el primer trimestre de 2026, mientras crecen la indigencia, la precarización laboral, el endeudamiento

La pobreza dejó de bajar. Después de varios trimestres en los que el Gobierno de Javier Milei exhibió la reducción del indicador como uno de los principales resultados de su gestión, los datos correspondientes al primer trimestre de 2026 muestran un cambio de tendencia: la pobreza volvió a ubicarse en torno al 30% de la población y la indigencia alcanzó al 6,5%.
El dato surge de un análisis del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA), elaborado sobre la base de los microdatos del INDEC. En términos trimestrales, la pobreza aumentó 0,1 punto porcentual respecto del período octubre-diciembre de 2025, mientras que la indigencia avanzó 0,4 punto.
El movimiento puede parecer pequeño en términos estadísticos, pero adquiere otra dimensión cuando se observa la evolución de los últimos meses. De acuerdo con el ODSA, alrededor de 1,8 millones de personas cayeron bajo la línea de pobreza entre el tercer trimestre de 2025 y el primero de 2026.
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Eduardo Salvia, titular del ODSA, explicó en una columna publicada en La Nación que, en la comparación interanual, todavía existe una mejora: la pobreza pasó del 31,4% en el primer trimestre de 2025 al 30% en el mismo período de 2026, mientras que la indigencia bajó del 6,9% al 6,5%. Sin embargo, esa mejora es sustancialmente menor a la registrada durante 2024 y la primera parte de 2025.
La verdadera señal de alerta aparece al mirar la trayectoria trimestral. La pobreza alcanzó un mínimo de 26,9% durante el tercer trimestre de 2025, pero luego trepó al 29,9% en el cuarto trimestre y se ubicó en 30% durante los primeros tres meses de 2026. La indigencia tuvo un comportamiento similar: descendió hasta 6%, para luego subir a 6,1% y finalmente a 6,5%.
"Más que un aumento interanual consolidado, los datos muestran el agotamiento de la fase de descenso y su reemplazo por un escenario de estancamiento, con indicios de reversión", sostuvo Salvia. Y advirtió que el cambio resulta más visible en la pobreza, mientras que en la indigencia comienza a observarse un deterioro gradual de los hogares ubicados en el extremo inferior de la distribución.
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Una de las principales explicaciones está en la relación entre ingresos y costo de vida. Durante el primer trimestre, la Canasta Básica Total (CBT), que establece el umbral de pobreza, aumentó 9,6%, mientras que la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que determina la línea de indigencia, subió 11,6%. Los salarios registrados, en cambio, avanzaron apenas 7%.
El resultado es una pérdida de poder adquisitivo que afecta especialmente a los hogares ubicados cerca de las líneas de pobreza e indigencia. Son familias que pueden dejar de ser estadísticamente pobres durante un período, pero cuya situación continúa siendo extremadamente vulnerable: un incremento relativamente pequeño en el precio de los alimentos o una reducción de sus ingresos puede devolverlas rápidamente por debajo de esos umbrales.
Salvia también señaló otros factores detrás del cambio de tendencia: el aumento de la subocupación y la informalidad laboral, una distribución del ingreso más regresiva -el coeficiente de Gini pasó de 0,435 a 0,442-, un menor dinamismo y una mayor heterogeneidad de la actividad económica y la reducción de beneficios sociales. En conjunto, esos elementos muestran que la discusión sobre la pobreza no puede limitarse al número que aparece en una medición trimestral. Detrás existe una estructura laboral cada vez más frágil y hogares con menor capacidad para absorber los golpes.
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La fragilidad también aparece con claridad en el mercado laboral. Un informe de la consultora C-P advierte que no solamente se destruyeron puestos de trabajo formales durante la gestión de Javier Milei, sino que también se deterioró la calidad de las ocupaciones a las que acceden quienes pierden esos empleos.
Los trabajadores asalariados privados registrados que perdieron su puesto y consiguieron otro como refugio experimentaron una fuerte caída de sus ingresos reales. Quienes pasaron a un empleo informal sufrieron una reducción del 14% de su poder adquisitivo, mientras que quienes se volcaron al autoempleo registraron una caída real del 28%.
Los datos de la Secretaría de Trabajo muestran además la dimensión de la destrucción de puestos. Entre noviembre de 2023 y abril de 2026 se perdieron más de 235.000 empleos asalariados del sector privado registrado, equivalentes a una caída del 3,7%. En el mismo período desaparecieron 73.000 empleos públicos, mientras que se incorporaron 150.000 monotributistas.
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Si se agregan los casi 20.000 empleos perdidos en casas particulares, el resultado global es una destrucción cercana a los 180.000 puestos de trabajo en dos años y medio.
Pero incluso entre quienes continúan ocupados aparece una señal de deterioro. Los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC muestran que la probabilidad de que un asalariado privado registrado permanezca en el mismo empleo después de doce meses cayó a 76 de cada 100, el nivel más bajo de la última década. En 2024-2025 era de 80 cada 100 y durante 2018-2019, otro período de elevada fragilidad, alcanzaba 79.
Al mismo tiempo, aumentó la proporción de trabajadores que migró desde el empleo privado registrado hacia la informalidad, del 7,1% al 7,8%, y hacia el trabajo por cuenta propia, del 3,4% al 4,6%.
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Desde Estudios Económicos del Banco Provincia señalaron que, de los casi 20 trabajadores que cambiaron su modalidad de contratación, más del 60% permaneció dentro del mercado laboral, pero "casi todos lo hicieron en condiciones de mayor precarización".
La transformación también aparece en la composición del empleo. Durante el primer trimestre de 2026 se registraron 13,47 millones de trabajadores en los aglomerados urbanos. Los asalariados representaron el 71,8%, los cuentapropistas el 24,2%, los patrones el 3,7% y los trabajadores familiares sin remuneración el 0,3%.
Según Politikon Chaco, el cuentapropismo alcanzó en 2026 su segundo mayor nivel de participación en la serie histórica para los primeros trimestres, apenas por debajo del máximo de 2021, cuando había llegado al 24,4%. En contrapartida, el empleo asalariado igualó el menor registro de toda la serie, también observado en 2021.
"En términos acumulados, entre 2017 y 2026 la participación del trabajo por cuenta propia aumentó 3,3 puntos porcentuales, mientras que la del empleo asalariado retrocedió 2,4 p.p.", señalaron desde la consultora. La conclusión resulta significativa: la economía continúa generando ocupación, pero cada vez más a través de modalidades no asalariadas. "Cerca de siete de cada diez nuevos ocupados correspondieron al cuentapropismo", remarcaron desde Politikon Chaco, al advertir que el empleo asalariado muestra un crecimiento prácticamente estancado.
La consecuencia de este escenario aparece inevitablemente en el consumo. Mientras el presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis Caputo, destacan el comportamiento del consumo privado como una señal de recuperación, el consumo masivo cuenta una historia bastante diferente.
Según datos de Scentia, el consumo privado representa unos 500.000 millones de dólares y se distribuye entre bienes y servicios. Dentro de ese universo, el consumo masivo moviliza unos 33.500 millones de dólares, equivalentes al 7% del consumo privado y al 5% del PBI.
Ese segmento, precisamente, es uno de los que más rápidamente refleja la situación cotidiana de los hogares. "El consumo masivo es lo más sensible, es lo que más cambia el humor social de las personas y hay que considerarlo en un período electoral", advirtió Osvaldo del Río, titular de Scentia, durante el CtB Summit, organizado por la Cámara de Empresas de Investigación Social y de Mercado (CEIM).
El consumo masivo cerró junio 2,7% por debajo del mismo mes de 2025 y 17% por debajo de enero de 2023, siempre medido en volumen. El único canal que mostró un crecimiento significativo fue el digital, con una expansión del 41%, aunque todavía representa apenas tres puntos del consumo masivo.
La inflación dejó de ser el principal problema para los consumidores, pero eso no significa que el poder de compra haya recuperado el terreno perdido. Las familias compran menos, priorizan productos esenciales, reducen el tamaño de sus compras y analizan cada gasto. "La macro todo bien, pero ¿la micro cuándo llega?", resumió Del Río.
Guillermo Oliveto, fundador y CEO de la consultora W, coincidió en que la caída del consumo atraviesa a todos los sectores sociales. "La caída del consumo es un tema de todos", sostuvo, al advertir que incluso los sectores de mayores ingresos perciben el deterioro, especialmente a través de los cambios en sus gastos de esparcimiento y de la situación de sus empresas.
El salario registrado constituye otro obstáculo para la recuperación. El promedio se encuentra 8,7% por debajo del nivel de noviembre de 2023. La pérdida alcanza al 17,8% entre los empleados públicos y al 3,7% entre los privados, según los datos citados. El ingreso disponible, además, se ubica 38% por debajo de 2017, de acuerdo con información de Ecolatina citada por Oliveto.
La debilidad de los ingresos también modificó la conducta de los consumidores. El crédito y el endeudamiento comenzaron a funcionar como una herramienta para sostener gastos corrientes.
Según datos de Aurelio, el 59% de los encuestados tiene deudas. Apenas el 17% asegura estar al día, mientras que el 27% registra morosidad parcial y otro 15% acumula demoras importantes en sus pagos.
El cambio se observa también en la manera de comprar. La lógica de consumo impulsivo quedó desplazada por una conducta mucho más racional: comparar precios, buscar promociones, cambiar de marcas y priorizar la relación entre precio y calidad.
Los datos de NielsenIQ muestran que el 54% de las categorías migró hacia formatos de menor desembolso y que el 34% de las ventas de consumo masivo se concreta bajo promociones. Kantar, por su parte, registró que apenas el 11% de las categorías se encuentra en expansión, mientras que el 44% atraviesa una contracción sostenida.
No se trata solamente de consumir menos. También está cambiando la forma de consumir. Los hogares organizan cada vez más sus compras en función de la necesidad que buscan satisfacer, mientras crecen las decisiones vinculadas al bienestar, el autocuidado y los productos que ofrecen un beneficio funcional concreto.
El fenómeno atraviesa a todos los niveles socioeconómicos. La búsqueda de promociones y formatos de menor desembolso dejó de ser patrimonio exclusivo de los hogares de menores ingresos y pasó a formar parte de las estrategias de familias de sectores medios y altos.
El malestar que reflejan las estadísticas también aparece en la percepción social. Según la última encuesta mensual de julio de Latam Pulse Argentina, elaborada por AtlasIntel y Bloomberg, el 73% de los consultados calificó como "malo" al mercado de trabajo. Más del 70% hizo la misma evaluación sobre la economía local y el 60% consideró negativa la situación económica de su familia. El desempleo, además, se convirtió en el segundo principal problema del país, solamente detrás de la corrupción, mencionada por el 47,7% de los encuestados. El trabajo alcanzó el 46,5% de las menciones.
La fotografía que surge de todos estos datos tiene un denominador común. La inflación puede haber dejado de avanzar al ritmo de los primeros meses del programa económico, pero la estabilización de los precios todavía no se transformó en una recuperación contundente de los ingresos.
Por eso, la mejora de algunos indicadores macroeconómicos convive con una realidad mucho más incómoda en los hogares: pobreza estancada, indigencia en ascenso, menor empleo formal, mayor informalidad, pérdida de poder adquisitivo, endeudamiento y un consumo masivo que todavía permanece por debajo de los niveles anteriores.
Las consultoras observan que el consumo podría comenzar a desacelerar su caída si la inflación continúa descendiendo. Del Río incluso planteó la posibilidad de que el año termine empatando o con una leve variación positiva si los precios dejan de impactar con tanta fuerza sobre las familias.
Oliveto también consideró posible una recuperación de los salarios, aunque advirtió que será gradual: "Todo lo que pase de acá en adelante va a ser muy lento". Ese parece ser, precisamente, uno de los principales desafíos del programa económico. La estabilidad puede mejorar las expectativas, pero necesita tiempo para convertirse en ingresos reales, empleo de calidad y capacidad de compra.
Fuente: Primera Edición
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