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La primavera activa a las plantas: las claves detrás de los primeros brotes

Cuando agosto comienza a despedirse y septiembre se acerca, el paisaje empieza a mostrar señales de cambio. En jardines, huertas, chacras y montes aparecen nuevos retoños, pequeñas hojas y, en algunas especies, las primeras floraciones. Muchas veces se interpreta que "la primavera se adelantó", aunque detrás de esos brotes existe un proceso mucho más complejo. […]

Por Leandro De Mora4 min de lectura
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La primavera activa a las plantas: las claves detrás de los primeros brotes
La primavera activa a las plantas: las claves detrás de los primeros brotes · Foto: Primera Edición

Cuando agosto comienza a despedirse y septiembre se acerca, el paisaje empieza a mostrar señales de cambio. En jardines, huertas, chacras y montes aparecen nuevos retoños, pequeñas hojas y, en algunas especies, las primeras floraciones. Muchas veces se interpreta que "la primavera se adelantó", aunque detrás de esos brotes existe un proceso mucho más complejo. Las plantas responden a una combinación de señales ambientales y mecanismos internos que les

permiten reconocer que las condiciones comienzan a ser favorables para volver a crecer. Temperatura, cantidad de horas de luz, humedad y disminución de los episodios de frío interactúan con procesos hormonales que activan y aceleran el desarrollo vegetal.

La llegada de la primavera, por lo tanto, no funciona como una fecha exacta en el calendario. Para las plantas, el cambio de estación comienza cuando el ambiente ofrece determinadas condiciones.

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Uno de los factores más importantes es el aumento de la temperatura. A medida que termina el invierno, el aire se vuelve más cálido y también comienza a elevarse la temperatura del suelo.

Ese calentamiento favorece la reactivación del metabolismo de las plantas. Los procesos que permanecieron ralentizados durante los meses fríos comienzan a recuperar intensidad y la planta vuelve a destinar energía al desarrollo de hojas, tallos y raíces.

Por eso, una sucesión de jornadas cálidas hacia el final del invierno puede provocar la aparición temprana de brotes. No significa necesariamente que la primavera se haya adelantado, sino que determinadas especies encontraron las condiciones suficientes para comenzar una nueva etapa de crecimiento.

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El frío, de todos modos, continúa siendo una variable importante. La reducción de las heladas nocturnas disminuye el riesgo de daños sobre los tejidos jóvenes, particularmente sensibles a las bajas temperaturas.

Los brotes nuevos son una de las partes más vulnerables de la planta. Una activación temprana seguida por una helada tardía puede afectar esos tejidos, por lo que la estabilidad de las temperaturas también influye sobre el desarrollo primaveral.

El segundo gran cambio ocurre sobre nuestras cabezas. A medida que avanza hacia la primavera, cada jornada dispone de más horas de luz solar.

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La prolongación del día favorece la fotosíntesis y constituye otra señal ambiental que estimula el crecimiento. La planta dispone de más tiempo para captar energía y producir los compuestos necesarios para desarrollar nuevas estructuras.

La combinación entre temperaturas en ascenso y días progresivamente más largos explica buena parte de la transformación que comienza a observarse antes incluso de la llegada formal de la primavera. A esos dos factores se suma la humedad. Una mayor disponibilidad de agua en el suelo y en la atmósfera crea condiciones favorables para que las raíces absorban los recursos necesarios y sostengan el desarrollo de nuevos tejidos.

Por esa razón, temperatura, luz y agua no deben analizarse de manera aislada. La intensidad con que una planta brota depende de la combinación de estas variables y también de las características propias de cada especie.

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Pero la primavera no solamente produce cambios alrededor de la planta. También desencadena modificaciones en su interior.

Con condiciones ambientales más favorables aumenta la actividad de hormonas vegetales relacionadas con el crecimiento. Entre ellas aparecen las auxinas y las giberelinas, que participan en distintos procesos vinculados con el desarrollo y la elongación de tallos y raíces.

Es decir que aquello que se observa desde afuera -un pequeño brote que aparece sobre una rama aparentemente inactiva- es la expresión visible de una serie de procesos fisiológicos que están ocurriendo dentro de la planta.

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El ambiente proporciona las señales y la propia planta responde poniendo nuevamente en marcha su maquinaria de crecimiento.

El momento y la intensidad de la brotación tampoco son iguales en todos los lugares. Los patrones climáticos de cada región, especialmente temperatura, precipitaciones y cantidad de luz disponible, modifican la respuesta de la vegetación.

Esto adquiere particular importancia para la producción agrícola. Observar cuándo comienzan a aparecer los primeros brotes puede aportar información sobre el comportamiento de los cultivos y otras especies vegetales frente a las condiciones que dejó el invierno y las que comienzan a instalarse con la primavera.

También explica por qué dos años consecutivos pueden presentar respuestas diferentes. Un final de invierno más cálido, una mayor disponibilidad de humedad o una menor frecuencia de heladas pueden adelantar determinados procesos respecto de una temporada más fría o seca.

En Misiones, donde las temperaturas y la humedad tienen un peso determinante sobre la actividad vegetal, estos cambios se hacen rápidamente visibles en chacras, huertas y jardines.

No existe, entonces, un único interruptor que haga brotar a las plantas cuando llega septiembre. La primavera vegetal es el resultado de varias señales que actúan simultáneamente: sube la temperatura, aumenta la duración del día, disminuye la frecuencia de los fríos intensos, mejora la disponibilidad de agua y se activan mecanismos hormonales.

Cuando esas condiciones coinciden, las plantas reciben el mensaje que estaban esperando desde el invierno. Y lo que parecía una rama detenida comienza nuevamente a crecer.

Fuente: Primera Edición

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