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"La voz es un reflejo de la época, lo que estamos atravesando hoy como sociedad se siente en el timbre vocal"

Desde Saladas hasta los escenarios y las aulas, Toledo construyó una trayectoria donde conviven la música, la ciencia y la docencia. En esta entrevista de ELP habla de la voz como expresión de la biografía, cuestiona la cultura de la inmediatez y reivindica el tiempo, la escucha…

Por El Litoral14 min de lectura
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“La voz es un reflejo de la época, lo que estamos atravesando hoy como sociedad se siente en el timbre vocal”
“La voz es un reflejo de la época, lo que estamos atravesando hoy como sociedad se siente en el timbre vocal” · Foto: Diario El Litoral

Por Eduardo Ledesma

Versión gráfica: Belén Da Costa

Creció en Saladas cantando chamamé, llegó a las finales del Pre Cosquín, viajó a Detroit a formarse con una de las mayores referentes mundiales en voz profesional y hoy trabaja en el Hospital Vidal, enseña en la UNNE y hace música con el dúo VADO.

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Marta Toledo es cantante, fonoaudióloga e investigadora de la voz: alguien que une el arte y la ciencia desde un mismo lugar. En este episodio hablamos de la voz como identidad, como emoción y como territorio. Y también de escucha, de silencio y de lo que se pierde cuando todo dura tres segundos.

Si vos te tenés que presentar, tenés que definirte, y te preguntan quién sos, ¿qué decís?

Es medio difícil porque tenemos un montón de dimensiones. Esa es la parte que uno comparte con la sociedad. Yo me considero Marta, hija de Carlos y Marta. Saladeña.

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También soy hermana de Adriana, de Armando y de Lalino. Hija de una gran familia y una persona que, como todos los que habitamos esta tierra, trata de poner lo mejor de sí, de ser feliz, que comete errores y también algunos aciertos. Creo que todos estamos en ese mismo camino.

Vos trabajás con algo que usamos todos los días, pero sobre lo que sabemos me parece más bien poco: la voz. ¿Qué revela una voz sobre una persona?

Muchísimo. Sabemos muy poco, incluso quienes estudiamos la voz, porque es un terreno inmenso.

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Hay una frase muy hecha que dice que la voz es la proyección de la persona. Yo diría más: la voz es la persona. La tenemos tan naturalizada que recién nos damos cuenta de su importancia cuando falta o cuando se ve afectada.

Mi vida gira constantemente alrededor de la voz, entonces la tengo muy presente, pero no ocurre lo mismo con la mayoría de la gente.

Y muchas veces pensamos la voz solo como una cuestión técnica. Pero, ¿cuánto hay ahí de emocional, biográfico, incluso de psicológico, en la manera en la que una persona habla o canta?

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Todo. Toda la biografía está en nuestro sistema muscular y neuromuscular.

La voz forma parte del gesto, y nuestros gestos forman parte de nuestra historia. Pensar que la técnica consiste solamente en enseñarle a alguien a hacer algo de determinada manera es quedarse muy corto.

El trabajo técnico es, en realidad, un trabajo de conocimiento profundo del propio cuerpo, de entender qué nos pasa.

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La emoción está completamente involucrada. La laringe —que no es la voz, sino el órgano que produce el sonido junto con muchos otros sistemas— forma parte de nuestro sistema de defensa. Reacciona ante situaciones de peligro.

Si pensamos en nuestros ancestros, ese peligro podía ser un tigre. Hoy puede ser pagar la luz. Pero el sistema límbico no diferencia una cosa de la otra. Si no estamos emocionalmente centrados, para nuestro cuerpo el tigre sigue estando ahí adelante, y la laringe responde cerrándose.

Empezaste cantando chamamé muy chiquita y después exploraste la música, expandiendo ese campo sonoro al jazz, a la improvisación, a la música rioplatense, como decís vos. ¿Y cómo fue ese viaje? Teniendo en cuenta que tenés una raíz correntina muy profunda.

En realidad, soy cantante de música argentina. El jazz es una anécdota, porque necesita muchísimo estudio y decir que soy cantante de jazz sería una mentira enorme.

Lo que sí ocurrió es que, en la búsqueda vocal, también exploré la voz actoral. Hay muchísimos sonidos que se necesitan y que a veces ni siquiera advertimos.

En ese proceso de exploración yo ya tenía, incluso antes de que existieran los algoritmos, una curiosidad por buscar cosas que iban más allá de lo que tenía cerca, pero sin renunciar nunca a mi raíz.

Si hoy me piden que cante un chamamé, lo hago con muchísimo gusto. Lo canto como quiero hacerlo hoy y también como lo hacía antes, dependiendo del momento que esté viviendo.

¿Qué aprendiste de un tipo como Julián Zini siendo tan chica en un escenario?

De Julián aprendí muchísimo, no solo arriba del escenario sino también fuera de él.

Julián es de todos. Todos lo hemos adoptado de alguna manera. Yo tuve la suerte enorme de conocerlo un poco.

Aprendí la libertad. Cuando él me escuchó cantar algo que no era chamamé, me dijo: "Vos hacé lo que quieras. Lo que quieras va a estar bien, porque siempre vas a buscar hacer algo lindo". Eso me sacó una mochila enorme.

Yo conocí a Julián después de ganar un concurso con una canción suya, en Sauce, en el Festival de la Canción Infantil. Él decidió entregarme un Kunumí de Oro y, de alguna manera, me dejó un legado. Yo sentía que tenía que defender el chamamé porque era el cura chamamecero.

Entonces, cuando empecé a interesarme por otras músicas, hasta sentía culpa. Como si estuviera traicionando algo.

Con el tiempo eso lo fui trabajando. En una reunión familiar canté zambas y otras canciones con un amigo guitarrista. Cuando terminé lo miré casi pidiéndole perdón. Él simplemente me dijo que hiciera lo que quisiera, y ahí terminé de sacarme esa mochila.

Hay una idea instalada de que cantar es un don. Pero vos, que trabajás con la voz desde el arte y también desde la ciencia, podrías responder una pregunta relacionada con cuánto hay de talento y cuánto hay en realidad de trabajo cotidiano para poder usar ese instrumento.

Hay algo que sí existe desde muy temprano. Yo tengo recuerdos tuyos, de otro amigo periodista también, desde muy chicos. Vos siempre estuviste relacionado con la palabra.

Yo, en cambio, siempre tuve el oído puesto en la voz. Siempre estuve cantando, escuchando y registrando.

Puede haber una predisposición, algo que después aparece como un don porque tenemos facilidad para determinada actividad y eso nos incentiva.

Pero si no se trabaja, no queda nada.

Si vos no escribís todos los días o no leés, eso se va perdiendo. Hay que construir un terreno.

Con la voz pasa algo parecido. Muchas veces se dice: "Qué buena voz tiene", como si mágicamente esas notas hubieran aparecido solas.

Sin embargo, todos los grandes artistas entrenaron muchísimo. Incluso viendo la historia de Michael Jackson uno puede advertir el enorme trabajo cotidiano que había detrás.

Existe también la idea de que, como hacés lo que te gusta, todo es fácil. Nadie imagina el trabajo que hay detrás de aquello que amás.

Me da pie porque, justamente, a veces pareciera que cualquiera puede decir "soy cantante" o "soy músico", y ahí me parece que se subestima un poco toda la cuestión del oficio artístico.

Sí. Hoy incluso pensar solamente en el oficio ya es quedarse corto, teniendo en cuenta todas las herramientas que existen para formarse. Cualquier artista tiene que estudiar.

Muchas veces alguien piensa en enseñar canto, guitarra o piano como una salida laboral, pero en realidad está enseñándole a un ser humano que tiene un sistema nervioso, una historia y un cuerpo. Nada es inocuo.

Yo misma tuve que retroceder sobre muchas cuestiones técnicas porque había aprendido determinadas cosas al comienzo.

Existe una ley neurológica muy clara: lo último que aprendés es lo primero que olvidás; lo primero que aprendiste es lo que queda.

En redes abundan tutoriales, tips, fórmulas, sobre todo rápidas, ¿no? Para cantar y usar la voz. Pero es un riesgo, ¿no? ¿Qué riesgo tiene aprender una herramienta tan delicada sin un acompañamiento, ponele? Amoroso, pero también profesional.

Sí. La palabra "tips" me violenta un poquito, aunque entiendo que es de uso común.

Una cosa es pensar en un resultado y otra muy distinta es pensar en un proceso. Un trabajo serio sobre la voz, para que podamos cantar toda la vida o producir los sonidos que buscamos, demanda un proceso interno.

La búsqueda tiene que ser la eficiencia, no solamente la eficacia. Lo eficaz puede servirte hoy; es pan para hoy y hambre para mañana.

Yo misma probé tutoriales y después pensé: "Esto no me hizo tan bien". Quizás el resultado inmediato parecía bueno, pero no era sostenible.

Creo profundamente en los procesos de aprendizaje acompañados. Después, si uno tiene criterio, puede mirar un tutorial y discernir qué sirve y qué no.

¿Hay tiempo hoy para un proceso no resultadista?

Depende de lo que uno quiera. Si uno quiere seguir corriendo detrás de toda esta vorágine, probablemente no.

Pero yo creo en los procesos.

Sobre todo cuando  pienso en cantar para mí o en entrenar la voz para sentirme bien, y no para producir un resultado.

Y eso también existe. He trabajado con grupos muy numerosos en talleres donde el objetivo no era formar profesionales, sino descubrir la propia voz.

En esos casos también hay un aprendizaje profundo. Lo aprendido queda y se afianza, aunque el objetivo no sea dedicarse a cantar profesionalmente.

Por sí o por no, Marta, así como alguien que entrena sin calentar puede dañar el cuerpo, ¿la voz se daña si el entrenamiento es malo?

Sí. Totalmente.

Fuiste a estudiar afuera con grandes referentes de la voz profesional. ¿Y qué es lo que descubriste? ¿Qué es esa búsqueda? ¿Y qué es lo que descubriste ahí sobre la voz humana que te cambió para siempre?

Descubrí, una vez más, que la voz humana es inabarcable.

Pero también descubrí algo muy importante: el enorme recurso humano que tenemos en Argentina.

Fui a una clínica de la voz muy importante y trabajé con Cristina Jackson-Menaldi. Me daba cuenta de que podía resolver muchas situaciones gracias a la formación que había recibido acá.

Ella misma me decía que era increíble la capacidad de adaptación y de generar recursos que tenían las fonoaudiólogas argentinas formadas en la universidad pública.

Eso fue una enorme confirmación del valor de nuestra formación.

Hay excelentes universidades privadas también, pero instituciones como la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de Rosario o la Universidad Nacional de San Luis tienen una formación realmente muy sólida.

¿Vos trabajaste con actores, docentes, cantantes, locutores?

Sí.

La pregunta es, ¿hay algo común en las personas que sufren con su voz? ¿Hay algún patrón?

Sí, aunque no existe una sola causa. Hay algo que aparece con mucha frecuencia: la desconexión con el propio cuerpo.

Cuando una persona tiene una disfonía, está manifestando un síntoma.

La disfonía no es un diagnóstico, es un síntoma de algo que está ocurriendo.

¿Así de simple?

No. Así de complejo. Porque ese síntoma puede tener muchísimos orígenes.

Con los docentes, por ejemplo, veo un sufrimiento muy frecuente que tiene que ver con la sobrecarga laboral.

Son profesionales de la voz que, paradójicamente, nunca recibieron entrenamiento vocal durante su formación.

Y trabajan ocho horas por día —o más— usando la voz de manera permanente.

Ahí puedo atar que, depende del énfasis, de la entonación que usan, docentes son los que generan más rápido también el conocimiento a los que están, porque es una cuestión postural, actoral muchas veces.

Sí, pero también influye la capacidad de persuasión que tiene una voz bien entrenada.

No es lo mismo un docente que simplemente grita que uno que sabe utilizar su voz para transmitir.

Es igual que ver bailar a alguien. Hay personas que bailan con una expresividad que comunica mucho más que los movimientos en sí.

Con la voz ocurre exactamente lo mismo.

¿También la voz expresa el ritmo de una época?

Sí.

¿Se puede escuchar...? Estamos atravesando una época muy compleja: el estrés, la ansiedad, el cansancio social. ¿Cuando hablamos se nota eso?

Sí, totalmente.

Se nota en el ritmo, en el timbre, en la forma de hablar y también en la inteligibilidad de la palabra.

Claro que la voz refleja todo eso.

¿Y qué es lo que te preocupa de esta época en relación con la voz y con la escucha?

Me preocupa que no haya escucha.

Más allá de que todo lo digital es maravilloso y necesario, siento que nuestra escucha también se volvió digital.

Cada vez escuchamos más a través de dispositivos de distinta calidad y vamos perdiendo la posibilidad de oír la sonoridad real de una voz, de un grupo o de alguien haciendo música en vivo.

Eso implica perder la capacidad de percibir matices y profundidades del sonido que las plataformas no pueden reproducir.

Quienes subimos música sabemos que todo termina comprimido y adaptado al formato de cada red. Ahí se modifican muchísimos parámetros.

Te escucho y siento que se está perdiendo la escucha. Hay mucho monólogo que se yuxtapone y que se discute, porque estamos discutiendo todo el tiempo, gritando todo el tiempo. Y al no haber escucha, no hay posibilidad de diálogo. Excede largamente la cuestión profesional.

No hay silencio. El otro día veía una entrevista a un cantante de cuarteto que contaba que tenía que cantar apenas treinta segundos de cada tema porque la gente se aburría.

Y uno piensa: está cantando un cuarteto. Ahí aparece un problema de ansiedad.

Hoy muy poca gente se sienta a escuchar un disco completo. Te dicen que subas singles, pero un disco tiene un concepto, una historia.

Incluso vimos lo que pasó con Fito: quiso presentar un disco entero en un show y fue abucheado. Eso habla mucho del momento que estamos viviendo.

¿Y a vos qué te pasa? Porque también estás en la clínica, en el aula y en el escenario. En una Fiesta como la del Chamamé tenés apenas tres o cuatro temas para contar una historia, pero muchas veces la gente pide siempre lo mismo y eso achica la posibilidad de mostrar algo nuevo. ¿Cómo negociás esa tensión?

Es muy difícil, porque se pide algo nuevo, pero al mismo tiempo se pide algo conocido.

Es como los niños que todas las noches quieren escuchar el mismo cuento, solo que estamos hablando de adultos.

También veo que muchas producciones nuevas terminan siendo repetitivas. Uno empieza a escuchar y pareciera que todo tiene que sonar parecido a algo que ya funcionó. Cuando aparece algo realmente nuevo, resulta extraño y muchas veces genera rechazo.

A mí me cuesta negociar con eso.

¿Te plantás ahí?

Sí. Me planto y después me banco las consecuencias. No leo los comentarios.

Tampoco es que el mundo entero me escucha, pero siento que esto es lo que tengo para decir.

Hay algo que para mí es muy importante: una tiene que ser una misma en todos lados.

Por supuesto que también hay que contemplar lo que algunas personas quieren escuchar, pero decir "la gente" es injusto porque no todos buscan lo mismo.

Hay quienes disfrutan de descubrir algo nuevo y otros no.

Al final, todos tenemos nuestro propio nicho y un grupo de personas con quienes conectamos.

Ahora, hay una tensión muy fuerte entre el arte y el entretenimiento. Y al artista, ¿vos sentís que se le está exigiendo producir permanentemente?

Exactamente. Imaginate un restaurante boutique y un lugar de comida rápida.

Hoy pareciera que nos exigen vender hamburguesas, y yo sigo queriendo servir un plato preparado con detalle.

Quiero que podamos seguir disfrutando de los sabores, de los olores, del tiempo que requiere una experiencia artística.

Hay gente que se está resistiendo también específicamente a eso que estás diciendo, porque hay una especie de homogeneización del gusto, ¿no? Y el gusto no es solamente lo que llevamos a la boca.

Claro. Incluso pasa con la estética. Pareciera que todas tenemos que vernos iguales, teñirnos el pelo del mismo color, vestirnos de la misma manera. Y eso me parece muy violento.

¿Qué es Vado?

Vado es un lugar del río por donde se puede pasar. Cuando pensábamos el nombre del dúo con Fernando Gualini, buscábamos algo corto y con identidad. A él se le ocurrió "Vado" y enseguida sentimos que era el nombre.

Después mucha gente lo escribe con B larga, pero no, es con V. Vado es un dúo que atraviesa ríos.

Hacemos música argentina de todo el país, incluida la nuestra, también música uruguaya y seguramente seguiremos incorporando otras músicas que tengan relación con esa idea de los ríos que unen.

Todo está atravesado por algunos colores del jazz, aprovechando la formación de Fernando, que sí es músico de jazz. Yo soy cantante y disfruto de experimentar con esos lenguajes.

Desde que yo te conozco sos una buscadora. Pero hay una cosa que es permanente en vos, que es la música. Entonces, la última pregunta sería: ¿qué es lo que te permite la música que no te permite la clínica, el aula u otras cosas que hacés?

La música es un lugar. Se me viene una imagen de la película Billy Elliot, cuando él dice que bailando desaparece.

Es un desaparecer que, en realidad, integra. La música me completa. Cuando no estoy relacionada con mi voz cantada, siento que me falta una parte de mí.

No me imagino la vida sin la música. Es como imaginar una película sin música.

Para quienes tenemos la bendición de oír, la música forma parte de la manera en que habitamos el mundo.

No me imagino a alguien caminando sin escuchar sus propios pasos. La música me completa. Es inherente a mí.

Fuente: Diario El Litoral

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