Lionel Messi no tiene nada que demostrar: una derrota no borra su legado
Argentina perdió la final del Mundial, pero el resultado no modifica el legado de un futbolista que pasó de ser cuestionado por un país entero a convertirse en el capitán del ciclo más exitoso de la historia de la Selección.

Resumen para apurados
Hay derrotas que duelen, pero también hay historias que ya no dependen del resultado de un partido. Lionel Messi, ni bien terminó el encuentro, se llevó las manos a la cintura y miró al cielo. Luego, en la ceremonia de premiación, no dejó de llorar.
También sería una injusticia que alguien pretendiera resumir su historia con la Selección a partir de esa escena. Porque durante muchos años cada derrota de Argentina también fue una derrota de Messi. Incluso más. Muchas veces fue, principalmente, una derrota de Messi. No importaba demasiado qué había ocurrido alrededor. Si la Selección perdía, las preguntas siempre terminaban en el mismo lugar. ¿Por qué no jugaba como en Barcelona? ¿Por qué no aparecía en los partidos importantes? ¿Por qué no tenía el carácter suficiente para liderar? ¿Por qué no lograba ganar con la camiseta argentina? Messi vivió buena parte de su carrera rindiendo exámenes.
También te puede interesar: Arresto domiciliario para Totona en Alderetes por desobediencia judicial
Se bancó las críticas, perdió finales, lloró, renunció, volvió, lo intentó, fracasó y volvió a intentarlo. Quizás esa parte de su historia sea tan importante como todos los títulos que llegaron después.
Porque hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que parecía condenado a perseguir algo que nunca iba a alcanzar. Había ganado prácticamente todo con Barcelona. Había acumulado goles, récords, Balones de Oro y actuaciones extraordinarias. Sin embargo, cada vez que volvía a la Argentina se encontraba con la misma sensación de deuda. Nada parecía alcanzarle.
No alcanzaba con haber jugado una final del Mundial en Brasil, tampoco con haber disputado tres finales consecutivas, ni ser el mejor futbolista argentino de su generación. Para una parte del país, Messi todavía tenía que demostrar algo. Hasta que un día se cansó.
También te puede interesar: El tiempo en Santiago del Estero para este martes 21 de julio de 2026: el cielo estará mayormente nublado y podrían registrarse lloviznas
Después de perder la final de la Copa América Centenario, en 2016, anunció que la Selección se había terminado para él. Había vuelto a perder y había vuelto a llorar. Y por primera vez dio la sensación de que ya no quería seguir intentándolo. Pero volvió.
Volvió a encontrarse con un escenario incierto. Argentina había quedado eliminada en los octavos de final del Mundial de Rusia 2018 y alrededor de la Selección quedaban más preguntas que respuestas. No había un proyecto consolidado ni demasiadas certezas. Lionel Scaloni asumió como un entrenador interino que casi nadie imaginaba que terminaría conduciendo uno de los ciclos más exitosos de la historia del fútbol argentino.
Una de sus primeras grandes decisiones fue convencer a Messi de que todavía había algo por hacer. Messi creyó.
También te puede interesar: Miles de personas recibieron a la Selección
Podía haberse parado por encima de todos y haber entendido que, después de tantos años, era el resto el que debía adaptarse a él. Pero hizo exactamente lo contrario. El futbolista más importante del plantel decidió convertirse también en uno de los soldados más comprometidos del nuevo proceso. Scaloni construyó una Selección alrededor de Messi, pero Messi también ayudó a construir la Selección de Scaloni.
Se integró a una generación más joven, aprendió a compartir responsabilidades, entendió que ya no tenía que hacerlo todo solo y también encontró una manera diferente de liderar. Más cercana, más visible y más natural.
En 2021, en el Maracaná, finalmente se rompió el maleficio. El suyo y el de Argentina.
También te puede interesar: Medalla asegurada para Yonathan Flores en Santa Fe
La Selección llevaba 28 años sin ganar un título y Messi había pasado buena parte de su carrera escuchando que nunca podría conseguir con la camiseta argentina lo que había conseguido en Europa. Aquella Copa América no borró todo lo anterior, pero le dio sentido.
Porque Messi llegó al título después de perder, de insistir, y de volver a exponerse una y otra vez a la posibilidad del fracaso. Después llegó la Finalissima y finalmente llegó Qatar.
El Mundial que durante tantos años pareció perseguirlo terminó descansando entre sus manos. Fue capitán, figura y líder futbolístico de una Selección que se levantó después de perder en el debut y que encontró en él a su referencia emocional. Aquella imagen levantando la Copa del Mundo terminó con una discusión que había ocupado demasiado tiempo.
También te puede interesar: Reclaman por mineros varados
Ya no había deuda, ni examen, y ya no quedaba nada por demostrar. Por eso este Mundial fue diferente.


Messi llegó a Estados Unidos a punto de cumplir 39 años. Ya nadie discutía su legado. La única pregunta era cuánto podía seguir dándole al fútbol. Y volvió a responder de la única manera que conoce: dentro de la cancha.
Fue decisivo otra vez. Marcó goles importantes, asistió, manejó los tiempos de los partidos y condujo a la Selección hasta una nueva final del mundo cuando muchos imaginaban que simplemente venía a disfrutar de su última Copa. Cuando parecía que ya había dado todo, volvió a dar. Por eso esta derrota duele.
Duele porque una final siempre deja la sensación de que la gloria estuvo a un paso. Porque Argentina volvió a competir entre los mejores del planeta y porque durante muchos momentos pareció capaz de defender el título conseguido cuatro años atrás. Pero esta vez hay algo diferente; esta derrota no cambia nada esencial.
Hubo un tiempo en el que cada eliminación obligaba a Messi a empezar de nuevo. Cada fracaso reabría discusiones y cada derrota parecía borrar todo lo anterior. Pero esta vez no.
Messi ya no tiene una deuda que pagar, no necesita demostrar cuánto quiere a la Selección, no tiene que explicar por qué no pudo ganar otra Copa del Mundo y tampoco tiene que cargar solo con una derrota que pertenece a un equipo.
Por primera vez en su enorme historia con la camiseta argentina, puede perder sin que la derrota modifique el lugar que ocupa. Ese, tal vez, sea uno de sus mayores triunfos. Porque no solamente cambió su propia historia, logró cambiar la relación de un país con él.
Argentina aprendió a querer a Messi después de verlo perder, de verlo llorar, de verlo levantarse y de verlo volver cuando cualquiera hubiera entendido que ya era suficiente.
Con el tiempo, las críticas fueron dejando lugar al respeto, a la admiración y al cariño. Durante más de dos décadas vivió bajo una exposición que muy pocos deportistas pueden imaginar. Cada gesto fue analizado, cada silencio fue interpretado y cada derrota fue utilizada para discutir su personalidad. Sin embargo, nunca necesitó construir un personaje.
Siguió siendo el mismo. El chico tímido de Rosario, el padre que busca primero a su familia, el compañero que abraza antes de hablar y el capitán que lideró con la pelota, pero también con el ejemplo.
En un deporte que muchas veces premia el ego, Messi eligió siempre el camino contrario. Por eso hoy resulta imposible explicar su lugar en la historia solamente a partir de los títulos.
Sí; fue campeón de América, ganó la Finalissima y levantó la Copa del Mundo. Y sí, llevó otra vez a la Argentina hasta una final mundialista cuando parecía que su carrera con la Selección ya estaba completa.
Pero su legado es mucho más grande que cualquier trofeo. Está en la manera en que resistió cuando todo parecía derrumbarse, en la resiliencia de seguir intentándolo cuando cada derrota traía nuevas críticas y en haber transformado una relación llena de desconfianza en una historia de amor entre un país y su capitán.
Perder una final duele, duele mucho; muchísimo. Pero una tarde no puede borrar una vida. No puede borrar al futbolista que soportó las críticas cuando parecía más fácil alejarse. Al que renunció y volvió, al que terminó con una sequía de 28 años, al que levantó la Copa América en el Maracaná, al que conquistó la Finalissima, al que tocó el cielo en Qatar y al que, incluso con 39 años, siguió llevando a la Selección a competir por lo más alto.
Durante demasiado tiempo, Messi necesitó ganar para dejar de ser juzgado por sus derrotas. Hoy, afortunadamente, ya no. Porque los Mundiales terminan, pero las leyendas no.
Fuente: La Gaceta
- #deportes
- #lionel
- #messi
- #tiene
- #nada
- #demostrar
- #derrota
- #borra
- #legado
- #tucuman


