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Llegó a Neuquén en busca de una nueva oportunidad y terminó creando su propia marca de chalecos deportivos

Tras años de trabajos temporales y desafíos personales, convirtió un oficio que aprendió de niña en el emprendimiento que hoy forma parte del mundo del running.

Por Giuliana Pol'la10 min de lectura
Llegó a Neuquén en busca de una nueva oportunidad y terminó creando su propia marca de chalecos deportivos
Llegó a Neuquén en busca de una nueva oportunidad y terminó creando su propia marca de chalecos deportivos · Foto: LM Neuquén

Tras años de trabajos temporales y desafíos personales, convirtió un oficio que aprendió de niña en el emprendimiento que hoy forma parte del mundo del running.

Entre agujas, hilos y retazos de tela, Luciana aprendió a coser de la mano de su mamá cuando tenía apenas 12 años. Lo que entonces era una ayuda en casa terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en la herramienta que le permitió empezar de nuevo y construir su propio emprendimiento.

Luciana Barrera tiene 45 años, nació en Espartillar, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires. Sin embargo, hace más de una década encontró en Neuquén un refugio y un hogar.

Cuando llegó a la provincia en 2012 junto a sus dos hijos, buscaba dejar atrás una etapa difícil y comenzar de nuevo. Sin trabajo estable y lejos de su entorno, tuvo que reinventarse más de una vez antes de encontrar el camino que terminaría cambiándole la vida.

Catorce años atrás, y tras haberse separado de una relación conflictiva, Luciana decidió que lo mejor para ella y sus dos hijos, Benjamín y Josefina—que en ese entonces tenían 11 y 8 años—era empezar de nuevo en otro lugar.

Uno de sus hermanos ya estaba instalado en Neuquén junto a su esposa y fue quien la animó a dar el paso. Dejó Bahía Blanca, donde vivía junto a su expareja, y con pocas certezas, pero convencida de que necesitaba un cambio, armó las valijas y los tres partieron rumbo al sur.

Los primeros tiempos no fueron fáciles. Había que adaptarse a una nueva ciudad, generar ingresos y sacar adelante a la familia. En medio de ese proceso, comenzó a buscar distintas alternativas laborales para reconstruir su vida.

Con dos pequeños a cargo y la necesidad de generar ingresos, Luciana aceptó cada oportunidad laboral que se le presentó. Mientras hacía arreglos de costura por su cuenta, también pasó por distintas empresas del rubro para garantizar un ingreso fijo.

Las jornadas eran largas y aún así el dinero parecía no alcanzar. "Había meses que parecían años", expresa. Entre un trabajo y otro, buscaba la manera de llegar a fin de mes y darles un futuro mejor a sus hijos.

En paralelo, también intentó desarrollar otra vocación. Había estudiado locución y durante un tiempo trabajó en la radio LU5, pero la dinámica laboral la obligaba a pasar muchas horas fuera de casa. Finalmente, decidió dejar ese camino porque sentía que estaba perdiéndose momentos importantes de la crianza de sus hijos.

Más tarde consiguió empleo en una ferretería. Por primera vez en mucho tiempo sintió que las cosas comenzaban a acomodarse. Sin embargo, cuando parecía que la situación mejoraba, llegó el despido. "Se me vino el mundo abajo", recuerda.

La noticia golpeó especialmente a su hijo, que por entonces empezaba a preguntarse por qué algunas cosas parecían tan difíciles. Sin embargo, Luciana sabía que no podía quedarse paralizada. Con el dinero de la indemnización tomó una decisión que marcaría un antes y un después: compró su primera máquina de coser industrial.

"Mi hijo estaba decepcionado de la vida. Pero yo le dije que no importaba, que no se preocupara, porque íbamos a salir de esa".

La compra de la máquina industrial fue apenas el comienzo. Con la experiencia que había acumulado durante años y la necesidad de generar ingresos, Luciana decidió apostar de lleno por la costura.

Empezó haciendo arreglos y trabajos a medida, mientras buscaba la forma de darse a conocer. Sin presupuesto para publicidad, armó folletos caseros, los fotocopió y salió a repartirlos por el barrio. "Pusimos flyers por todos lados. Los hacíamos nosotros mismos a mano y los repartíamos casa por casa".

Poco a poco comenzaron a llegar los primeros clientes. Entre los trabajos de costura y la cuota alimentaria de sus hijos, logró sostener la economía familiar y consolidar un emprendimiento que empezaba a crecer.

Los años siguientes fueron de mucho trabajo. Sin embargo, cuando todo comenzaba a estabilizarse, llegó un desafío inesperado: la pandemia.

Lejos de quedarse de brazos cruzados, volvió a adaptarse. Con retazos de tela que había acumulado durante años, comenzó a fabricar tapabocas. Lo que al principio parecía una solución momentánea terminó convirtiéndose en una nueva fuente de ingresos en medio de la incertidumbre.

"Yo miraba toda esa tela guardada y pensaba: ¿qué voy a hacer con todo esto? Cuando llegó la pandemia encontré la respuesta", cuenta.

Mientras el emprendimiento seguía creciendo, Luciana también atravesaba cambios en su vida personal. Años atrás, un problema de salud la llevó a replantearse algunos hábitos y, por recomendación médica, comenzó a caminar.

Lo que empezó como una actividad necesaria para cuidar su bienestar pronto se convirtió en algo más. Con el tiempo, las caminatas dieron paso a los primeros trotes, luego a las carreras y finalmente a una pasión que terminaría ocupando un lugar importante en su rutina.

Sin embargo, a medida que se adentraba en el mundo del running, descubrió una realidad que hasta entonces desconocía. Aunque se trata de un deporte que se practica al aire libre, también requiere una inversión importante en equipamiento.

Zapatillas, indumentaria y distintos accesorios forman parte del día a día de quienes entrenan o participan en competencias. Fue entonces cuando se encontró frente a un nuevo desafío. Los chalecos de hidratación que encontraba en el mercado estaban lejos de su presupuesto. Como había hecho tantas veces a lo largo de su vida, decidió intentar resolver el problema por su cuenta.

Fue así que Luciana decidió intentar fabricar su propio chaleco de hidratación. Comenzó a investigar materiales, probar moldes y modificar diseños hasta encontrar un modelo que resultara cómodo, resistente y funcional para correr.

El primer ejemplar fue para ella, pero no tardó en ponerlo a prueba. Lo llevó a uno de sus entrenamientos y se lo mostró a su profesor de running, que enseguida quedó sorprendido por el resultado. La aprobación llegó rápido: era cómodo, práctico y cumplía con todo lo que necesitaba un corredor.

Animada por esa primera experiencia, siguió perfeccionando el diseño. Cada vez que reunía algo de dinero compraba nuevos materiales, incorporaba mejoras y confeccionaba más unidades. Los insumos eran costosos, por lo que el crecimiento fue lento, pero constante.

Poco después, sus compañeros del grupo de running le propusieron participar en una carrera con un pequeño stand para mostrar los chalecos. Hasta entonces nunca había pensado en venderlos de manera formal, pero aceptó el desafío.

Aquella jornada marcó un antes y un después. Los corredores comenzaron a acercarse, probar los productos y hacer consultas. Por primera vez, Luciana sintió que aquella idea nacida casi por necesidad podía transformarse en algo mucho más grande.

En esa misma etapa, Luciana conoció a Carlos, quien con el tiempo se convertiría en su pareja. Por ese entonces eran solo compañeros en el ambiente del running, pero desde el primer momento él se involucró en el emprendimiento y se transformó en un apoyo fundamental para que el proyecto pudiera crecer.

Durante estos años fue quien la acompañó a competencias y encuentros deportivos para que pudiera mostrar sus productos en distintos puntos del país. Más adelante, incluso, decidió vender su auto para comprar una camioneta que les permitiera transportar la mercadería y mejorar la logística de cada evento.

A medida que participaban en carreras y ferias, los chalecos de Nómade (@nómade.365) comenzaron a hacerse conocidos entre corredores de distintas ciudades. El boca a boca, las recomendaciones y el contacto directo con los clientes ayudaron a consolidar una marca que seguía perfeccionándose con cada nueva experiencia.

Pero Carlos no fue el único que se involucró en el proyecto. Sus hijos también colaboran en el taller, ayudando con distintas tareas y acompañando el crecimiento de un emprendimiento que, de una forma u otra, terminó convirtiéndose en algo familiar.

Lo que comenzó con una máquina de coser comprada tras un despido y un primer chaleco confeccionado para uso personal hoy se convirtió en una marca consolidada dentro del mundo del running.

Uno de los puntos de inflexión fue el acceso a créditos del IADEP, que le permitieron incorporar equipamiento, ampliar la producción y dar nuevos pasos en el desarrollo del proyecto. Para Luciana, ese respaldo fue fundamental para profesionalizar un emprendimiento que había nacido de manera completamente artesanal.

Hoy continúa trabajando junto a Carlos, diseñando y confeccionando chalecos que llegan a corredores de distintos puntos del país. Después de años de trabajo, todavía conserva la misma inquietud que la llevó a empezar: aprender, mejorar y encontrar nuevas formas de hacer las cosas.

Cuando mira hacia atrás y recuerda a aquella mujer que llegó a Neuquén con lo puesto, entiende todo lo que logró construir en el camino. Por eso, cada vez que alguien le habla de emprender, intenta transmitir el mismo mensaje: no rendirse ante el primer obstáculo, pero también aprender a escuchar la propia intuición.

Porque si algo aprendió a lo largo de los años es que los proyectos no siempre siguen el camino que uno imagina. A veces hay que insistir, otras veces cambiar de rumbo. Pero siempre aparece una oportunidad para volver a empezar.

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Fuente: LM Neuquén

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