Lo que hay detrás de las falsas influencers políticas de derecha
Hoy parece que todos los recursos para hacer política son válidos porque ha ganado la desconfianza en las formas tradicionales de hacer política.

Quien haya dicho "el sexo vende" se quedó corto. El sexo también convence y se capitaliza en la militancia. Esto último se convirtió en un fenómeno en los partidos de derecha, en oportuna conjunción con las habilidades de la Inteligencia Artificial para dar a luz a personajes femeninos que divulgan esa ideología.
Jessica Foster es soldado del Ejército estadounidense y abiertamente trumpista. Es rubia y tiene unas encantadoras pecas que enmarcan sus ojos. Es hermosa y muy pícara a la hora de humillar a los enemigos de su país, como Nicolás Maduro.
Su cuenta de un millón de seguidores de Instagram fue eliminada cuando se descubrió que no era una persona real, sino un producto de la IA para dirigir seguidores a su cuenta de Only Fans, también falsa.
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El caso de Larissa en Alemania es ligeramente diferente. Sin tanta sexualización, su imagen resultaba atractiva por su tranquilidad y buen tono para convencer a los votantes en 2025 de apoyar medidas antimigratorias, insultar a mujeres de izquierda y difundir ideas homofóbicas.
Su par argentina, Lucía, también tiene una agenda política bien marcada: defiende al presidente Javier Milei, las medidas de su gobierno y critica al kirchnerismo. Su perfil de Instagram tiene más de 10 mil seguidores y fotos que hacen pensar que es una persona.
Por si faltara decirlo, es rubia y de ojos celestes, delgada, sin ser exuberante. A veces tiene seis dedos en una mano y el movimiento de su boca no coincide con su voz. Pero, bueno, nadie es perfecto.
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Al parecer, en la ideología de la derecha, la estrategia para seducir adeptos son mujeres hermosas y dóciles que, en el caso de Argentina, no representan a sus militantes, sino a la mirada de sus militantes: varones heterosexuales que desean mujeres inalcanzables.
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El éxito de estas falsas militantes de derecha evidencia que su público es un conjunto de individuos aislados antes que un colectivo de personas. Son artificios que defienden o atacan ideas que no siempre tienen un partido político detrás; exponentes de una política desinstitucionalizada.
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La condición de posibilidad de estos fenómenos es lo que el historiador Anton Jäger (Bélgica, 1994) denomina "hiperpolítica". Con un foco especial en la historia estadounidense, el pensador traza un arco del devenir político global que comienza con la Primera Guerra Mundial: política de masas, pospolítica y antipolítica.
Desde 2020, habitamos la hiperpolítica, la politización intensa que descree de las instituciones, de los partidos y de la organicidad que encauza las formas y los ánimos de lucha.
Las personas con intereses políticos se reúnen espontáneamente en marchas, protestan y logran pequeños cambios reales y urgentes. Sin embargo, esa fuerza se diluye cuando se alcanza el objetivo, cada uno regresa a sus vidas personales, a su brevísima libertad privada, a su malestar y a la militancia virtual que se reduce a compartir flyers en redes sociales.
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El universo digital cobra una especial relevancia ante la ausencia de un colectivo y la crisis de las instituciones. Las voces que se imponen son las de los streamers y los creadores de contenido que no tienen ideas superadoras ni astucia alguna: su éxito se debe al capital que los financia.
Según Jäger, el clima de la hiperpolítica es el estallido recurrente sin cambios definitivos, el conflicto latente sin conducción, la normalización del escándalo.
Cuando una falsa mujer severamente estereotipada de acuerdo con la mirada masculina cumple un rol importante en la divulgación ideológica, la política queda reducida a una cáscara. Ninguna idea convence por su propia fuerza, ninguna causa vale por sí misma.
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En la hiperpolítica todo es político, que no es sino otra manera de decir que nada es político. Todos los recursos para hacer política son válidos porque ha ganado la desconfianza en las formas tradicionales de hacer política, esto es: la acción humana.
A pesar de su pesimismo, Jäger considera que la repolitización es posible. Para ello, se necesita la construcción de colectivos de personas que abandonen la individualidad radical y confíen en el valor del compromiso y la representación. Se trata, en otras palabras, de politizar la política.
Fuente: La Voz
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