¿Los argentinos están volviendo a la Iglesia? Una señal que empieza a verse también en Mendoza
El fenómeno, que también sorprendió en Estados Unidos, no implica una recuperación general del catolicismo. En Argentina las estadísticas muestran, de hecho, una pérdida sostenida de identificación religiosa, sobre todo entre los jóvenes. Pero sacerdotes mendocinos advierten que,…

El fenómeno, que también sorprendió en Estados Unidos, no implica una recuperación general del catolicismo. En Argentina las estadísticas muestran, de hecho, una pérdida sostenida de identificación religiosa, sobre todo entre los jóvenes. Pero sacerdotes mendocinos advierten que, al mismo tiempo, hay adultos que buscan bautizarse, completar sacramentos, regresar a las parroquias o encontrar en la fe una comunidad.
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Hay una escena que se repitió esta Pascua en distintas iglesias de Estados Unidos y que llamó la atención incluso dentro de la propia Iglesia Católica: adultos haciendo fila para entrar formalmente a una institución que, según las grandes encuestas, lleva años perdiendo peso entre las nuevas generaciones.
En Detroit fueron 1.428 las personas que ingresaron a la Iglesia durante la Pascua de 2026, la cifra más alta en 21 años. El dato fue confirmado por la propia arquidiócesis: 583 eran catecúmenos que no habían sido bautizados y 845 eran personas ya bautizadas que buscaban completar su incorporación al catolicismo.
En Washington el número llegó a 1.755, el mayor de los últimos 15 años. Y allí apareció un dato que encendió todavía más la discusión: 668 de quienes participaban del proceso tenían entre 20 y 35 años. El grupo, además, no estaba compuesto sólo por personas que nunca habían tenido contacto con la religión: había catecúmenos, cristianos bautizados que buscaban ingresar a la Iglesia Católica y católicos que estaban completando su iniciación.
El New York Times tomó esos números como punto de partida para preguntarse qué está ocurriendo. No encontró una explicación única. En los testimonios aparecen la soledad, la necesidad de comunidad, la búsqueda espiritual, las parejas católicas, los familiares, los amigos y una necesidad de encontrar algún tipo de orientación en medio de un mundo que muchos jóvenes perciben como incierto.
También aparece algo nuevo: internet.
Hay jóvenes que llegan a la Iglesia después de pasar por YouTube, TikTok, podcasts, videos de apologética o contenidos de filosofía cristiana. En algunos casos, el primer contacto no fue una parroquia ni una familia religiosa sino una pantalla.
El fenómeno estadounidense es real. Pero sería apresurado transformarlo en una noticia mucho más grande: "los jóvenes están volviendo al catolicismo".
Los datos generales no dicen eso.
Y precisamente por esa contradicción la pregunta resulta interesante para Mendoza.
En la parroquia Nuestra Señora del Carmen, de San Martín, el padre Esteban Pavez no habla de una estadística diocesana. Dice que no tendría fundamento para hacerlo. Pero sí describe lo que observa en su propia comunidad.
"La cantidad de gente que participa en las celebraciones ha crecido bastante", cuenta. Y encuentra una forma sencilla de medirlo: las hostias que antes alcanzaban para tres meses ahora se consumen en un mes.
No lo presenta como una prueba de una recuperación general. Lo toma como un dato de su parroquia. Pero agrega algo que coincide con una de las claves del fenómeno estadounidense: "Hemos notado un volver de las nuevas generaciones de jóvenes a la Iglesia".
Pavez habla de jóvenes que parecen acercarse con una búsqueda de Dios y de una experiencia comunitaria. También menciona la soledad y las dificultades personales como posibles motivos. Y reconoce que en los últimos años encontró casos de personas que habían pasado por iglesias evangélicas y luego regresaron al catolicismo.
En Rivadavia, el padre Daniel Caballero también percibe ese movimiento, aunque lo ubica dentro de una transformación más amplia.
Habla de adultos y jóvenes que después de la pandemia comenzaron a buscar nuevamente a Dios. Algunos habían perdido personas cercanas. Otros quedaron atravesados por el aislamiento. Otros llegan desde situaciones personales difíciles.
"Hay un gran vacío existencial", sostiene, y agrega que algunas personas encuentran en la Eucaristía, los retiros, la adoración, la misión, la caridad o la comunidad un espacio de conexión con otros.
Su mirada tiene un elemento que aparece también en los testimonios de Estados Unidos: la Iglesia puede estar funcionando para algunas personas no sólo como un lugar donde se responde una pregunta religiosa, sino como un lugar donde se reconstruyen vínculos.
El padre Caballero menciona además fenómenos juveniles como Hakuna y el crecimiento de propuestas musicales y comunitarias vinculadas con el cristianismo. En su interpretación, hay jóvenes que están buscando espacios de mayor profundidad, meditación, retiro y vida comunitaria.
No todos llegan por el mismo camino.
Y esa puede ser una de las claves.
Mientras en algunas parroquias se percibe este movimiento, los grandes números argentinos muestran una realidad diferente.
El primer Barómetro de las Religiones y las Creencias en Argentina, elaborado por el Observatorio de las Creencias en Argentina de la UBA, con 904 casos relevados entre febrero y marzo de 2026, ubicó en 57,7% a quienes se identifican como católicos. El 22,4% se declaró sin filiación religiosa y el 17,4% evangélico.
La diferencia por edades es todavía más significativa.
Entre los jóvenes de 16 a 29 años, el 44,6% se identifica como católico y el 31% no tiene filiación religiosa. Entre los mayores de 50 años, en cambio, el catolicismo alcanza el 69% y quienes no tienen religión representan el 12,6%. La UBA presenta la diferencia como parte de un proceso de recambio generacional.
El estudio permite entonces establecer una primera certeza: no hay evidencia de una recuperación general del catolicismo entre los jóvenes argentinos.
El mapa va en otra dirección.
El trabajo más reciente de Pew Research Center también muestra ese cambio. La proporción de adultos argentinos que se identifican como católicos pasó de 71% en 2013-14 a 58% en 2024, mientras que quienes no tienen filiación religiosa crecieron hasta 24%.
Pero una tendencia general no elimina la existencia de fenómenos más pequeños.
Puede suceder que, al mismo tiempo que un número importante de personas abandona una religión que recibió de su familia, otro grupo —mucho menor— llegue a ella desde afuera.
Eso es justamente lo que está ocurriendo en algunas diócesis estadounidenses y lo que falta medir con precisión en Mendoza.
Hay una cuestión que suele perderse cuando se habla de estos números.
"Entrar a la Iglesia" no significa necesariamente lo mismo para todas las personas.
En Detroit, por ejemplo, los 1.428 de 2026 incluyeron 583 catecúmenos no bautizados y 845 candidatos ya bautizados que buscaban incorporarse plenamente al catolicismo.
En Washington, de los 1.755, 678 eran catecúmenos; 292 eran cristianos bautizados que buscaban la plena comunión con la Iglesia y 785 eran católicos bautizados que estaban completando sus sacramentos de iniciación.
La diferencia importa.
Una persona que nunca fue bautizada y que decide convertirse al catolicismo no tiene el mismo recorrido que alguien bautizado de niño que regresa a una práctica religiosa, ni que un católico que completa su confirmación a los 25 años.
Por eso, para saber qué está pasando en Mendoza no alcanza con preguntar cuántas personas recibieron sacramentos.
Hay que saber cuántas comenzaron catecumenado de adultos, cuántas fueron bautizadas siendo adultas, cuántas completaron confirmación y comunión y, sobre todo, qué edad tenían.
La propia Arquidiócesis de Mendoza contempla en sus orientaciones pastorales procesos específicos para jóvenes mayores de 16 años y adultos que necesitan preparación para los sacramentos de iniciación.
El fenómeno, por lo tanto, no es extraño ni excepcional desde el punto de vista institucional. Lo que falta es saber cuál es su dimensión actual.
Monseñor Marcelo Colombo lo plantea desde ese lugar.
No dispone de estadísticas precisas sobre el fenómeno, pero reconoce que en la Arquidiócesis de Mendoza hay adultos que piden bautismo, comunión y confirmación.
"Son números proporcionados a Mendoza pero consistentes en numerosas parroquias de la arquidiócesis", señala.
La frase tiene una importancia particular porque introduce una diferencia entre percepción y medición.
La Iglesia mendocina está viendo adultos que se acercan. Lo que todavía no puede afirmarse es si ese movimiento creció de manera sostenida en los últimos tres años, si está concentrado en determinadas parroquias o si representa un cambio significativo.
El teólogo Néstor Borri propone mirar esa situación desde una perspectiva más amplia.
Para él, el acercamiento adulto al bautismo y a determinadas formas de pertenencia religiosa aparece en distintos lugares de Occidente, incluida la Argentina. Pero no lo interpreta como una reversión de la secularización.
Más bien habla de una transformación de la manera en que las personas se vinculan con las instituciones.
Hay menos pertenencia estable, menos práctica religiosa tradicional y más personas que se declaran sin religión. Pero eso no significa que desaparezca toda búsqueda espiritual.
Borri advierte contra una lectura triunfalista del fenómeno. Las iglesias pueden recibir nuevos bautizados y, al mismo tiempo, perder participación dominical. Pueden crecer determinados grupos y disminuir otros.
"La experiencia religiosa y espiritual va siempre más allá de la estructura de las iglesias", plantea.
Es una de las claves para leer el fenómeno sin exagerarlo.
La palabra que más se repite entre las entrevistas es comunidad.
Pavez habla de jóvenes que buscan una experiencia comunitaria. Caballero menciona personas que encuentran conexión con otros. Borri habla de pertenencia, identidad y sentido. Colombo confirma que existen adultos que se acercan a los sacramentos.
No necesariamente están hablando de lo mismo, pero hay un punto de contacto.
En Estados Unidos ocurre algo parecido.
El New York Times encontró testimonios de jóvenes que llegaron a la Iglesia después de atravesar aislamiento, incertidumbre o preguntas personales. En algunos casos, la pareja fue determinante. En otros, los amigos. En otros, la búsqueda intelectual.
Uno de los casos citados por el diario es el de Amen-Ra Pryor, un estudiante de doctorado que comenzó a explorar preguntas filosóficas sobre el bien, la fe y la vida y terminó acercándose a la Iglesia después de leer autores cristianos y consumir contenidos de apologética en internet.
Otro caso es el de Sharon Khalil, una joven de Detroit criada en el judaísmo que atravesó una etapa de ateísmo y comenzó a visitar iglesias. Una amiga que se había convertido al catolicismo la invitó a la catedral. Allí encontró una comunidad que la acompañó durante un momento personal difícil.
Son historias distintas.
Pero tienen algo en común: la decisión no apareció como resultado de una campaña institucional única.
Apareció a partir de una persona, una pregunta, una relación, una experiencia o una necesidad.
Quizás uno de los cambios más interesantes esté ocurriendo antes de que una persona pise una iglesia.
En Estados Unidos, algunos jóvenes entrevistados por el New York Times explicaron que comenzaron a conocer el catolicismo a través de YouTube, podcasts y contenidos de apologética.
Eso también merece ser investigado en Argentina.
La hipótesis no es que TikTok esté convirtiendo jóvenes al catolicismo. No hay datos para afirmar algo así.
La hipótesis es otra: internet puede haberse convertido en uno de los primeros lugares donde un joven que tiene preguntas religiosas encuentra respuestas, argumentos, testimonios y personas que hablan de fe.
El padre Caballero observa algo similar cuando menciona nuevas expresiones juveniles, música, grupos de alabanza y espacios de retiro.
Borri agrega otra dimensión: el lenguaje religioso también circula por la cultura popular, la música y las nuevas formas de comunicación.
La parroquia puede seguir siendo el lugar donde una persona entra formalmente a la comunidad. Pero quizá ya no sea el lugar donde empieza la búsqueda.
Eso cambia el recorrido.
Antes podía ser familia, escuela, parroquia y catequesis.
Ahora puede ser una búsqueda en internet, un video, una canción, un amigo, una pareja, una conversación y recién después una parroquia.
Hay otra lectura posible que aparece en las entrevistas: el fenómeno no depende solamente de quienes llegan. También tiene que ver con lo que encuentran cuando llegan.
Caballero destaca la caridad, la pastoral de adicciones, la inclusión y los espacios comunitarios.
Pavez habla de participación y comunidad.
Borri señala la capacidad de la Iglesia de ofrecer símbolos, ritos, pertenencia y una narrativa sobre la existencia.
En todos los casos aparece una institución que, pese a sus dificultades, conserva herramientas que pueden resultar atractivas para personas que buscan algo que no encuentran en otros lugares.
No necesariamente una respuesta para cada problema.
A veces, algo más elemental: un grupo de personas que se conoce, un ritual que se repite, un espacio para estar en silencio, alguien que escucha, una explicación sobre el sufrimiento, una celebración compartida.
En un mundo donde muchas relaciones son breves, digitales y cambiantes, la permanencia de una comunidad puede tener un valor particular.
Eso no convierte a la Iglesia en una respuesta automática para la soledad ni demuestra que todos los jóvenes estén buscando religión.
Pero ayuda a entender por qué algunas personas sí se acercan.
El dato estadounidense merece atención justamente porque convive con otra realidad.
Pew encontró que en Estados Unidos el catolicismo sigue teniendo un balance desfavorable entre quienes entran y quienes abandonan. El crecimiento de determinadas diócesis durante 2026 no alcanza para hablar de una reversión general de la tendencia.
Argentina presenta una situación todavía más marcada: el catolicismo perdió identificación durante la última década y el crecimiento de quienes no tienen filiación religiosa es particularmente visible entre los jóvenes.
Entonces, quizás la pregunta correcta no sea si "los jóvenes están volviendo".
La pregunta podría ser más modesta y, a la vez, más interesante:
¿Está apareciendo una nueva generación de adultos que, aun en medio de la pérdida general de peso de las instituciones religiosas, vuelve a mirar hacia la Iglesia?
Las entrevistas mendocinas permiten decir que hay señales.
Pavez observa más participación en su parroquia y un acercamiento de jóvenes.
Caballero encuentra adultos y jóvenes que buscan comunidad, sentido y acompañamiento.
Colombo confirma que existen adultos que solicitan sacramentos en distintas parroquias de la arquidiócesis.
Borri ubica el fenómeno dentro de una transformación religiosa más amplia: menos pertenencia institucional, pero persistencia de preguntas espirituales y búsqueda de identidad y sentido.
Ninguno de esos testimonios permite hablar de una "vuelta masiva".
Pero tampoco permite decir que no está pasando nada.
Hay una puerta que algunos adultos están volviendo a abrir.
Y todavía falta saber cuántos son.
El nuevo mapa religioso argentino obliga a evitar una lectura lineal. El primer Barómetro de las Religiones y las Creencias de OCREAR-CBC/UBA muestra que el 57,7% de los argentinos se identifica como católico, mientras que el 22,4% no tiene filiación religiosa y el 17,4% se identifica como evangélico. Entre los jóvenes de 16 a 29 años, el catolicismo baja al 44,6% y la no filiación llega al 31%.
El estudio describe un proceso de recambio generacional y desinstitucionalización. Es decir, la pertenencia a una religión pierde peso como forma de organizar la identidad, pero eso no significa que todas las preguntas religiosas desaparezcan.
Pew llega a una conclusión compatible desde otro enfoque: Argentina pasó de 71% de identificación católica en 2013-14 a 58% en 2024, mientras la población sin filiación religiosa pasó de 11% a 24%.
La tensión está allí: una parte de la sociedad se aleja de las instituciones, mientras otra puede seguir buscando respuestas espirituales, espacios comunitarios o experiencias religiosas.
Eso permite pensar que el fenómeno de los adultos que se acercan al catolicismo no necesariamente contradice la secularización. Puede formar parte de ella: personas que abandonan una identidad heredada y otras que, sin haberla recibido, la eligen por motivos propios.
En ese escenario, una eventual llegada de jóvenes a la Iglesia sería menos una recuperación del viejo mapa religioso que una transformación de las formas de creer y pertenecer.
Para Néstor Borri, teólogo y referente del Centro Nueva Tierra, el fenómeno no debería leerse como una simple "vuelta a la Iglesia". Hay algo más amplio en movimiento: personas que se habían alejado de las instituciones religiosas pero que no dejaron de hacerse preguntas sobre el sentido de sus vidas.
"Hay una búsqueda de muchos pibes que tiene mucho, no sé si de religión, pero sí de espiritualidad", señaló Borri al analizar el acercamiento de jóvenes a distintas experiencias religiosas. En su mirada, el dato más interesante no es cuántos vuelven a una parroquia, sino qué está ocurriendo con una generación que creció en un escenario donde las respuestas religiosas dejaron de ocupar el lugar central que tuvieron para sus padres y abuelos.
Borri plantea que durante mucho tiempo se supuso que la pérdida de peso de las instituciones religiosas significaba también una pérdida de la necesidad de creer. Pero ambas cosas no son necesariamente equivalentes. Una persona puede dejar de identificarse con una Iglesia y, al mismo tiempo, conservar preguntas sobre la trascendencia, la muerte, el sufrimiento, la comunidad, el sentido de la vida o la necesidad de pertenecer a algo que la exceda.
Ahí aparece una de las claves para interpretar los testimonios que llegan desde Mendoza. Los sacerdotes entrevistados no describen una multitud que regresa a las parroquias, sino personas concretas que se acercan por caminos diferentes: jóvenes que buscan una comunidad, adultos que quieren completar sus sacramentos, personas que vuelven después de años o quienes descubren la fe a partir de una relación, una crisis, una conversación o incluso de contenidos que encontraron en internet.
Para Borri, además, existe un cambio en la forma de construir pertenencias. "Veo una tarea de recodificación de la pertenencia religiosa y de la espiritualidad", explicó. La frase permite pensar que el eventual regreso no necesariamente reproduce las formas de religiosidad de otras generaciones. Puede tratarse de personas que llegan con otras preguntas, otros lenguajes y otra relación con las instituciones.
En ese escenario, la Iglesia no sería la única puerta posible hacia lo espiritual, pero sí puede convertirse para algunos en un lugar donde esas preguntas encuentran una comunidad, una tradición y una práctica compartida. Es también lo que aparece en las experiencias de las parroquias mendocinas: detrás de un bautismo, una confirmación o una comunión de adultos hay, antes que un número, una historia personal.
Por eso el fenómeno que empieza a observarse en algunos lugares puede leerse en una clave más amplia. La Argentina sigue mostrando una pérdida de identificación con el catolicismo, pero eso no significa que las preguntas religiosas hayan desaparecido. Tal vez una parte de ellas esté buscando nuevas formas de expresarse.
Y en esa diferencia —entre dejar una institución y dejar de buscar— puede estar una de las claves para entender por qué, aun en tiempos de secularización, algunas personas vuelven a tocar la puerta de una iglesia.
Fuente: Los Andes
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