Los dos hermanos que se peleaban por un pedazo de propiedad en La Bebida y se mataron entre sí a escopetazos
Una familia vivió una verdadera tragedia una tarde de 1962, cuando dos hermanos volvieron a discutir y se atacaron a tiros. Los dos resultaron heridos y murieron.

La historia es tan vieja como el dolor de esa familia y aquellos documentos de la causa judicial que quedaron archivados junto con la tragedia de La Bebida, que muchos prefirieron olvidar. Pero el caso de los hermanos que llegaron a odiarse a muerte existió. Un día de 1962, ambos quisieron arreglar cuentas por la disputa que arrastraban desde hacía tiempo y se atacaron a escopetazos dentro de la finca familiar. Y por esas ironías de la vida, se mataron entre sí por un pedazo de tierra que ninguno pudo disfrutar.
Los diarios de la época aseguran que las discusiones y peleas entre Miguel Riveros y Arturo Riveros eran una novela de nunca acabar. Los dos eran españoles y tozudos como nadie, de modo que no había forma de hacerles entrar en razón para que llegaran a un acuerdo por esa parte de la propiedad que separaba sus lotes dentro de la finca familiar ubicada en la calle Pellegrini, en la zona de La Bebida, Rivadavia.
Miguel era el mayor, de 52 años, mientras que Arturo tenía 49. Los dos, junto con otra hermana y sus respectivas familias, vivían en una misma propiedad dividida en lotes pertenecientes a cada uno. Pero entre los hombres había una vieja pelea por la posesión de un tramo de terreno, un callejón que lindaba con sus viviendas y que cada uno pretendía para sí.
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No era una diferencia reciente. Aquella disputa familiar ya había provocado otros enfrentamientos y hasta había motivado la intervención de la Policía y la Justicia. Días antes del sangriento encontronazo, según se reconstruyó después, Miguel había comenzado a colocar unos caños para formar un puente en el callejón, ayudado por su hijo Héctor. Arturo observó la escena y caminó furioso al lugar con un cabo de pico en una de sus manos, dispuesto a enfrentar a su hermano y a su sobrino. Ahí se produjo una fuerte discusión. Casi se pegaron, pero no llegaron a tanto y ese día no corrió sangre. Pero la rencilla quedó abierta y el rencor alimentó ese odio visceral entre los hermanos Riveros.
Todo se conjugó para aquella funesta tarde del domingo 28 de enero de 1962. Esa mañana tuvieron un nuevo cruce verbal, volvieron a insultarse y se llamaron a pelear. Esa reyerta caldeó el ambiente durante todo el día y ambos quedaron con la sangre en el ojo. Se respiraba la bronca que se tenían entre sí los hermanos y en cualquier momento iba a estallar otra vez el conflicto.
Cuando caía la tarde, los hijos y la mujer de Miguel salieron a visitar a unos parientes y lo dejaron solo al trabajador rural en la casa. Al mayor de los Riveros todavía le duraba el enojo contra su hermano, de modo que se aseguró de que su familia se alejara, mientras alimentaba su rabia para tomar coraje e ir a buscar a Arturo. Coincidentemente, este último también estaba solo en su vivienda.
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Miguel se percató de que ambos estaban solos y alrededor de las 20 se decidió. Agarró su escopeta y salió de su casa en dirección al lote de Arturo para enfrentarlo. Este ni se lo esperaba. En esos momentos se estaba afeitando frente a una batea cuando notó la presencia de su hermano.
Apenas alcanzó a darse la vuelta, recibió el balazo a quemarropa que le provocó heridas en el pecho y el abdomen. Aun así, Arturo no perdió la estabilidad y se mantuvo de pie, a la vez que sacó fuerzas para caminar hasta su habitación. El menor de los Riveros sacó su escopeta, regresó hacia donde estaba Miguel y le devolvió el tiro de escopeta con otro disparo en el tórax.
Ese estruendo fue como un grito ensordecedor y mortal. Miguel se desplomó tras los impactos de los perdigones, lo mismo que Arturo, que cayó sin fuerzas a una corta distancia de su hermano. La hermana de ambos y su marido, que escucharon los disparos, corrieron a ver qué pasaba y se encontraron con un cuadro siniestro. Miguel y Arturo estaban tendidos en el piso, ensangrentados y agonizando, casi el uno al lado del otro.
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Miguel fue trasladado de urgencia al viejo Sanatorio Rawson, pero murió durante el trayecto. Arturo ingresó en camilla al Hospital Guillermo Rawson y quedó internado en grave estado. La muerte de uno, sin embargo, no sería el final de aquella historia. Aproximadamente a las 2.45 de la madrugada del lunes 29 de enero de 1962, Arturo también murió.


La doble tragedia familiar era un hecho. Al final de cuentas, los hermanos habían terminado matándose entre sí. Así lo constataron los policías de la Comisaría 13ra, bajo directivas del oficial sumariante Antonio Campagnoni y el jefe de la dependencia, comisario Jorge Hilardo, que tomaron testimonio a la hermana y al cuñado de las víctimas, de apellido Gómez. También se dijo que un adolescente habría presenciado el momento en que se atacaron a tiros con sus escopetas, según las notas periodísticas.
Las declaraciones de los integrantes de toda la familia respaldaron los relatos que decían que Miguel y Arturo no se llevaban bien y que la disputa por ese pedazo de terreno los había enfrentado a muerte. La codicia o las posiciones irreconciliables los distanciaron tanto que se olvidaron de que eran hermanos. Aun así, se fueron juntos de una manera trágica por una pequeña porción de propiedad que no quedó ni para uno ni para otro. Como no había responsables de los crímenes más que ellos, el caso fue archivado y del hecho solo perduran recortes de diarios que recuerdan la trágica historia de los hermanos Riveros.
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Fuentes: artículos periodísticos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.
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Fuente: Tiempo de San Juan
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