Los guardianes de Covunco Abajo: el alma de la Policía en el corazón del campo neuquino
Un sargento y un cabo del destacamento de la Comisaría 34° visitan a pie y en bicicleta a los pobladores más aislados. Llevan contención, relevan necesidades y devuelven la presencia del Estado donde parecía no llegar.

Un sargento y un cabo del destacamento de la Comisaría 34° visitan a pie y en bicicleta a los pobladores más aislados. Llevan contención, relevan necesidades y devuelven la presencia del Estado donde parecía no llegar.
En Covunco Abajo el tiempo parece otro. No hay buena señal de celular, algunas casas ni siquiera tienen luz eléctrica, y entre puesto y puesto hay que contar la distancia en picadas, en cruces del arroyo Covunco y en mates compartidos. Es allí, a unos 36 kilómetros de Mariano Moreno, donde el Valle del Covunco empezó a escribir su propia historia. En esas tierras se asentó el primer Fortín Cobun Co, el fortín originario que después (con una variante) le daría nombre a todo el valle y que, en 1937, se trasladaría aguas arriba del arroyo para convertirse en el histórico y glorioso Regimiento 10 de Covunco Centro.
En ese mismo paraje, donde nació la institucionalidad del territorio, hoy la Policía de Neuquén está reinventando su rol más antiguo: el de estar cerca.
La iniciativa la lleva adelante el Destacamento Covunco Abajo, que depende de la Comisaría 34 de Mariano Moreno, a cargo del comisario Iván Flores Melo. Son cuatro efectivos en total, divididos en dos guardias que cumplen un régimen de cuatro días de servicio, día y noche, por cuatro días de franco. Los rostros más visibles de este trabajo en las redes sociales son el sargento Roberto Daniel González y el cabo Julián Mora. La otra guardia, que hoy mismo está en funciones mientras esta nota se escribe, está compuesta por el agente Eliseo Oporto y el agente Américo Yáñez. Todos hacen lo mismo.
"La idea de mandar al sargento González y al cabo Mora es parte de un compromiso humano y social. Las visitas rurales significan ir a la casa de los pobladores más alejados, tratar de conocerlos, entablar una relación, saber sus necesidades", explicó Flores Melo en diálogo con LM Neuquén. "No es solamente resguardo. Es visibilizar necesidades que por ahí están escondidas detrás de la lejanía y de la humildad de gente que no se acerca al destacamento", añadió
Más allá de ser policías, lo que buscan es una cercanía muy similar a la amistad. Y esa amistad, también, es prevención.
No tienen un móvil fijo en el destacamento. Cuando la distancia lo amerita, se articula con la Comisaría 34 y baja la camioneta desde Mariano Moreno. Sin embargo, el día a día se hace de otra manera. A pie o en bicicleta.
"Cuando no es muy distante, hacemos en bici. Mayormente 10, 15 kilómetros para visitar", contó el sargento González, de 40 años, 12 en la fuerza. "La última que hicimos a pie fue casi 10 kilómetros en la semana. Entre casa y casa hay seis, diez kilómetros, tipo chacra", afirmó.
El recorrido no es sencillo. Tienen que cruzar un puente colgante artesanal de palos sobre el río, con el monte pelado del invierno neuquino de fondo. Después, una tranquera de madera con cadena, una libreta en la mano y una charla en el patio. Adentro de una vivienda de adobe, con mantel floreado, una vecina firma el acta de visita. En otro corral de ramas, sostienen una oveja para el control sanitario mientras otro vecino aplica la jeringa. Es el trabajo de campo real.
Cada visita se registra. Llenan una planilla con los datos del poblador, alguna observación, si hay novedad. El entrevistado, firma. Si no hay nada que reportar, se asienta como "auditado". Después de la formalidad, viene lo importante: el mate.
"Hay mucha gente mayor que vive sola. El señor de apellido Parra, por ejemplo, es el más alejado y vive solito", relató González. "Están contentos con la visita porque hace rato no se hacían", agregó con satisfacción.
El cabo Mora, de 26 años, 7 en la Policía, viene de la Brigada Rural de Aluminé y es de Bajada del Agrio. Familia campesina. "Conozco el paño", indicó. "Es lindo ir y visitarlos, que te cuenten su historia. La gente mayor tiene mucha sabiduría. Se ponen contentos porque se sienten solos. A veces hay que ayudar a agarrar un caballo o un animal y lo hacemos, para eso estamos", admitió luego.
Llevan más de doce pobladores rurales visitados, algunos con su núcleo familiar, otros completamente solos. El padrón general de Covunco Abajo es de unas 200 personas, muy dispersas entre Covunco Abajo, Estancia La Patria y La Patagonia y el sector de que se extienden en el trayecto del arroyo.
La logística de tener una brigada montada, con caballos, se evaluó. "Me gustaría tenerlo, pero detrás del equino hay toda una logística de cuidado del animal", reconoció el jefe policial. "Por ahora lo que está funcionando muy bien es en bicicleta o caminando para romper esa barrera de que el vecino no está acostumbrado a recibir al policía en su casa", aseguró.
Y esa es hoy la principal gestión articulada que se busca fortalecer: dotar al destacamento de un móvil policial propio para este tipo de tareas. Con movilidad, podrían hacer más visitas en una misma jornada y exponenciar este trabajo empático de prevención.
Hoy, lo que no se puede a pie o en bici, se hace cuando baja el móvil de la Comisaría.
Al principio hubo reticencia. Es natural. En los parajes, cuando entra un patrullero, los grupos de WhatsApp - donde hay algo de internet - enseguida preguntan "¿qué pasó?".
"Hoy se está naturalizando. Llegamos y es '¿cómo está vecino, todo bien, necesita algo?'", reportó Flores Melo. "No venimos a controlar, venimos a visitar y a entablar una relación", coincidieron en resumir los dos efectivos entrevistados en relación a las primeras charlas con los pobladores.
Ese cambio de paradigma ya generó un efecto cascada. Los propios vecinos se acercan al destacamento a preguntar: "¿cuándo me toca a mí? Yo también quiero salir en las redes sociales que ustedes me visitaron", confió el jefe de la 34.
Los hijos que viven en la ciudad ven la foto del padre o de la madre y pueden saber que ellos se encuentran bien. Acompañados y protegidos. La demanda se acrecentó.
"Yo cuando fui para allá no conocía a nadie y ahora ya por lo menos conocés la gente, sabés dónde viven. El día que pase algo ya sabés adónde ir y no tenés que andar dando vueltas perdiendo tiempo buscando a la persona que lo necesita", resumió González.
Y esa confianza es, también, seguridad. Una de las problemáticas que más aqueja a la zona es el abigeato, el robo de animales. Si el poblador no tiene que recorrer tantos kilómetros hasta Mariano Moreno para denunciar, si puede contarle directamente al policía que lo visita en su casa que le faltó un animal, la respuesta es inmediata. La comunidad comienza a sentirse parte de la institución y eso desalienta cualquier intento delictivo. La presencia es disuasión.
"La persona que vive en área rural conserva valores que en la ciudad se van perdiendo por la vorágine", reflexionó Flores Melo. "Son muy escépticos a contar los problemas. Vencer esa barrera hace que el poblador vuelva a confiar en las instituciones formales. Si tiene un problema de salud, que sepa que puede pedir asistencia a través de nosotros. Somos una especie de centro de recepción de necesidades para derivar a salud, educación, desarrollo social. Tenemos dos escuelas primarias allá y relación fluida con ellas", comentó el jefe policial.
Hay momentos íntimos. "Gente grande que está sola, con hijos lejos, se emocionan. Hay que poner la oreja y dar una palabra de aliento", contó el sargento González, el más antiguo de la camada de efectivos que realiza este trabajo en territorio. "Durante la semana, para muchos, somos la única visita", afirmó con orgullo.
¿Cuál es la diferencia entre ser policía en el pueblo y ser policía en el campo? Para González y Mora, la respuesta es clara.
"En la zona rural hay más respeto. En el pueblo muchas veces se va más al choque. Acá se conversa más, se evita llegar al roce", dijo González, que estuvo 6 años como soldado en el Ejército en el Regimiento de Covunco antes de entrar a la Policía a los 27 años, luego de terminar el secundario allí mismo. Pasó por Neuquén capital, por Las Coloradas y hace tres años está en Mariano Moreno. Está en pareja hace 20 años y tiene un hijo, Tayron, de 10.
Mora, el más joven de la dupla, aprendió del más experimentado. "Siempre le hago consultas y él me evacua todas. Tiene predisposición de enseñarme", expresó sobre González. "Lo lindo es la amabilidad de la gente. No te tratan de menos, no te dicen pendejo. Te invitan a entrar a su hogar con el mismo respeto. Te das cuenta que estás haciendo respetar el uniforme", sentenció.
Para ellos, la tarea no es hacer una estadística. No es contar cuántos puestos visitaron. Es construir un vínculo. "Los chicos en el campo ya no le tienen miedo a la policía porque vamos a las escuelas y se ponen contentos cuando nos ven", contó Mora.
La frase que define este trabajo la regala, en voz baja, el propio sargento González, después de una larga jornada de pedaleo y mates: "No es lindo esperar que el vecino venga a la comisaría. Es lindo salir, conocerlo y que sepa que, si necesita algo, nosotros vamos a aparecer en algún momento de la semana a visitarlo. Más allá de ser policía, se trata de ser parte de su vida".
En Covunco Abajo, donde hace más de un siglo se levantó el primer fortín para marcar presencia del Estado en la Patagonia, hoy esa presencia no se marca con un fusil, sino con una bicicleta, una libreta y un mate compartido en la puerta de un puesto.
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Fuente: LM Neuquén
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