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Los verdaderos fantasmas de Mis muertos tristes

Los detalles de la serie de Pablo Larraín, basada en cuentos de Mariana Enríquez y envuelta en una atmósfera azulada, que se puede ver en Netflix.

Por Daiana Kaziura5 min de lectura
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Los verdaderos fantasmas de Mis muertos tristes
Los verdaderos fantasmas de Mis muertos tristes · Foto: Tiempo de San Juan

Las personas fallecidas se mueven en loop en Mis muertos tristes. Vuelven una y otra vez al momento trágico, doloroso o inesperado en el que perdieron la vida, como si todavía buscaran una manera de salvarse. Gritan, lloran, se lamentan, huyen (o eso intentan). Y ahí está Ema, quien los ve, los escucha, los calma y los ayuda a continuar en su más allá. Son fantasmas, sí. Pero no aparecen de golpe, no asustan ni intentan vengarse: se lamentan. Entonces aparecen los otros personajes, los vivos, con sus dilemas, las sombras que los atormentan y los traumas que los transforman en monstruos a la hora de convivir en sociedad. En ese contexto surge una pregunta: ¿quiénes son los verdaderos fantasmas? ¿Aquellos que murieron? ¿Los vivos errantes que intentan lidiar con sus conflictos y temores? ¿O los grupos de personas incapaces de convivir con otros?

Desde esa perspectiva se puede leer la nueva serie dirigida por Pablo Larraín, basada en cuentos de Mariana Enríquez e incorporada recientemente al catálogo de Netflix.

La miniserie cuenta la historia de Ema (Mercedes Morán), una doctora de 60 años, recientemente jubilada y atravesada por la dolorosa muerte de su madre. En uno de los momentos más difíciles de su vida debe recibir en su casa a su hermana (Alejandra Flechner), su cuñado (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Álvarez), quienes llegan de visita desde Estados Unidos. También está Caro (Dolores Fonzi), su hija, con quien mantiene una relación compleja.

Pero Ema tiene una particularidad: puede ver y hablar con personas fallecidas en circunstancias trágicas. Vive intentando ayudarlas y, aunque esa capacidad forma parte de su cotidianidad, no significa que sea una condición que transite con felicidad. Algo similar le sucede a Julie, quien también carga con esa particularidad y debe enfrentarse a los prejuicios de sus propios padres.

Contar cómo avanza la historia sería revelar demasiado. Sin embargo, hay mucho más por descubrir, porque el verdadero interés de la propuesta está en sus personajes, sus vínculos y los contextos que los atraviesan.

Todo sucede en el barrio de Piedrabuena, donde se encuentra la casa de la madre de Ema. Allí conviven dos escenarios arquitectónicos muy diferentes: una serie de viviendas bajas construidas inicialmente y, a pocos metros, la segunda etapa del complejo, levantada años después. Esta última está integrada por enormes monoblocks de estilo brutalista, con torres de hasta 12 pisos conectadas mediante pasarelas aéreas.

Ese paisaje urbano termina convirtiéndose en un personaje más. La inseguridad que atraviesa el complejo habitacional alimenta el enfrentamiento entre quienes viven en las torres y quienes habitan las casas bajas. Las diferencias, los prejuicios y la desconfianza van construyendo una frontera que no necesita muros para hacerse evidente. De un lado y del otro aparecen los disensos, los enfrentamientos y una violencia que se manifiesta tanto en las palabras como en los hechos.

En medio de esa tensión colectiva, que expone lo peor de quienes habitan ambos espacios, también están los conflictos individuales. Ema no vive angustiada solamente por los muertos que se le aparecen. La muerte de su madre, los problemas de vínculo con su hija y las complejas decisiones que debió tomar como médica durante la pandemia de Covid-19 forman parte de un pasado que todavía la persigue. Su jubilación, además, llegó acompañada de la pérdida de su profesión, aquella que había dado sentido a buena parte de su vida.

Caro, por su parte, se siente sola. Tiene una carrera exitosa en el mundo de la fotografía, pero los conflictos con su madre y el recuerdo de un novio que murió durante su adolescencia parecen impedirle avanzar. En el resto de la familia también hay heridas: la hermana de Ema y su esposo decidieron emigrar a Estados Unidos en busca de una supuesta "mejor vida", pero intentan ocultar sus frustraciones y fracasos en el norte del continente detrás de una imagen impostada que no consiguen sostener.

Entonces, ¿dónde está aquí el verdadero terror? Quizás no se encuentre en las apariciones sobrenaturales, sino en aquello que los personajes arrastran, en sus relaciones deterioradas y en una sociedad que parece encontrar cada vez más dificultades para convivir con quienes considera diferentes.

La dirección y los movimientos de cámara merecen un apartado propio. Las imágenes parecen estar veladas por un tono azulado que cubre la pantalla y construye un efecto fantasmal. Es un recurso visual que no se limita a decorar el relato: contribuye a instalar una atmósfera extraña, melancólica y por momentos opresiva. Incluso los títulos que presentan cada capítulo parecen desplazarse sobre la pantalla, como si también formaran parte de ese universo difuso.

Las tomas panorámicas, los planos cenitales y las imágenes captadas desde las alturas aprovechan las características del espacio donde transcurre la historia. La cámara expone el contraste entre las casas bajas y las imponentes torres brutalistas, reforzando visualmente las desigualdades sociales que atraviesan el relato. A su vez, los distintos encuadres aportan dinamismo y generan sensaciones de encierro o vértigo, según el momento. A esto se suman las escenas filmadas bajo el agua, tan opresivas como liberadoras.

Otro de los aspectos interesantes es la Buenos Aires que muestra la producción. Lejos de las postales habituales de una ciudad de pantallas, luces y edificios de apariencia europea, aparece un paisaje urbano diferente, marcado por la arquitectura popular y las contradicciones de sus espacios. Una elección que también contribuye a construir la identidad visual de la serie.

En conjunto, estos recursos terminan de darle forma a una propuesta que encuentra en su atmósfera y en sus escenarios algunos de sus mayores aciertos. Mis muertos tristes no es una historia de fantasmas convencional: utiliza lo sobrenatural como punto de partida para hablar de los vivos, de sus heridas y de sus dificultades para convivir. Quizás por eso, al final, la pregunta inicial sigue resonando: ¿quiénes son los verdaderos fantasmas?

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Fuente: Tiempo de San Juan

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