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Lucas dejó las drogas en el pasado y ahora corre para recuperar la vida que creyó perdida

Tocó fondo, atravesó años duros y estuvo convencido de que no podía cambiar su historia. El running apareció como una nueva oportunidad. Hoy entrena para los 21K de LA GACETA.

Por Juan Manuel Rovira5 min de lectura
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Lucas dejó las drogas en el pasado y ahora corre para recuperar la vida que creyó perdida
Lucas dejó las drogas en el pasado y ahora corre para recuperar la vida que creyó perdida · Foto: La Gaceta

Resumen para apurados

El lado B de Tucumán guarda rincones de silencios pesados. Lugares donde el reloj parece detenido en una niebla espesa de la que muchos temen no salir jamás. Ese pozo sin escape le pasó a Lucas Matías Moreno, que durante buena parte de su vida estuvo atrapado en las drogas, un mundo que por años pareció no ofrecerle ninguna alternativa. "Era un chico que sentía que no tenía esperanza", recuerda. Y cuando Lucas habla de aquel Lucas, lo hace en tercera persona. Como si aquel muchacho se hubiera quedado en otra parte y él ahora pudiera mirar hacia atrás para contar la historia de alguien que ya no es.

Lucas tiene hoy 29 años, es de Villa 9 de Julio y empezó a consumir cocaína y pastillas alrededor de 2012, cuando era apenas un pibe. Al principio eran los fines de semana. Después, casi sin darse cuenta, se volvió una costumbre. Con el tiempo, cuenta, necesitaba cada vez más sustancias para conseguir el mismo efecto. Lo que para él había empezado como una elección terminó convirtiéndose en una atadura; de esas de las que durante años creyó que no iba a poder escapar. "Siempre quise cambiar, siempre intenté ser una buena persona, pero la droga nunca me dejó ser esa buena persona", le confiesa a corazón abierto a LA GACETA.

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Sin darse cuenta, para ese entonces algunas cosas sí cambiaron en el camino de este joven. En ese recorrido perdió amigos, falleció uno de sus hermanos y la sensación de estar atrapado se hizo cada vez más fuerte. Incluso en la escuela consumía a escondidas. En los años siguientes sintió que todo se le había ido de las manos. Hasta que un día, cuando su papá murió, todo se modificó. Fue a fines de julio del año pasado, fecha que Lucas recuerda como el momento en que se animó a decir basta.

"Hasta acá llegué", se prometió. Uno de sus hermanos, Joaquín, iba a una iglesia. Hacía tiempo que le hablaba de Dios y lo invitaba a acompañarlo. Él finalmente aceptó, aunque no le fue sencillo. Incluso, confiesa, hubo veces en las que llegó drogado. Sí quería cambiar. Por él, por su viejo, pero al mismo tiempo sentía que no podía dejar atrás las adicciones. Pero finalmente decidió poner su vida en manos de Dios. "Ahí mi vida se modificó", cuenta orgulloso.

Acomodándose con el tiempo, llegó otra transformación para Lucas. Una que, a diferencia de las anteriores, podía medirse en metros y en kilómetros. Otro de sus hermanos, Ariel, corría todo el tiempo. Desde hacía algunos años entrenaba y volvía a la casa de sus padres con trofeos. Lucas lo veía feliz y entonces empezó a imaginarse haciendo lo mismo. "Algún día yo quiero correr con él", pensaba. Parecía lejano. Pero para llegar hasta ahí, primero sabía que tenía que modificar demasiadas cosas en su vida.

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A comienzos de este año salió a entrenar con Ariel. Incluso viajaron a Cachi, en Salta, donde Lucas conoció de cerca ese mundo del que hasta entonces se sentía tan lejos. Le gustó. Después conoció y habló con el profesor Lucas Santillán y comenzó a entrenar con su grupo en el Parque 9 de Julio.

Claro que su primera experiencia estuvo lejos de parecerse a la de un atleta. Corría 400 metros y se cansaba. Caminaba. Volvía a trotar. Caminaba otra vez. A la vez había empezado también con otro objetivo: después de dejar las drogas Lucas había aumentado de peso y quería adelgazar. Y los kilómetros comenzaron a aparecer. Primero fueron 400 metros. Después algunos más. A la semana siguiente llegaron los cinco kilómetros. Luego siete. Y el número siguió aumentando.

Sin saberlo todavía, mientras su cuerpo se acostumbraba a correr, algo más importante estaba cambiando. Y era nada menos que su cabeza. "Mi mente hoy ya no es la misma", cuenta feliz. Ahora se levanta temprano para ir al gimnasio, entrena por la tarde, y si puede se encuentra con el grupo; si no, sale solo o junto a su hermano Ariel. Sus rutinas pueden incluir 8, 12, 14, 15 o hasta 17 kilómetros, según el plan.

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Hay algo que Lucas repite cuando intenta explicar qué significa para él salir a correr. "Me siento nuevo. Me siento una persona renovada. Me siento una persona feliz". No se refiere solamente del esfuerzo físico. Habla también de la superación; de ganarle al frío, a los días en los que se levanta triste o a esas mañanas en las que igualmente se viste y sale. Asegura que desde hace mucho tiempo no volvió a tener recaídas. Porque, según él, cuando aparece alguna dificultad, vuelve a su fe. Para él, Dios ocupa el primer lugar; y correr, el segundo.

Su familia también tiene un lugar central en esta historia. Su madre, su hermano Diego, Ariel y Joaquín fueron parte del proceso. Durante años habían querido verlo cambiar, y Lucas reconoce que entonces estaba rodeado de personas y ambientes de los que no quería desprenderse. Hoy habla de aquello como de una vida anterior. Ahora tiene otro objetivo: el 11 de octubre lo recibirá los 21K de LA GACETA, donde competirá por primera vez en los 10 kilómetros. Será cruzar una meta frente a su propia gente, en las mismas calles que tantas veces lo vieron pasar desde la sombra, para demostrarse a sí mismo que el dolor quedó atrás.

Lucas todavía no sabe hasta dónde puede llegar. Quiere bajar sus tiempos, seguir entrenándose y, algún día, convertirse en alguien dentro del running. Porque, dice, los sueños están para cumplirse. Por eso, cuando mira hacia atrás, no intenta ocultar quién fue. Al contrario, quiere que su historia sirva para alguien que todavía esté parado en una esquina creyendo que no hay salida.

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"Hay esperanza. Hay un camino. Ellos pueden cambiar", dice. Sabe que no es sencillo. Sabe lo que significa sentirse despreciado, no sentirse querido ni valorado. Lo sabe porque estuvo ahí. Por eso, cuando le preguntan qué le diría al chico que fue, no habla de una carrera ni de una marca. Habla de tiempo.

"Que no crean que ya no hay tiempo. Porque tiempo sí hay", resume. Y Lucas, que alguna vez imaginó que iba a llegar a viejo atrapado en las drogas, ahora cuenta los kilómetros que le faltan para llegar a su primera meta.

No dejes pasar la oportunidad de ser parte de la cuarta edición de los 21K LA GACETA. La inscripción se realiza en minutos a través de 21k.lagaceta.com.ar. Los cupos son limitados y la competencia volverá a reunir a miles de corredores y familias.

Fuente: La Gaceta

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