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María Cuevas, el largo y azaroso camino desde la isla hasta el escenario

Entrevista con María Cuevas, cantante. Niñez, sin música ni juego. La disciplina de la escuela, un profesor y el coro. El sueño congelado.

Por Julio Vallana12 min de lectura
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María Cuevas, el largo y azaroso camino desde la isla hasta el escenario
María Cuevas, el largo y azaroso camino desde la isla hasta el escenario · Foto: UNO Entre Ríos

Entrevista con María Cuevas, cantante. Niñez, sin música ni juego. La disciplina de la escuela, un profesor y el coro. El sueño congelado.

Por Julio Vallana

María Cuevas y el largo y azaroso camino desde la isla hasta el escenario.

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"Siempre fue mi sueño, es mi sueño y voy a cantar", expresó con convicción, después de 20 años, María Cuevas, momento a partir del cual decidió que su camino sólo era el de la música. La cantante diamantina, radicada en Paraná, relata la dureza de su niñez junto al río, marcada muy tempranamente por la muerte de su madre, aunque recuerda gratamente los colores, aromas y sabores del Paraná, al cual le canta cada vez que sube al escenario.

—¿Dónde naciste?

—En Punta Gorda, Diamante, donde estuve un año; mis primeros tres años viví en la isla, luego fuimos a barrio Belgrano y desde los 14 años vivo aquí. Vengo de familia islera, mis abuelos maternos eran puesteros, y de pescadores, mis abuelos paternos, quienes vivían en Punta Gorda. Cuando mis padres se casaron se fueron a allí. Soy la menor de ocho hermanos y a mi mamá la perdí cuando tenía once meses.

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—¿Qué recordás de tus primeros años?

—Una vez estaba en la costa, mis hermanos y primos hacían carreras de natación y cruzaban la isla nadando, yo quería meterme, vino una palometa y me atravesó el dedo gordo. Me quedó mucho miedo, así que cuando andábamos en lancha ponía un bolsito bajo de la proa, me acostaba ahí y lo único que veía era el cielo.

—¿Cómo era el entorno de tu casa?

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—Eran varios ranchos de paja con piso de tierra, que funcionaban como comedor y cocina.

—¿Cómo se conformó lo familiar al fallecer tu mamá?

—Nos quedamos a vivir con mis abuelos pero al ser ocho hermanos las mujeres pasamos a vivir con mis abuelos maternos y los abuelos paternos se quedaron con los varones. Era muy pegada con mi hermana mayor; mis abuelos maternos nos mandaron a las hermanas y un hermano a la escuela-hogar de Las Cuevas y los fines de semana volvíamos a casa. La entrada a Las Cuevas era de barro y cuando caminabas te hundías hasta las rodillas.

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—¿A qué jugaban en la isla?

—Era muy chiquita y más que juego teníamos actividades, porque jugábamos a ser grandes ya que había que levantarse temprano y hacer las tareas de los mayores, como ordeñar las vacas. A todos nos enseñaron la cultura del trabajo y mis hermanos trabajaron mucho desde chicos.

—¿Cómo sentiste el contraste al mudarte?

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—Fue muy duro, lloraba todo el día y añoraba el río.

—¿Qué significaba ese ambiente?

—Todo, porque era lo cotidiano, vivir el y del río, y respirarlo. Cuando nos fuimos a Las Cuevas la escuela, que fue mi hogar, estaba frente al río y ahí tenía un sentido de pertenencia mayor, más que en el barrio Belgrano.

—¿Hay algo de la isla que hoy te parezca lejano o ajeno?

—Mis imágenes siempre son cercanas: las del atardecer, el paisaje y los colores. Cuando vine a Paraná vivíamos con mi hermana en Puerto Viejo, así que todas las tardes íbamos al río, a dos cuadras.

—¿Qué presencia había de la música en tu cotidianeidad?

—Escuchaba una canción en la radio, agarraba un peine como si fuera un micrófono, cantaba y me miraba en un vidrio, pensando que estaba en un escenario. Pero como perdí a mi mamá cuando era bebé, mis abuelos y nosotros vivimos en duelo, así que no se escuchaba música ni se veía televisión, salvo cuando iba a lo de algún vecino o a una yerra. Mi abuelo sólo escuchaba un programa del acordeonista Miguelito González, porque eran muy amigos.

—La escuela y los alemanes

—¿Qué lapso estuviste en el hogar?

—Desde casi los tres a los doce años. Éramos todos chicos desahuciados, de la isla y huérfanos.

—¿Fue traumático?

—No, excelente y me dio disciplina. Había alemanes que hacían trabajo social como intercambio, convivimos con ellos y aprendí mucho en cuanto a la cultura del trabajo, el orden y de no rendirse. Hasta hoy fue una de las épocas más lindas y sigo en contacto con alguno de ellos. Desde primero a sexto grado trabajábamos en distintas actividades.

—¿La historia más triste?

—Teníamos un colectivo que iba de Diamante a Las Cuevas. Una vez a un chico, Albino Reynoso, quien vivía en la isla tenían que llevarlo a Costa Grande para que lo buscara una tía. Cuando el colectivo para, se baja, cruza la ruta, venía una camioneta a más de 100 km/h, lo único que vi fue su cuerpo volando entre los cables y que fue a parar al otro lado del campo.

—¿Formadores importantes?

—Los alemanes y los profes de Música, principalmente Marcelo Bonzi, quien organizó un coro y vio que yo tenía mucho entusiasmo, supo tomarlo y encauzarlo, ya que yo era la voz principal. También un grupo de músicos y no es casual que de él la mayoría hoy nos dedicamos a la música. Eso fue hasta terminar la primaria, se cortó y me fui de la escuela a vivir con mi abuelo.

—¿Qué otro vínculo tenías con la música?

—Veía un ratito de dibujitos animados y a Xuxa, y soñaba que era ella. Para mí abuelo era infaltable ir a desfilar al Festival de Jineteada, ahí yo veía a músicos y me acuerdo de Horacio Guaraní con sus boleadoras, a quien veía obnubilada. Ese mundo me fascinaba pero no tenía ningún estímulo familiar.

—¿Aprendiste fundamentos musicales con el profesor de Música?

—Era aprender canciones y cantarlas; él, junto a Miguelito González, integrantes de Los del Gualeyán, sabían que mi abuelo no me dejaba cantar, entonces me buscaban, me llevaban a ensayar y cantábamos en los actos en la plaza principal de Diamante, lo cual fueron mis comienzos en un escenario.

—¿Leías?

—Sí, me gustaba, teníamos la biblioteca a disposición y fue algo que me promovieron los alemanes. Había un librito de poesía entrerriana, en cuya tapa tenía un pato Sirirí, que me gustaba y siempre recuerdo cómo comenzaba.

—¿Materias predilectas?

—En la secundaria prácticamente no tuve Música, sino Química y Matemáticas. La profesora de Música no me dejó nada: llegaba con un grabador, se limaba las uñas y dejaba que pasara la hora, mientras yo aprovechaba para completar trabajos.

—¿Continuaba el deseo de ser cantante?

—Sí, cuando visitaba a mis hermanos que quedaron con los abuelos paternos iba a Punta Gorda y ahí escuchaban cumbia y chamamé maceta, aprendí parte de algunas canciones, se las cantaba y pasaba la gorra, con lo cual me compraba alguna golosina.

—¿Cuál fue la primera presentación formal?

—Mi comienzo con la música fue el 28 de diciembre de 2014, lo cual disfruté mucho y me sentí como Xuxa (risas).

—¿Cómo fue la decisión?

—En 2013 estaba en la casa de mis hermanos, pasan una canción, comienzo a cantarla y mi cuñada me dice "por qué no cantás; me hacés poner la piel de gallina". Le dije que tenía razón y que siempre fue mi sueño, es mi sueño y voy a cantar. Y pregunté quién podía conseguir un guitarrista y un acordeonista. Lo despertaron a mi hermano, fuimos a buscar un acordeonista y comenzamos a ensayar, pero me di cuenta de que era limitado lo que podía hacer, así que ese mismo año me anoté en la Escuela de Música Constancio Carminio, aunque primero hice dos años en el profesorado de Música, pero no quería ser docente.

—¿Hasta ahí el sueño de cantante había desaparecido?

—Estaba suspendido y viendo qué me deparaba el destino, pero siempre supe que la música y el arte eran el camino.

—¿Cuántos años fueron sin dedicarte a ello?

—Más de 20 años, durante los cuales trabajé mucho para criar sola a mis dos hijos, ahora de 24 y 27 años, ya que hice de madre y padre. Trabajé algunos años en Bahilo y cuando estaba por irme una de mis compañeras me dijo "quién nos cantará ahora Ojos de cielo". Siempre escuché a Mercedes Sosa, Lila Downs, música de Latinoamérica, clásica y cantantes líricas.

—¿Por qué viniste a Paraná?

—Porque mi abuelo se enfermó de gravedad y no podía tenerme. Las opciones eran que uno de mis hermanos tuviera recibo de sueldo para comprobar que me podía mantener, estar con mi hermana o pasar a otro colegio. Así que me vine con mi hermana.

—¿La Escuela de Música te limitó o te potenció?

—Hubo cierto contraste, escuchaba música clásica pero no conocía en profundidad, así que me encantó. Al dejar el profesorado me anoté en la Licenciatura de Canto Lírico y descubrí otro universo.

—¿Cómo lo conciliaste con lo popular?

—Escuchaba cantar un chamamé a mi profe, quien es cantante lírica, y yo decía que no me vaya a pasar eso (risas) porque hacía un chamamé lírico, que no tenía nada que ver ni me identificaba. El canto para mí fue la herramienta para aprender y crecer en lo personal. Cuando comencé la carrera hacía folklore nacional, lo cual me dio técnica pero cuando comencé con la música del Litoral me enseñó a sentir el canto.

—¿Cuál es tu registro?

—Soprano lírica.

—¿Qué otros hitos marcás de la carrera?

—En 2019 me convocaron a integrar la delegación de Entre Ríos para Cosquín, y conocí de cerca a referentes de mucha trayectoria, lo cual me terminó de afirmar en el camino elegido de la música entrerriana, que es también una forma de devolver a mi tierra lo que nos da cada día. ¡Tenemos tantos poetas y músicos pilares de nuestra identidad: Juan L., Mastronardi, Polo y Zurdo Martínez, Víctor Velázquez…¡ Aunque no es la música más…

—Comercial ni marketinera.

—Exacto, pero tiene que ver con contar mi historia a través de canciones, porque se refleja en el río. Implica poner el cuerpo a las palabras y convertir un paisaje en algo emocional.

—¿Un momento muy significativo en ese sentido?

—La primera vez que estuve en el escenario mayor del Festival de Jineteada y Folclore, en Diamante, por una mezcla de sentimientos y sensaciones, y con la técnica que se fue al carajo. Había ido tantos años con mi abuelo y me quedaba obnubilada con los músicos. Él ya no estaba, sino a unas pocas cuadras, en el cementerio. En mi cabeza charlaba con él y luego de eso quedé cansada durante una semana (risas). También fue fuerte en Cosquín, porque nunca lo imaginé, más allá de tener claro el horizonte. Relaciono mi corta pero profunda carrera con el río Paraná, porque hay épocas de creciente, bajante. remansos… pero siempre supe que el agua sigue su cauce y llega a un destino.

—¿Cuál es el punto de equilibrio entre técnica y emociones?

—Cuando dejé de trabajar en las escuelas comencé a estudiar y trabajar mucho sobre el autocontrol de las emociones, lo cual influye en el canto si no tenés una técnica. En la Escuela de Música tomé clases con otros profesores, tanto en lírico como en popular, al igual que en Santa Fe y en Santo Tomé, hasta que decidí no estudiar más e hice mi búsqueda interior. Son herramientas para estar en el escenario porque hay cuestiones que te pueden afectar.

—¿Qué es lo más curioso que te sucedió en el escenario?

—En el festival del Pan Casero, en Sauce Luna, no sé qué me atravesaba y tenía una alegría que me hacía ver todo divino y parecía el show de Xuxa. Yo decía: si me pasara esto todos los días… Hace poco en Victoria y en Gualeguay, también.

—¿Algún anuncio?

—El viernes 10 nos presentaremos con Valentín Cosso y Flavio Valdez, en guitarras, Mariano Martínez, en acordeón, Mauro Zauthier, en piano, y Bruno Pessolani, en bajo, en La Vieja Usina y es gratuito.

—¿Publicás contenidos?

—Sí, en Facebook, Instagram y Spotify, María Cuevas.

Cuevas ejerció la docencia hasta cuando decidió dedicarse íntegramente a su carrera artística y desde aquella mirada analiza la relación de los más jóvenes con la música, marcada masivamente por su faz comercial.

—¿Cómo resolviste lo profesional?

—Se fue dando de a poco, porque estudiar canto es estudiarse a sí mismo.

—¿Pensaste en volver a trabajar en la heladería, por lo económico?

—Por supuesto, un montón de veces. Tuve momentos difíciles en los cuales replanteás si seguir o no, pero siempre hay un escenario esperándote, y el canto y la poesía son una necesidad. Por la música también dejé de trabajar en escuelas de Viale, Paraná y Crespo, y pasé necesidades.

—¿Siendo docente te acordabas de aquella profesora que se limaba las uñas en clase?

—Sí, por el daño que le hacía a los alumnos. Tengo mis convicciones y mi ética que no se pueden traicionar. Ojalá hubiese tenido un docente como los músicos que me acompañan, porque otra hubiera sido la historia. Algunos años me acompañó Mauricio Ayala, un posadeño radicado en Paraná, que es profesor de Música y es increíble. Hay un grupo de gurises que se dedican al rock que comenzaron con él como docente.

—¿Qué características notás en la relación de los chicos con la música, por ejemplo al tener todo disponible en Spotify?

—Depende de lo que se escucha en la casa y muchos alumnos vienen con una información de allí. El avance tecnológico está bueno en algunos aspectos pero hay que saber encauzarlo, porque veo que lo musical-comercial es una involución. Si en un festival revoleás algo y arengás, priorizás el show y no el contenido, como sociedad hay que replantearse muchas cosas. Por eso lo mío es, más o menos, un suicidio, pero también plantar una bandera de resistencia. No vivo la música como un entretenimiento.

—¿Cómo se siente esa presión?

—Los organizadores buscan entretenimiento y se pierden otras cosas. Carlos Santamaría se presenta sólo con una guitarra y mueve los corazones; voy por ese camino.

—¿Se ha devaluado el gusto musical promedio?

—Tengo fe de que no por eso hay que seguir por este camino de poner en relevancia el mensaje. A donde voy, les muestro a los chicos autores y música, y también aparecen niños cantando la nuestra y haciendo nuestras danzas.

Fuente: UNO Entre Ríos

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