"Me sentía incapaz de sentir felicidad": la depresión de Melina pasó inadvertida hasta su primer intento de suicidio
Durante años creyó que la tristeza era parte de su forma de ser. Después de sus intentos de suicidio, recibió un diagnóstico y comenzó un proceso en el que el acompañamiento de su familia fue decisivo. Hoy cuenta cómo conviven en ella la depresión y la ansiedad, y qué significó r…

Resumen para apurados
"Yo veía a mis amigas, mi familia, la gente a mi alrededor y realmente eran felices, o tenían momentos de felicidad, y yo me sentía incapaz de sentir eso". Melina Martínez Zulli recuerda que empezó a hacerse esa comparación en la adolescencia. No hubo un día en que pudiera decir con certeza qué le pasaba. Sí una sensación recurrente de que algo no estaba bien.
Aceptaba invitaciones a fiestas aunque los lugares con mucha gente le provocaban ansiedad. También le pasaba con planes más tranquilos: una reunión con las compañeras de colegio, con las que había crecido podía convertirse en un esfuerzo. Pero terminaba yendo. "Me obligaba a ir porque quería encajar y que mi vida fuese normal", cuenta.
A los 21 años comenzó terapia. Cerca de los 23 recibió los diagnósticos de depresión crónica y trastorno de ansiedad generalizada. Para entonces, dice, llevaba mucho tiempo sintiéndose así. "A los 23 años le pude poner nombre a la depresión, pero creo que era algo que venía trayendo desde hace mucho tiempo conmigo".
El diagnóstico llegó después de su primer intento de suicidio. Melina cuenta que hubo otros intentos y autolesiones, y que tras dos de esos episodios estuvo internada. Cuando le preguntan qué recuerda con más fuerza, vuelve a lo que vino después. "El primer recuerdo que tengo al abrir los ojos es mi mamá llorando, destrozada, al lado mío en un hospital", dice. También recuerda lo que pensó al verla: "Encima me salió mal. O sea, encima sigo acá".
El sufrimiento que sentía seguía ahí. Ahora podía ver también el de su madre. "Todo a mi alrededor se estaba desmoronando porque todas las personas que me querían estaban sufriendo conmigo", cuenta.
Hasta entonces, dice, nadie se alarmó. Pasó buena parte de su adolescencia triste y creció con esa tristeza. "Entiendo que la gente pensaba que simplemente yo era así". Melina cree que las señales existían, pero que quienes la rodeaban no sabían reconocerlas. "No es que las señales no estaban, sino que la realidad es que a mi alrededor nadie estaba capacitado para poder ver eso".
Le costaba sentarse con sus padres y encontrar las palabras; cuando no lograban entenderla, se sentía juzgada. "Es muy difícil ponerlo en palabras cuando no estás bien", explica.
Algunas amigas pudieron reconocer un límite: querían acompañarla, pero había cosas para las que necesitaba ayuda profesional. "Hasta acá llego yo, no te puedo ayudar", recuerda que le dijeron. Se ofrecieron a buscar una psicóloga con ella.
Melina aclara que hablar con sus padres fue una posibilidad que ella tuvo, aunque no resultara sencillo. "Entiendo que no a todo el mundo le sirve hablar con sus papás", dice. Por eso habla de buscar a una persona con quien sea posible sentirse escuchado: una amistad, un abuelo, un compañero de trabajo.
Recibir un diagnóstico cambió también la forma en que se veía a sí misma. Durante un tiempo pensó que estaba "loca", porque no encontraba a nadie que pareciera sentir lo mismo. Saber qué le pasaba no resolvió su sufrimiento de inmediato, pero volvió menos abstracto aquello con lo que convivía. "Si tenía un nombre, tenía un tratamiento y, si tenía un tratamiento, tenía formas en las que yo podía ayudarme", explica.
Según cuenta Melina, los médicos le recomendaron que no estuviera sola. "Mi mamá renunció a su trabajo y decidió estar conmigo 24/7", recuerda. Ese acompañamiento atravesaba todo el día, incluso las actividades más íntimas y cotidianas. "Yo me bañaba, mi mamá estaba sentada en el inodoro. Yo tenía que salir a la farmacia, mi mamá iba conmigo". Por un tiempo también durmieron juntas.
Su papá, mientras tanto, encontró una pregunta que Melina podía responder cuando explicar cómo se sentía le resultaba demasiado esfuerzo. "Del uno al diez, ¿cómo te sentís hoy?, me preguntaba. No tenía que dar explicaciones, nada", cuenta. Había días en que decía cero. Después empezó a decir tres. Alguna vez, siete. Su padre le recordaba los mejores: "Ayer estuviste tres; se puede estar mejor".
Cuando Melina decidió volver a estudiar, ese acompañamiento siguió: eligió diseño de indumentaria y su mamá fue a la facultad con ella. "Pude retomar mi vida gracias a que ella dejó de lado la suya", dice. Habla de esa decisión como "una entrega de amor" que va a agradecer siempre.
Guarda también un recuerdo de una salida a almorzar con sus padres. Estaban los tres, su papá hizo un chiste y se rieron. En medio de esa comida, Melina advirtió que se sentía feliz. "Nunca había sentido eso que me estaba pasando por el cuerpo", recuerda. "Más o menos de mis 13 años en adelante no tengo recuerdos de haberme sentido feliz".
Su mejor amiga encontró otra forma de estar cerca. Los días en que Melina no podía levantarse de la cama, iba a su casa y se acostaba junto a ella. "Esa simple existencia a mi lado a mí me servía un montón", dice Melina. No tenía que levantarse para recibirla ni hacer un esfuerzo para sostener un plan.
Por momentos sentía que todos la miraban como si estuviera "en una cajita de cristal", demasiado frágil para escuchar un enojo o un reto. "Yo necesitaba que mis papás siguieran siendo mis papás", cuenta. Cuando su madre volvió a enojarse con ella por algo, sintió que esa relación cotidiana seguía ahí. "Era como que no se había roto ese vínculo que teníamos". Necesitaba el cuidado, pero también reconocerse como hija dentro de un vínculo que no estuviera ocupado por completo por la preocupación.
Melina explica cómo conviven en ella la depresión crónica y el trastorno de ansiedad generalizada. Hay días en que levantarse de la cama le parece físicamente imposible. Al mismo tiempo, su cabeza repasa todo lo que debería estar haciendo: ir a la facultad, estudiar para un parcial, trabajar. "La ansiedad no es que estás arriba, sino que tu cabeza sigue a mil por hora", describe. En esos días, dice, "la cabeza se volvía mi peor enemiga".
La ansiedad, para ella, se manifiesta en pensamientos que se aceleran y suelen llevarla al peor escenario. "Imagino lo peor todo el tiempo", explica. Si suena el teléfono, cuenta, su primera idea puede ser que murió alguien. Con la terapia aprendió a reconocer ese pensamiento y a detenerse antes de darlo por cierto.
Con la depresión siente que el trabajo es distinto. "No es que un pensamiento me va a ayudar a salir de ese pozo, sino que son todos los hábitos diarios", dice.
En su experiencia, le sirve sostener una rutina: las clases, los almuerzos con su mamá y el contacto con otras personas. Aprendió a prestar atención a cuánto tiempo pasa sola, porque observó que el aislamiento podía agravar su malestar.
Desde chica, Melina lleva diarios íntimos. Durante una etapa, cuando le resultaba demasiado difícil explicar en voz alta lo que sentía, iba a terapia con lo que había escrito y se lo leía a su psicóloga. "Para mí así era mucho más fácil que ella entendiera lo que me estaba pasando", recuerda.
Más tarde publicó un libro que incluye poemas escritos durante sus momentos más difíciles. También encontró formas de expresarse en la pintura y la cerámica. "La escritura y el arte en general me sirvieron para exteriorizar cosas que tal vez de otra manera no podía", explica.
Cuando empezó a hablar abiertamente de sus diagnósticos, algunas personas cercanas le contaron que también atravesaban problemas de salud mental. "Era gente a la que veía todos los días de mi vida y nunca me di cuenta", recuerda haber pensado.
Cree que todavía hay vergüenza y miedo alrededor de estas conversaciones. Menciona diferencias entre generaciones y el peso de ciertas creencias religiosas cuando se habla de suicidio. A la vez, observa que entre los más jóvenes hay quienes pueden contar que van a terapia o que tuvieron depresión con una naturalidad que a ella le hubiera resultado difícil en su adolescencia.
Pedir ayuda puede comenzar con una llamada o una consulta cerca de casa. En Tucumán, la línea 135 atiende urgencias y realiza derivaciones, mientras que el 0800-122-1555 brinda orientación con psicólogos las 24 horas. También se puede acudir a los CAPS y policlínicas o al Servicio Ambulatorio de Adicciones del Hospital Avellaneda, que atiende de lunes a viernes, de 7 a 19. La red provincial incluye hospitales de segundo nivel para desintoxicación aguda, los equipos comunitarios "Nuevo Amanecer", los hospitales Obarrio y del Carmen para cuadros agudos y los centros Las Moritas, en Las Talitas, y Cetria, en Aguilares, para rehabilitación.
Por eso insiste en la importancia de encontrar a alguien con quien hacerlo, aunque al principio no se sepa cómo. En su caso, a veces esa conversación empezó con una página de su diario. Otras, con un número.
Fuente: La Gaceta
- #sociedad
- #sentia
- #incapaz
- #sentir
- #felicidad
- #depresion
- #melina
- #paso
- #inadvertida
- #hasta
- #primer
- #intento
- #suicidio
- #tucuman


